domingo, 19 de agosto de 2012

Corazón de Cristal — Décimo Séptimo Capítulo:


Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.



“Solo un beso”

Bella POV:

—¡¿Y quién es él?!
«¡OhDios!»
—Ángel… —respondí en un susurro. Lo sentí indigno, era tomar muchas atribuciones; pero ya lo había dicho. Instantáneamente tuve las manos sudorosas a pesar de que un frío se calaba en mis huesos de golpe. Él estaba de nuevo frente a mí.
Noté que Emmett lo tenía agarrado del brazo izquierdo y que la mirada de ambos estaba impasible. Sin necesidad de mirar a quién tenía a mi lado, pude comprender las reacciones de los dos, así que procedí a calmar los ánimos.
 — Paul, él es Edward. Del que tanto te hablé ayer. Él es su hermano Emmett, y ella es mi compañera de casa y amiga Alice. —Paul sonrió con una tranquilidad y frescura muy natural. Muy pagado de sí mismo. Le tendió su mano a cada uno, quienes  por su parte la estrecharon no de muy buena gana. Al menos dos de los presentes.
Noté que Edward tenía el ceño fruncido; lo cual hacía cuando estaba molesto o frustrado porque no comprendía algo. Imaginé que en este caso serían las dos cosas. Me situé a su lado y al instante surgió la tentación de tocar su mano y estrechar mis dedos con los suyos, como lo habíamos hecho tantísimas veces. No lo hice. Desconocía cómo reaccionaría frente a mi invitado y aún no me sentía lo suficientemente fuerte como para lidiar con un rechazo. No con otro.
—Edward. Paul es un amigo que conocí hace poco en la reserva de La Push. Va a estudiar enfermería así como lo hice yo, aunque no tiene la más mínima idea acerca del área en la que se va a especializar.
—Mmm… —fue la única respuesta de él.
El mencionado le sonrió impertérrito hasta que un silencio incómodo se apropió de la pequeña sala de estar de la casa. Paul, supongo que harto de tantas hostilidad innecesaria, miró su reloj y cargó la pesada caja como si fuese una pluma.
—Bueno, me van a disculpar que no me quede más tiempo del que me exigiría la cortesía… pero debo llegar pronto a la reserva. Tengo cosas que hacer. —pasó por el lado de cada uno y se despidió, pero cuando llegó frente a mí me dio un pequeño beso en la mejilla. Una sonrisa muy poco avergonzada pendía de sus labios perfilados—. Muchas gracias por todo, Bells. Sabré aprovechar todo esto que me estás dando, te lo prometo.
—Eso espero.
—Así será. Luego te llamo. Adiós.
Cuando el Volkswagen algo destartalado de color rojo desapareció de mi vista, tranqué la puerta. A regañadientes volteé, pues ya no había excusa para no enfrentar la situación. Me encontré con dos expresiones impasibles y una dubitativa. Entonces Alice intervino con su dulce talante para suavizar la situación:
—Siéntense, chicos. Voy a dejar la pizza en la cocina, dejo mi bolso en el cuarto y luego cenamos —subió las escaleras de dos en dos. La puerta chirrió al abrirse.
El ambiente incómodo seguía creciendo. Emmett con cara de molestia, pero sabía sin lugar a dudas que no tenía ningún derecho en pedir alguna explicación con respecto a nada que tuviese que ver con mi vida privada. Edward, con aparente cara de frustración y eso sí que no podía deducirlo con claridad hasta que no hablara en privado con él. Y yo….bueno, dejémoslo en que definitivamente aún seguía sorprendida con la repentina visita.
—Pasemos a la cocina, chicos. —les invité y pasé detrás de ambos. En ese instante ya los nervios me recorrían todo el cuerpo, como si se tratase de un ataque con una tyser. Era inevitable—. Tomen asiento.
Emmett tomó asiento sin decir más que un cortés “gracias”. Su hermano menor en cambio, se dio a la tarea de recorrer la minúscula estancia con curiosidad. No entendía que podía llamarle tanto la atención, ya que había venido una vez a esta casa y jamás pareció estar muy impresionado con nada. A lo mejor en un principio lo fue, cuando había sido construido tiempo antes de que mis difuntos padres la habitaran.
—¿Qué tanto miras, Edward?
Él volteó y medio me sonrió. Se encogió de brazos y tomó asiento en la mesa.
—Me gustan las paredes de cuadritos de esta cocina.
—Son solo cerámicas, Ed. —le dijo su hermano con naturalidad y algo de fastidio.
Le miré extrañada.
—¿Cómo te puede gustar? Esa cerámica es muy vieja. En cambio la cocina de tu casa es preciosa…
—Pero no tiene peras ni manzanas en las paredes. —«Precisamente por eso es preciosa» me dije mentalmente.
Claro, en ese momento su lógica tuvo sentido. Aquella cerámica tan vieja era de su agrado puesto que de manera salteada —y a mi gusto personal “horrorosa”— había pequeños grupos de manzanas y peras que le daban un aspecto demasiado anticuado al espacio, aunque muy hogareña también, debía reconocer. En cambio, las paredes de la cocina de la mansión de los Cullen eran; como en la mayoría de la casa; blancas. De grandes espacios y muy sobria. Ahí no había nada de gráficos que pudiesen entretener de alguna forma a Edward. Así que podía entender el porqué de su fascinación con aquella decoración horrible y desgastada.
Emmett negó con la cabeza mientras trataba de ocultar una sonrisa por la ocurrencia de su hermano, y eso no le pasó desapercibido al segundo quién se mostró repentinamente indignado:
—¡No te rías de mí, Emmett! —no fue lo que dijo. Sino su expresión autosuficiente y con índole de suma madurez lo que hizo que a ambos se nos escapara una pequeña risa. El acusado levantó las manos en señal  de indefensión.
—No me río de ti, Edward.
—Claro que sí.
—Bueno, entonces sí. Si eso te hace feliz…
—No, eso no me hace feliz en lo absoluto. —dijo cruzándose de brazos y enfurruñándose, lo que lo hacía lucir más gracioso.
Yo solo podía mirarlos de hito en hito mientras solucionaban “sus problemas”. Internamente agradecí la distracción ya que había roto con esa actitud hostil que parecía haberse instalado en ellos no más entrar en la casa y ver al pobre Paul. Quien era inocente de todo lo que lo acusaran. ¡Qué vergüenza con él! Había salido huyendo como si de pronto la casa estuviese en llamas. Ni siquiera me dio tiempo a invitarlo a cenar. Quizás así se hubiesen conocido y…
—¡Bella! —Edward habló algo alto.
—Perdóname. No te escuché.
—Ya me pude dar cuenta de eso. —dijo ya no muy relajado.
Iba a colocar una mano sobre las suyas que estaban descansando una sobre la otra. Pero cobarde mí, temí no saber cómo gestionar un rechazo más. Así que opté solo por sonreírle.
—Perdóname, Ángel, a veces soy una completa distraída. —respondí un poco insegura. Asintió en silencio.
Emmett se aclaró la garganta y se revolvió incómodo en la silla mientras decía:
—Alice se ha tardado un poco ¿no?
Me puse en pie para ir hacia la nevera.
—Mientras podemos tomar algo. ¿Qué quieren? Tenemos coca cola …
—Coca cola. —dijo mi ángel sin dejarme terminar de hablar. De inmediato saqué la botella de plástico y luego miré a Emmett.
—¿Y tú?
—Lo mismo. Gracias.
Cerré con el pie. Era una horrible manía que había luchado mucho por quitármela, por lo visto no iba tan bien encaminada como creía. Tomé unos vasos de uno de los gabinetes, le serví a cada uno y además de un poco de coca cola para mí misma. Tomé asiento con ellos y justo en ese momento Alice llegó a la cocina. Se veía más sonriente que de costumbre. Sabía que Jasper era el responsable de esa reacción. Solo él era capaz de causarle semejante brillo en la mirada.
—¡Lo siento! Me quedé hablando por el móvil. De seguro la pizza ya debe estar fría.
Cargó con cuatro platos y yo saqué cubiertos para todos.
—¿Para qué colocas tenedores? La pizza de come con la mano ¿No es cierto, Eddy? —Emmett le dio un codazo en las costillas. El aludido asintió solemnemente como si lo que había dicho su hermano era una verdad absoluta e indiscutible.
—Muy cierto.
—¡Oigan, yo como la pizza con cubiertos! —espeté con falsa indignación.
—Eso es porque eres rara, Bella. —dijo Alice quien tomaba un pedazo y se lo colocaba en su plato, como luego hicieron Edward y Emmett.
Entrecerré los ojos.
—Hoy no me agradan mucho.
—Ni a mí ese muchacho nuevo. —dijo Edward.
Casi me atraganté con el pedazo que estaba masticando. Lo miré con ojos desorbitados.
—¡Pero si él no te hizo nada malo, ángel!
Se encogió de hombros y mordió su pizza como si lo que decía tenía poca importancia. Cuando terminó de tragar habló de nuevo:
—No me gustó que te besara en la mejilla. No…no me gusta. Y punto.
Dejé pasar por debajo de la mesa ese comentario. Luego hablaríamos él y yo en privado y le explicaría lo de Paul. Entendía que él estaba celoso, y aunque era grato sentirse deseada no quería que se diese un malentendido más adelante si se volvían a ver.
La cena discurrió —luego de esa escena medio cavernícola de Edward— en paz. Las conversaciones fueron bastante relajadas y luego tanto Alice como Emmett se empeñaron en lavar los trastes, así que aproveché para tomar a Edward de la mano y conducirlo hacia el patio trasero de la casa. De camino saqué dos edredones viejos del armario y tendí uno en el césped húmedo.
—¿Te quieres sentar conmigo? —le dije a Edward ya tirada en el suelo. Se colocó a mi lado, pero decidió acostarse de una vez.
Seguí su ejemplo y luego coloqué por encima de nosotros el otro edredón. Cuando estuvimos abrigados hasta el cuello me giré para verlo y él hizo lo mismo. El corazón volvía a latirme desaforadamente. Había extrañado demasiado esos ojos azul grisáceos. Una semana completa sin poder verlo y mucho más tiempo sin aquel brillo especial que me hacía pensar que si el mundo se acaba yo seguiría existiendo solo si él me seguía mirando de aquella forma.
—Quiero pedirte perdón. —dije en un susurro—. Siento haberme ido de tu casa sin mirar atrás. Tú eres lo más importante para mí, a pesar de que mis acciones de ese día no parezcan demostrarlo. Tenía que haberte explicado el porqué de mi omisión. —Toqué su cara con la punta de mis dedos y una sensación de calidez se filtró en mí. ¡Cuando había echado de menos tocarlo de cualquier forma!
—Yo siento haber sido tan grosero contigo ¡Pero te juro que no fue mi intención, Bella! No quise hacerte daño. Solo era sincero.
Jadeé de golpe. Pero al segundo mismo recordé que no podía tomarme al pie de la letra lo que él había dicho, debía preguntar primero. Tenía que hacerlo.
—¿Qué fue lo que quisiste decirme ese día, Ángel? Explícamelo desde el principio.
—Yo… —un sonrojo leve se filtró en sus mejillas, aún así pude percibirlo a la luz de la luna. —Yo… Es que, Bella. Cada vez que me tocabas… solo podía pensar en cuando hicimos el amor. Y te deseaba, pero seguía estando molesto. Me sentí muy frustrado.
Ese había sido el motivo desencadenante de ese tamaño desastre. Nos había llevado días, lágrimas, anhelo y muchas otras cosas más el comprender que todo se debió a un gran malentendido. Sin embargo, una parte mucho menos coherente de mi cerebro hizo énfasis en algo en particular: Edward me deseaba y no había sabido como hacérmelo entender. Tenía ganas de besarlo, de deslizarme por su piel y hacerlo sentir amado en cuerpo y alma, decirle tantas cosas y hacerle muchas más. Pero este era el momento de corregir entuertos, debía aclararlo absolutamente todo para que luego no tuviese que lidiar con situaciones indeseadas como la que habíamos tenido hace poco.
—Ángel, lo saqué todo de contexto. Pensé que lo habías dicho porque me aborrecías —admití avergonzada—. Sabía que había cometido un error garrafal al no explicarte que el hecho de que usáramos protección era por evitar algo para lo que ninguno estamos preparados y pensé que… ¡Dios, no acerté en nada!
Vi su expresión de sorpresa y luego tomó mi cara entre sus manos y juntó nuestras frentes.
—¡No, Bella, no! nunca podría sentir eso por ti. Yo te quiero.
Fue como si un gran peso fuese retirado de mis hombros en cuanto declaró aquello con tal nivel de seguridad. No quedaba ninguna duda de que estaba diciendo lo que pensaba; y sentía; en realidad.
—Pasé toda la semana imaginando que me decías esto, y aún así me estremece que me lo digas frente a frente. Se siente como si todo se detuviese y solo existiéramos nosotros dos.
Él miró alrededor del pequeño patio y luego a mí con completa naturalidad:
—Acá solo existimos nosotros dos. No hay nadie más.
Con lentitud se acercó a mis labios. Nuestras comisuras temblando por el nerviosismo que anticipaba el encuentro de ambos en un beso que ayudaría a borrar cicatrices; que no queríamos pero que igual nos habíamos hecho, por el simple hecho de ser humanos y cometer errores. Y más todavía por ese condenado poder que hemos desarrollado desde casi el principio de los tiempos en los que fuimos creados: El poder de herir a los demás, que cuando es cualquier extraño no nos molesta demasiado. Pero cuando ese alguien es a quien amamos, solemos hacérselo tan seguido que es casi absurdo.
Su dulzura se filtró en mí al instante en que nuestros alientos hicieron lo mismo. Porque besar a Edward era como cometer alguna clase de paganía en la cual quizá estaba mancillando a un ángel con mi impura humanidad, pero yo era demasiado débil para resistirme a esa tentación de la que me estaba haciendo una total obsesa.
 Nuestras respiraciones comenzaban a desviarse hacia caminos más urgentes así como lo eran nuestras necesidades, por lo que —aunque me costó horrores— rompí el contacto para mirarlo a los ojos y decirle cosas muy importantes que nos ayudarían a llevar bien encaminada nuestra relación de ahora en adelante.
—Ángel, necesito hablarte sobre una decisión muy importante que tomé en estos días —él me escuchó con atención—. Voy a pedirle a tus padres que me regresen mi antiguo trabajo como enfermera, si te parece bien… —su sonrisa se hizo deslumbrante pero le coloqué mis dedos en sus comisuras para que me dejase terminar—. Pero no voy a volver a vivir con ustedes. Me quedaré aquí y viviré con Alice.
Su expresión se apagó súbitamente y su tristeza se coló en cada gesto que hizo a partir de entonces.
—¿No quieres que estemos juntos? —preguntó con las facciones invadidas por un miedo súbito. —Yo creí que…
Lo tomé de la nuca y acerqué su frente a la mía mientras lo miraba con intensidad.
—Shhhh, Ángel, no digas eso. Claro que quiero estar contigo, pero ya no podrá ser bajo las mismas condiciones de antes —miré de soslayo sus labios y estuve drásticamente cerca de apoderarme de ellos con toda la violencia de la mezcla de sentimientos que me estaban consumiendo justo en ese momento. —. Esta vez quiero hacer las cosas bien.
—¿Pero por qué estar juntos está mal? No lo comprendo.
—Estar juntos no está mal, Edward Anthony Cullen, pero ambos necesitamos desarrollar independencia. Aprenderé a no estar pululando a tu alrededor las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Debo encontrar ese tiempo para mí misma en la cual yo lleve a cabo mis proyectos personales. Tiempo en el cual tú debes hacer lo mismo. Debes encontrar aquellas actividades que disfrutes y que no tengan que ver conmigo en lo absoluto. De esta manera podremos llevar una relación como dos adultos.
—¿Y cuándo te voy a ver? —su tono tristón me conmovía hasta apretar mi corazón. Lucía casi tierno cuando se mostraba tan vulnerable ante mí.
—Tenía un horario de ocho a cuatro de la tarde en tu casa, ángel. Así que las demás horas serán mi horario disponible para todo lo que sea nuestra relación.
Me miró confuso. Él obviamente no tenía una idea clara de todo lo que se hacía en una relación. Me apresuré a explicarme:
—Ángel, podríamos salir a pasear, ir al cine, dar una vuelta por el bosque, venir acá y comer como lo hicimos ahora. ¿Sabes que no he hecho contigo y me encantaría? Comer helados. Hay muchas cosas que debemos explorar. No podemos quedarnos en tu tratamiento y por las noches pasar al sexo. Yo quiero tener todo contigo, vivirlo todo, experimentarlo todo. —le sonreí con ternura y él se acurrucó más cerca de mí. Tan cerca, que sentí su erección recostarse contra mi cadera.
—Está bien, Bella. Lo haremos como tú dices. ¿Sabes? Emmett habló conmigo esta semana y me dijo muchas cosas.
—¿Sí? ¿Cómo qué? por ejemplo.
—Como que las parejas hacen eso que acabas de decir. Que los hombres debemos ser cuidadosos con las mujeres y tratar de que se sientan a gusto con nosotros. También comencé a caminar por las mañanas con él antes de que se vaya a su trabajo y me gusta. Es allí cuando hablamos acerca de todo. Bueno, él habla y yo lo escucho. Habla mucho, dice que es por costumbre de los abogados. Yo creo que siempre ha sido así. —contuve una risa ante aquella manera tan suya de contarme sus anécdotas y le acaricié la espalda mientras hablaba con suma delicadeza. —Una vez jugamos fútbol americano, pero no me gustó. Mi hermano se pone muy violento con ese deporte. —se estremeció—Dice que es normal que la gente de toque tanto en un juego. No entiendo porqué les gusta.
Mantuve una completa atención en sus facciones que parecían cinceladas por alguna especie de artista. Así como las de su familia. No se podía negar que Esme y Carlisle habían hecho una excelente mezcla de genes.
—Eso es porque es un deporte de alto contacto. —le expliqué antes de continuar con lo importante. —¿Ves? Tenemos cosas que hacer por separado. Proyectos personales que nos atraen y que no tenemos porqué dejar de lado solo por estar siempre juntos. Tener tiempo por separado no nos hará daño. Por el contrario: hará que nos extrañemos y que queramos disfrutar cada momento cuando nos encontremos. ¿Te parece bien, Ángel?
Levantó una ceja con escepticismo.
—¿Por qué extrañar sería algo bueno? No lo comprendo. —refutó alto y claro.
—Porque en una relación de pareja, como la que esperamos tener, no es saludable permanecer juntos a cada momento. Puede causar dependencia o tedio. Y ambas opciones son bastante malas a largo plazo. —expliqué con paciencia.
Asintió ahora más conforme.
—Me parece bien, Bella. ¿Ahora ya nos podemos besar?
No negaré que lo directo de ese comentario me tomó por entera sorpresa. Y que me había encantado tampoco. Definitivamente éramos muy distintos: mientras que yo hacía y deshacía nudos en mi cabeza para expresar de la mejor forma posible la situación, para que él no me llegase a malinterpretar, Edward parecía solo estar interesado en besarme.
Un estremecimiento delicioso se caló por todo mi cuerpo por segunda vez y con un hilillo de voz le respondí:
—Sí. Ya nos podemos besar.
Abrí mis labios deseosos de sentir la lengua de Edward, que no tardó en penetrarme de manera implacable. Sin ánimos de jugar, con abiertas y claras ganas de poseer. Lo dejé hacer, al fin y al cabo yo le pertenecía y él también a mí. Me coloqué sobre él sin separarnos ni un centímetro y acomodé su erección que se comenzaba a mecer contra mi centro por acto reflejo. Ahora se movía cadenciosa contra la costura de mis propios pantalones.

Sabía que a partir de este punto, tendríamos una serie de obstáculos que sortear en el futuro y que no todos se arreglarían con una simple conversación como esta. Pero estaba dispuesta a encararlos por él y lo ayudaría a pasarlos conmigo de la mano. Ya no seríamos solo Edward y Bella; una enfermera y su paciente en medio de un idilio medio secreto. Ahora éramos solo Edward y Bella, una pareja ni tan normal ni tan corriente, pero que disfrutaba de lo nuestro frente a los ojos de todo el mundo al máximo.
Tomó mis caderas con fuerza y comenzó a hacer mayor presión e insistencia, sabía que si no lo controlaba iba a explotar allí mismo en sus pantalones. Mi ángel seguía sin tener mucha experiencia sexual y eso era uno de los muchos aspectos en los que debía ayudarlo.
—¿Quieres quedarte… conmigo… esta noche? —propuse entre beso y beso.
Asintió tan desesperado que no pude evitar sonreír contra sus labios.
—Hablaré con Emmett. —le dije.
En ese preciso momento escuché unos pasos que se acercaban y me bajé de encima de Edward y le acomodé la colcha en la cintura para ocultar su erección de otras vistas. Eso era un detalle que no le incumbía ni a Alice ni a su hermano mayor. Me senté al lado de mi ángel y esperé que llegasen hasta allí.
—Ed, es hora de irse, amigo. —dijo Emmett al asomarse al patio.
—Esta noche me quedaré con Bella. —respondió él en un tono seguro y firme. Eso hizo que me sintiera orgullosa. Le apreté una de sus manos con la mía y sonreí a su hermano.
—Déjalo, Em. Yo misma mañana lo llevaré a su casa y hasta llamaré si…
—Edward tiene ya veinticinco años, Bella. Si dice que se quiere quedar no tiene porqué notificarle a nadie. —nos sonrió satisfecho, aunque al fondo de su mirada se colaba un aire de nostalgia.
Asentí medio arrepentida. Qué fácil se nos podía olvidar que incluso una reacción involuntaria podía coartar la independencia de Edward como el hombre que era y en el que deseaba convertirse.
—Te acompaño a la puerta, Em. —comentó Alice indicándole que la siguiera.
Nos despedimos y luego —mientras ellos se dirigían hacia la puerta— yo aproveché para convencer a Edward de que abandonásemos la belleza demasiado fría del patio. Así que recogimos ambos edredones, coloqué el húmedo en la lavadora y el otro lo dejé en espera. Luego, los dos seguimos hasta mi cuarto para continuar con el itinerario de besos que habíamos interrumpido en el piso de abajo.
Nos metimos bajo mi cobertor y entonces ya no tuve porqué controlarlo demasiado. Dejé que me acariciara a conciencia porque yo hacía lo mismo con él. Besé su cuello y hasta lo mordí, pero con delicadeza para no dejarle ninguna marca. Entonces jadeó mi nombre y presionó mis caderas contra su erección palpitante.
Besé su clavícula y metí mis manos en su sudadera y la saqué por la cabeza junto con su camisa sin molestarme en separarlas. Prácticamente rendí culto a su pecho con adoración, deteniéndome en sus pezones para chuparlos y besarlos por turnos. Luego descendí sobre su estómago que se agitaba al compás de su respiración agitada pero que se curveaba hacia mí cada vez que me sentía más y más cerca de su bajo vientre.
Finalmente desabroché su pantalón mientras lo miraba a los ojos con un brillo descarado en la mirada. Metí mis manos con delicadeza entre sus calzoncillos y los bajé con el vaquero. Su pene se erigió entre ambos duro, orgulloso y desesperado por liberarse. Me deshice de los calcetines uno a uno con suma lentitud. No quería apresurarme. Teníamos el resto de la noche para nosotros ya que este era nuestro nuevo comienzo.
—Bella. —jadeó desesperado y se llevó una mano a su miembro, el cual se acarició en un arranque de necesidad. Inconscientemente, hizo que un ramalazo de fuego húmedo me lamiera toda la entrepierna al ver ese despliegue espontáneo de erotismo y que yo sabía que no era premeditado. De alguna manera lujuriosa y pervertida su inocencia se me antojaba como un placer profano.
Retiré su mano y a continuación la reemplacé con la mía, sintiendo como se endurecía más por mis caricias firmes que lo recorrían desde la punta hasta la base. Su cara se contorsionó de placer y yo gemí al sentirlo hincharse y latir. Sin poder resistirme lamí un rastro de humedad que se escapaba desde la cabeza de su pene. Edward se estremeció. En una reacción natural y posesiva, me tomó del cabello, pero aún así no me presionaba a hacer nada. Él no. Mi ángel no era así.
Tomé su erección hasta lo más profundo que dio mi garganta; que fue casi todo; y lo recorrí hasta la punta. Alterné lamidas y succiones con caricias firmes a lo largo de su tallo. Supe que estaba a punto de explotar y dejé que se impulsara un poco más adentro de mi garganta hasta que su corrida se derramó en mi boca. Sabía un poco dulce y a la vez salado, lo cual lo hacía glorioso, porque era de él.
Besé su vientre y dejé correr mis dedos hasta rozar levemente el vello púbico que le nacía sobre su miembro. Me puse de pie frente a él, y adoré ver que estaba sonrojado o como sea que lo hubiese dejado el orgasmo tirado en la cama. Mi camisa manga larga fue a dar al suelo y deshice el lazo de mis pantalones de chándal para que acompañaran a esta. De pronto me descubrí un poco cohibida porque Edward estuviese devorándome con la mirada de arriba abajo sin disimular. Aunque eso es de esperar en él; el disimulo no contaba entre los talentos de mi ángel. Si había algo que atrajese su atención, no se molestaría en ocultarlo. Apenas podía controlar lo poderosa que me hacía sentirme deseada a tal nivel. Por un breve momento, me sentí como una diosa pagana y amé cada instante de ello.
Con la vista clavada en la suya desabroché mi brassier por la parte delantera y mis pechos quedaron expuestos a su escrutinio, como si me estuviese ofreciendo en una especie de sacrificio. Se sentó en la cama y los sopesó en sus palmas. Dejé caer mi cabeza hacia un lado disfrutando del contacto y de verlo acariciar mi cuerpo con codicia. Me incliné un poco hacia él y apoyé mis antebrazos en sus hombros dejando mis pezones más accesibles, y entendió que esa había sido una luz verde para que los saboreara en su boca a placer. Aferré sus cabellos cuando los probó con hambre desenfrenada. Sus gemidos se entremezclaron con los míos.
Me alejé un poco para quitarme la última prenda estorbosa, pero cuando iba disponía a hacerlo, tomó mi cintura sorpresivamente y dejó su rostro pegado al comienzo de mi vientre.
—Eres preciosa, mi Bella. Eres preciosa y mía. —besó mi vientre con adoración y luego volvió a abrazarme tras semejante aseveración.
No creía que Edward entendiese lo que eso significaba para una mujer como yo; prácticamente abandonada a su suerte por sus padres y que había vivido toda su vida sola, estando acostumbrada a no pertenecer a ningún lado ni a nadie.
Esa noche Edward Anthony Cullen me reclamaba como suya. Esa noche le entregaría todo lo que tenía; no a un chico con cierta especialidad. Sino a un hombre que estaba deseoso a que le diese todo lo que tenía, porque él estaba haciendo lo mismo conmigo. Y que me maldijeran mil veces si no lo iba a hacer.
Mis ojos destellaron con el deseo de derramar lágrimas de alegría pero me las tragué, no era el momento idóneo para eso. Introduje mis dedos en  el borde de las bragas —y cuando lo hice— él se apartó para darme espacio, quedando así mi sexo a la altura de su cara. Finalmente la prenda se deslizó por mis muslos y la pateé fuera de mis tobillos. Pero cuando iba a cernirme sobre él, Edward me tomó de las caderas para alejarme un poco.
—¿Te puedo hacer eso que tú me acabas de hacer a mí? —sus ojos brillaban con expectación y pasión. Algo que aun no estaba acostumbrada a ver en sus facciones inocentes. Reprimí un gemido nada más de imaginar su boca sobre mí. Asentí mordiéndome el labio inferior. —¿Vas a enseñarme a hacértelo?
Me acosté sobre él que quedó presionado en las almohadas y luego de disfrutar brevemente del calor de su cuerpo desnudo debajo del mío, me acosté a su lado boca arriba y lo tomé de las manos ayudándolo a situarse entre mis piernas.
Abrió mis muslos flexionados y miró mi sexo con abierta curiosidad. Y luego su mirada se iluminó como si estuviese viendo algo fantástico. Yo permanecía con mis brazos abiertos a los lados de mi cabeza dejándolo hacer lo que le viniera en gana.
—Que hermosa, Bella. Eres perfecta. —alargó su mano y rozó desde mi clítoris hasta mi abertura más por explorar que por otra cosa. Levantó su dedo y chupó la yema de su índice. Cerró los ojos y hasta pareció degustarlo. Solo podía mirarlo con los ojos a punto de salirse de las cuencas y los muslos temblando de anticipación. Eso sin contar que mi sexo se estremecía con el picor de la necesidad que había dejado su roce. Abrió los ojos lentamente y me sonrió con ternura y deseo a la vez. —Y también eres deliciosa. Enséñame a hacerte disfrutar, por favor.
Le insiqué cuales eran los puntos debía lamer, aunque a favor de Edward he de reconocer que aprendió bastante rápido el ritmo que debían de tener sus caricias para volverme loca. En pocos minutos me tenía batiendo las caderas frente a su cara mientras él me poseía con sus labios y su lengua. Pero aún así no lograba acertar muy bien con la velocidad, por eso acaricié su cabello con ternura y le ayudé a “ayudarme”.
—Un poco más rápido, ángel. Haz eso un poco más rápido.
Él aceleró los movimientos de su lengua y luego, sin poder poner alguna resistencia de mi parte, estaba retorciéndome entre los deliciosos espasmos del orgasmo. Edward se lamió unos deliciosos labios hinchados y brillantes, para luego subirse sobre mí y acomodar su miembro hinchado entre ambos. Me miró a los ojos fijamente:
—¿Lo hice bien?
Sonreí casi incrédula.
—¿Acaso no me delataron los gemidos? Ángel, no puedo hacer tanto ruido porque Alice está durmiendo. Y tampoco es que me atraiga la idea de que sepa que estamos teniendo relaciones justo al otro lado del pasillo, aunque ella tampoco es idiota.
—Entonces… ¿Podemos seguir?
—Oh sí, Edward. Claro que podemos.
Abrí la gaveta de mi mesa de noche y saqué un paquetito de color dorado y se lo enseñé dejándole inexorablemente la decisión de colocárselo. Ya estaba tomando la píldora, pero el cuidado nunca estaba de más.
Él lo miró con seriedad y por un momento pensé que no querría usarlo, luego relajó sus facciones, tomó el paquete como si fuese algo que debiera hacerse y rompió el empaque para colocárselo. Lo detuve con una rápida mirada y de una cuidadosa caricia se lo deslicé por su atractivo pene.
Abrí mis piernas mientras que él se acomodaba entre estas y tomaba su miembro para dirigirlo hacia mi entrada. Arqueé la espalda facilitándole la penetración y él entró de a poco hasta la empuñadura.
Ambos gemimos; yo al estar plena por él, y Edward sintiéndome abrazada  a sus caderas como una ventosa. Entonces comenzó a moverse hacia dentro y hacia fuera en una danza que era la más natural y antigua de todas, pero que aún así era prácticamente nueva para nosotros. Tomé su trasero entre mis manos y lo insté a hundirse más profundo en mí, pero él no me comprendió así que nuevamente tuve que decirle lo que quería:
—Tómame… más profundo y más fuerte, ángel.
—¿Así? —aceleró.
—Más.
—¿A…así? —la habitación se llenó con el sonido de nuestras pieles resonando al chocar la una contra otra.
—Sí. Así.
Todo giraba en torno a ese momento erótico en el que no solo nos estábamos amando, sino que también nos estábamos apareando en un acto tan natural como respirar. Edward jadeó con fuerza y me di cuenta que ya estaba cerca, así que me arqueé logrando rozar mi clítoris con su hueso púbico una y otra vez.
Él se corrió primero, pero yo no dejé de mover nuestras caderas mientras se vaciaba en mí, hasta que finalmente esa gloriosa explosión vino a barrerme por completo. Edward jadeaba en mi oído mientras yacía desparramado encima de mí y yo estaba de igual manera abajo; aunque quizás un poco más acalorada y puede que un poco más pegajosa por el sudor también.
—Me gusta estar dentro de ti, Bella. —soltó después de un rato con un tono casi soñador. —Recordaba que era bueno, pero hoy fue mejor que aquella vez.
—Tienes toda la razón, ángel. —besé su hombro y recargué mi cabeza en la curva de su cuello.
—¿Bella? —dijo tras unos cuantos minutos. Ya casi conseguía dormirme.
—¿Mmm?
—¿Quieres ser mi novia?
Lo aparté levemente y lo miré asombrada.
—¿Qué dije mal? Mi hermano me dijo que eso debía preguntárselo a una chica.
—¿Y justo después del sexo, cielo? —contuve una risotada— Si no fuese porque te quiero tanto y sé que tú a mí, me sentiría seriamente ofendida.
—Pero es que antes se me ha olvidado preguntar. —admitió como si diese la hora.
—No importa —le sonreí levemente llenada de felicidad—. Edward Anthony Cullen, claro que acepto ser tu novia, al fin de cuentas ya sabíamos a quién pertenecía ¿No?
Él ronroneó como un gato antes de abrazarme con fuerza.
—A mí, Bella. Me perteneces a mí.

*.*.*.*.*
En medio de un sueño delicioso, odié despertarme por el repentino bamboleo del colchón.
Vi que Edward se colocaba sus calzoncillos y luego los pantalones. Después trataba de escabullirse con cuidado, ya había abierto lo suficiente la puerta como para escapar, cuando le sobresalté con mi voz:
—¿A dónde vas, ángel? —le dije en susurros.
—A buscar chocolate caliente de Alice. Ya vuel…
—¡Son las cuatro de la mañana, por el amor de dios!
—Sí, lo sé, Bella. Ya vi el reloj de tu mesa.
Y así salió de la habitación dejándome con cara de póquer. Él sufría de un TOC (trastorno obsesivo - compulsivo) de sinceridad que me sorprendía y causaba risa la mayoría de las veces. Busqué en mi mente hasta que recordé que el día anterior Alice había hecho chocolate caliente y como había sobrado, lo había guardado en la nevera, así que probablemente él se serviría una taza, la calentaría en el microondas y subiría. Le dejé hacer lo que quería con tranquilidad e independencia, y aproveché el tiempo para ir a mi closet, colocarme una playera inmensa e irme al baño con cuidado. Lavé mi cara, me enjuagué la boca y luego volví al cuarto. Aún Edward no había regresado, así que busqué en mi armario lo que el día anterior le había comprado para dárselo. Lo esperé entre el cobertor y cuando finalmente llegó tras un rato con su taza humeante, me acomodé a un lado y palmeé la cama. Enarcó una ceja con reprobación.
—Te vestiste.
—Sí, y tú también.
—Pero es que no podía bajar desnudo a la cocina. No es decente. —tuve que ahogar una carcajada. En serio tuve que ahogarla al ver su cara de obviedad.
—Bueno, pues yo tuve que ir al baño.
—Oh,  es que… Yo quería dormir contigo así.
—¿Así como? ¿Todos desnudos y sudorosos?
Él puso automáticamente cara de asco. 
—Si lo dices así, suena mal.
No pude evitarlo, tuve que carcajearme.
—Ya luego me desnudaré, Ángel. Ven a sentarte conmigo que quiero enseñarte algo. —él lo hizo y vio el CD que tenía entre manos. Sonrió emocionado y del tiro colocó la taza en la mesita de noche.
—¡¿Eso es para mí?! —se lo entregué en las manos.
—Sí, Edward. Esto es algo que te compré hace unos días. Hay una canción que me recuerda especialmente a ti. Es la número cuatro.
Miró en todas direcciones excitado por su nuevo regalo.
—¿Tienes donde colocarlo? ¡Quiero escucharlo!
Asentí y cuando él hubo abierto el papel celofán de la envoltura y luego la carátula para pasármelo. Lo coloqué en mi pequeño radio despertador y lo encendí en bajo volumen para no molestar a Alice. Ya bastante ruido le habíamos hecho.
—¿Quién es este “Elvis Prestley”?
—Es el rey del rock & roll, Ángel. Toda una leyenda de la música. De hecho la gente suele decirle así “El Rey”.
—¿Podemos ir a un concierto de él algún día?
—No, ángel lo siento. Ya no está entre nosotros.
Me miró confundido.
—Nunca lo ha estado, Bella. Yo no lo conozco.
—No, amor, me refiero a que está muerto. —torcí mis labios en una sonrisa.
—Oh, vaya. Pobre hombre, —dijo mirando la portada con cierta tristeza.
Meneando la cabeza por la risa que me causaban las ocurrencias de Edward, pasé las canciones hasta la cuarta y comenzó a sonar aquella melodía romántica, suave y sencilla. Después la siguió aquella voz tan varonil e incitante que rezaba unos versos preciosos. Edward escuchó la letra con atención y me sonreía de tanto en tanto, al final de la canción me miraba emocionado.
—¿Esta es para mí? —asentí— ¿Por eso me llamas “ángel”? ¿Es por esa canción?
—No, amor. Te llamo así porque desde el primer momento en que te vi, pensé que eras perfecto y puro, como solo un ángel puede ser. Así que así te quedaste, ángel. —de pronto me surgió una duda que nunca le había consultado— ¿Te molesta que te llame así?
—No —meneó su cabeza de lado a lado—. En lo más mínimo.
—Bien.
—¿Puedes colocarla de nuevo? —asentí y lo complací. Se puso de pie y luego me tendió la mano. Le miré extrañada ¿Acaso él…? No podía ser. —¿Me permite esta pieza, señorita Swan? —asentí nuevamente pero esta vez con cara de idiota.
Cuando estuve de pie, él me tomó de la cintura y comenzó a moverse torpemente de lado a lado sin despegar los pies del piso de madera. Aún seguía descalzo.
—Vi esto en una película en la televisión. ¿Lo estoy haciendo bien?
Le sonreí y apreté más los brazos en torno a su cuello, recargando mi cabeza en su pecho.
—Es la segunda cosa que hoy haces muy, muy, muy bien sin saber en qué te metías. —agregué de forma provocadora.
Se le escapó una risita.
—Aprendo rápido. Soy inteligente.
—Claro que lo eres, mi ángel.
Y así permanecimos un extenso tiempo. Moviendo solo nuestros pies y bailando a las cuatro y media de la mañana en mi vieja casa con los éxitos de Elvis.
Una manera épica de sellar un regreso.

*.*.*.*.*
Emmett POV:
Esa noche no estaba de ánimos para estar solo. No de nuevo. Probablemente no debía buscarla a ella, pero era la única especie de amiga de que tenía. Era la única con la cual podría hablar y desahogar esa condenada presión que sentía en el pecho al haber dejado a Edward en casa de Bella y Alice. Había hecho lo correcto… ¡Demonios, sabía que había hecho lo correcto! ¿Pero entonces por qué me sentía tan incompleto al dejarlo allí con ella?
Manejé como un poseso por las calles; que parecían más la de un pueblo fantasma que de Forks; hasta llegar a una casa preciosa y hasta un tanto lujosa que había visto sus mejores momentos en la época de los setenta, puesto que su arquitectura sugería que databa de esa época. Estacioné en frente de la entrada, como había hecho las veces que la había ido a buscar para salir. Luego de subir los escalones de la entrada de dos en do,s toqué el timbre y esperé a que me abriera.
Las luces se encendieron dentro y luego la puerta se abrió. Ella apareció en el umbral cerrándose la bata de seda plateada que caía sobre su cuerpo.
Rosalie me miró entre sorprendida y asustada.
—¡Emmett! ¿Qué haces aquí a las once y media de la noche? ¿Pasó algo?
Negué con la cabeza pero no dije nada más. Apretaba y soltaba mis dedos continuamente y tenía la espalda tensa. Ella debió ver la desesperación en mi cara y sin decir media palabra más se lanzó contra mí y me devoró la boca con premura.
Cerré la puerta tras nosotros de un puntapié y la recargué contra la pared más cercana. Se subió a mi cintura, la rodeó con sus piernas y yo no pude hacer otra cosa más que empujarme contra su entrepierna.  Rose metió la mano entre ambos, bajó mi cremallera y desabrochó mi pantalón junto con mis bóxers. Acarició mi miembro y yo le mordí los labios antes de empujar contra su caricia con rudeza. Le corrí hacia un lado la tanga y la penetré cuando ya hubo estado suficientemente húmeda.
La empalé con dureza pero eso no pareció importarle. Su cabeza chocó algunas veces con la pared, pero no demasiado fuerte mientras ella se estremecía una y otra vez. Me corrí en ella una, dos, y hasta tres veces. Como si fuese un animal en vez de un hombre.
La bajé hasta el suelo y finalmente la miré a los ojos. Rosalie me miraba con expectación y otra cosa que no pude descifrar en aquel momento.
Sabía que había cometido un error en ese instante, pero jamás imaginaría las consecuencias que me acarrearían en un futuro no muy lejano.
*.*.*.*.*
¡Hola, mis bellas! Primero que nada: mil disculpas por no haber podido actualizar la semana pasada y por retrasarme esta. Tengo mis motivos pero digamos que son personales y prefiero decirles que ya casi todo está solucionado.
Espero que este capítulo así como los que vienen en esta actualización, les guste. Digan en los comentarios lo que les pareció.
Un besote. No seguimos leyendo.
Marie C. Mateo