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domingo, 20 de enero de 2013

TIRANO - Décimo Capítulo:


Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.



 “Arpía”

Bella POV:
El tiempo apremiaba más de lo normal. Estábamos a solo unas horas del evento de caridad y; por supuesto; ocurrieron varios problemas de último minuto. Así que Edward y yo tuvimos que separarnos y buscarle soluciones cada uno por su lado. No teníamos tiempo para unir criterios, por lo que él había pasado todo el día en Coney Island y yo en Le Cirque afinando los detalles restantes.
Eran las seis y media de la tarde cuando recibí una llamada de él.
—La momia Swan habla. —medio bromeé mientras me sentía sumamente tentada en acostarme en el asiento trasero del BMW en el que solía transportarlo su chofer: Embry.
Su risa de fondo; aunque extenuada; sonaba grácil y sexy. Tal cual como él.
—¿Podrá pasar la momia Swan cuando termine lo que está haciendo, por mi humilde morada para…quitarle todas esas molestas vendas?
—¡Ni en sueños, Edward! tengo que armar los regalos de los invitados VIP. De hecho la pobre Angela ya está en mi departamento clasificándolos para cuando yo llegue ponernos a armarlos cuidadosamente. Tú mejor que nadie sabe cuán melindrosa es la clase alta. —murmuré con malicia.
—¡Y que lo digas! —suspiró cansino y volvió a hablar con seriedad —¿Entonces no vendrás esta noche?
—Nop. No puedo, Edward. No sé a qué hora termine y lo más probable es que caiga muerta en la cama cuando terminemos. Dale a Lizzy un besito de buenas noches por mí. —murmuré por lo bajito, pues no me sentía cómoda hablando por teléfono de eso con Embry al volante. >>Hablando de choferes…<< —Espero que no estés hablando por celular y manejando.
—No lo estoy haciendo. —aseveró. —Ya estoy en casa. Embry me trajo antes de irte a buscar.
—Cosa que no hubiese sido necesaria si hubieses dejado que viniera en mi Nissan.
—Tendrías que haber ido a tu casa para buscarle y luego irte a hacer lo de Le Cirque. Te supondría una gravísima pérdida de tiempo.
—Yo creo que es más tu aversión por mi auto lo que genera todas esas atenciones desmesuradas.  Y por cierto, podría haberme ido como vine: en taxi.
Escucho claramente como chasquea del otro lado de la línea, aunque sospecho que esa es su intención precisamente.
—Solo temo por tu seguridad, Bella. Ese auto puede estar muy bien por fuera pero por dentro está muy viejo. No importa cuántas reparaciones le hayas hecho…
Me restriego los ojos sin mucha fuerza pues no quiero parecer un arlequín desquiciado.
—No vuelvas con lo de esta mañana, por favor. No quiero un auto, punto. Ya tengo suficiente con que especulen con que mi ascenso se debió a tráfico de influencias, como para que vengas tú y me mandes un deportivo que todos saben que yo no puedo pagar. Así que no, gracias pero no. El título de “querida” no es algo que necesito justo ahora.
Resopla.
—Es tu seguridad la que me preocupa. En cualquier momento puede fallarle las…
—Tengo un mecánico para eso, y cuando me harte utilizaré mis ahorros no tu chequera. Fin del asunto. Y mejor cambia de tema antes de que te cuelgue. —lo último lo decía en broma…bueno, no.
—Bien. ¿Estás segura de que no me necesitas por allá?
—Segura. Te necesito en perfectas condiciones mañana pues tendremos demasiaaaaaaado trabajo y no quiero que vayas a sufrir una repentina migraña. Con Angela me las apañaré bien. No te preocupes.
—¡Por dios, Bella, eso fue el sábado! ¡Estamos a viernes! No creo que vaya a tener un nuevo episodio.
—No, Edward. Nos vemos mañana en The Cyclone. —zanjeé de una vez.
—…Y después el tirano soy yo. —murmuró por lo bajo. —Espero que no haya ni un solo hombre en tu departamento esta noche. —y su tono no dejaba lugar a dudas sobre si hablaba en serio o no. En realidad con Edward era todo así. Lo cual no era exasperante en todo tipo de situación. Como por ejemplo cuando exigía: >>Abre más las piernas<< >>Tómame entero en tu boca<< >>¡Más fuerte, Bella!<<…con ese tipo de demandas no tenía ningún problema, pero con las que definitivamente sí tenía era con cosas como las que acaba de decir.
Apreté los labios en una línea fina tratando de contener un arranque de mal genio que seguramente terminaría en el homicidio del chofer de mi cavernícola; y el pobre bastardo no tenía la culpa de que su jefe fuese un cabronazo cuando le daba la gana.
—No necesito condiciones en cuanto a quién llevo o no a mi casa, Edward. —exclamé con frialdad. Pero al instante siguiente me arrepentí pues no quería llevar con él ese tipo de relación tirante. Me importaba demasiado como para vivir en una sola pelea eternamente con él, más no le dejaría vapulearme a su antojo. Aunque en ese instante preferí manejar el asunto desde un ángulo más divertido…—Es mi problema si me llevo al señor Zanotti.
Una inhalación brusca y varias carcajadas después, Edward finalmente pudo volver a hablar:
—¿Y qué haría allá ese dinosaurio ultraconservador?
—Pues se lo pasaría de fiesta contándonos cosas de su época. O sea de cuando formaba parte de la Santa Inquisición.
El cavernícola aulló de la risa de nuevo.
—Si te escucha expresándote así de él, no dudaría en utilizar todo su diez por ciento de asociación con la empresa para que te despidieran.
—Pues no se lo digas y ya. —agregué en un tonito casi infantil.
—Haré lo mejor que pueda por contenerme mañana en el evento. Ya sabes lo mucho que me fascina charlar con ese viejo Scrooge. —suspiró profundamente y juro que en ese momento casi pude visualizarlo estrujándose el cabello entre sus hábiles y largos dedos. —Te echaré de menos esta noche.
Lo decía en serio y mentiría como la peor de todas si no dijera que en ese momento no me sentí la mujer más poderosa y dichosa de todas. Miré por el retrovisor y noté que Embry no parecía demasiado en otra cosa que no fuese las malditas trancas en las calles de Manhattan.
—Yo también a ti, pero tómalo por el lado positivo. —bajé mi voz hasta hacerla un susurro. —Estoy en “esos” días del mes.
—¡Mierda no! ¡No otros días de celibato!
Solté una risilla maléfica al imaginármelo todo frustrado.
—Así es…y ya te he dicho que yo nunca…
—…Seh…Seh…tú nunca has tenido relaciones con el período, Bella. Ya lo sé. Me lo dijiste el mes pasado. —sabía muy bien qué gesto ponía cuando hablaba de esa manera. Fruncía el ceño de tal manera que una arruguita adorable se le hacía en medio de las cejas y le hacía parecer más un niño enfurruñado que un hombre de veintisiete años de edad.
—Espero que estés a solas, Edward Anthony Cullen. —le reñí en broma.
—Para nada. Estoy en la cocina con Sue, Leah y Lizzy quienes ya conocen en qué semana del mes te viene la menstruación. Aunque a la tercera no le importa demasiado. —me reí al imaginar a la bebé embelesada con su inseparable sonaja. —De hecho, creo que nada que no le sirva para rascarse las encías no le interesa en lo absoluto.
Un pitido de fondo que se repitió a los pocos segundos me informó que tenía una segunda llamada entrante. Miré la pantalla y vi quién era. No podía ignorarlo…
—Edward, te dejo para que sigas hablando de mis intimidades con tu personal de servicio y para que le seques las babitas a Elizabeth. Chenney me está llamando seguramente para informarme sobre las camisas que mandamos a hacer. Hablamos luego.
—Está bien, Bella. Avísame si necesitas de algo. Sueña conmigo y eso no es una petición. Es una orden directa de tu jefe.
—¡Ja! Que poco ético, señor Cullen.
—Y se pondrá peor porque te prohibiré que te toques a ti misma para aliviarte. Yo quiero ver cuando explotes y lo hagas a mi alrededor.
Entonces, como si de un latigazo se hubiese tratado, me revolví en el asiento trasero del BMW, junté los muslos y luché contra la imagen de ambos estremeciéndonos en medio de un clímax. Pero antes de que pudiese responderle algo el muy bastardo terminó la llamada. Sabía lo que causaba en mí sin ninguna duda.
El pitido me  indicó que había alguien más con quién hablar aunque no era con quién deseaba hacerlo ahora…
—Chenney, dime que tenemos las que nos hacían falta.
—Las tengo conmigo, directora.
—Bien….


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Mi pequeño departamento parecía el centro de operaciones del Departamento Femenino de Santa Claus. Era todo perfumes, cremas y tónicos faciales, maquillaje e incluso velas aromáticas. Eso es fabuloso cuando todos los productos son tuyos o en cualquier otro momento que no es un día antes de un evento de caridad, a las diez menos veinte de la noche y sin haber cenado.
—¡A la mierda el cuidado del sodio en la menstruación! —protesté poniéndome en pie para alcanzar el teléfono que estaba al lado del sofá. —Pediré una pizza. Dos horas y media después fue que me di cuenta que ambas mentíamos cuando dijimos que prepararíamos algo sano.
—Me parece buena idea. —coincidió mi ya famélica asistente.
—¿Con qué la vas a querer tú, Angela?
En ese momento sonó el timbre y tuve que volver a  colocar el auricular en la base. Fui a abrir la puerta rezando en mi interior porque sea cualquiera menos Edward “alborota-hormonas” Cullen. Le dije que estaría ocupada y que no no podríamos…
—¿Rosalie?
Y quizás mi cara de sorpresa no era la cosa más educada del mundo pero fue lo único que la saludó en ese primer momento. Veía con unas bolsas de papel cerradas, vestida de manera deportiva; cosa rara en ella que se distingue por siempre vestir elegante sin importar a dónde fuese; y un tímido sonrojo en sus mejillas.
—Angela me dijo que probablemente iban a tener una noche muy larga y ocupada, así que pensé en traernos mucha comida chatarra y coca cola para acompañarla ¿Puedo pasar? —sonreí internamente con ironía al pensar que una mujer tan bella y tenaz como Rosalie Lillian King se mostraba insegura en la  puerta de mi sencillo departamento porque no tenía ninguna amiga. Es cierto eso que dice que la belleza no lo da todo.
Le coloqué una mano en el hombro y le sonreí.
—Cariño, cualquiera que me traiga una coca cola puede pasar a mi casa.
Y sus ojos brillaron con verdadero agradecimiento. La ayudé a cargar las pesadas bolsas y las colocamos en el mostrador de la cocina que se comunicaba con la sala comedor. Lejos de molestarme esa llegada inesperada a mi casa, me puso de buen humor y no solo por la comida china que ahora humeaba entre Angela, Rosalie y yo sino porque de alguna manera Rose era una persona muy diferente en privado de lo que se mostraba en público en la empresa. De eso me había dado cuenta unos cuantos días atrás cuando habíamos salido las tres a almorzar. De hecho, la timidez que ella mostraba con nosotras no dejaba de sorprenderme.
Y como si la compañía de Rosalie no fuese lo suficientemente desconcertante también me encontré sorprendida cuando entre risas, cotilleos laborales y bromas terminamos de armar las bolsas de regalo antes de las once de la noche. Así que Angela aprovechó para tomar una ducha en el baño de invitados y cambiarse de ropa pues teníamos estipulado que nos quedaríamos despiertas hasta la madrugada. Dormiría en la habitación de huéspedes; que no había sido usada hasta ahora. Mientras tanto, Rosalie y yo estábamos repantigadas en mi sofá hablando primero sobre naderías y luego de Lizzy. No pudo ocultar el brillo en sus ojos cuando empezamos a hablar de la bebé.
—Y ya están por salirle los dientes. Así que muerde todo lo que pasa por delante de su boca. —le advierto. —Mantén tus dedos alejados de ella. Al menos cuando le salgan.
Su respuesta fue una risa cargada de ternura.
—Elizabeth es una niña excepcional. Y de hecho me parece toda una proeza que a sus tres meses ya sepa como sostener un sonajero. Muchos niños no lo hacen a esa altura. Se nota que está llena de vitalidad y fuerza. —no pudo pasarme desapercibido ese tono tan solemne con el que hablaba. Como si fuese una experta en maternidad o algo así, y que yo supiera Rose no era madre todavía.
—¿En serio? Eso no lo sabía. —agregué con incertidumbre y vi como su ceño se profundizó y en sus ojos brilló algo parecido al miedo. ¿Pero miedo a qué? Me pregunté mentalmente. —¿Cómo sabes sobre el desarrollo de los bebés, Rose? Noté que eres una experta prácticamente cuando cuidaste a Lizzy.
Comenzó a titubear y a titubear…
—Eh…yo…en realidad…no sé cómo…—así que finalmente zanjó el tema. —No puedo hablar de eso, Bella. Hace mucho que no lo hago y de hecho me vine a Manhatthan dejando esa parte de mi vida atrás.
¡Mierda santa! ¿Qué le habría pasado a Rosalie en su pasado? ¿Habría dejado un niño abandonado también? No parecía tener la figura de una mujer que hubiese dado a luz recientemente. Y por supuesto que desde que yo llegué a Le Madeimoselle, tampoco. Había varias interrogantes y sombras sobre esta chica exuberante y triste que ahora estaba en mi departamento.
—No te preocupes. No te voy a presionar para que me lo cuentes. —dije no sin cierto retintín.
Un poco más aliviada medio sonrió. Miró su reloj y dijo: —Ya es tarde. Gracias por dejarme pasar un tiempo con ustedes. Hacía mucho tiempo que no pasaba tiempo con nadie tan relajada. Gracias, Bella.
—Gracias a ti por esa cena hipercalórica. Era justo lo que necesitaba.
Caminamos hacia la puerta y los siete pasos que dimos los hicimos en silencio. En el umbral se volteó con una expresión algo torturada y agregó:
—He hablado contigo y con Angela más de lo que he hecho con nadie en más de un buen tiempo. Gracias por no presionar ni indagar sobre mí.
Solo de la boca para fuera, querida. Me dije a mí misma. Por dentro me estaba carcomiendo la curiosidad de una manera abismal, pero por lo visto ya me estaba haciendo un poco mejor en eso de ocultar mis pensamientos o impulsos.
—No te preocupes, Rose. Cuando estés lista, hablarás de eso. Y si no lo estás nunca, pues estará bien también. No a todos nos gusta echar luz sobre nuestros pasados desagradables y debemos a prender a respetar esa forma de pensar de las personas. —una sonrisa indulgente. Eso fue lo único que me salió en ese momento. —Vuelve cuando quieras.
La despedí con la mano y cerré la puerta. A los pocos minutos salió Angela de la ducha con la cabeza envuelta en una toalla. Miró hacia todos lados y me preguntó por Rosalie.
—Se tuvo que ir. Dijo que ya era muy tarde. Y en realidad lo es; son las once y media de la noche. Ahora me toca a mí tomar una ducha e irme a la cama. Estoy muerta. Buenas noches, Ang.
—Buenas noches, Bella. Y gracias por dejarme dormir aquí. —Angela era una chica tímida y fácil de llevar. Me complacía enormemente tenerla como mi asistente personal en esa vorágine de responsabilidades que me había supuesto mi aun no asegurado ascenso. Todo se definiría mañana en el evento de caridad del Saint Gabriel´s Childrens.
Más abrumada que de costumbre me metí en mi habitación y luego a la ducha. Pensé que las cosas no podían empeorar a mi ansiedad más cuando me acosté y noté un gran vacío a mi espalda me descubrí a mí misma haciendo una barricada de almohadas en las cuales apoyarme para poder medio relajarme.
Maldito fuera Edward Cullen. Resulta que no podía dormir tan bien como creía sin él como creía.
Y maldita mi debilidad por ese hombre que sería mi perdición.

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Planear un evento es una cosa seria para cualquiera que emprenda un proyecto así. Pero cuando las magnitudes de este llega hasta las más altas esferas sociales entonces toooooooooooooooooooodo es más complicado. En The Cyclone recibimos en la mañana a más de trescientos niños procedentes del orfanato San Gabriel´s Childrens los otros doscientos estaban entre hijos de celebridades, ejecutivos de Le Madeimoselle, las distribuidoras e hijos de trabajadores. Eso sin contar los más de seiscientos adultos que estábamos presentes también. Así que había unas buenas mil cien personas yendo y viniendo desde los puestos de comida a la entrada a la montaña rusa e incluso a la tienda de souvenirs en donde se estableció el personal de publicidad que yo dirigía para entregar a los invitados las franelas distintivas del evento de caridad, los cotillones llenos de dulces para los pequeños y las mentadas bolsas de regalos para los invitados VIP.
Estos últimos haciendo gala; en puntuales ocasiones; de sus aires de “divismos”. Como fue el caso de un diseñador de modas muyyyy afamado que pretendió armar un escándalo solo porque no le llevaban un vaso de Jack Daniels a su mesa con vista a la bahía. Angela tuvo que sacarme de una interesante conversación con un nuevo cineasta independiente en ascenso y su esposa para atender la eventualidad.
Visualicé su cabello blanco agarrado en una coleta y sus lentes oscuros característicos que no hacían nada por esconder la  ira que desprendía en ese momento pues hacía ademanes despótico tanto para su personal como para el que yo dirigía. Conocía a este personaje por televisión, nunca por trato más había llegado a verlo de lejos en uno que otro evento de la compañía. También recordaba muy bien que era una de las personas a las que no le importaba promover las imágenes de chicas demasiado delgadas en sus campañas, colaborando así con la expansión de la bulimia o la anorexia. Eso dicho por varias fuentes informativas y anexo a eso se había metido con una de mis cantantes favoritas solo por su sobrepeso…así que el personaje en cuestión no contaba con mi más alta estima precisamente.
Me acerqué a él y le llamé a parte de la pequeña congregación de personas y “negocié” con él:
—Isabella Swan. Jefa del departamento de publicidad de Le Madeimoselle y una de las coordinadoras principales de este evento de caridad ¿Puedo ayudarle en algo?
El muy petulante me dirigió una mirada apreciativa por encima de sus lentes de sol y al final hizo una mueca de hastío y prepotencia.
—Sus habilidades como organizadora de eventos es bastante pobre, señorita. Este evento está tan gerenciado que ni siquiera puedo encontrar un trago de whiskey aquí. Y ni hablar de que en su mayoría los puestos de comida expiden chatarra hipercalórica.
Fue entonces cuando saqué mi máscara favorita: La de Arpía, por primera vez en esa noche.
Sonreí con malicia y crucé los brazos a la vez que golpeaba mi bíceps con el dedo índice una y otra vez. Taconeé con mis botines Uggs color chocolate para desesperarlo y procedí a responder a sus demandas:
—Lamento que el evento y mis habilidades profesionales no estén a la altura que usted está acostumbrado. Para eso no tengo ninguna explicación que le resulte justificada. Más para lo que si tengo es para la comida y bebida. La primera fue pensaba para los “verdaderos” necesitados en este lugar que son los niños del Saint Gabriel, los cuales no están demasiado familiarizados con foie gras ni sushis como usted comprenderá. Y como son los niños el eje central de este día tampoco nos pareció adecuado habilitar el expendio de alcohol en las instalaciones del parque. —y para finalizar… —Ya sabe cuánto nos preocupamos en la empresa por ser un buen ejemplo para los pequeños y no promover conductas autodestructivas como el alcoholismo en las generaciones futuras. —Sabía que él estaba atravesando un escándalo mediático de esa índole, lo que lo dejó con la boca abierta ante mis comentarios. —No querrá usted salir en las noticias armando una escena solo por un poco de whiskey a las rocas ¿no es cierto?
Disfruté como una niña cuando a través de los  cristales de sus anteojos le vi casi hasta las cuencas y luego entrecerrarlos con indignación.
—¡No se atrevería usted!
—Señor, tengo cincuenta representantes de la prensa principal del Estado de New York y la reputación de un evento y una compañía que proteger…¿De verdad cree que no lo haría? —casi me iba cuando utilicé mi último naipe. —Dejo en sus manos si gusta beber un ginger ale o un whiskey. Y también la decisión de si ambos nos encontraremos en las primeras páginas de todos los diarios. —pasé por el lado de Angela que me miraba anonadada muy cerca de donde estábamos él y yo y le susurré antes de seguir de largo. —Vigílalo de cerca y si insiste en hacer un escándalo busca a Rathbone del New York Times. Luego me llamas.
—Sí, Bella. —asintió tímida pero muy sonriente como siempre.
—Mira que meterse con Adele…mamón insoportable… —murmuré por lo bajo mientras volvía al evento.
El día continuó así como el vaivén de entrevistas y fotos con Carlisle, Esme y Edward tanto para periódicos como para televisoras. El ambiente entre los tres no podía ser más tenso más los reporteros no parecieron darse cuenta de ello. Más yo sí. La cabeza principal de la compañía prefería conversar con los invitados VIP sobre cómo lo estaban pasando, la directora de imagen hacía lo mismo tanto con personalidades reconocidas como con la prensa a partes iguales y Edward…bueno, él estaba como yo; repartiendo órdenes a diestra y siniestra para solucionar cualquier eventualidad y cubrir todos los detalles.
La seguridad del evento era fuerte, pero al caer la noche muchas placas con el NYPD en ellas se dejaban ver por la calle W 10th St y sus alrededores. Las puertas de The Cyclone estaban cerradas por la seguridad tanto de los niños como de las celebridades así que solo los identificados podían ingresar al evento con el brazalete que los identificaba como invitado y el grupo al que pertenecía. Todos esos tenían un código personalizado para evitar ingresos indeseados. Además de eso ambulancias con paramédicos estaban apostados a las afueras del lugar en caso de cualquier emergencia y un pequeño grupo de ellos estaba apostado bajo un puesto habilitado dentro del parque que atendieron unos cuantos raspones por caídas y dolores de panza por tanto comer dulces y helados…sin embargo el día pasó sin ningún episodio lamentable…has que apareció Jacob.
Yo estaba sentada en el mesón de recolección de donativos verificando los montos alcanzados con varios trabajadores del departamento de recursos humanos; pues su director Tyler Crowley fue sumamente colaborador con Edward y conmigo para lo que necesitamos en el proceso de planificación; cuando él se me acercó por la espalda y me colocó la mano en el hombro. Estrechándome este en ese instante. Por supuesto que en una primera instancia no supe que era él y pensando que era Edward le estreché los dedos con cariño y no se los solté hasta que no terminé de revisar los dígitos. Cuando despegué mi muy satisfecha vista de las hojas de registro y me percaté de que era Jacob quien me agarraba con tanta familiaridad, me irrité. Y sé, por el gesto tenso que todos tuvieron en la mesa que no hice nada por disimularlo.
Me sacudí su mano sin gentileza y lo miré con hostilidad. 
—No me gusta que se tomen esas libertades conmigo. Tú lo sabes muy bien.
Sus ojos se abrieron sorprendidos…
—Yo…lo siento, Isabella. Solo quería saludarte pero tú…
—Yo pensé que era Edward. —respondí de manera gélida y eso pareció ofenderle. Dio un respingo como si lo hubiese golpeado y luego frunció su ceño con mal genio.
—Pues no. Edward no es el único que te puede saludar. No seas absurda. —me gruñó.
Lo tomé por el brazo y lo arrastré unos metros lejos de donde esta hacía un momento y nos acerqué sin pensarlo a una papelera. Lo miré con rabia durante un largo instante y luego hablé.
—Que sea la última vez que me haces eso en público.
—Fuiste tú la que me estrechó la mano durante un buen rato. No yo, Bella. —su sonrisa malhumorada me sacó de mis casillas.
—¡Ya te dije que pensaba que eras Edward!
—Pues no. No lo soy, gracias al cielo. —luego trató de quitarle peso a la cuestión con un gesto de indiferencia con la mano. —Además, deja de sobreactuar. Fue solo un apretón de manos.
¡¿Un apretón de manos?!
—Tengo una relación con Edward, como tú y el resto de la empresa también sabe. — dije entre dientes. —Y no tengo el más mínimo deseo de que se esté chismorreando por ahí sobre otro círculo amoroso con ustedes dos de factores comunes. —no pudo hacer nada por disimular su asombro. En cambio yo no hice el más mínimo intento en disfrazar mi desagrado. —Sí, ya me enteré de lo de Tanya. De ella no me extraña, pues siempre me pareció una zorra desagradable y presumida. Pero de ti si, Jacob Black. Porque a pesar de lo que me dijiste la última vez que conversamos, nunca creí que pudieses actuar en contra de una persona como lo hicieron ustedes dos contra Edward.
Sonrió exasperado y se metió las manos en los  bolsillos de sus tejanos de marca. Luego me encaró con expresión de incredulidad.
—¿Y tú eres tan ilusa como para creerle que solo él fue la víctima? ¡Por favor, Bella! Oooobviamente él solamente te contará su versión de los hechos. —su expresión se tornó sombría —Te apuesto lo que quieras a que él no te dijo que Tanya quedó en estado y él se aprovechó de todo lo que pasó para desentenderse del niño. Y no solo eso, sino que después de eso ella perdió el bebé por tanto estrés y Cullen se negó tan siquiera a verla. ¡¿Él te dijo eso, Bella?! ¡Dime! ¡¿Te lo dijo?!
No…la verdad era que Edward no me había dicho nada de eso. De hecho, ni siquiera me lo había mencionado cuando hablamos. Claro que cuando lo hicimos no dejé que profundizara demasiado en nada para que no se agravara el estado de la migraña que tenía esa tarde…pero ¿Cómo pudo ocultarme todo eso? Eso solo lo mostraba como un ser frío…sin corazón.
Pero no lo era… yo mejor que nadie sabía eso. Sabía que Edward sufría pero ignoraba hasta que nivel lo hacía. Y es que me era imposible pensar que le hubiese dado igual que su hijo…muriera. En cambio Tanya…¡Dios no sabía que pensar!
Pero no dejaría que me viese amilanada por la situación.
—No con tanto detalle como lo has hecho tú, Jacob. O con tanta sorna, debería decir. La verdad es que yo tengo una relación con Edward, no con su pasado. Y lo que te reclamo a ti es que me pongas en una situación donde se pueden dar comentarios hirientes sobre esa época. Así que abstente de estarme toqueteando y más si hay gente presente. —sentía las piernas temblando y las manos frías pero nadie lo supondría por la seguridad con la que zanjé la discusión con él.
Aparentemente mis palabras le dolieron pues sus ojos se volvieron tristes y mentiría si dejara que me regodeé en su miseria…aunque estaba en la posición perfecta para hacerlo.
—Lo quería todo contigo, Swan. Quizá no lo demostré suficiente, pero me gustabas en serio. —no me estaba mintiendo. Su tono y mirada tristona me lo decían. —Hasta que llegó ese Cullen y te atrapó…
Levanté la mano para hacerlo callar.
—¡Él no está conmigo por venganza! —dije indignada.
Fue su turno de ser sarcástico entonces…
—Claro que sí, Bella. —quiso tomarme por la barbilla pero giré la cara. Apretó los dientes con irritación. —Él no es el epítome de la perfección como tú le crees. Deberías abrir los ojos.
Estreché los ojos y lo asesiné con la mirada.
—Sé muy bien que no lo es. De hecho, sé que es tan imperfecto que eso me llamó la atención de él desde que lo conocí… —¡Bam! Gancho directo a su ego —y no le importa demostrarlo delante de quién sea. Hasta de su mismo padre. El siempre ha tenido el poder de sorprenderme en todos los aspectos. Por eso y más siempre ha sido él. —upercut y gancho bajo.
Y así se acabó mi primer momento de arpía de la noche, que había sido en defensa de Edward. ¡Vaya día!

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Al ponerse el sol, un precioso crepúsculo en tonos corales y azules se entre mezclaban divinamente en el cielo. Y para magnificar su espectro magnífico fue el turno de los malabaristas, escupidores de fuego y gitanas de invadir el parque para el entretenimiento de todos. Las donaciones e invitados seguían llegando y el personal, incluyéndome, seguíamos al pendiente del más mínimo detalle del desarrollo del evento.
Me dirigí hacia la montaña rusa que era donde estaba el director del orfanato, Mike Newton. Cuando se percató de que me acercaba a él se alejó del grupo de pequeños que ordenaba en fila para subir al aparato en cuestión. Le batió el cabello a alguno y me encontró poco antes de que lo alcanzara.
—Hola, señorita Isabella. Todo ha salido magnífico hoy. Ha sido un gran día para estos niños, de hecho creo que no se ven nada interesados por las donaciones puesto que han aprovechado al máximo la diversión gratis en el parque. Mi pequeño personal también está agradecido por toda la logística que han tenido para con nosotros.
—Me tomo eso como que se han mantenido correctamente abastecidos.
—Por supuesto que sí. Muchas gracias.
—No se merecen, señor Newton. Y vengo a darle una noticia que le va a mejorar el día aun más. —sonreí con aire cómplice —Casi hemos alcanzado los dos millones de dólares. Quizás para el cierre del evento ya lo hayamos alcanzado.
Sus ojos brillaron con emoción y vi que el pobre se mordía el labio por dentro tratando de contener las lágrimas.
—No…saben lo importante que es eso para…nosotros. – su voz era ronca. Conteniendo lo que me imagino que era un alivio de muchas tensiones que pasaba el pobre para llegar a fin de mes con todas esas criaturas que demandaban tantos cuidados. —¿Puedo darle un abrazo, señorita Swan?
Asentí satisfecha aunque un poco incómoda por no estar muy acostumbrada a ser tan demostrativa. Menos con un extraño, pero supuse que la ocasión lo merecía. Mike me estrechó entre sus brazos y dejó escapar un suspiro entrecortado que supuse que de no haber tanta gente quizás hubiese estado acompañado de las lágrimas con las cuales se empecinaba en luchar. Y lo admiré un poco más por querer mantener la entereza en un momento así.
Alguien se aclaró la garganta y ambos nos soltamos. Edward se movió rápido y se colocó a mi lado tomándome de la cintura en un claro gesto posesivo aunque su cara parecía cordial. Cosa que no me creí ni por un instante. Mi cavernícola no era así…aunque en realidad había cosas de él que yo aun ignoraba.
—¿A qué se debe tanta emoción? —preguntó con una tranquilidad perfecta. Como si sus dedos no estuviesen a punto de dejarme un verdugón de lo apretada que me tenían.
Le seguí el juego, al fin y al cabo no estaba haciendo nada que tuviese que esconder.
—Estaba comentándole al señor Newton que ya casi alcanzamos la suma de dos millones de dólares para el Saint Gabriel.
Con toda esa elegancia tan propia de sí, sonrió satisfecho…
—Creo que pueden hacer bastante con esa suma, Mike.
El pobre hombre que aun no podía con la emoción lo vio con expresión de estar pensando <<¡Acaso estás loco!>>
—Claro que haremos mucho con eso, Edward. —no le pasó desapercibido ese brazo que me presionaba contra él y nos vio de manera casi sorprendida. De pronto pareció recordarse de algo —¿Trajiste a la pequeña Elizabeth?
Entonces me di cuenta de que él sí que se mantenía en contacto con él. He de ahí los tuteos…
Negó con la cabeza categórico.
—Elizabeth está en la casa hoy con mi ama de llaves y la chica de servicio. Preferí dejarla porque tanto Bella… —me estrechó un poco más —como yo íbamos a estar sumamente ocupados aquí y no nos parecía justo someterla al tedio de tenerla de brazo en brazo con el sol de tarde y luego el frío de la noche.
—Por supuesto. Por cierto, no sabía que ustedes dos eran pareja. No me di cuenta de ello cuando fueron al orfanato…
Pero antes de que yo pudiese responder, Edward se me adelantó:
—Habíamos tenido una pequeña pelea de pareja en ese momento, pero poco después lo arreglamos. —besó la coronilla de mi cabeza y siguió hablando de cómo había transcurrido el evento benéfico.
Admiré el descaro de ese bastardo, al mentirle a Newton tan seguro de que yo no le iba a contradecir que se le notaba relajado a mi lado. Quizá Jacob si tenía razón y yo le veía demasiado perfecto…
—¿Cierto, Bella? —preguntó Edward llamando mi atención.
¿De qué estaban hablando? No tenía la más puta idea. Así que hice lo que cualquier despistado haría en mi situación: sonrojarme como una tonta y admitir que no estaba escuchando.
—Lo siento. Estaba pensando en unas cosas que tengo por hacer…
—Le decía a Mike que Lizzy ya tiene molestia en las encías por los dientes. —agregó Edward con naturalidad.
—Oh, sí. Hace poco lo notamos. Aunque el pediatra ya nos lo había dicho cuando la llevamos por primera vez.
Mike se mostró bastante sorprendido por lo mucho que compartíamos con la pequeña a pesar de nuestras agendas llenas de responsabilidades laborales. No pensó que el apadrinamiento lo llevaríamos de manera tan excelente y mucho menos cuando ninguno de los dos era padre. Bueno, uno lo era pero fallido. Aunque Newton no tenía porqué saber eso y yo no dejaba de preguntarme  si hubiese preferido saberlo o no. ¡Pero que tonta! Por supuesto que prefería saberlo aunque ahora tuviese a las dudas achicharrándome las neuronas con sus latigazos de inseguridad.
Quedamos en vernos al cierre del evento luego Edward y yo nos fuimos agarrados de la mano, atravesando la multitud que plagaba a The Cyclone. Aun yo seguía en modus-zombie.
Entonces noté que Edward me llevaba casi a rastras hacia la casa de los espejos del parque. Traté de frenarnos pero los tacones hacían un patético papel al lado de sus  fuertes tirones. Ignoró a unos niños que se burlaban de mí cuando pasamos por su lado al ver cómo me llevaba. Le hizo un asentimiento al chico de la puerta y este trancó y aseguró la puerta tras dejar que solo nosotros entráramos al lugar. El poder del dinero, me dije a mí misma.
—¿Hasta dónde me piensas arrastrar, Edward Cullen? —grazné entrecortadamente mientras peleaba con todas mis ganas para zafar a mi pobre muñeca de su fuerte agarre.
Me dejo en mitad de un pasillo con una luz muy pobre y frente a un espejo en el que nos veíamos pequeños y gordos. Sentí la dureza de la pared cuando me aprisionó contra esta y me miró con intensidad a los ojos.
—Te vi hablando con Black. Él intentó tocarte y tú desviaste la cara y luego discutieron. ¿Qué pasó? —después de todo lo que el “citado” me había dicho de él me sentí muy irritable y sí que se lo hice saber…
—El que tiene rabo de paja, no se arrima a la candela… —le gruñí. —Se supone que el que tiene algo escondido debería estar un poco más manso ¿no crees?
Sus ojos primero se desenfocaron y luego se entrecerraron con rabia. Él lo sabía.
—Ese maldito cretino no tiene derecho a contarte mis intimidades.
—Creo que él estaba un poco “demasiado” implicado en tus intimidades como para ponerse tiquismiquis con la información. Además de que sabes que no te quiere demasiado.
—Cuéntame lo que te dije.
Todo era una orden. Una exigencia. Una demanda. Hasta cuando llevaba las de perder, Edward Cullen era un maldito tirano megalómano.
—Mierda, Edward. ¿Es que eres incapaz de dirigirte a mí como mi pareja en vez de cómo a una secretaria? —un rictus amargo se coló en su boca. —¡Demonios, te estaba defendiendo!
Abrió los ojos sorprendido.
—¿Defendiéndome?
—Sí. Aunque no te lo mereces por ocultarme algo tan importante. ¿Cómo puedes guardarte eso de que perdiste un hijo y quedarte tan tranquilo conmigo?
Entonces se alejó, se mesó el cabello y me miró sonriendo impasible.
—¿Tranquilo? ¡No he podido estar en paz conmigo mismo porque no te había dicho eso!
—¿Entonces por qué no me lo dijiste y te liberaste? ¿eh?
—¡Porque no es fácil, carajo! ¡Un año y medio después no es fácil decirte que tengo un hijo muerto! ¿Feliz? —me gritó a un palmo de la cara.
Respingué ante cada reproche e hice algo que no esperábamos ninguno de los dos.
—No. —negué con solemnidad mientras apresaba su cara entre mis manos —Jamás podría ser feliz viéndote sufrir tanto. Ese es el problema de los que nos enamoramos. Nos hacemos vulnerables frente a los que queremos.
Ya estaba. Lo había dicho. En el peor de los momentos. Justo cuando podía quedar como una redomada idiota por no saber sobre el pasado de Edward.
Hubiese sido ideal que acariciara mi barbilla y me dijera >>Mierda, Bella. Estuve esperando mucho para escucharte decir eso<< o algo por el estilo. Pero lo que vino a continuación fue demasiado placentero como para replicar.
Me pegó contra la pared de nuevo e invadió mi boca con agresividad. Tomando sin devolver nada, como un pirata. Sus manos tiraron de mi cabello y echaron mi cabeza hacia atrás para que él pudiese avasallar mi cuello con labios y dientes. Jadeé en respuesta y acerqué su cadera contra las mías y subí una pierna para poder refregarme de manera indecente contra su miembro que se empalmaba sumamente rápido bajo nuestra caricias mutuas.
—Me estás volviendo loco… —jadeó en mi boca —y lo estás consiguiendo.
Entonces volvió a besarme con intensidad mientras me soltaba para maniobrar con su jean y cinturón. Yo hice lo mismo con los míos.
Liberó su erección y bajó mis pantalones solo lo justo para que pendieran bajo mi trasero. Me dio la vuelta de un tirón y me dejó de cara a la pared mientras acariciaba mi clítoris con posesividad y se acariciaba a sí mismo entre el pliegue de mis nalgas. Fue entonces cuando recordé al molesto tampón que tenía entre las piernas.
Sentía cada centímetro de Edward tanteando en la entrada de mi ano y retrocediendo hasta mi coxis de nuevo, reclamándome con urgencia y algo más que no podía identificar. Quizá era necesidad… o talves era miedo. No lo sabía.
Su boca jadeaba al lado de mi oído y me dejaba entender lo mucho que necesitaba dejarse ir…desfogarse y dejé que fuese en mi cuerpo cuando lo hiciera.
Siempre querría ser yo el desahogo de su alma.
Enamorada hasta las trancas del tirano-cavernícola. Perdida incondicionalmente.

Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
*Marie K. Matthew*


















4 comentarios:

  1. Fascinante cada vez me gusta masssssssssssss ,eres un genio...Me dejas siempre sin que decir de la emocion al leer cada capitulo ,gracias preciosa,sigue asi ...Besos ....

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  2. me encanta esta historia, me quede en shock con la noticia de que edward perdio un hijo con tanya...
    bella ya le confenso que esta enamorada de el y viceversa...
    cuando habra nuevo cap..

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  3. Entre mañana y pasado, linda... ;)

    Gracias, Nydia...besos para ti también, cielo.

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  4. wow....Nena, me haz sorprendido inmensamente con tus escrito...nunca me decepcionas y me dejas con cara de complacidas....vaya, tu talento nos deja atónitas y convencidas a un más de que en un futuro puedas mostrarles a muchos más que tan buena escritora eres...=)..besos y espero pronto actualización.....Cuídate muchísimo, Dios te bendiga y saludos desde Colombia

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