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Espero que tu estancia en mi blog sea placentera, Mis Fanfics están protagonizados por personajes de Stephenie Meyer, pero las historias me pertenecen a mí. Advertenciaa: Rated: +M (+18)

Corazón De Cristal

"-Pareces un ángel ¿te lo habían dicho? Quizá lo eres y nosotros no somos capaces de comprenderlo." -Isabella Swan.

Tirano

"Un hombre que no tenía la palabra DEBILIDAD en su vocabulario...y una mujer sencilla y sensible que demostrará que hasta el más insensible y frío es capaz de caer por amor"

Anhelo Desde La Oscuridad

"Serás mía por toda la eternidad..Lo quieras o nó" -Edward Cullen.

Sin Alternativas

"Solo una mirada bastó para dar un vuelco a mi vida." -Rachel Black.

viernes, 22 de marzo de 2013

TIRANO - Décimo Segundo Capítulo:


Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.
“El Silencio”

Bella POV:

Estaba atónita tirada frente a la puerta de mi pequeño apartamento. Porque definitivamente si alguien tenía la habilidad de sorprenderme ese era Edward Cullen. Y no siempre para bien.
Gateé por el parqué hasta quedar pegada a la entrada y recosté la frente a la superficie fría de madera. Cerré los ojos tratando de alejarme del borde del colapso.
—No sé qué hacer contigo, Edward. —admití derrotada.
—Podrías empezar por hablar conmigo, Isabella. Ese sería un excelente punto de partida.
—¿Por qué no puedes concederme lo que te pido?
—¡Porque luego ya nada será lo mismo! ¡Lo sabes! —se tranquilizó y luego habló de nuevo más sereno. —Eres demasiado terca y sé que encontrarías diferentes motivos para crear distancia entre ambos.
—Quizá es porque siempre han existido, pero me he hecho de la vista gorda hasta ahora.
Sentí un golpe suave en la puerta.
—Y luego te sorprendes de que esté acá. —añadió en un susurro. Como si estuviese hablando consigo mismo.
El sonido estruendoso de un automóvil frente al edificio rompió la relativa tranquilidad de la zona. Lo de relativo es porque a New York no se le conoce como “La Ciudad que Nunca Duerme” por solo decirlo. Las rebeldes notas de I´m not ok de My Chemical Romance dejaron de sonar para darle paso a una muy triste; y demasiado diferente como para ignorarlo, The Silence de Alexandra Burke.
¡Joder, lo que me faltaba! Si hasta banda sonora nos salía a ambos en un momento así.
You lift me up, and knock me down
I´m never sure just what to feel when you´re around
I speak my heard, but don´t know why
´Coz you don´t ever really say what´s on your mind.
Sabes que has rebasado tu cuota de patetismo anual cuando tu vida está retratada a la perfección en una canción de despecho. Y es que no podía ignorar que Edward tenía a facilidad de alterar mis emociones con solo aparecerse frente a mí; o detrás de mi entrada. Como en este momento. Eso sin mencionar que no sabía lo que pasaba por su mente en realidad en estos momentos. Por lo que entendía, él podía estar confundido o aterrado de decirme algo. Algo grande. Algo que lo acobardaba. Pero me negaba a sacar conclusiones apresuradas en ese preciso instante, por temor a toparme esta vez con un obstáculo imposible de sortear.
So say love me
Or say you need me
Don´t let the silence
Do the talking
Just say you want me
Or you don´t need me
Don´t let the silence do the talking
En mi fuero interior sabía muy bien lo que quería escuchar de sus labios, pero no en la manera como él lo había dicho con anterioridad. Un “Te amo” vacío y forzado no era lo que necesitaba oír de Edward. No se puede ignorar una realidad latente y obligar a alguien a que te jure un amor que no siente. Eso sí que sería tocar fondo.
It´s killing me (the silence)
It´s killing me (the silence)
It´s killing me (the silence)
A la larga, eso me mataría más rápido y de manera más dolorosa que el saber que Edward no sentía por mí lo que yo por él.
You let me in
But then sometimes
You empty eyes just make me feel so cold inside
When I´m with you
It´s like rolling dice
Don´t know where or how
You´re gonna make me cry
Mi cerebro me cuestionaba constantemente por esa tendencia masoquista que estaba desarrollando al estar cerca de Edward. No soportaba su frialdad y despotismo cuando le daba por hacer valer su lado más neandertal; pero no toleraba estar lejos del fuego que solo él era capaz de encender en mí con solo un susurro o una mirada. 
It´s like
I´m walking on broken glass
I wanna know but I don´t wanna ask
´Cause once you say it
You can´t take it back
And this the end and please
Just fake it fast.
Ignoraba demasiadas cosas como para decir que estaba en terreno seguro en todo lo referente entre él y yo. Él tenía muchas cicatrices, numerosos vacíos en su vida y yo no estaba del todo convencida si esa necesidad que Edward aseguraba tener por mí, se debía a que yo era la solución a sus problemas. Si era solo un relleno para que el dolor no pudiese tomar posesión de lo que quedaba en carne viva dentro de él.
 Pero…
Me puse de pie y abrí la puerta tan violentamente que Edward casi se cae de espaldas al piso. Me quedé mirando fijamente a sus ojos con el recelo que suele nacer al encontrarse a punto de lanzarse al vacío de bruces.
—Ya decidiste que hacer conmigo. —obviamente no había sido una pregunta, sino la constatación de un hecho. Asentí. Tomó un respiro y apretó sus labios en una línea fina. —Dispara.
—Yo… no estoy segura aún…
Soltó una carcajada que tenía más de tos y menos de risa luego se paró frente a mí con una mirada impasible.
—No me jodas, Isabella…
—Me estás abrumando, Edward.
Se encogió de hombros y abrió sus brazos para hacerme ver cuán poco le importaba.
—Estoy vuelto de todo. Yo estoy jodido al tener que mantenerme a raya sin que me des una oportunidad a explicarme, así que tú también te jodes al “sentirte abrumada”. —hizo las comillas con sus dedos. —Ambos estamos jodiéndonos mutuamente y no de una forma agradable.
Retrocedí dos pasos y él aprovechó esa ligera ventaja para pasar y cerrar de un portazo.
—¿Qué es a lo que le tienes miedo? —la desesperación se notaba en sus ojos aunque se esforzó porque su voz no lo delatara. Falló. —Sí, no te dije esas palabras que quieres escuchar…
Otra vez con la misma canción…
—¡Yo no quiero que me digas lo que yo quiera escuchar!
—Entonces ¡¿Qué carajos es lo que quieres?!
La impotencia me embargó de tal manera que ella fue la que tomó posesión por un segundo y luego me abandonó, dejándome a solas con la repentina vergüenza de haberlo empujado contra la puerta.
—Entiendo algo de una condenada vez, Edward Cullen. No se trata de que quiera escucharte decir, ¡se trata de que quisiera que lo sintieras! Pero no puedo obligarte a hacer eso y… —batí mi cabello con frustración —Tienes demasiadas cosas que sanar y no sé si…
—Termina de hablar, Bella. No te cortes ahora.
—No sé si lo que sientes por mí se deba a esas cicatrices internas que tienes. —ahí estaba. Lo había dicho. Sonaba asquerosamente bastardo pero no por eso menos cierto. Además no podía hacer como si nada hubiese pasado después de saber detalles tan delicados de su vida personal.
Su rostro se quedó de piedra luego cambió a una expresión dolorosa para finalmente mutar a una facción fría. Se restregó la cara y habló:
—Aunque quisiera borrar mi pasado, no puedo hacerlo. Ni siquiera para eliminar tus inseguridades, Bella. Lo siento. Sí, tengo en mi historial de vida un compromiso roto, una infidelidad y un hijo muerto; sin embargo todo eso me ha dejado alguna enseñanza y me ha fortalecido haciéndome el hombre que soy ahora. —abrió los brazos. —Aquí me tienes, con todo y cicatrices como dices tú. Puedes aceptarme y seguir en este desafío que ha sido nuestra relación desde el principio o echarme fuera de tu vida porque no soy el príncipe encantador que toda mujer espera. Pero ten en cuenta algo, este chico malo defectuoso es el que te ha hecho estremecer no solo en la cama, sino también aquí… —se dio un golpecito con el índice en el corazón. —por algo me dijiste que me querías.
¡A la mierda el autocontrol!
—¿Y por qué crees que tengo tanto miedo de estar contigo, Edward? ¡Soy yo la que estoy arriesgando más en todo esto!
—¡¿Sí?! ¡No me digas! ¡Lo dices como si solo tú tuvieses sentimientos! Yo también puedo salir mal en toda esta ecuación si un día decides que te viene mejor un tipo como Black, porque es más estable y caballeroso, más aún así estoy tomando el riesgo de tener contigo lo que no he tenido hace tiempo: una relación. —se adelantó un paso y me increpó a la cara. —Entonces, Bella ¿Qué es lo que vas a hacer? ¿Huir como una cobarde porque es lo más seguro o quedarte y darme batalla para que me rinda ante ti?
Su sonrisa era una clara amenaza que presagiaba cualquier cantidad de batallas y solo Dios sabía quién resultaría ganador en todas estas.
Bajé la mirada a mis pies descalzos.
—Debo ser estúpida porque…prefiero el peligro de salir herida por ti a la seguridad de no sentir nada con otra persona. —miré como mis dedos se movían como los de una niña de cinco años, aunque la pedicure en color negro no compaginaba del todo con eso.
Me levantó la barbilla con el dedo índice e hizo que mirara la expresión dulce que tenía en sus ojos que se encontraban sorpresivamente cerca de mí.
—Lo que yo siento por ti, Isabella Marie Swan, va más allá de dos palabras. Por eso yo también estoy aterrado, porque tienes el poder de desbaratar el muro de protección que con tanto esfuerzo he armado durante todo este tiempo. Tenme paciencia, nena, solo te pido eso. Tenme un poco de paciencia.
Entonces me abrazó. Con delicadeza y a la vez con la fuerza necesaria como para transmitirme que no pensaba dejarme ir a ningún lado. Acarició mi espalda de arriba abajo y besó mi coronilla, mientras que yo escondía mi rostro entre sus pectorales y lloraba en silencio.
Sí, seguía teniendo miedo. Terror mejor dicho. Pero no podía seguir viviendo detrás de una defensa y mantener a Edward al otro lado de ella, eso me era imposible puesto que hacía mucho que yo la había saltado en varias ocasiones solo para colocarme a su lado. Edward decía que yo era su remanso de paz, más él era mi eterna guerra con la prudencia. Y en ese largo momento en que permanecimos abrazados en la entrada de mi departamento, recé en silencio a alguna fuerza celestial para que me diese la fuerza necesaria para pelear las batallas que me deparaba el futuro con este hombre.
—¿Isabella? —musitó sobre mi frente.
—Bella, Edward. Bella. —se estremeció un poco al dejar escapar una risita tonta.
—Shhh. Le quitas el carácter formal a mis palabras. —esperé a que volviera a hablar. —Isabella, ¿te avergonzaría mucho si te presentara como novia a partir de ahora?
Entonces fue allí que me di cuenta de que no sufría de problemas cardíacos. Mi corazón comenzó a latir desaforado hasta el punto que pensé que podía caer desmayada al suelo víctima de una arritmia. Más no pasó nada de eso, solo me quedé refugiada entre el calor de sus brazos que me rodeaban los omóplatos con firmeza. Sonreí como una reverenda idiota contra su traje negro como la noche.
—No lo sé…  —me restregué contra él tal cual una gata mimosa. —¿Qué dirán de mí si me ven andar por la calle con un cavernícola?
—Ignoro lo que dirán pero por lo menos sé que mantendrán su distancia de mi mujer si no quieren que les de un porrazo en la cabezota. —ambos reímos. Aunque internamente lo creí muy capaz de hacer eso debido a su naturaleza posesiva.
El estruendo del auto que seguía abajo retumbaba en las ventanas pero en esta ocasión era Grenade de Bruno Mars.
—Haría lo que fuera por ti. —citó Edward el coro de la canción. —Incluso mandar al hijo de puta que tiene ese escándalo allá abajo. —me soltó repentinamente y abrió la ventana para sacar la ventana y gritar: —¡Cabron! ¿Sabes qué hora es? ¡Pues deja que te diga cuál es mi problema: que no me dejas dormir! ¡Y si eres inteligente te darás cuenta que si no le bajas volumen a esa mierda en cinco minutos, será tu problema también pues te quedarás sin dientes!
Puse los ojos en blanco y lo halé del borde del saco.
—Pasa, Edward. Así no vas a conseguir… —el tipo bajó el volumen. Metió la mitad del cuerpo que tenía por fuera de la ventana con una sonrisa socarrona.
—Hay que utilizar la decencia en ciertas ocasiones.
—Si, por supuesto. Acabas de demostrar tus niveles de decencia con ese vocabulario tuyo. —le tendí la mano y lo halé hacia mi cuarto. —Ven, necesitamos una ducha y cama. Han sido unos días muy movidos para ambos.
—¿No tendremos sexo de reconciliación? —lloriqueaba mientras caminaba tras de mí.
—No. Aún tengo la menstruación.
—¡Por favooooor!
—Ya veremos.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.

El despertador de mi teléfono sonó a las seis de la mañana e instintivamente el brazo de Edward se cerró con fuerza en torno a mi cintura. Mi inmensa camiseta de los Yankees estaba por encima de mis senos porque cierta persona no había dejado de toquetearme, a pesar de que había logrado que cediera a sus deseos en la ducha. Aunque lo hice trabajar un poco para ello. Sonreí con malicia al recordarlo…
—Odio los condones, Bella. ¡Los odio!
—Sin gorrito no hay sexo de reconciliación…
Gruñó.
—¿En dónde están?
—En alguna de mis mesitas de noche. O en los cajones de mi peinadora. O en las gavetas del baño…
Hizo su pataleta durante diez minutos que fue lo que duró en encontrarlos pero cuando al fin los trajo, hicimos muy buen uso de ellos.
Me levanté de la cama no si pelearme con un brazo caprichoso que se negaba a dejarme ir, fui directo al baño porque tenía necesidades de carácter fisiológicas que calmar y cuando finalmente me miré en el espejo del lavabo casi muero de espanto. Parecía la versión de carne y hueso de Mafalda recién levantada. Eso de acostarse con el cabello mojado siempre era una mala idea. Tomé una ducha súper rápida, me alisé el cabello con la secadora y pasé de largo al ver a Edward durmiendo como un lirón repantigado en mi cama. Preparé dos omelets, uno para él y otro para mí, tostadas, café y zumo de naranja.
—Arriba, marmota. Es hora de desayuna para irnos al trabajo. —le susurré al oído inclinada sobre su espalda. Se giró con pereza y abrió sus ojos somnolientos. Hasta despeinado y legañas se veía precioso.
—No quiero ir…—se quejó tapándose la cara con una almohada.
Le quité el edredón de encima de un tirón.
—Anda, Edward. Mira que tenemos que ir hasta tu casa para que te cambies de ropa. Además preparé el desayuno y se está enfriando. —de repente me haló hacia él y se puso sobre mí en un movimiento ágil. Besó mis labios y sonrió como un zorro.
—¿Vas a alimentarme, mujer?
Coloqué mis manos en su pecho desnudo…bueno, todo él estaba desnudo, en realidad.
—No, Tarzán. Tú comer solo. Tener manos buenas y capaces para eso.
Él se carcajeó y volvió a besarme de nuevo, pero esta vez más profundo e introduciendo sus manos en el albornoz para acariciarme los pechos. Le di un empujón y nos giré hasta ponerme a horcajadas en su cadera.
—Apúrate. Te estaré esperando en la cocina. —dicho eso me fui.
o.o.o.o.o.o.o.o.o
En el penthouse de Edward, Sue me recibió con una enérgica Lizzy en brazos. La tomé y deposité un besito en su cabeza de cabellos rebeldes.
—Hola, bonita ¿Me extrañaste?
—Yo creo que si pues ha estado un poco difícil a la hora de acostarla por las noches.
—Oh. —me sonrió y dos pequeñas sombras blancuzcas sobresalieron de su pequeña encía. Miré a Sue emocionada. —¡Ahí están los dientes!
Asintió.
—Dentro de nada estará cayéndonos a mordiscazos a todos. ¿Gusta algo de comer?
Se había girado para ir hasta la cocina pero a detuve.
—No, gracias, Sue. Ya comimos en mi casa antes de venir. —me puse en pie. —Voy a cambiar a Elizabeth. Creo que hoy le vendría bien salir de aquí.
Coloqué a la pequeña en su cuna mientras le buscaba la ropita más no tardó en comenzar a lloriquear y hacer pucheritos.
—Vale. Ya está. —la abracé contra mi pecho antes de colocarle sobre el cambiador. Le coloqué un leggin gris y una camisa larga azul, unos zapatitos a juego y un pequeño moñito en su cabello que parecía una palmera. Estaba hermosa. Miré esos ojos azul grisáceos que brillaban emocionados por verme. Solo había visto esa reacción en dos personas por mí en toda mi vida. Una era ella y la otra era el posible, casi seguro, padre de esta criatura. ¿Cómo podría alejarme de ese par en algún momento? Despaché esos pensamientos deprimentes y tomé a la pequeña que iba ganando peso con el pasar de los días y me la coloqué en la cadera.
—¿Nos vamos? —me giré a ver a Edward y ¡Padre misericordioso! Había algo  parecido a un hombre en el umbral del cuarto de la bebé, pero la belleza de este me parecía casi inhumana. Vestido con unos vaqueros desgastados, una camiseta de algodón de Armani pegada a sus músculos, una chaqueta de cuero marrón y unas botas de motorista a juego, Edward parecía una mezcla entre modelo y chico malo completamente irresistible. Del cuello en v colgaban unas Ray Bans marrones con el borde metálico dorado.
Sonrió con aire malvado.
—¿Ves algo que te guste, nena?
—Si. Todo lo que está debajo de esa ropa, me gusta. Por eso te prefiero sin ella. —contesté con tal descaro que se puso serio y su voz de enronqueció.
—Vámonos antes de que no lleguemos al trabajo. —me tomó por la cintura y arremetió contra mis labios. Luego de separó un poco y besó la mollerita de Elizabeth que emitió un gorjeo delicioso cuando el acarició su mejillita regordeta.
Era toda una visión de macho enfundado en ropa de marcas…aunque podríamos obviar la pañalera fucsia y marrón que pendía de su hombro derecho.
Embry nos esperaba en el estacionamiento con la sillita de Lizzy acomodada en el asiento trasero. Edward se acomodó adelante y yo atrás con la pequeña, la cual iba distraída con un muñeco multicolor que él había sacado de la pañalera.
Llegamos a Le Madeimoselle después de casi cuarenta minutos de tráfico. Esperábamos el ascensor cuando Rosalie nos alcanzó en la puerta del mismo, la puerta se trancó tras la espalda de ella. Nos saludó escuetamente al dase cuenta que llevábamos a la pequeña con nosotros, toda su atención se la dedicó a Elizabeth y como no, a la pequeña eso le pareció fabuloso. Se carcajeó con ese trinar único que tiene la risa de una bebé haciendo que cualquier que estuviese cerca suspirara un cursi “awwww”. Posteriormente, se incorporó y nos miró a ambos y no pudo disimular su risa.
—¿Qué tal, chicos malos?
Tanto Edward como yo nos miramos y fue entonces cuando caímos en cuenta que no solo él iba vestido a lo Bad Boy, sino que yo iba con unos skinny jeans, camiseta de Led Zepellin y saco de raya diplomática. Los tres nos reímos.
—Escuché que la cena fue espectacular. Felicitaciones a ambos. —se dirigió ella con su habitual sofisticación.
—Bella hizo un excelente trabajo. —para sorpresa de Rose y mía, Edward me tomó por la cintura y me pegó contra su cuerpo.
—Gracias. Hice lo mejor que pude. —seguía atónita con su mano aferrada a mí. Era la primera vez que se mostraba así frente a un trabajador de la empresa que no fuese Jacob.
—Se notó. —respondió Rose. —Todos los ejecutivos están alabándote esta mañana.
—¿Por qué no fuiste?
—Tenía un dolor de cabeza horrible, así que tuve que pedirle al señor Carlisle que me excusara. Incluso delante de ustedes.
—Debió de habérsele olvidado. —agregué.
—Sí. Debió ser eso.
El elevador se detuvo en mi piso, así que tanto Edward como yo nos despedimos de Rosalie antes de ir directo a mi oficina. Ángela me alcanzó mi infaltable latte de vainilla y fue por otro para mi… novio. Sí, eso sonaba raro. Aunque no de una mala manera.
Edward se quedó con la niña en brazos mientras yo ordenaba mi bolso y la pañalera. Cuando volví ambos estaban sentados en el pequeño sofá de cuero que estaba pegada a una de las paredes laterales de mi escritorio. Se había quitado la chaqueta y la había tirado en una de las sillas que tenía en frente. Elizabeth estaba acostada en su regazo y movía sus piernitas enérgicamente mientras que con sus manitas jugaba con las manos de su… ¿padre?
Tomé asiento y disfruté de la vista por un momento. El parecido era indudable, eso sin mencionar que el color de piel y de ojos era exacto, más el cabello no. Donde el de Edward era castaño dorado el de Lizzy era negro azabache. Seguramente herencia maternal…
—¿No tienes ni idea de quién pudo haberlo hecho?
Él levantó la vista y por un momento se vio confundido hasta que notó que me refería a la niña. Su boca se tensó en una línea fina y su postura se puso rígida.
—La verdad es que… tengo dos opciones pero no tengo manera de asegurarlo. —se veía avergonzado. —No lo sé…
—¿Quiénes?
—Aventuras de una noche, Bella. Una aspirante a modelo y una… contadora.
Vaaaaaaya. El enigmático Cullen se abría un poco conmigo, y a pesar de que se lo había preguntado, no esperaba respuesta alguna.
—Pero una sucedió en Chicago y la otra en Canadá. Por eso no termina de cuadrarme nada. —sacudió la cabeza como si así pudiese desprenderse de pensamientos desagradables. —Lo importante es que esta pequeña se queda conmigo.
—¿Sin importar el resultado de las pruebas de ADN? —le cuestioné sin emoción alguna.
—Sin importar, Bella. Mírala. Después de haber estado con ella durante este tiempo ¿Podrías devolverla a una casa hogar a que se la lleve cualquiera? Exacto. Tu mirada me lo dice. Yo tampoco lo haría. He decidido… que no le haré ninguna prueba.
Me acerqué a él y me senté a su lado pero no lo toqué ni dije nada. Solo lo miré.
—¿Somos demasiado para ti? —dijo incorporando a la niña dejando claro a quién se refería cuando decía “somos”. —Yo puedo entenderlo, pero hasta ahora lo hemos hecho tan bien que…
—Shhh. —le puse los dedos sobre sus labios antes de besarlo con ternura y luego a la pelusilla negra que Lizzy tenía por cabello. —Nunca hemos hecho las cosas a lo convencional, ya veremos que sale de todo esto. —le guiñé un ojo.
Él sonrió aliviado y los tres nos quedamos juntos durante un buen rato.

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¿Quién ha dicho que unos ejecutivos de una corporación multimillonaria no podían comer chatarra?
El almuerzo había venido derechito de McDonalds. Tres Big Mac, tres raciones grandes papas y dos coca colas grande después, Edward y yo estábamos tirados en la alfombra de su oficina con una Elizabeth renuente a dormirse. No historia o mamila que hubiese podido con esa pequeña bolita de carne, parecía como si hubiese consumido medio kilo de azúcar y no pudiese dejar de moverse.
—He pensado que… —comenzó Edward. —deberíamos salir este fin de semana de aquí. Alejarnos de Manhattan.
Desclavé mi vista de las piernitas regordetas que no dejaban de moverse.
—Me parece bien ¿A dónde quieres ir?
Se encogió de hombros como si no fuese impresionante lo que iba a decir.
—Esme tiene una hacienda en Adirondacks que es preciosa. Tengo poco más de un año que no voy para allá. Es retirado de acá pero no tanto como para hacernos un viaje tedioso. ¿Qué dices? Es solo una hora y media de camino, nena.
—¿Cuándo saldríamos?
Sonrió satisfecho.
—El viernes. Carlisle me comentó por teléfono que nos dará ese libre por como resultó todo en el evento.
—Bien. Nos ¡nos vamos a las Adirondacks! Hace mucho que quería conocer ese pueblo. —le comenté conteniendo mi emoción lo más que podía. —He oído hablar que es una belleza.
Asintió.
—Lo es. La hacienda tiene una vista espectacular. Y debes creerme cuando te digo que no hay crepúsculo más hermoso que el que ves con el lago Willow en frente.
Estrechó sus dedos con los míos y besó el dorso de mi mano.
—¿Te parece bien si llevamos a Elizabeth? Por supuesto llamaré a Sue para que nos…
—Nos iremos de viaje los tres. —y lo callé con un beso. —Pero yo manejo.
—¡Ni en un jodido millón de años! Me niego a que viajemos en ese carro tan viejo. Es un riesgo innecesario.
—Entonces no voy a ningún lado. —refunfuñé como una niña pequeña.
—¡Ja! Que gracioso. Como si tuvieses opciones. Si te pones difícil, te raptaría. Y ten en cuenta que el secuestro viene con violación incluida.
Nunca unas palabras tan horribles habían sonado tan tentadoras.
El Tirano estaba de vuelta.

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El paisaje no era ni la mitad de hermoso que había investigado. Adirondack era una obra de arte en relieve repleta de abedules, abetos y numerosos lagos. Nos tomó poco más de lo estipulado, dos horas en realidad, pero la espera valió completamente la espera. Eso sin contar con que la hacienda Cullen era una maravilla arquitectónica que combinaba la piedra, la madera y ladrillos de formas impresionantes.
Muy contrario al estilo moderno y minimalista que mantenían tanto en sus casas principales como en la empresa, los Cullen habían hecho de la hacienda Hope la hacienda típica anque multiplicada como por diez. Techos amachimbrados, suelos de granito pulido y vigas de madera que separaban las estancias con sobriedad eran algunos de los elementos que podías encontrar a simple vista nada más entrar a la casa.
El olor a tierra mojada y a naturaleza me resultaba de lo más relajante. Había sido una excelente idea de parte de Edward haber venido a pasar unos días. En un costado de la sala había un inmenso ventana de piso a techo que permitía disfrutar del paisaje que ofrecía rutas de senderismos y ¡hasta había un bungalow!
Unos brazos me atraparon desde atrás y unos labios besaron mi coronilla.
—¿Qué te paceré, nena?
—Es la casa más bonita en la que haya estado jamás.
—Y eso que no la has visto al amanecer. Hay veces en que puedes encontrar a algún ciervo pastando por ahí cerca.
Me giré de golpe emocionada.
—¡¿En serio?!
Asintió.
—Bienvenido, señor Cullen. —dijo un hombre de edad mediana pero de contextura fuerte.
—Gracias, Joshua. —me puso delante al lado de él y me tomó por la cintura. —Conoce a mi novia, la señorita Isabella Swan.
—Encantado de conocerla, señorita Swan.  Joshua Donher.—contestó cordial.
—Solo Bella. Y gracias. Admiro mucho lo que hacen para mantener esta casa tan…preciosa. Es perfecta.
El hombre debió ver algo en mi expresión que le causo gracia. Pero no fue una burla en sí, sino más bien una risa tierna. Cosa que al cavernícola no le pasó desapercibido pues apretó su agarre y me adentró aún más en la casa. Se giró solo lo necesario para decirle:
—Dile a Sue que nos vemos en una hora para almorzar, por favor.
Cuando salimos del radio visual del señor Donher me empujó prácticamente hasta que llegamos a una puerta y tras ella encontré una estancia inmensa que imaginé que sería el cuarto principal. Más no tuve tiempo de detallarla pues lo próximo de que fui consciente es que fui empujada contra la puerta que acababa de ser cerrada y atrapada por el cuerpo de Edward.
Su beso llegó tan violento como nuestra entrada al cuarto. Encajó su entrepierna en la mía y se movió con rudeza.
—Te debo una violación. —susurró entre mis labios antes de morderlos.
—Pero si no…vinimos en mi…auto. —apenas conseguía hablar cuando su sexualidad me abrumaba. Casi era vergonzoso.
—Pero te la mereces por andar regalando sonrisas…que solo deben de ser mías. 
Volvió a besarme con dureza antes de abrir mis pantalones sin ningún preliminar, los bajó junto con mis bragas y en su afán de arrebatármelos tiró con ellos de mis tenis. Se colocó una de mis piernas sobre su hombro y lamió…
—¡Oh, por Dios! —gemí arqueando la espalda.
Él gruñó y se puso de pie apresurado en abrir su pantalón. Me quedé descolocada mientras él se bajaba los pantalones hasta que estos se quedaron atascados en sus rodillas junto con sus bóxers blancos.
Agarró la misma pierna que se había puesto sobre el hombro y la entornó en su cadera. Tocó mi entrepierna haciéndonos jadear a ambos y me enseñó sus dedos.
—¿Ves esto? No puedo controlarme cuando te encuentro tan dispuesta para mí. —tanteó mi entrada con la punta de su pene y de una sola larga embestida se enterró en mí.
Lancé un chillido que él acalló con su boca. Sus movimientos eran inclementes y rápidos. No iban destinados a provocar sino a poseer todo a su paso. Como el fuego que abrasaba todo por donde pasaba.
Se aferró a mis caderas tan fuerte que estuve segura que me saldrían cardenales en unas pocas horas y se clavó en mí haciendo unos gruñidos deliciosos con cada entrada. Me aferré a su cuello y a su trasero con cada mano. Su cabello me acariciaba la mejilla en donde nuestros rostros se unían.
Un corrientazo me atravesó desde la entre pierna hasta el cerebro. Clavé mis uñas en su carne y me dejé arrastrar por un orgasmo que pensé que me iba a partir en dos. Él se tensó y se clavó tan profundo en mi cuerpo que incluso me hizo levantarme hasta quedar en puntillas.
Apoyó su cabeza en mi hombro y respiró contra mi cuello hasta sosegarse.
Acaricié su cabello disfrutando de un remanso de paz que hace mucho que no teníamos. Era como esa tranquilidad que deja el paso de una tormenta. Porque ya no había secretos del pasado que derrumbar solo un futuro por delante que construir… ¿cierto?

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¡Por fin!!! Oficialmente puedo decir que soy libre!!! Ya con documentos entregados y solo a la espera d mi graduación puedo centrarme en lo realmente importante para mí: escribir.
Comprendo la impaciencia de muchas que no saben por qué tardo tanto puesto que no estamos en contacto en ninguna red social.
En fin…muchísimas gracias por esperarme y perdón por la demora.
Un beso desde Venezuela.
Suya…


Marie K. Matthew







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