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Espero que tu estancia en mi blog sea placentera, Mis Fanfics están protagonizados por personajes de Stephenie Meyer, pero las historias me pertenecen a mí. Advertenciaa: Rated: +M (+18)

Corazón De Cristal

"-Pareces un ángel ¿te lo habían dicho? Quizá lo eres y nosotros no somos capaces de comprenderlo." -Isabella Swan.

Tirano

"Un hombre que no tenía la palabra DEBILIDAD en su vocabulario...y una mujer sencilla y sensible que demostrará que hasta el más insensible y frío es capaz de caer por amor"

Anhelo Desde La Oscuridad

"Serás mía por toda la eternidad..Lo quieras o nó" -Edward Cullen.

Sin Alternativas

"Solo una mirada bastó para dar un vuelco a mi vida." -Rachel Black.

El Primer Amanacer

Te amé más allá de la razón. Te entregué todo: mi niñez, mi cuerpo y alma; incluso mi voluntad. Pero ya no más. No pienso seguir viviendo de tus migajas. Aunque te ame con todas mis fuerza; me voy para siempre.

viernes, 11 de mayo de 2012

Corazón de Cristal - Décimo Cuarto Capítulo:




Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.

 “Renuncio”


En medio de mi terrible angustia y la de los demás presentes en la sala de espera, el médico hizo acto de presencia después de dos horas y cuarenta y cinco minutos  de que hubiésemos visto a mi ángel.
Todos nos pusimos en pie como impulsados por un resorte invisible desde nuestros sitios, el tipo no traía cara de tener noticias alentadoras.
—¿Cómo está Edward, doctor  Gerandy? —Esme había pasado por delante de todos y se paró en frente del médico con las manos temblorosas desgarrando su voz en un sollozo quedo.
Como para aumentar la tensión ya latente en el ambiente, él respiró con cansancio y musitó:
—Edward sufrió una pausa sinusal. Hemos tenido que intervenirlo de emergencia… —aún no terminaba su frase y ya mis huesos estaban congelados por el pánico.
Yo había causado esto…

CINCO HORAS, CUARENTA Y CINCO MINUTOS Y VEINTE SEGUNDOS ANTES…

—Ángel ¿Quieres abrir la puerta, por favor? —aún seguía a la espera de que Edward me permitiese explicarle el error garrafal que había cometido al pasarme por alto la conversación sobre el uso de los anticonceptivos. Eso definitivamente fue algo que debí hablar con él antes de que nuestra relación pasase a un plano mucho más íntimo y antes de que él pudiese sacar una conclusión errónea; como la que había sacado en ese preciso momento.
—No.
Fue su única respuesta.
Suspiré y me recargué contra la puerta para caer sentada victima de mi estupidez; entrelace mis manos sobre mi nuca y recogí mis piernas para poder apoyar mi frente sobre estas.
No sabía qué hacer…
De improviso el sonido del portón de la casa me anunció sobre algo que no quería enfrentar y mucho menos en estos momentos. Carlisle y Esme habían llegado desde su “escapada romántica” de fin de semana. El sedán hizo crujir la gravilla bajo sus llantas hasta detenerse en la puerta principal, la cual pasados dos minutos se abrió dándoles paso hasta el interior de la mansión. Sonaban muy alegres desde donde estaban. Sus pasos resonaron por las escaleras mientras casi podía sentir como una gota de sudor se escurría por mí frente a la vez que los padres de Edward venían tomados de la mano y muy risueños…eso hasta que me vieron apostillada en el marco de la habitación de su hijo.
Ambos se acercaron de prisa con expresión de suma preocupación.
—¿Qué tiene Edward?
—¿Tuvo una crisis?
—¿Por qué estás aquí afuera?
—¿Qué pasó…?
Preguntas, preguntas y más preguntas se arremolinaban a mí alrededor. Entonces perdí la noción del tiempo, las personas y el lugar en el que me encontraba, por lo que me pareció una eternidad. Me adentre en cada recoveco de mi cabeza buscando las palabras adecuadas para explicar lo que había pasado sin entrar en detalles “escabrosos”…para mi decepción no encontré ninguna.
Con fuerza inhalé hondo al máximo que mis pulmones me permitieron. Con agilidad me levante y los mire a ambos…
—Edward y yo hemos discutido…después de tener relaciones.
Dos estatuas de piedra tendrían más expresiones faciales. De pronto temí que hubiese dejado en estado catatónico a los señores de la casa. Sin embargo Carlisle fue el primero en reaccionar sin esperar una palabra más, ni una confirmación de su hijo. Tomo el pomo de la puerta y trato de girarlo pero éste no respondió. Ahora el que inhalo profundamente fue él y dio media vuelta regresando a los pocos segundos de su estudio con un manojo de llaves.
—En caso de emergencias —dijo abriendo la cerradura de Edward.
Y sin mas, se adentro en su habitación trancando la puerta tras de sí. Su esposa por su parte parecía estar al borde de un desmayo. Su tez normalmente de color crema y mejillas color rosa; en ese momento se encontraban pálidas y sin vida. Me preocupé de que fuese a colapsar y darse un golpe en la cabeza si perdía el sentido, así que me puse en pie y fui hasta ella, la tomé del codo y le guié hasta el banquillo que estaba cerca del ventanal en el pasillo.
—Respire profundo, señora Esme —le dije con suavidad.
Sus ojos me miraron con duda, preocupación y hasta un poco de rabia, lo cual era comprensible de cualquier madre protectora.
—Explícame lo que pasó, Isabella —mi nombre completo saliendo de sus labios perfectamente marcados en una línea recta fue como cuchillos atravesándome.
Igualmente me arme de valor y le conté como habían pasado las cosas, o mejor dicho como se habían dado de manera casi fortuita. No era como si lo  hubiésemos planeado ya que ellos se habían ausentado, sino que la situación se dio y punto. Y al no estar planeada por mí, pasé por alto la conversación sobre los anticonceptivos. Luego le expliqué que después de habernos acostado, Edward había investigado en su computadora sobre el tema; y aún no lograba saber qué leyó o en donde. Si era una página seria o no; al final había llegado a una conclusión errada sobre mis intenciones de hacerlo…y aquí estábamos ahora. Yo, esperando que me diera la oportunidad de hablar con él; y Edward, en su habitación hablando con su padre y no tenía una puta idea de los rumbos que podría estar tomando esa conversación.
Esme respiró, cruzó las piernas y se recostó en el lateral del banquillo para verme a la cara mientras se dirigía a mí. Parecía que la cosa iba a largo.
—No puedo reprobar ni aprobar lo que hicieron. Reprobarlo sería como quitarle esa independencia a Edward que se ha ganado a pulso, eso sin mencionar que sería como pasarme por alto los sentimientos de ambos. No soy tan estúpida como para creer que es solo un cariño Paciente – Terapeuta. Aquí la situación entre ambos hace mucho que se fue a un lugar más allá de lo que todos podemos comprender. Sin embargo no puedo aprobarlo tampoco, porque…soy madre. Simplemente por eso. Soy protectora con mi hijo y siempre he sido igual. No —dijo autocorrigiéndose—, creo que ahora lo soy aún más porque él ha mejorado en estos ocho meses lo que no había hecho durante años; no quiero ni pienso permitir que eso cambie. Así que cualquier situación que amenace la estabilidad que él ha conseguido no puedo tomármela con ligereza.
De repente estaba experimentando una necesidad visceral de bajar la cabeza y aceptar lo que se me estaba diciendo como si fuese una niña pequeña a la cual le llamasen la atención por tocar algo que no debía, pero que no había hecho. No sentía como si me hubiese tomado atribuciones que no me tocaban, así que como la mujer de veinticuatro; ya casi veinticinco; que era, con la frente en alto y mirando a las consecuencias de mis actos decidí aceptarlas. ¿Lamentaba no haberle hablado antes a Edward sobre el tema de los preservativos? Si, sin lugar a dudas. ¿Lamentaba que hubiésemos hecho el amor? ¡JAMÁS! De una manera un tanto absurda y frontalmente posesiva lo sentía mío. Ahora más que nunca…
—Sin embargo… —agregó Esme mientras se estiraba hacia mí y me estrechaba una de mis manos entre las suyas— y lo repito, no tengo el derecho a influir en la vida sexual de mi hijo. Supongo que no será fácil de ahora en adelante, pero son los retos que dos personas como ustedes tienen que hacerles frente. Sé que tú mejor que nadie sabrá cómo hacerlo. Confío en ti.
Masacré mi labio inferior tratando de no derramar una lágrima por lo que aquella mujer maravillosa acababa de decirme. No sabía si merecía ese tipo de confianza, sobre todo, basados en lo que estaba pasando, pero sería una idiota si no la valorara y agradeciera contar con ella.
—Gracias, señora Esme. Se lo agradezco —lo decía con sentimiento, ya que de alguna u otra manera los Cullen me habían acogido de una excelente manera. Eran para mí como esa familia que se me había escapado como agua entre los dedos hacía tanto tiempo atrás.
—No me lo agradezcas, en vez de eso se trata de arreglar las cosas con mi hijo. Edward es terco; tiene el “Gen Cullen” de su padre; pero al final de cuentas te quiere y te necesita, quizás más de lo que sospechamos.
—Pero es que él está herido. Y es en serio.
—Entonces discúlpate con él “en serio”, porque si no seré yo la que me moleste. Con él, por ser un obstinado. Y contigo, por no perseverar.
Le sonreí y nos quedamos en silencio por un buen rato, hasta que ella misma rompió el momento incómodo.
—Tengo que agradecerte por… —bajó la voz hasta que solo estuvo susurrando— sugerirnos la idea de tomarnos este fin de semana para mi esposo y para mí —sus mejillas se pintaron de un color rosa Cosmopolitan mientras hablaba. Jugaba con sus manos como una adolescente y medio sonreía. Presentía que su éxtasis por las vacaciones de pareja se había visto un poco eclipsado por lo acontecido. No pude evitar sentir un poco de remordimiento.
—Es un tiempo que necesitaban. Me alegro que hayan podido retomar su relación de pareja en ese sentido.
Asintió e iba a decirme algo más pero no tuvo oportunidad ya que su esposo salió del cuarto y ambas nos pusimos en pie. Sentí una especie de deja vú en ese instante.  Carlisle salió del cuarto con una cara que denotaba derrota. Clavó su mirada en mí.
—¿Cómo está? —preguntó Esme acercándose a él con expresión de pánico en su cara.
—Está deprimido. Intenté explicarle de “manera lógica y racional”… —claramente sus palabras eran una especie de reprimenda por lo que estaba pasando. Y sabía que no se iba a quedar solo con la versión de los hechos de Edward, así que la tormenta apenas había comenzado— pero es necio como una mula. Así que está empeñado en creer solo lo que leyó.
Sus manos se cerraron con fuerza en puños y aunque sabía que su ira no estaba dirigida a mí no pude evitar sentirme intimidada.
—Acompáñeme a mi despacho, señorita Swan —tragué grueso. Ya no era “Bella”. Habíamos vuelto a la etapa fría. ¡Mierda…mierda…mierda!—, por favor.
La puerta de la habitación se abrió de nuevo y un muy sorprendido Edward se quedó con la mano en la perilla.
Esme corrió a abrazarlo y besarle en la mejilla.
—Hola, cielo ¿Cómo estás? ¿Necesitas algo?
—Necesito una pastilla para el dolor de cabeza —su madre se giró para buscarla y yo también pero su tono huraño y frío nos detuvo a ambas—. No, yo la busco.
—No sabes el nombre del analgésico que debes tomar, Edward. Sé razonable —intenté con todas mis fuerzas que la voz no denotara lo rota que me tenía todo este embrollo.
—Pues dímelo y yo lo busco. Sé leer —sentí una puntada de dolor en medio del pecho. Sabía que él no trataba de herirme, sus respuestas eran claras, directas y concisas. Los autistas no eran personas de procederes irónicos o sarcásticos. Además últimamente Edward se había tomado muy a pecho lo de su independencia y quería hacer casi todo por si mismo. Ahora que estaba molesto y dolido conmigo nos las impondría a todos.
—Edward, no me parece que esa sea manera de hablarle a tu madre ni a Isabella. Ellas tratan de ser atentas contigo —intervino Carlisle con firmeza paternal pero sin ser demasiado duro.
Bajó la cabeza y se vio lo zapatos mientras jugaba con sus dedos para drenar el repentino nerviosismo que lo había envuelto.
—Lo siento, pero prefiero ir a buscar mi medicamento yo mismo —levantó sus ojos grises azulados y el corazón me dio un vuelco cuando vi ese brillo de tristeza profunda, pero desvió su mirada rápidamente al no soportar mirarme. Me estaban desollando viva—. Por favor, Isabella.
Isabella…lo único que pudo haber sido peor que eso era que me llamara zorra. Haciendo acopio de mis fuerzas le respondí:
—Los medicamentos están en el gabinete de la cocina a mano derecha. Toma una caja blanca con franjas azules que dice Acetaminofén. 500 miligramos. No toques ningún otro medicamento, especialmente el Ibuprofeno. No debes tomarlo, eres alérgico a ese. Recuerda los sarpullidos que te salieron cuando tomaste una de esas grageas —asintió solemnemente.
Caminó hacia la cocina con premura como si quisiera huir de allí a lo máximo que dieran sus piernas. Carlisle por su parte me llamó y lo seguí a su despacho mientras Esme se fue en dirección a su habitación. Ya instalados, él detrás de su escritorio y yo del otro lado, sentada en una de las sillas.
—No quiero los detalles morbosos, señorita Swan —juntó sus manos y apoyo los codos en su escritorio adelantando un poco el cuerpo hacia mí—. Pero quiero escuchar de su boca lo que pasó, porque resulta que me voy tranquilo de casa confiando en sus cuidados para con mi hijo y lo encuentro ciertamente deprimido, en estado tal que como usted puede ver tiene incluso dolor de cabeza. No me malinterprete, señorita, no estoy juzgándola solamente quiero saber… —¡Oh mi Dios!— ¿Por qué no tuvieron esa conversación antes?
Un derechazo en la mandíbula me hubiese sorprendido menos. Esperaba un ¿Desde hace cuanto perviertes a mi hijo? O una cosa así.
—La noto sorprendida, señorita Swan.
—Lo estoy, señor Cullen. Usted actúa con mucha naturalidad.
—No veo porqué no, hace tiempo que mi hijo y usted mantienen relaciones, así que no comprendo por… —en ese preciso momento abrí mis ojos como dos platos y lo interrumpí.
—¿Hace tiempo? No, señor. Anoche fue nuestra primera vez juntos.
Ahora fue él el sorprendido.
—Oh…bueno…yo creía que cuando usted se quedaba en su habitación…y cuando él se quedaba en la suya…
Tal vez si la situación no hubiese sido tan bizarra y preocupante hubiese sonreído por las conclusiones erradas a las que había llegado.
—Señor Cullen, hace poco usted tuvo que hablar con él porque se turbó con una simple erección matutina ¿cómo cree que voy a estar acostándome con su hijo desde hace meses? Me comporté como una idiota con respecto a los preservativos, pero no con lo demás.
—Lo lamento…yo creía… —ahora si se veía abochornado. Con sus mejillas coloradas y los ojos posándose en distintos puntos para evitar mirarme directamente a los ojos. Se zafó un poco el cuello de su camisa antes que yo le evitará más vergüenzas.
—No se preocupe, señor Carlisle. Supongo que si yo hubiese estado en su lugar quizá hubiese pensado lo mismo. Aunque quisiera que me dijera si no es molestia como se enteró.
Se encogió de hombros y me sonrió con vergüenza.
—Soy de oído sensible, señorita. Nunca le conté esto pero…cuando se tiene un hijo con esta condición, pasas innumerables noches preocupado. Las noches en vela son una constante en tú día a día y el estar alerta a cualquier ruido o movimiento de él es vital para evitar cualquier accidente. Puede que haya utilizado durante un tiempo el trabajo para llenar ese vacío que la situación había creado en mí, pero nunca, escúcheme bien, nunca dejé de inquietarme por mi hijo bajo ninguna circunstancia. Edward es la prueba viviente de que con determinación y la ayuda adecuada se puede superar cualquier obstáculo. Él me ha enseñado mucho, y a pesar de que cometí errores e incluso lo dejé de lado durante un tiempo al cargarle la responsabilidad a su madre, nunca podré dejar de preocuparme por él. Ya es como un reflejo natural.
Comprendía perfectamente lo que me decía ya que muchos padres y familiares de personas como Edward pasaban por situaciones similares, lo había visto en repetidas ocasiones con los niños en el Saint Gabriel.
—Lamento mucho lo que pasó, señor Carlisle, pero solo en lo referente a mi error por obviar un tema tan esencial en una pareja como es el control de natalidad.
—Edward cree que tú no quieres tener un hijo como él porque para ti sería una desgracia. Piensa que él es malo y contagioso porque eso leyó en el maldito blog donde por accidente entró direccionado en google —me horroricé al escuchar sus palabras. Ahora comprendía el porqué de su reacción, en internet de 100 sitios solos unas 5 paginas son fuentes confiables y viables, el resto son relleno y pertenecen a personas despreocupadas que dan su punto de vista tal y como ellos lo creen correcto; mas no significa que sea el acertado—. No quiere que tengas un bebé que vaya a salir tonto como él… —su voz se partió y no pudo evitar que sus ojos se le llenaran de lágrimas— Dígame, señorita Swan…pero sea realmente sincera; dígame que el motivo por el cual usted lo hizo usar un condón fue por una buena razón y no porque ve a mi hijo como un problema.
De nada sirvió que me mordiera los labios para intentar contener el llanto. De todas formas este consiguió la manera de evadir mis defensas y se fugó de mis cuencas.
—El motivo por el cual hice que se protegiera es porque aún no estamos en las condiciones adecuadas para tenerlos. Apenas estamos empezando una relación de pareja y no hemos llegado a la etapa en la que decidimos si queremos tener un niño o no. ¿Cree que yo; que he trabajado con niños autistas, los voy considerar unos apestados? O ¿cree que pienso que el hecho de que una criatura desarrolle autismo lo consideraría una maldición? Si eso cree de mí, señor Cullen, es porque de nada ha servido lo que hecho en esta casa. Todavía no me conocen y es claro que tienen dudas acerca del amor que le profeso su hijo y a mi profesión.
En un gesto idéntico al de su hijo se introdujo los dedos entre el cabello y se lo echó hacia atrás en clara muestra de exasperación.
—Lo siento mucho, Bella…no quise ser grosero pero debe comprender que estoy preocupado por como lo vi…
—Lo comprendo, señor Carlisle. Pero aprovecho para poner en claro mi punto de vista y evitarme malos entendidos más adelante.
Asintió satisfecho con lo que le estaba diciendo…
—¡Carlisle! —el grito desesperado de Esme nos sacó de concentración a ambos y chocamos el uno contra el otro cuando procedíamos a salir apresurados del estudio. Corrimos por las escaleras y llegamos al pasillo que llevaba a la sala de estar y al patio trasero. Edward yacía inconsciente en los brazos de su madre.
Me acerqué sin más y le tomé los signos vitales en la muñeca izquierda. Las pulsaciones por minuto eran demasiado lentas. Edward estaba sufriendo una maldita bradirritmia de nuevo.
—Necesitamos llevarlo al hospital sin perder tiempo —Carlisle asintió sin cuestionarme y cargó a su hijo en brazos para llevarlo hacia el automóvil. Le debía pesar muchísimo pero no permitió que ni su madre ni yo le ayudáramos a llevarlo.
En menos de quince minutos estábamos a las puertas del Hospital Central de Forks. Los enfermeros corrieron a colocar a Edward en una camilla y adentrarlo en la sala de emergencia, mientras que nos preguntaban la información básica de él. No nos permitieron pasar a donde lo iban a auscultar ni siquiera porque les dije que era enfermera. Simplemente nos dijeron que aguardáramos en la sala de espera.
Esme temblaba bajo el abrazo de su esposo y no dejaba de removerse en el sitio mientras que él le decía que todo iría bien. Trataba de infundirle ánimos, y aunque a ella solía hacerle efecto durante cada media hora aproximadamente, yo sabía que la cosa no era tan simple.
—¿Qué puede ser lo que tiene? Él no se había desmayado desde aquella vez con la enfermera Stanley. Cuando el ansiolítico le causó… —clavó su mirada en mí y no hice otra cosa que asentir. Se tapó la boca con espanto y rompió a llorar.
Carlisle me miró con terror y consternación.
—¿Cree que ese desvanecimiento se debe a una arritmia de nuevo?
—No lo creo. Lo sé. Sus palpitaciones por minuto eran muy lentas. Lo que me extraña es que se lo haya ocasionado el acetaminofén, ya que ese medicamento le fue suministrado en varias ocasiones sin  tener estos efectos negativos.
Las dudas asaltaban mi mente ¿Qué le podría haber ocasionado ese episodio?
Alice llamó a Carlisle ya que había ido a la casa y no había encontrado a nadie. Y antes de ella, llamó Emmett y su padre lo puso al tanto de la situación. Alice llegó en menos de quince minutos acompañada de Jasper; cosa que no nos sorprendió a ninguno. Y media hora después llegó Emmett con Rosalie, y eso sí que nos sorprendió a todos. Según él, se habían encontrado en la puerta de la casa mientras ella estaba de pie esperando alguna respuesta en el intercomunicador de la misma, habían entrado para buscar ropa para Edward y ciertas cosas de higiene personal, finalmente se habían venido juntos.
Él tenía la mirada triste y preocupada, como todos. De vez en cuando me miraba buscando algún tipo de consuelo pero al no saber nada de su hermano, no podía hacer mucho por él y no me sentía precisamente dispuesta a repartir abrazos a menos de que mi objetivo fuese mi ángel.
En medio de mi terrible angustia y la de los demás presentes en la sala de espera, el médico hizo acto de presencia después de dos horas y cuarenta y cinco minutos  de que hubiésemos visto a mi ángel.
Todos nos pusimos en pie como impulsados por un resorte invisible desde nuestros sitios, el tipo no traía cara de tener noticias alentadoras.
—¿Cómo está Edward, doctor  Gerandy? —Esme había pasado por delante de todos y se paró en frente del médico con las manos temblorosas desgarrando su voz en un sollozo quedo.
Como para aumentar la tensión ya latente en el ambiente, él respiró con cansancio y musitó:
—Edward sufrió una pausa sinusal. Hemos tenido que intervenirlo de emergencia… —aún no terminaba su frase y ya mis huesos estaban congelados por el pánico.
Yo había causado esto…
Era la responsable…
Yo y solo yo….
—La intervención fue exitosa y él se encuentra estable —un suspiro de aliento salió de la boca de todos; Esme apretó fuertemente en un abrazo a Carlisle quien tenía la cuenca de sus ojos anegada en lágrimas—. Le hemos colocado un marcapasos permanente. Consideré pertinente insertarle el permanente ya que debido a la condición especial de Edward no podemos saber cuándo pueda tener otro episodio de bradirritmia sinusal, y  basados en lo que ustedes mismos le dijeron a los enfermeros no es la primera vez que tiene una. El procedimiento fue bastante fácil y sin dificultades. Es estos momentos se encuentra en la sala de recuperación en donde le estamos suministrando un tratamiento a base atropina. Necesita ser monitoreado por unas cuantas horas más, si responde bien al tratamiento en aproximadamente tres horas podrán instalarlo en una habitación y podrán verlo.
—¿Qué pudo haberle causado ese nuevo episodio de arritmia, doctor? —Carlisle se me adelantó.
—Según la muestra de sangre que se le hizo apenas llegó, Edward tenía claras muestras de acebutolol, el cual es un medicamento recetado a los pacientes hipertensos. No comprendo el por qué ya que ustedes no mencionaron que le fuese suministrado cuando los interrogaron a menos que obviaran semejante detalle —contestó el doctor y me miraba como si quisiera que yo le diese alguna explicación. Temí que pensara que lo estaba medicando bajo mis propios términos y aunque iba a proceder a responderle, Carlisle me interrumpió de nuevo.
—Me prescribieron ese medicamento hace más de diez meses ya que presenté un caso de hipertensión… —la culpabilidad se le reflejó en el rostro— Supongo que es mi responsabilidad que mi hijo esté en ese estado.
A favor del Doctor Gerandy he de agregar que su actitud para conmigo cambió instantáneamente y se dirigió al señor Cullen con el mayor entendimiento posible.
—Estas cosas pasan, señor Cullen. No son responsabilidad de nadie. Lo único que deben procurar de ahora en adelante es que  los medicamentos estén fuera del alcance de su hijo. Estaré de guardia toda la noche así que vendré de tanto en tanto al pendiente de Edward, cualquier duda que tengan puede hacerme llamar —se despidió cortésmente y se fue.
Carlisle se removía incómodo y en su cara se notaba que no paraba de reprocharse  una y otra vez lo que había acontecido con Edward…pero algo no me encajaba…
—Edward no tomó el acebutolol al azar… —comencé a decir pero Esme me cortó con horror.
—¿Crees que haya tratado de suicid…?
—¡No! —no le dejé terminar esa opción— Lo que quiero decir es que pudo haber asociado el acebutolol con acetaminofén que era el analgésico que se procedía a ingerir —miré a Carlisle— ¿De qué color es la caja de su medicamento?
—Blanca…y azul —allí estaba la respuesta.
—Fue por eso. Le mandamos a buscar una caja blanca y azul que dijera acetaminofén y él tomó la equivocada.
—Y además… —Alice intervino con timidez y cierta vergüenza— la señora Esme me envió a la farmacia esta semana y no tenían el analgésico que compran habitualmente para él, pero me vendieron otro que tenía el mismo principio activo, solo que es uno expedido por otro laboratorio, la caja era blanca  y…roja. Lo siento mucho —dijo bajando su mirada; su voz se había roto al final de la disculpa.
El hombre se sosegó en ese momento al comprender que no era la culpa de nadie, sino simplemente había sido una serie de acontecimientos desafortunados y aparentemente inocentes que nos habían llevado a este punto.
Tal cual como había dicho el médico, tres horas después Edward había sido instalado en la habitación 135 del Hospital Central de Forks. Su semblante era pálido pero al menos estaba alerta. Su madre no dejaba de prodigarle cuidados y de arreglarle la almohada cada quince minutos a pesar de sus quejas.
—Me duele en el pecho —dijo a la vez que se sobaba el lado izquierdo.
Lo detuve con rapidez bajándole el brazo.
—No puedes tocarte ahí, ángel, y durante al menos una semana no puedes levantarlo ni hacer fuerza con él durante unos cinco o seis meses —le dije a la vez que le intentaba acariciar el cabello pero él giró su cabeza para rechazar mi toque.
Me alejé lo suficiente como para apartarme del campo visual de todos que parecían interesados en preguntarle mil cosas a Edward para mantenerlo alerta, momento que aproveché para irme para afuera y esperar sentada en el pasillo en donde no doliera tanto la frialdad de mi ángel.
Sentada en la silla de plástico enfriado por el aire acondicionado del lugar, coloqué mi cabeza entre mis manos mientras me concentraba en no llorar.
—¿Te sientes bien…rompecorazones Swan? —preguntó Emmett tomando asiento a mi lado. Tenía una medio sonrisa que buscaba tranquilizarme.
Iba vestido con sus habituales pantalones finos de lino pero sin la chaqueta que completaba el traje. Su camisa de seda Armani gris plomo había sido enrolladla hasta las altura de los codos.
—No tengo ganas de hablar, Emmett —le gruñí.
—¿Tampoco quieres llorar? porque estás a punto de arrancarte el labio inferior con tus dientes.
Me solté el labio. No era consciente de estar haciendo eso que él me había dicho.
—Lo siento.
—¡Hey! no me pidas disculpas, no es mi labio el que estás a punto de arrancar —se rió y aquellos hoyuelos infantiles se me antojaron más hermosos que antes. Tenía tiempo de no verlo sonreír, lo que sumó un punto más a mi tabla de “remordimiento express” de conciencia.
—¿Quieres un café?
—No me gusta.
—Oh. Supongo que soy menos observador de lo que creía.
—No te preocupes —me encogí de brazos y me recosté contra el espaldar de la silla.
En donde estábamos era una zona relativamente tranquila. Solo se escuchaba el vaivén de algunos enfermeros y médicos que pasaban por las habitaciones haciendo el chequeo de los pacientes. Gracias al cielo hasta allí no llegaba el ruido de las ambulancias, las cuales solo lograban crisparme los vellos del cuerpo.
—Te va a perdonar —dijo después de un rato de absoluto silencio.
—¿Tú crees?
—No. Lo sé. Sea lo que sea por lo que hayan pasado te va a perdonar. Edward no puede vivir sin ti.
Sonreí pero de una manera muy carente de alegría y con algo de ironía, él no dependía de mi…yo dependía de él.
—Sinceramente ahorita podría diferir de eso.
—Bella, él puede que esté dolido o hasta molesto ahora pero ¡Por Dios! ¡Tú fuiste quien lo hizo reaccionar! Lo trajiste para nosotros de nuevo y se enfrentó a mí por ti. ¿Acaso crees que él podría estar sin ti? Si crees eso es porque no has visto bien como es que a él le brillan los ojos cuando te ve. Como si fueses lo más valioso que existiera… y no lo puedo culpar.
Se calló antes de tomar por rumbos que serían fragosos e incómodos para ambos.
—Gracias, Emmett —le dije con una sonrisa.
Rosalie salió y nos miró a ambos. No informó sobre el cansancio de Edward y luego tomó asiento al lado de Emmett.
Hablando de miradas brillantes y cosas valiosas, Rose parecía embobada cada vez que Emmett le prodigaba atención, pero no lo veía como estúpida sino más bien como una joven ingenua y anhelante. Por dentro le deseé la mejor suerte del mundo, sabía de primera mano lo que era amar a un Cullen y esperaba que para ella si hubiese un final feliz. Porque para mí… no estaba tan segura.
Veinticuatro horas pasaron…
Veinticuatro horas en las cuales ninguno se fue a su casa y montamos guardia por turnos en la habitación de Edward y por supuesto afuera de ésta. Alice con Jasper, que ahora eran inseparables aunque no informaban si eran pareja o no. Esme y Carlisle, que se veían a los ojos con complicidad juvenil y con preocupación paternal alternadamente a ratos. Emmett y Rosalie, la cual era tan relajada y acomedida que le resultó a este imposible no establecer un nexo con ella, así solo fuese de amistad. Y yo…que estuve desde la medianoche hasta casi las cinco de la mañana cuando entró de nuevo Alice con un café en mano y me mandó a relajarme afuera. Mientras estuve en el cuarto Edward durmió como un niño. No se despertó, no se movió y de vez en cuando resoplaba en medio de su profundo sueño. Le susurré sentada a su lado una y otra vez el cuento del cazo de Lorenzo. De alguna u otra forma necesitaba sentir que hacía algo por él y quería creer que lo ayudaba a seguir durmiendo.
A las ocho en punto llegó el Doctor Gerandy a chequear a Edward quien no se cortó a la hora de decirle que no le gustaba esa cortada que le había hecho en el pecho, según él le parecía grotesca. El médico no dejó de sonreír mientras chequeaba su ritmo cardiaco y nos daba a todos las indicaciones de cómo debíamos cuidarle. Autorizó su salida para el mediodía y cuando por fin lo dieron de alta todos nos fuimos a la casa a descansar.
Los días siguientes fueron un infierno. Edward se negaba a ser atendido por mí, solo su madre y Alice eran admitidas para que le curaran las pequeñas incisiones que le habían hecho y a la altura de la vena del brazo izquierdo para instalarle el marcapasos. Por mi parte yo era despedida con un simple: “Por favor, llama a mi madre o a Alice.” Él desconocía el poder de destrucción que tenían en mí cada uno de sus rechazos; pero para los demás no. Carlisle quiso razonar con él pero no lo dejé, temí que si se alteraba demasiado no sacáramos nada positivo del asunto y empeoráramos las cosas.
Una mañana en la cual tanto Esme como Alice estaban sumamente ocupadas; una en la cocina y la otra haciendo las gestiones para remodelar el bufete de su esposo quien le había propuesto eso hacía unos días y ella había aceptado encantada de la vida. Fui a su habitación con las gasas y el Gerdex que necesitaba para limpiar las heridas que ya estaban casi cicatrizadas a pesar de hacer pasado tan solo siete días desde entonces.
—Buenos días, ángel —le dije con suavidad, pues seguía dormido—. Es hora de tu cura —insistí.
Él abrió los ojos lentamente y al darse cuenta que era yo quien estaba sentada a su lado en la cama se corrió violentamente hacia la otra punta. De golpe me paré y traté de tranquilizarlo alejándome. Se quedó más tranquilo y a mí se me partió el alma en mil pedazos.
—Supongo que no dejarás que te toque —le dije con voz pesarosa.
—Que lo haga Alice….o mi madre… ¡No puedo soportar que me toques!
Inhalé bruscamente y me mordí el labio, asentí y salí de allí como murciélago escapando del infierno. Y si que ese era mi infierno personal; no solo Edward no me quería sino que ahora no me soportaba. Ya no tenía sentido seguir en esa casa. Ya ninguna mierda tenía sentido alguno.
Después de pedirle a Alice que subiese a atender a Edward me fui a la habitación que se me había designado en aquella casa, tomé mis maletas y bolsas en las que guardé cada cosa mía. No quería dejar nada que les pudiese recordar mi presencia, bajé las cosas hasta la entrada y me dirigí al garaje. Apreté el botón interno que activaba el portón eléctrico, miré mi muy abandonada Chevy. No pude evitar romper a llorar al entrar en esta y cerrar la puerta. Atrás habían quedado las esperanzas de salir de esa casa tomada de la mano de mi ángel, las esperanzas de una hermosa familia que me quería como si fuese suya.
Pero ahora no importaba nada, él lo había dejado claro con todos y cada uno de sus actos y más que nada…yo no deseaba tener nada que me recordase este dolor lacerante que me estaba comiendo viva. Lloré con rabia por no haber sido lo que Edward había esperado que fuera. Lloré con dolor porque sentía como si me hubiesen arrancado el corazón en carne viva y lloré aún más con impotencia por ver como se perdía la familia más real que alguna vez hubiese tenido.
Ya no tenía nada…
Encendí el motor que me sobresaltó un poco por lo fuerte que resonó en ese espacio tan silencio y lo puse en marcha. Me estacioné frente a la entrada de la casa y entré. Esme estaba allí, mirando con desconcierto las maletas y con cierta rabia también.
—Señora Esme…
—Te vas —me cortó.
Asentí.
—¡Qué decepción!
—Es que yo…
—Es que tú nada, Isabella. Te dije que me decepcionaría de ti si dejabas de perseverar. Sé que es duro, pero no pensé que te rendirías tan fácilmente. No parecías ser el tipo de persona que nos abandonaría también.
Sabía que ese “también” me colocaba en el grupo de enfermeras que se habían rendido por no haberle tenido paciencia a Edward…pero en mi caso era distinto. Jodida y malditamente distinto. Ninguna de ellas se había enamorado de su paciente.
Bajé la cabeza y acepté las palabras. Sin más empecé a recoger las maletas del suelo.
—¿Qué haces?
—Llevo las cosas al auto.
Asintió con frío desinterés.
—Iré a prepararte tu pago.
—No es necesario…
—De todas maneras lo haré. Nos prestaste un servicio y debe ser pagado. Punto.
¿Un servicio?... Si había quedado una parte de mi corazón intacta la acababan de patear y hacer añicos brutalmente. Dio media vuelta y caminó con esa elegancia tan suya hacia el estudio de su esposo.
—Señora Esme, gracias por todo…y si no es mucha molestia, despídame del señor Cullen.
—No te vayas antes de darte tu pago —ordenó con dureza.
—Comencé prestando un servicio…pero eso paso a segundo plano hace mucho tiempo, lo que hice fue porque quería. No fue solo un trabajo para mí.
Ella flaqueo un poco en su andar pero de todas maneras respondió.
—Igualmente recibirás tu pago.
Cuando se perdió de vista me apresuré a tomar todas mis cosas y tirarlas a la parte trasera de la camioneta. Como había dejado el motor encendido arranqué y salí de allí a lo máximo que me dio esa maldita cafetera de mierda. Cuando iba lejos vi que Esme y Alice se quedaban en la puerta pero tenía la mirada anegada en lágrimas así que no podía distinguir cuáles eran sus expresiones.
No tenía adonde ir puesto que le había prestado mi casa a Alice y aunque podría quedarme en alguna de aquellas habitaciones sobrantes, no podría lidiar con los recuerdos que tenía de Edward y míos sentados sobre el sofá, mas aun sabia que en cualquier momento Alice sacaría a relucir algo sobre él. Así que opté por manejar prácticamente sin rumbo…a la deriva…solo a donde me llevaba la condenada carretera. Tenía las mensualidades prácticamente sin tocar. Dos mil quinientos dólares mensuales durante ocho meses sin tocar me daban la posibilidad de pasar unos días lejos y aclarar mi mente antes de volver a Forks y buscar el reenganche en el Saint Gabriel.
Me detuve a un lado de la carretera cuando la lluvia que había empezado repentinamente, se transformó en un diluvio en potencia. Esperé con la cabeza recostada al volante que escampara para seguir, porque en esas condiciones climáticas no llegaría a ninguna parte. En mi mente seguía rememorando las cosas que habían pasado; el rechazo de Edward, la dureza de Esme, las figuras de la que era mi única amiga y una especie de madre para mí en la puerta…golpeé el volante con los puños en un arranque de histeria hasta que me dolieron. Me desgarré la garganta gritando al cielo por su inclemencia. ¿Por qué no me dejaba ser feliz? ¿A quién había jodido tanto en mi otra o en esta vida que lo estaba pagando de tan mala manera? ¿Por qué todo me tenía que doler tanto? ¿Por qué por más que gritara el hoyo que tenía en medio del pecho no se cerraba?

Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.

El golpe de unos nudillos me despertó sobresaltada. Apenas una brizna de agua caía desde el cielo. Aturdida miré a través del vidrio y vi a un chico alto, moreno y bien parecido que nuevamente golpeaba la ventana. Tenía fruncido el ceño y sus ojos negros como la noche me escrutaban.
—Oye ¿te sientes bien? Necesitas que llame a la policía —su voz sonaba amortiguada por el vidrio así que medio me acomodé el cabello con las manos luego de descubrir que me había quedado dormida llorando y bajé un poco la ventanilla.
—No, muchas gracias. Estoy bien. Estaba esperando que la lluvia cesara para…
No continué. ¿Qué iba a decir? ¿Para donde iba a ir?
—¿Ibas a…? —me presionó él con cara de Estoy – esperando – una respuesta.
—Más…adelante.
—¿Al río Qillayute?
—No.
—¿Al aeropuerto Qillayute?
—Tampoco.
—¿A Port Angeles? Porque si es así creo que vas en la dirección contraria.
—No.
Subió una ceja en escrutinio y entornó los ojos.
—Creo que no tienes claro a dónde vas o piensas que voy a raptarte, violarte o asesinarte. Lamento decepcionarte, bonita… —sonrió desplegando su hermosa dentadura blanca y perfecta— Las cara pálidas no son mi tipo.
Irritada por su intromisión y ahora reciente insulto contraataqué.
—¿Qué tu madre no te enseñó a tratar con las damas? Porque de plano debes de ser una vergüenza para ella.
—Mi madre murió hace más de tres años —admitió él sin alterarse.
—Yo…lo siento no sabía…no debí.
—¡Bah, tranquila! No lo sabías. Y al fin y al cabo ya no está así que… ¿De qué sirve andar llorando por lo que no puedes tener a tu lado? Debes seguir adelante por tus propios medios.
—Vaya…que optimista eres…¿cómo te llamas?
Me sonrió y metió la mano lo más que pudo por la pequeña ranura.
—Paul.
Apreté su mano lo mejor que pude y luego de soltarla terminé de bajar la ventanilla.
Miré alrededor pero no pude reconocer nada.
—¿En dónde estamos, Paul?
—Bueno...tú “estás” en la Reserva Quileute. Yo vivo aquí dijo muy pagado de sí mismo. Bienvenida a mi territorio, cara pálida. ¿Necesitas un guía?
Y allí estaba…no sabía lo que me deparaba el futuro además de más lágrimas en el itinerario de más tarde, pero al menos parecía que me había topado que con alguien que podía y quería sonreírme.
Me bajé de la camioneta y miré a Paul de frente, que me sonreía desde sus casi dos metros de altura.

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Bueno…como siempre el Ángel se hizo esperar…lo lamento, chicas pero estos últimos días han sido sumamente ajetreados para mí. Además de que quería y necesitaba terminar Anhelo desde la Oscuridad antes de continuar con CDC. Lo importante es que aquí estoy…y aquí seguiré…
Les mando un beso…
Este capítulo se lo dedico a todas mis nuevas lectoras de Fanfiction. Gracias por apoyarme y por hacer de esta historia lo que es.
Marie K. Matthew

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