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Espero que tu estancia en mi blog sea placentera, Mis Fanfics están protagonizados por personajes de Stephenie Meyer, pero las historias me pertenecen a mí. Advertenciaa: Rated: +M (+18)

Corazón De Cristal

"-Pareces un ángel ¿te lo habían dicho? Quizá lo eres y nosotros no somos capaces de comprenderlo." -Isabella Swan.

Tirano

"Un hombre que no tenía la palabra DEBILIDAD en su vocabulario...y una mujer sencilla y sensible que demostrará que hasta el más insensible y frío es capaz de caer por amor"

Anhelo Desde La Oscuridad

"Serás mía por toda la eternidad..Lo quieras o nó" -Edward Cullen.

Sin Alternativas

"Solo una mirada bastó para dar un vuelco a mi vida." -Rachel Black.

viernes, 18 de mayo de 2012

Tirano - Sexto Capítulo:


Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.

“Sin respuestas”



Había pasado una semana desde que Edward y yo teníamos… “algo”. Ni yo misma podía definir en qué estatus estábamos; no éramos novios, medio salíamos porque el trabajo nos ahogaba prácticamente. Tampoco éramos algo tan informal; ya que teníamos a Elizabeth ambos.
Y estaba la princesita… por ella mi oficina se había transformado en una sala de juegos infantiles, después de haber conversado con Edward sobre lo negativo que sería para la pequeña estar en casa todo el día con el servicio. Se suponía que en los primeros cinco meses la constante presencia de la madre era fundamental y como esta había optado por hacer el papel de cigüeña dejando a su pequeña en la puerta de un orfanato, nosotros optamos por tenerla cerca el mayor tiempo posible. ¿Por qué en mi espacio de trabajo y no en el de Edward? fácil… porque a diferencia de él yo no tenía que reunirme con ejecutivos de diferentes cadenas de empresas entre muchos clientes más; además que el infeliz ese es demasiado astuto. Con la excusa de “ir a ver cómo está la bebé” se escapaba cada vez que podía y se venía a invadir mi espacio, tirarse en mi ahora alfombrado suelo, y jugar con el gimnasio de Fisher Price con Lizzy, la cual por cierto ya estaba bastante acostumbrada a lidiar con que cada persona que entrara a la oficina quisiera cargarla o simplemente se acercara a su silla acolchada para hacerle arrumacos a los que ella contestaba con adorables gorgoritos de satisfacción. A sus tres meses se sabía la princesa de Le Madeimoselle, y dudaba mucho que le quitaran ese título en su cercanía.
En el mi baño de la empresa estaban sus artículos de higiene, así como se había habilitado una especie de archivador negro; para que contrastara con la oficina —como si los juguetes, la silla acolchada y la carriola lo hicieran— que contenía pañales, cremas, toallitas, bodys, camisetas, calcetines, escarpines, colchas, baberitos, gorritos y manoplas. Todo eso por si a la princesa corporativa se le ocurría ensuciarse.
Con respecto a la prueba de ADN, no se había llevado a cabo. Sospechaba que Edward no se atrevía a hacerlo por dos motivos. El primero, no sabría qué hacer si se demostraba su paternidad. Elizabeth había despertado un lado suyo muy protector y cariñoso, pero eso no quería decir que él no tuviese su Come – coco – mental ya que tenía varios años siendo vapuleado por su propio padre; así que no tenía un ejemplo claro al que seguir en una situación como esa. Y segundo, si no resultaba positiva la prueba de paternidad entonces se sentiría como si debiese ir a la niña en cualquier momento cuando le fuese encontrada una familia adecuada para ella. En resumen, Edward estaba aterrado.
Un hipo seguido de un llantito me indicó que Elizabeth se había despertado. Guardé los cambios en el itinerario de actividades para el evento de caridad y me acerqué hasta ella. Tenía los ojitos húmedos y la boca haciendo un hermoso pucherito. Abrí los broches que la aseguraban en su silla y la tomé en brazos meciéndola de lado a lado.
—Shhh. Tranquila, preciosa. No pasa nada. No estás solita —apretujó su carita buscando el pecho por instinto natural para alimentarse y se desesperó al no encontrarlo—. Shhhh... Espérame un segundo, Lizzy, ya tengo tu mamila… ¡Por dios santo, no llores así! me dan ganas llorar también.
De un punto al otro de mi oficina —con mis Steve Madden de animal print— corrí hasta la pañalera que tenía guindada al lado de mi bolso de Louis Vouitton. Más alaridos. Saqué la mamila del bolsito que lo mantenía calentita, fui hasta mi silla; más alaridos aún, y allí la acuné en un brazo mientras con el otro le daba la fórmula, se calló se ipso facto. Su boquita formaba una perfecta O alrededor del tetero mientras mamaba. Limpié la humedad que había en sus pestañas largas para una niña de su edad.
—No deberías llorar así, Lizzy. La gente va a creer que te maltrato aquí en la oficina —sus ojos azul grisáceos me miraban con atención mientras hablaba y una de sus manitas jugaba con el pañuelo que llevaba en el cuello a juego con el estampado de mis zapatos. Recé con todas mis ganas para que Elizabeth no se antojara de regurgitar mientras estuviésemos en  la empresa, ya que el vestido era marrón oscuro y no había traído ropa para cambiarme en caso de que ocurriese un accidente de esa índole.
La puerta se abrió sin tocar previamente. No necesité levantar la vista de la niña para saber quién era; porque aparte de ser el único que se tomaba esas libertades su Isey Miyake lo delataba. Amaba que usara ese perfume, me daban ganas de saltarle encima y devorarle con una necesidad primitiva. Y él sabía el efecto que tenía esa fragancia en mí. Hacía tres días atrás, en su departamento habíamos tenido una sesión de “ejercicios” bastante placentera y larga y todo gracias a ella. Juró que ahora tendría un arsenal solo para él de esa fragancia.
—Te he dicho que toques a la puerta, Edward —seguía sin despegar los ojos de la niña a la cual le estaba haciendo carantoñas y sonreía con la mamila entre las encías y luego seguía bebiendo.
—No sé si te pueda haber pasado algo mientras estas con Elizabeth —refutó él colocándose a mi espalda y mirando por encima de esta. Acarició una mejilla rosadita de la pequeña con sus manos largas—. Hola, preciosa. Buenos días…de nuevo.
—Son las doce del medio día.
—No, aún no. faltan cinco minutos así que aún son buenos días —acarició la pelusilla negra de su cabeza tratando de peinar esos cabellitos que a pesar de ser lizos se negaban a ser domados y preferían quedar en puntas, haciéndole una especie de mohicano.
Me quedé en silencio un momento disfrutando de esa tranquilidad que se aprende a apreciar cuando tu vida está llena de estrés todos los días, y luego rompí yo misma aquel remanso de paz.
—¿Cuándo piensas ir a hacerte la prueba de paternidad?
Se envaró de inmediato y se apartó de la silla como si se hubiese quemado con aceite hirviendo. Caminó hasta colocarse en frente de mi alcance de visión pero no dejaba de caminar de un lado a otro con nerviosismo.
—No comiences, Bella.
—Sí comienzo, Edward. Es importante que sepas de una vez por todas…
—¡No te pongas como Carlisle! —me gritó— ¡No lo soporto!
Elizabeth se sobresaltó y comenzó a lloriquear, la apreté contra mi pecho y comencé a tararearle una nana para calmarla. Le miré a los ojos sin demostrar ningún tipo de sentimiento. Bastaron cinco segundos para tenerlo en frente de mí luego de haber hecho girar la silla y colocarse entre mis piernas arrodillado en el suelo.
—Lo siento, Bella. No quise gritarte. No  sé qué me pasa —sus mejillas se tiñeron de rojo y sus ojos automáticamente se cerraron con fuerza mientras se apretaba el puente de la nariz con exacerbado.
—Yo sí. Estás bajo mucha presión últimamente… —acaricié su mejilla y dejé él recargara su cabeza en ella— Necesitas planear el evento de beneficencia conmigo, saber y lidiar con la existencia de Elizabeth, intentar hacer que tu padre valore tus esfuerzos, mantener el estatus de la empresa…en fin. Volverte el jodido Capitán América y ser el soldado perfecto ¿no es cierto?
Sus labios desplegaron una sonrisa triste y miró la escena que tenía delante de él. La niña; que ya había terminado de comer estaba mirándonos a ambos de tanto en tanto, yo la sostenía a ella y a él a la vez y él a nuestros pies. Si hablamos en términos de culebrones noveleros; podía verse como la promesa lejana de la familia que había querido pero no había tenido. La mía había sido defectuosa…la suya también. ¿Saldría algo tan bueno y tan inocente de dos seres como nosotros? Jodidos por la vida y menospreciados por nuestros padres.
Meneé la cabeza tratando de deshacerme de esas ideas que lo más probablemente jamás se fueran a llevar a cabo. Era imposible que dos seres como nosotros —totalmente opuestos y que casi siempre tratábamos de hacernos el mayor daño posible— pudiésemos conformar tan hermosa unión. Podía ser que por los momentos disfrutáramos de nuestra compañía, pero… ¿Hasta cuándo nos duraría esta tregua?
—Vente a trabajar a la oficina conmigo. Tenemos mucho que hacer y necesito que me ayudes con este terremoto —dije señalando con un asentimiento a Elizabeth que estaba tratando de levantarse para terminarme de ahorcar con el pañuelo que tenía en el cuello.
Él asintió con una sonrisa más tranquila.
—¿Cómo has podido soportarme todo este tiempo?
Le revolví el cabello broncíneo y le sonreí.
—No sé si pueda vivir con ese maldito tirano que vive dentro de ti y sale de tanto en tanto. No sé si seré capaz de soportarlo. Pero por los momentos me hago la fuerte —le guiñé un ojo y le di un beso en los labios.
Elizabeth aprovechó que ambos estábamos inclinados sobre ella para hacer un gorgorito de felicidad y templarle el cabello a Edward sin mucha delicadeza haciéndonos romper el beso.

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Ángela asomó su cabeza en mi oficina pidiendo permiso para pasar. Edward estaba a mi lado sugiriendo actividades para llevar a cabo en el evento benéfico de Le Madeimoselle mientras que Lizzy no dejaba de sacudir sus sonajas y metiéndoselas en la boca para rascarse sus encías.
Llevaba entre sus manos un cartón con dos cafés de Starbucks. El aroma me dijo lo que nos traía.
—¡Dios, te amo! —le dije mientras disfrutaba del aroma de los lattes de vainilla humeantes.
Ella se echó a reír y colocó los cafés delante nosotros. Noté que cuando estuvo frente a él se puso un poco rígida como si se sintiera incómoda en su presencia, cosa que no me extrañó, ya que muy a pesar de que él era sumamente educado con sus trabajadores, no se relacionaba con ninguno y los trataba de manera muy profesional, nada cálida. Además de que el muy bastardo tenía un porte que doblegaba a cualquiera que tuviese feromonas en el cuerpo.
—Muchas gracias —asintió él tomando el vaso por la barra de seguridad para no quemarse.
—Ángela… —le llamé antes de que saliera de mi oficina. Ella volteó y se reacomodó los lentes en el tabique de la nariz con el dedo índice— Necesito los bosquejos de los banners para el evento de beneficencia. Necesito enseñárselos al vicepresidente —ella asintió y salió.
—¿Qué le enseñarás “al vicepresidente”? —su sonrisa lobuna me hizo carcajearme con ganas.
—¡No seas pervertido! Estamos trabajando. Además… —miré a Elizabeth que tenía sus ojitos clavados en ambos con atención— tenemos compañía.
—En la noche —ordenó. Él no sugería, ordenaba. Y las mayorías de las veces no me molestaba solo cuando ese “dictador” osaba manipular mi vida.
—No. Esta noche dormiré en mi casa. Ya hablamos de eso. Necesito dormir en mi casa, y aprovechas para deshacerme de las cosas que se me han ido dañando en el refrigerador, ya sabes… por dormir tantas noches en casa de cierto vicepresidente.
—No han sido muchas.
Entrecerré los ojos.
—Edward, de la semana pasada para acá me he quedado cinco días en tu casa y dos días en mi casa.
Desde que nos habíamos “confesado” en la cocina de su ático en  el centro de Manhattan habíamos estado pasando mucho tiempo juntos. Sobre todo por las noches, y no precisamente durmiendo. Nos turnábamos para alimentar y leerle libros a Elizabeth antes de dormir. El doctor Seuss se repetía bastante ya que a ella parecía calmarla esas historias. Alimentarla era un poco más trabajoso ya que exigía que nos levantásemos cada tres horas o un poco más. Pero su horario no era fijo; así que tanto Edward como yo nos intercambiábamos las madrugadas para alimentarla, era extenuante, sí; pero ninguno había discutido con el otro por eso. No pretendíamos ser padres sustitos; porque ninguno sabíamos cómo serlo pero sí que queríamos darle todo el cariño del que fuésemos capaces.
—Está bien —admitió él derrotado.
Seguimos trabajando en las decisiones pertinentes al evento. Él alegó que no les gustaban ciertos colores, pero que en líneas generales, el trabajo estaba bien hecho. Me alentaba a seguir tomando decisiones, así como me comentaba los próximos eventos que iban a haber en Le Madeimoselle. Interiormente, yo rezaba por seguir trabajando para ese entonces en la misma empresa. Le di mi opinión acerca de lo que podría organizarse para esos momentos y me interesé sobre todo en la representación que enviaría The Madeimoselle para el lanzamiento de The One Sport de Dolce & Gabanna, que se realizaría en Milán para el verano del presente año; evento en el cual no podríamos faltar siendo una de las franquicias de perfumerías más grande del mundo.  
—Quiero que vayas conmigo a Milán —me dijo con profundidad en los ojos.
Tragué grueso y desvié la vista al ordenador haciendo absoluta y positivamente nada.
—Si lo hago bien en el evento, quizá sea uno de los escogidos para ese viaje —bromeé para esconder el nerviosismo que me transmitía la idea de seguir juntos cinco meses más.
—No me entiendes. Quiero que vayas conmigo Como – mi – Acompañante. —puntualizó como si estuviese hablando con una persona con problemas de comprensión.
—Edward, mejor nos tomamos las cosas con calma… —tomó mi barbilla e hizo que lo mirara a los ojos levantándola hacia él. Su mirada era suplicante pero su tono era demandante.
—No te estoy pidiendo matrimonio, Isabella, solo que vayas conmigo para Milán.
—Pero es que no sabemos si estaremos juntos en ese instante.
—Eso es cierto, pero si estamos juntos iremos.
—¿Sin lugar a réplica?
—No —sus ojos azul grisáceos se oscurecieron haciéndolos parecer más grises que azules. La ferocidad se apoderó de sus facciones casi helenas— ¿Es que acaso quieres ir…con alguien más?
Sonreí con abierta malicia.
—Cuando dices alguien ¿te refieres a Jacob? —gruñó.
—Exactamente a él. O abarca a cualquier otro —me carcajeé sin poder contenerlo— ¡No te rías! Esto no me causa nada de gracia.
—Pero a mí sí.
—Responde la pregunta —dijo con seriedad. Tanta era su concentración que ignoró el golpe que Lizzy le dio en su antebrazo con su sonajero. Aunque dudaba que pudiese lastimarlo con solo eso.
Tomé su cara entre mis manos. En cualquier otro momento quizá me hubiese molestado y mandado a la mierda todo, pero ya éramos adultos y aunque no fuese nada formal lo que teníamos ahora, no quería andar en modus bélicus todo el tiempo.
—Edward ¿con quién estoy ahora?
—Conmigo pero…
—Entonces no me preguntes si quiero ir con alguien más en tanto tiempo a cualquier lugar —se lo remarque como indirecta, debido al tema de nuestra relación sin compromisos; sumado a que no podía definir que ocurriría “en cierto tiempo”—. No sé siquiera si estemos juntos para entonces, pero no ando planificando relaciones como si eso fuese una sesión de spa. Así que relájate —deposité un casto beso en sus labios—. Ven, apresuremos los últimos detalles para que nos lleves a mi casa —en ese instante vislumbre un destello en sus ojos—. No, tu no vienes incluido en el paquete, solo fue una frase mal formulada —le desvié la mirada con seriedad y cuando estuve lejos de su alcancé prorrumpí en carcajadas, su ojos de perro triste conmovían; pero en ese momento me causo gracia.
Finiquitamos los detalles importantes y en menos de media hora ya estábamos en el BMW serie 1 plateado vía a mi casa.

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Al llegar a casa me despoje de toda mi ropa y corrí a darme una ducha con agua tibia; la cual se prolongo mas de lo normal. Tanto cansancio ya estaba surtiendo efecto. Al salir busqué algo cómodo que ponerme. Seque mi cabello y luego lo até en una coleta alta.
Aproveche mi tiempo a solas para dirigirme a la cocina y solucionar lo que me urgía. Y por supuesto, como era de esperar, varias cosas yacían dañadas. La leche, el yogurt, una ensalada de pollo, y un almuerzo empacado (el cual no podía recordar de cuando era).
En ese instante sonó el teléfono y lo sostuve con el hombro mientras en una bolsa iba echando toda la comida desperdiciada.
Edward, simplemente cántale y camínala de un lado a otro por favor. Elizabeth jugó mucho, no creo que no tenga sueño.
¡Pues no ha bostezado ni una condenada vez! Además de que se pone a llorar si la coloco en la cuna. Quiere que la tenga en brazos todo el tiempo.
Entrecerré la vista mientras que asesinaba con la mirada a una lechuga ennegrecida. ¡Genial! Otra cosa mas…
Quieres que te diga que puedes venir a pasar la noche en mi casa, oportunista. Lo sé escuché una carcajada desde el otro lado de la línea telefónica—. ¿Ves? ¡Lo sabía!
Esa no es solo mi intención. Sabes muy bien que Elizabeth se duerme más rápido si estás con ella.
Eso es falso.
Eso es cierto. Lo sabes.
Solo porque yo he dormido las mayorías de las veces, no quiere decir que se duerma más fácil conmigo.
Silencio…
Vente. Total…ya estoy terminand… piiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Estaba hablando sola. Tomé el teléfono y meneé la cabeza de lado a lado sonriendo con resignación. Hoy tampoco dormiría mucho.

UNA HORA Y MEDIA DESPUÉS…

Lizzy yacía dormida en el medio de mi cama rodeada por un fuerte hecho en almohadas y almohadones para evitar que se fuese contra el suelo. Hacía una hora que Edward había llegado con la pequeña terremoto en brazos y solo media hora desde que había caído desmayada sobre mi hombro después de varias canciones de cuna repetidas una y otra vez de palmo a palmo de mi casa, la cual por cierto no era muy grande.
Con una franela inmensa de Abercrombie & Fitch que me llegaba a la cadera y más nada; descansaba sentada en el sofá recostada del hombro de Edward mientras veíamos una película fastidiosísima.
¿Cómo dijiste que se llamaba?
“La Pontífice”. La verdad me esperaba otra cosa. Creía que la película sería más controversial.
Y solo ha sido como ver un culebrón religioso y machista me apretujé más a su lado.
Tenía las piernas subidas en su regazo puesto que él mismo las había estirado sobre las suyas, se aprovechó de eso y ascendió hasta mi intimidad.
¡La niña! le gruñí sin demasiada convicción ya que estaba trazando círculos sobre mi muyyyy delgada braga.
Está en tu cuarto… beso masaje en la zona sur dormida… beso – masaje en la zona sur— ¡No grites! y no me dejó manera alguna de hacerlo ya que se tragó mis gemidos al introducir su lengua en mi boca buscando a la mía, que por su puesto no se resistió mucho. Le eché los brazos al cuello y de un movimiento rápido me colocó a horcajadas sobre su regazo y retomó su masaje erótico.
Edward…
Dime gruñó entre mis labios antes de volver a besarlos ¿Qué quieres que te haga?
—Entra. ¡Ya!
Sonrió complacido ante mi urgencia.
Hoy no estás de ánimos para mucho preliminares ¿cierto? negué con la cabeza antes de que me diera un largo lametón desde la base del cuello hasta la mandíbulaQue bueno porque yo tampoco.
Sin perder demasiado tiempo mandó a mis bragas de paseo, no se molestó en quitarme otra cosa. Más nada. Sin mencionar lo extasiado que se quedó al constatar por su propia mano que no llevaba brassier.
Se levantó lo mejor que pudo para sacarse el pantalón y los calzoncillos. Y al enredarnos tanto, optó por dejarlos a mitad de sus muslos, su camisa se largó y las caricias desesperadas llegaron. Aruñé sus hombros y acaricié sus brazos anchos pero no grotescos. Solo lo justo para dar a entender que cuidaba de su físico. Nuestros sexos se acariciaban intercambiando tibia humedad con cada roce. Mordió mi labio inferior, haciéndome gemir y girar las caderas en círculos sobre él. Gruñó y con una pequeña elevación y la alineación correcta de su pene ayudada por una de sus manos, se introdujo en mí. Sonrió como un zorro.
Estás tan acostumbrada a mí…y aun así…sigues siendo tan…estrecha me mordió en el cuello. Estuve casi segura que a la mañana siguiente tendría una marca—. Me fascinas, Isabella Swan. Me matas.
Alborozada por su comentario moví mis caderas con impetuosidad buscando la primera liberación que no tardó en llegar.
Mis paredes se contrajeron alrededor de su sexo a la vez que ahogaba un gemido desgarrador entre sus labios. Arremetió contra mí con fuerza y desesperación y sentí un líquido cálido que bañó mi interior.
Él ímpetu se calmó pero los besos siguieron….salió de mí para colocarme frente al espaldar y él se pegó a mí. Su pene se acariciaba en el canal de mi trasero sin penetrarlo. Bajé la cabeza para apoyarla en mis antebrazos pero él me dio un tirón de cabellos hasta llevarla de vuelta a su pecho.
Dame tus labios y se los di.
Nuestras bocas se acoplaron y nuestros dientes chocaron en una que otra ocasión pero ni por eso dejamos de devorarnos. Entró en mí sin delicadeza y di gracias que ya hubiese suficiente humedad para amortiguar semejante intrusión.
¡Edward!…te voy…a matar…si mañana…amanezco adolorida gruñí antes de volver a besarlo.
Se rió sin vergüenza alguna contra mis labios y aumentó su ritmo hasta hacerlo urgente. Sentí como su sexo se ensanchaba. Se iba a venir y a mí me faltaba…
Tomé tu mano y la dirigí justo a mi clítoris sin temor alguno y le hice acariciarme hasta que la necesidad fue más grande que nuestro control y nuestros instintos más básicos tomaron la batuta haciéndonos más animales que hombre y mujer. Mordí el mueble con fuerza gimiendo como una posesa a la vez que nuestras caderas se movían como pistones descargando nuestro deseo.
Vencidos nos dejamos caer en el mueble. Salió de mi interior y nos colocamos frente a frente. Él limpió el sudor de mi frente y yo el de su nariz, ambos lo hicimos con las yemas de nuestros dedos, con caricias delicadas que en nada se parecían a la clase de sexo que acabábamos de tener.
No sé cuanto dure esto el nosotros estaba implícito—. Pero quiero que siga todo lo que se pueda.
Me quedé en silencio mientras jugueteaba con su cabello.
¿No tienes nada que decirme? preguntó receloso.
Que me gustas. Y demasiado. Que no sé si esto dure, pero lo necesito con toda mi alma aunque no entiendo muy bien el porqué. Que estoy dispuesta a correr riesgos por ti y que quiero saber más sobre esa personalidad enigmática tan tuya. Que quisiera entrar en tu mente y saber que es lo que debo hacer para ayudarte a salir de esa coraza de hombre frío de negocios que tienes.
Que tengo miedo preferí englobarlo todo y dejar de admitir muchas cosas que podrían teñir de obsesión lo que teníamos, aunque fuese cierto.
¿De qué? acarició mi cabello y llevó un mechón detrás de mi oreja.
De que todo esto que estamos haciendo se nos venga encima y que al final del cuento volvamos a ser el jefe y la asistente que no se soportaban.
Eso no va a pasar, Bella.
¿Cómo lo sabes?
Porque esto no es “cuento” como tú dices. Y de volver a ser extraños solo sería por una cosa.
Me quedé en silencio mirando sus orbes azules grisáceos sin preguntar. Me daba miedo hacerlo. Por lo visto esa noche estaba hecha toda una cobarde.
Traición, Bella dijo finalmente—. Jamás te perdonaría que me traicionaras de ninguna manera.
Sonreí más tranquila. Yo no era de las que suelen ser desleales. ¿De qué manera Edward podría sentirse traicionado por mí?
Simplemente no era posible.
Sin embargo necesitaba dejar en claro mi punto de vista también.
Yo tampoco te perdonaría una traición, Edward. No soportaría ser un segundo plato o una simple opción de “resuelve sexual”.
Ambos solo nos miramos a la cara tratando de adivinar los demonios que cada uno llevaba por dentro.
¿Cuál sería el momento donde estos colisionarían?
Por lo visto era una noche de preguntas sin respuestas. 


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POR FIN VOLVIÓ EL TIRANO!!!! Ya le extrañaba. No sé ustedes. Sé que el capítulo es corto comparado a otros, pero en serio estoy haciendo lo posible para actualizar una historia semanal por ahora que estoy ocupada con mi tesis de nuevo.
Un millón de gracias por apoyarme y hasta de defenderme de comentarios maliciosos.
“No hay mejor relación que la que se fundamenta en el respeto”.
Por ciertooooooooo. Este capítulo se lo dedico a mi Nalla Karen Segura que está de cumple hasta dentro de cuarenta minutos que falta apara terminar el día de hoy 17/05/2.012. No hay palabras para agradecer tanto cariño y lealtad, Nalla. Solo resta el tiempo para mantenernos juntas a pesar de todo y todos.
Hasta la próxima, mis terroristas!!!!
*Marie K. Matthew*




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