Páginas

Bienvenidos

Espero que tu estancia en mi blog sea placentera, Mis Fanfics están protagonizados por personajes de Stephenie Meyer, pero las historias me pertenecen a mí. Advertenciaa: Rated: +M (+18)

Corazón De Cristal

"-Pareces un ángel ¿te lo habían dicho? Quizá lo eres y nosotros no somos capaces de comprenderlo." -Isabella Swan.

Tirano

"Un hombre que no tenía la palabra DEBILIDAD en su vocabulario...y una mujer sencilla y sensible que demostrará que hasta el más insensible y frío es capaz de caer por amor"

Anhelo Desde La Oscuridad

"Serás mía por toda la eternidad..Lo quieras o nó" -Edward Cullen.

Sin Alternativas

"Solo una mirada bastó para dar un vuelco a mi vida." -Rachel Black.

domingo, 16 de noviembre de 2014

TIRANO - Capítulo Décimo Séptimo



Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.

  “Un paso al lado”

Edward POV:
Isabella había aceptado venirse conmigo ¡En serio había aceptado! No le preguntaría sus razones, porque quizá su mente comenzara a sopesar pro y contras para finalmente echarse para atrás y el infeliz egoísta que vivía en mí, no lo permitiría. De hecho ahora bordeaba el éxtasis.
Sonreí de lado. De esa manera que sabía bien que a ella la volvía loca y la atraje hasta mí de un tirón para poder besarla. Reía como una adolescente a la par que le daba besos de manera juguetona. Pero de pronto escuché a Carlisle, que sonaba intranquilo y eso bastó para sacarme de situación en un santiamén. Bella se dio cuenta de inmediato, pues se incorporó hasta colocarse en posición de flor de loto para mirarme.
—Lo siento. Es que…tengo que ir a ver qué sucede.
—No creo que debieras interrumpirlos, Edward —el tono reprobatorio no estaba en su voz, pero sí en su mirada—. Puedes terminar escuchando cosas que no sean de tu agrado.
Resoplé contra mis palmas antes de volver a verla.
—Nada de esta situación es de mi agrado, por lo que no supondría mucha diferencia. —enarcó una de sus cejas.
—Sabes a lo que me refiero.
Me encaminé hacia la puerta a la par que le pedía disculpas con la mirada por no hacer caso a lo primero que me pedía cuando ella estaba aceptando algo tan importante para mí.
—Lo sé, valkyria. Pero tengo que saber si debo intervenir. —detesté dejarla sentada en la cama con una clara expresión de zozobra, pero no podía quedarme tranquilo mientras Carlisle la emprendía en contra de Esme. Ella me necesitaba.
Mirándome los pies; como si eso bastase para acallar cualquier posible sonido que me delatara, caminé con sigilo hasta la biblioteca donde estaban ambos encerrados.
Las voces precariamente amortiguadas por las puertas de nogal, llegaban con claridad a los oídos de cualquiera que estuviese rondando la zona.
Me preparé mentalmente para intervenir cuando él se pasara de la raya.
—El problema real es que tú crees que estoy aquí porque no soy más que una malcriada, Carlisle. No porque reconozcas que en nuestro matrimonio hay una seria crisis de la que… —hizo una pausa. Conociéndola como lo hacía estaba casi seguro de que se debía a que luchaba con un nudo en la garganta— sinceramente, no creo que salgamos. Al menos, no juntos.
—¡No me voy a divorciar de ti! —replicó Carlisle con vehemencia—. Olvídate de eso.
—Trata de ser lógico…
—¡A la mierda la lógica, Esme! ¡No me vas a dejar! ¡No – me – puedes – dejar!
Agucé mi oído para escuchar cualquier susurro, fue entonces cuando caí en cuenta de que; como la propia vieja chismosa de vecindad; había dado un paso más para inclinarme hacia la puerta de manera inconsciente. Me alejé de golpe por el asombro y miré a las marcas de la madera, mientras dudaba si era cierto lo que oía.
¿Ese era mi padre llorando? ¿Carlisle lloraba por Esme?
Jamás lo había visto llorar. Ni en funerales ni en bienvenidas, ni en aniversarios ni en novenarios. ¡Jamás!.
Hubo un largo silencio en el que no fui capaz de saber lo que ocurría adentro. Levanté la mano para tomar la manilla cuando me percaté de las voces y retrocedí a mi posición original.
—Recoge tus cosas que nos vamos, Esme. No pienso continuar con esta discusión que no nos lleva a ningún lado. Eres mi esposa y…—el tono de Carlisle había vuelto a ser el de siempre. Duro e impersonal. Como si se estuviese refiriendo a una empleada de él y no a su mujer.
—No.
—¡Dije que nos vamos! —gritó.
Volví a tomar la perilla pero ya en posición de defensiva.
—¡NO! —respondió ella en el mismo tono—.¡Y no me grites, maldita sea! Estoy harta de tus gritos. Estoy harta de tus ironías. Estoy harta de tu comportamiento megalómano. ¡Harta! ¿Quieres gritar? Pues eso puedes hacerlo en tu empresa hasta que te canses o hasta que te demanden; pero a mí no me vuelves a levantar la voz.
—¡Ja! ¿Ahora te ofendes? ¿Ahora…?
—Cuidado con lo que dices, Carlisle Cullen. Si vuelves a echarme en cara mi pasado, no dudaré en sacar el tuyo también. Si quieres hacerme daño, bien. Pero te advierto que te devolveré la baza.
Imaginé la cara de furia que debía de tener el hombre. Era una noche llena de novedades, no lo había escuchado llorar a él y nunca había sido testigo de la elegante fortaleza de mi madre. Definitivamente, mi propia familia se me hacía desconocida.
Sus tacones resonaron en el suelo de madera pero pasó un cierto tiempo antes de que hablara alguno de ellos. Al final, fue Esme quién lo hizo.
—Hace unos cuantos años atrás, hablarnos así nos resultaba impensable—susurró con profundo pesar—, ahora no hacemos más que gritarnos.
—¡Pero no siempre fue así! —se apresuró a responderle él.
—Lo sé —dijo ella tras un suspiro—. Pero antes de esto, solo nos ignorábamos. Afrontémoslo, Carlisle, se abrió una brecha que ninguno puede sortear. Creo que es mejor que ambos tomemos caminos separados antes de que ni siquiera los recuerdos sean capaces de evocar una memoria grata de alguno de los dos.
Las pisadas más fuertes de él me indicaron que se había alejado de ella.
—Lo quieres ¿Verdad? —<<¡Ay, mierda no!>>
—No vayas por ahí…
—¡¿Qué no vaya por dónde?!
—Baja la voz, Carlisle Cullen. No estás en tu casa, estás en la de tu hijo, pero eso no te da derecho a comportarte como un troglodita. Y para responder a tu ofensivo comentario; pues no. No lo quiero. Cómo ves, prefiero quedarme sola y tranquila a ser la esposa de alguien que no hace otra cosa que carcomerme la moral.
¡Santa mierda! Esa determinación de mi madre me asombraba hasta a mí. No imaginaba como sería para Carlisle, que tenía que enfrentar que su matrimonio se caía a pedazos.
—¿Cómo puedes hacerme esto si siempre estuve al frente de Edward y de ti cuidándolos? Al frente para darles lo que necesitaban. Al frente para complacer cualquier capricho que quisieran.
—Carlisle, estuviste tanto tiempo “al frente” que te olvidaste del hecho que yo no necesitaba un escudero sino un compañero. Hubiese sido mejor si hubieses dado un paso al lado y camináramos juntos en vez de hacerlo tú solo y amargarte en el proceso.
—¡Jesucristo, Esme! No me hagas esto. Por favor. —él rogaba. ¡En serio lo estaba haciendo!
—Yo…Lo siento—respondió ella con voz rota —. En cuanto encuentre un lugar, mandaré a por mis cosas. Lo siento. —volvió a agregar Esme antes de salir trotando más que caminando de la estancia.
Solo alcancé a alejarme un par de pasos antes de que las anchas puertas se abrieran y la dejaran salir llorosa hacia una de las habitaciones de huéspedes. Pero en ningún momento se detuvo a mirarme. No así Carlisle, quién se quedó parado allí con una expresión entre atónita y apenada, que a falta de alguien más en quién posarla lo hizo en mí. Sin embargo miraba sin ver. Sabía que no era más que un bulto en el que sus ojos estaban posados, mas no su atención. Eso se había retirado de la biblioteca con la mujer que había pasado por el corredor momentos antes. Dejándolo a él atrás…
Así como más de dos décadas de pasado juntos.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
—¿Se fue? —preguntó Isabella nada más entré a la habitación. Despegó su vista del ejemplar de Las Mil y Una Noches, que tenía en mi habitación más de adorno que otra cosa, lo cerró y dejó de lado.
Asentí antes de dejarme caer en la cama. Mi mirada estaba fija en algún punto entre el cristal de Baccarat de la lámpara y el techo abovedado. Sentí sus brazos aferrándose a mi cintura con fuerza. Acaricié de forma autómata la suave piel de su espalda a través del algodón de la franela mía que le quedaba tan grande.
—Tendrías que haber estado ahí para haber visto su expresión, Bella. Se veía tan… —titubeé hasta que no encontré una palabra mejor —derrotado. Tan desolado. En todos los años que tengo a su lado, jamás había visto esa mirada. Supongo que es normal, si te notifican; directo y sin anestesia, que tu matrimonio se va a la mierda.
Ella se limitó a mirarme apoyada en mi pecho, pero sin decir nada.
—Se van a divorciar. —aseveré.
Negó con la cabeza captando mi atención.
—No lo creo. Al menos, no en un futuro cercano.
—A mi madre lo que le faltó fue llamar a su abogado allí mismo…
—No, Edward. Carlisle puede estar ahora conmocionado, pero primero me caigo muerta aquí mismo antes de que él deje que ella se separe de él. Le va a dar guerra y de la buena. Además, creo que tu mamá está lejos de haberlo dejado de querer.
—Pero es que ella le dijo…
Posó su mano en mi mejilla y me miró con una versión tierna del <<¿Tú eres tonto, cariño?>>
—Una mujer no admite estar herida, solo reacciona —por un momento corto traté de comprender la mente femenina, pero no tuve éxito. ¿Por qué si estaban molestas o heridas no eran capaces de decirlo y ya? Todo era tan complicado con ellas. Y aun así, siempre hemos sido y seríamos dependientes de las mujeres.
            Un par de horas más tarde, Lizzy se despertó ansiosa. Lloró tanto que estuve a punto de llamar a Jasper por una revisión pediátrica de emergencia. Pero después de cuarenta y cinco minutos de llanto, una mamila y muchas nanas después; volvió a dormirse. Pero lo había hecho encima de mi pecho. Por temor a despertarla y generar una nueva oleada de lloros en plena medianoche, preferí dejarla dormitar un rato largo, quería  ver como seguía mi madre pero Isabella me persuadió para que le diera su espacio. >>Ya podrás preguntarle en la mañana. Necesita privacidad.<< alegó y no tuve como negar eso. Así que temeroso de dormirme y que la niña pudiera caerse de la cama, me puse a ver películas. Pero ni siquiera The Departed pudo mantenerme alerta por mucho tiempo. Fue Bella quién tomando a la niña de entre mis brazos, me despertó.
—¿Qué hora es? —pregunté con la voz enronquecida por el sueño.
Me tiró el edredón encima con una mano, pues con el otro acunaba a Elizabeth.
—Tarde. Duerme, amor. Yo voy a acostarla.
E incapaz de llevarle la contraria, dejé que hiciera lo que quisiera.
Al fin y al cabo desde ahora estaba en su casa.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
La mañana había transcurrido en medio de una vorágine de trabajo. La temporada de verano estaba a la vuelta de la esquina, lo cual representaba para Le Madeimoselle la creación de una nueva campaña. Era común el lanzamiento de estas según la estación o temporada. Y este sería el primer año en el que Isabella tendría que encargarse del trabajo de Tanya; y la había agarrado cuando pensaba mudarse conmigo.  Mentiría si dijera que no sentía un poco de culpa por poner más presión sobre ella, pero mentiría aún más si le decía que estaba bien que pospusiéramos la mudanza para el final de la campaña. Pero el cargo de conciencia disminuía cuando ocupaba mi mente con el trabajo; gracias al cielo entonces que estaba atareado.
Isabella tenía un gran desafío por delante, pero no podía entrometerme en ello porque eso representaría no solo una muestra de desconfianza en sus capacidades  sino también una demostración paternalista de mierda que podría crear sobre ella una imagen de desvalida ante el comité directivo y el resto de la empresa. Le ofrecería mi ayuda en todo cuanto necesitase pero no pasaría más allá por respeto a su profesionalidad. Aunque debía de reconocer que estaba un poco nervioso; no quisiera ver que su carrera tuviese un episodio repleto de vergüenza. Más aún cuando sabía que los envidiosos ojos de mi ex estarían espiando tras bambalinas con el deseo retorcido de verla fracasar.
A media tarde, casi cuando estaba a punto de pegar cuatro gritos y pedir las cabezas de unas cuantas personas debido a unos informes y balances de una de nuestras filiales en Atlanta, recibí una notificación de correo a mi teléfono. Estuve a punto de ignorarlo para hacer una llamada no muy amistosa al gerente de zona en Georgia, pero el instinto de que podría ser algo sumamente importante me conminó a abrirlo.
Isabella me había enviado el dichoso mail con un alarmante EDWARD, URGENTE!!! por asunto. En el texto se leía una frase corta y certera que se prestaba para cualquier cantidad de conclusiones; y yo convencido de que se trataba de algún problema con la tarea que tenía sobre sus hombros lo abrí con la predisposición de llamar al menos a unos cinco asesores de publicidad que pudiesen tenderle una…El hilo de mis pensamientos apresurados se interrumpió de forma abrupta cuando en la pantalla me mostró grande y contundente el archivo adjunto: era una foto en la que aparecíamos Lizzy y yo. Ambos durmiendo a pierna suelta en mi habitación. Una mano mía ocupaba casi toda su espaldita pues ella reposaba encima de mi pecho. Cuidando de ella incluso inconscientemente.
Me tomé un minuto para embeberme de la tierna imagen, incluso cuando mi boca se veía entreabierta, igual a la de ella. Entonces mi subconsciente me dijo satisfecho: <<—Estamos haciendo las cosas bien. Así es como deben de ser.>>
Me juré a mí mismo que haría lo que fuera para que todo siguiera igual. O mejor. No sería un  Carlisle más.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
Los siguientes días pasaron más lento de lo que hubiese deseado: torres y torres de papeleo y para cuando terminaba, la señorita Stanley estaba en camino con un nuevo montón. Dos lanzamientos de fragancias en los próximos días habían solicitado que fuésemos su auspiciante; como si no fuese suficiente la que sería dentro de poco más de un mes en Milán. Anexo a eso, Isabella no había vuelto a quedarse en la casa pues la campaña la había absorbido por completo; bueno eso y los cuidados de tres gatitos huérfanos. Habíamos acordado que la mudanza se haría el fin de semana; en realidad ella me lo impuso alegando todo lo anterior como motivo. Y como guinda para este pastel desagradable. No, desagradable no era la palabra que describía bien eso; tampoco irritante. Eso se quedaba corto. Quizá tendría que inventar un término que abarcase todo lo que era Gabriel McCleod. Esa lagartija desteñida británica me ponía de los nervios. Más aún cuando sospechaba que estaría encima de Bella. Que debía ser la única mujer de la empresa sobre la cual no se había abalanzado…solo porque no la conocía.
La mañana en que recibí el mentado memo anunciando su próxima e inminente llegada, también recibí una llamada de Emmett.
—¡Hola, cabrón!
—No estoy de humor ni para insultarte, Emmett. —le dije—Viene McCleoud.
Él, que había conocido al dichoso personaje hacía unos cuantos años atrás y estaba al tanto de mi animadversión por él, silbó entendiendo mi mal humor.
—Y yo que llamaba para reclamarte el hecho que no te acordaras de tu familia...en fin. ¿Cómo has estado? Apartando esa noticia de mierda, quiero que me des un tiempo antes de tener que escuchar tu “falta de amor” por el inglesito durante horas. —sus carcajadas estruendosas me sacaron de quicio pero preferí ignorarlas. Teníamos días que no hablábamos y no iba a ser desagradable con alguien que era algo así como el hermano que nunca tuve.
—También como la mierda. Ocupado hasta los dientes, trasnochado trabajando, haciendo de ente distractor para Esme, que ahora está viviendo conmigo…
—¡Detente ahí! ¿Qué hace ella contigo?
—¿Y tú qué crees? Se está separando de Carlisle.
—¡¿Tía Esme se separó de mi tío?! —basta decir que el desconcierto parecía haberle suprimido la capacidad de hablar en un tono decente, sus gritos estaban destrozando mi oído. Gracias al cielo estaba en la oficina solo porque opté por activar el altavoz para no quedarme sordo. Afuera de las paredes del espacio no podrían escuchar nada, pues estaban insonorizadas. Di gracias también por eso.
—Pues sí.
—El infierno se congeló, Putin ya no es un hijo de puta y los republicanos dejaron de ser unos estirados de mierda. No. No se van a divorciar. A tío Carlisle primero lo torturan por seis meses consecutivos con una tyser  y luego puede que acepte…Hmmm. No, ni así. Ese no deja esa mujer ni aunque lo maten.
Chasqueé la lengua recordando la noche de su conversación. Hasta donde sabía, ellos no habían vuelto a hablarse. Al menos eso creía yo.
—No sé, Emmett. Esta vez veo a mi madre demasiado decidida. Ya se hartó de su mierda.
—Edward. No seas idiota, viejo. Esme lo adora. Tú tranquilízate, eso solo es una etapa que atraviesan todas las parejas. —no pude evitar pensar en un niño al que lo calman cuando está preocupado. No quise discutirle más, porque tampoco tenía ganas de darle más detalles escabrosos acerca del punto de partida que los había llevado hasta allí.
—Mejor cambiemos de tema. Cuéntame en lo que andas ahora. ¿Qué tal va lo de Frankfurt? —necesitaba distraerlo cuanto antes.
—¿Cómo va ir? ¡Pues viento en popa! ¿Quién coño crees que es el puto ingeniero?
—Oh, cierto. Había olvidado que eras la más grande promesa de la NYU*. —resoplé. —Tu ego no debe caber por la puerta de tu oficina.
Se carcajeó con fuerza. Con ese descaro que era tan propio de él.
—Es una clase de suerte entonces que casi nunca tenga que estar en ella. Odio estar encerrado en una oficina. No sé cómo puedes hacerlo todos los días. Te admiro. —opinó con sinceridad. —Por cierto, este fin de semana iré a Berlín a ver el sitio del que me habló Carlisle. Si todo va bien aquí y si es bueno el lugar, será la próxima tienda.
—Algo de eso me habló hace unos días, pero para ser honestos; no he puesto demasiada atención en ello. La sucursal de Atlanta está en su peor momento, así que debo tomar medidas preventivas para evitar las drásticas. —comenté mientras seguía revolviendo el balance de ganancias y pérdidas de dicha tienda. —Y toda esta putada de visita de McCleod me tiene aún más presionado.
Emmett permaneció callado por un momento…y quizá hubiese sido mejor para todos. Pero eso no pasó.
—Disculpa que te lo diga, primo; pero creo que esta visita de Gabriel te tiene demasiado desencajado. Más de lo habitual. Sé que desde siempre te cae mal, y la verdad es que te entiendo porque es un bastardo presumido; pero nunca te había salido una úlcera solo porque él los visitara. —Emmett no era tonto. Era todo menos eso, y anexo a eso me conocía mejor que nadie más así que no pude esconderle lo que me ocurría.
—Es que…me preocupa Isabella…
—Así que sí era lo que pensaba.
Entonces perdí los nervios.
—¡Por supuesto! —de pronto tuve que ponerme de pie. —No entiendo por qué tengo este nerviosismo estúpido. Como temiendo que algo malo va a pasar. Y sé que no estoy con alguien como Tanya…pero en algún punto también me cegué por ella.
—Es comprensible en tu situación, Edward. Si yo hubiese pasado por eso, también tuviera mis dudas.
Miré el paisaje de Manhattan perdido entre los recuerdos de todo lo que habíamos pasado Isabella y yo hasta ese momento.
—¿Y si se echa para atrás y decide no mudarse?
El tono de mi primo fue de abierta conmoción, pero no en el buen sentido de la palabra.
—¡¿Le pediste que se mudara contigo?!
—Bueno…sí. —de pronto empecé a sentirme dudoso. Como si lo que había hecho era algo tonto por lo que debía explicaciones.
—Estás demente, Edward. En serio lo estás. —escuché con atención cada palabra de su reprimenda. —Me dices que estás pasando unos días de un humor de perros porque viene la puta de McCleod y ¿Aun así le pides a tu novia con la que apenas tienes unos meses que se vaya a vivir contigo?
Esperé en silencio a que dijera todo lo que pensaba y cuando estuve seguro de que no volvería a decir una palabra más hasta que yo no interviniera, fue que intenté defenderme.
—Tú no entiendes lo que siento por Isabella. —a riesgo de sonar como un marica y sufrir las burlas de él por ello, le expliqué —Ni siquiera con Tanya tenía este sentimiento de posesión. De necesidad.
—¡Eso no es una excusa! Bien puede ser una defensa a todo lo que has atravesado con tu fallido compromiso y ahora con tus padres ¿Has pensado lo mucho que puedes herir a esa chica; que según tú es excepcional; si después de vivir juntos un par de meses decides que ella siempre no es lo que quieres?
—Las relaciones representan un riesgo…
—¿Te estás escuchando, Edward? ¡Las relaciones no son una inversión que se puedan medir en porcentajes cuantificables!
            Irritado, tomé el teléfono y descargué mi frustración como mejor sabía hacerlo: a grito pelado.
—¡Joder, Emmett! Cualquiera diría que eres un experto en relaciones duraderas. No estás aquí, no la conoces a ella y definitivamente no deberías darme consejos de moralidad. Te amo, hermano. En serio que sí; pero no por eso voy a permitir que intervengas en mi vida personal. Te lo conté; aunque aparentemente fue un craso error; para descargar un poco de presión contigo, no para que me riñas como si fueses Carlisle.
            Respiraba entrecortado como si hubiese corrido una maratón a pesar de que estaba recargado sobre el escritorio.
—Edward, viejo. Eres mi hermano, nos criamos juntos. Te vi tocar fondo una vez y no quisiera hacerlo de nuevo. Fue duro para mí verte así sin poder hacer nada al respecto ¡Ni tan siquiera me dejaste partirle la cara a ese hijo de puta del departamento legal! —tomó un respiro audible y siguió con un claro tono conciliador. —No quiero que vuelvas a pasar por lo mismo. Tú mismo estás diciendo que con Isabella te sientes aún más posesivo que lo que pudiste haberlo sido con Tanya ¿Cómo crees que te puede sentar que lo suyo fracase? Dios, Edward; piensa bien lo que haces. No des pasos apresurados. El hecho que viva contigo no te asegura que no vaya a…
—¡No lo digas!
—…Serte infiel. Lo siento pero es así. ¿Acaso no tienes dudas con la llegada de Gabriel McCleod? ¿Qué crees que pueda decir eso?
            No tuve una respuesta para eso. De hecho, no tuve respuestas para muchas cosas durante varios episodios en los próximos días.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
—Siento que estoy hablando con una silla y la verdad es que me está comenzando a molestar. —estalló Bella una mañana. Pero siendo ella tan “ella”; o sea tan perfecta a su manera imperfecta; lo hizo en una calma total—Edward ¿Qué te ocurre? Puedes hablarme de ello.
            La miré atormentado. ¿Cómo podría decirle la verdad sin perderla por ello? ¡Maldita fuera esa llamada telefónica!
—Es solo trabajo, Bells. No es nada.
Se recostó a la silla del comedor donde desayunábamos esa tranquila mañana del sábado. El gesto de su cara denotaba preocupación e irritación a partes iguales. Sabía que estaba haciendo su mejor esfuerzo para no invadir mi espacio personal pero a leguas se veía que comenzaba a cansarse de esperar a que me abriese a ella.
—Ambos estamos hasta el tope de trabajo, pero nunca has sido de los que andan ausentes de su entorno por ello. Así que no me mientas.
Exhalé frustrado y clavé mi mirada en el plato. Para evitar hablar llené mi boca de comida. Aquel desayuno continental me sabía cómo a aserrín, pero la causa de ello distaba mucho de ser la sazón de Sue.
—¡Edward!
Suspiré cansado y a regañadientes le miré.
—Dime, Isabella.
Asombrada de que me atreviese a preguntarle aquello, preguntó:
—¿Qué te ocurre? Estoy aquí, tratando de que hables conmigo sobre lo que te preocupa y me mantienes apartada. No lo entiendo.
—No es nada que tenga que ver contigo. —le dije en un tono dulce tratando de tranquilizarla. Pero no podía mantenerle la mirada.
Se inclinó hacia delante, tomándome la mano entre las suyas para apretarla.
—Entonces, dime solo lo que puedas. Lo que quieras.
Pensé en decírselo, en serio que sí, pero al final no pude. Entre el temor de perderla y el que ella hiciera lo que Emmett había dicho, me sentía demasiado embotado.
—Lo siento, no puedo.
Me puse de pie para irme pero ella no me lo permitió. Se quedó viéndome a los ojos sin decir nada en absoluto. Su mirada pasó de la preocupación, a la confusión, luego al asombro y finalmente a la pena. Entonces supe que me había descubierto sin tan siquiera haber abierto la boca.
—Si no puedes decírmelo, es porque tiene que ver conmigo. Y lo único fuera de lo habitual que he hecho en estos días es planear mi mudanza para acá contigo—parecía estar hablando consigo misma pero no me soltaba el brazo. Cuando lo hizo, sonrió en una mueca desagradable llena de amarga comprensión. —Era eso ¿Cierto? Te arrepentiste de haberme pedido que me viniera a vivir contigo y no sabías como decírmelo. Increíble.
Di un paso hacia ella pero Bella retrocedió.
—No es que no quiera, te lo juro. Es solo que tuve de pronto estas malditas dudas que me están comiendo el cerebro…—tironeé mi pelo con frustración. Quería explicarme diciendo muchas cosas, pero a su vez temía que terminara de empeorar la situación ya de por sí complicada.
Asintió en silencio mientras me miraba con suspicacia.
—¿Por qué te surgieron esas dudas? ¿Cuándo?
Harto de darle vueltas a las cosas contesté sin buscar más subterfugios.
—Hace un par de días mientras hablaba con Emmett. Hablábamos sobre la llegada de McCleod y todo esto salió a colación…
—¿Qué tiene que ver Gabriel McCleod conmigo? —ni bien había terminado de hacer la pregunta cuando cayó en cuenta como si fuera la cosa más evidente del mundo. Quizá sí lo era en todo este embrollo—Crees que pueda hacerte lo mismo que Tanya. Oh por Dios. —bajó la mirada a sus pies.
Luego me dirigió una mirada húmeda pero se negó a derramar tan siquiera una lágrima en frente de mí.
Negó con la cabeza decepcionada y luego se fue a la recámara principal. Cobarde como me sentía, decidí darle su espacio. Temí que tomara una decisión drástica si la presionaba demasiado.
No pasó mucho tiempo cuando pasó por mi estudio, tocó la puerta con suavidad y se asomó dudosa. Decir que me sentí bajo era quedarse corto.
—Bella, aún puedes pasar sin necesidad de pedir permiso. Estás en tu…—pero no me dejó terminar de hablar. Pasó incómoda pero con determinación en los ojos, ya vestida para salir. Se me hizo un nudo en el estómago.
—No estoy en mi nada, Edward. Esa es la verdad.—se apretó el tabique nasal, respiró hondo y luego continuó. —Mira, no vine aquí a discutir. Solo a decirte que me voy a mi casa.
Fui a ponerme de pie pero ella me indicó con un gesto de su mano que no lo hiciera. Su cuerpo permanecía rígido, como si fuese un animalillo que esperaba el mejor momento para escapar de un depredador.
—No puedo quedarme aquí ahorita. No después de lo que acabamos de hablar. Necesito tomar aire, estar en un lugar neutral y poner mi cabeza en orden.
—Pe…pero nosotros no hemos…
Negó con la cabeza.
—No, Edward. No hemos terminado. Pero justo ahora necesito estar lo más lejos de ti que pueda, la verdad. No puedo mentirte diciendo que nada de esto me hirió.
—No era mi intención, Bella. —dije en un patético intento de excusarme.
—Lo sé. Pero no puedo evitar sentirme como me siento.
Quise llamarle a Embry para que la llevara a su casa pero al parecer no quería que nada que le recordara a mí se le acercara. Pasada una hora me envió un mensaje de texto diciéndome que estaba en su casa. Más cuando quise llamarla su teléfono me dirigió automáticamente al buzón de voz. Le dejé unos cuantos mensajes.
Luego me sumergí entre pilas de papeles con el presentimiento de que había cometido un error garrafal. Pero no tenía las fuerzas suficientes como para échame para atrás. Lo cual me asustó aún más.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
El domingo a mediodía una ojerosa Esme apareció en mi casa. Como había estado encerrado en el despacho el resto del sábado hasta pasadas las tres de la madrugada del día siguiente no me había podido percatar de que ella había salido.
Fui hacia ella preocupado de inmediato.
—¿Te sientes mal? ¿Dónde has estado?
Ella me abrazó y se quedó pegada a mi cuerpo suspirando cansada.
—Estuve con tu padre.
—¿Pasaste la noche con él? —me tomó con la guardia baja por completo su respuesta.
—La pasé en su casa, no con él. —puntualizó.
—¿Pasó algo?
—Se emborrachó anoche en su oficina. Tuve que ir a buscarlo.
Me aparté un poco para verla a los ojos.
—¿A qué hora fue eso? ¿Por qué no me dijiste nada?
—Estabas trabajando en tu despacho; además Isabella me pidió que no te lo dijera. —murmuró apenada de echarla de cabeza.
Sentí una furia instantánea recorriéndome las venas ¿Había llamado a mi madre tarde en la noche y fue incapaz tan siquiera de devolverme una de mis llamadas? Aparte que había pasado de mí en una situación como esa. Podía estar molesta, pero esto era un comportamiento totalmente infantil.
—Debiste haberlo hecho de todas maneras. —mi tono era glacial.
Suspiró largo para luego caminar hacia su cuarto. La seguí de cerca.
—¿Cómo está él? —no me molesté en disimular lo huraño que me sentía.
—¿Ahorita? Durmiendo. Cuando se levante es que va a tener una resaca de campeonato. Dejé todo dispuesto para cuando se despierte. Zafrina se encargará de él una vez lo haga.
Asentí y sin decir más nada me dirigí a la puerta, justo entonces me volví:
—¿Y tú cómo te sientes?
Sus ojos se volvieron acuosos y sus labios temblaron.
—Cómo él ayer, destrozada emocionalmente. —entonces se soltó a llorar muy afectada, y por muy molesto que me sintiera con ella por no haberme tomado en cuenta tuve que ir a consolarla. Lloró en mi regazo hasta quedarse dormida. Incluso entonces fui incapaz de apartarme de ella durante un buen rato. Sin embargo Lizzy demandaba atenciones y ya bastaba con que Sue se hubiese encargado de ella la noche anterior junto con mi madre. Hoy yo me encargaría de dos de las mujeres de mi vida. La otra, por ahora me debía una explicación.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
Era lunes por la mañana…
—Hola, Rosalie ¿Llegó Carlisle?
—Hola, Edward. Sí, llegó muy temprano hoy. Incluso antes que yo. —eso era decir mucho, ya que Rose era la persona más puntual que conocía. Continuó explicándole como llevaba el orden como asistente personal de mi padre. Saldría de vacaciones la semana próxima y debía dejar a alguien plenamente facultado para eso. La amable chica se sonrojó al verme, más no se distrajo más de las explicaciones que la diligente rubia le estaba dando.
Di dos toques en la puerta y entré sin esperar autorización. Carlisle estaba sentado en su anatómica silla de cuero negro imperial vestido como de costumbre con uno de sus impecables trajes, pero con la mirada clavada un portarretrato de marco de plata.
Al verme recompuso el gesto y pretendió que no pasaba nada.
—Buen día, Edward.
—Buen día ¿Cómo te sientes? —pregunté.
—¿De qué?
—No te hagas el desentendido. Sabes muy bien de lo que hablo. Estuviste ebrio aquí mismo hace menos de dos días.
Carlisle se puso de pie con su elegancia habitual. Se abrochó un botón de su chaqueta y miró por el ventanal, dándome la espalda.
—Estoy bien. —dijo tajante para que no le preguntara más nada, pero ahora sería yo quien se hiciera el desentendido de ello.
—Si lo estuvieras, no hubieses estado bebiendo hasta tales niveles y mucho menos en tu propia empresa ¡Te podría haber visto alguien! Si hubiese sido un inescrupuloso se lo podría haber vendido a alguna revista sensacionalista o haberte chantajeado con hacerlo.
—Pero no pasó eso, así que cálmate. —espetó cortante. ¿Cómo podía ser tan frío? La situación con mi madre se lo estaba comiendo vivo, no consideraba a nadie un amigo como para hablarle de aquello y ahí estaba ante mí; fingiendo que todo estaba bien. Como si lo que había pasado la otra noche hubiese sido un simple desliz.
Pasé mi pulgar por mis labios con frustración.
—Ok. No quieres hablar de nada, lo entiendo. —alcé las manos en signo de rendición —Pero te recomiendo que lo hagas con alguien más. Un psicólogo no te vendría nada mal a estas alturas…creo que a ninguno de nosotros en realidad. A él puedes pagarle por su silencio y demandarle, si lo viola. Podrías controlarlo todo con él como si fuese un negocio. Aunque con mamá te va ser más difícil—respingó cuando escuchó que la nombraba, así que continué. —puede que incluso siga con su vida y tú te quedes atrás de ella. Como un capítulo pasado. Piénsalo.
Salí de allí con la sensación de que había hecho más daño que otra cosa, pero si algo sabía sobre Carlisle Cullen es que había que hacerle reaccionar con medidas extremas a veces. Esta era una de ellas.
Ahora tenía una conversación con Isabella Swan. Y no sería bonita tampoco.
o.o.o.o.o.o.o.o.o
Angela, la asistente personal de Isabella me saludó con una tensa sonrisa en su rostro.
—Buenos días, señor Cullen. Isabella está reunida con…
—Buenos días, Angela. —no di más explicaciones y entré en su oficina sin tocar siquiera. Bella se sorprendió un poco por el ruido de la puerta pero al ver que era yo hizo un gesto como si estuviese perfectamente acostumbrada. Siguió mirando unas muestras que tanto Chenney como Newton sostenían. Estos al verme me saludaron de inmediato y se pararon un tanto rígidos. Despedí a ambos del lugar en un tono amable pero que no admitía réplica. Aun así Bella estaba que echaba chispas por los ojos.
—¡Estaba en medio de una junta de trabajo! Angela debió habértelo dicho…
—Lo hizo. —le interrumpí. —Pero tengo algo importante que hablar contigo.
Se cruzó de brazos y se recargó en su escritorio cruzando sus piernas de forma sutil, tanto como se lo permitía esa estrecha falda de tubo que tanto me gustaba como le quedaba...me obligué a centrarme.
—No pongas esa cara. Solo les pedí unos minutos. Además, les dije que  Angela se encargaría de avisarles. Relájate.
—Sé lo que dirás. —no me pasó desapercibida su irritación pero traté de no tenérselo en cuenta, al fin y al cabo yo también había metido la pata hasta el fondo con ella.
—Y aun así te lo preguntaré en voz alta ¿Por qué diablos no me llamaste esa noche? Sé que no estamos en el mejor de los momentos, pero ¿Pasar así de mí en algo tan importante? En serio, Isabella, eso no fue nada maduro de tu parte.
Su primera reacción fue colocarse en una pose altiva, aunque luego pareció pensárselo mejor y mostrarse arrepentida.
—Discúlpame, tienes razón. Eso fue muy infantil de mi parte, e innecesario también. —una de sus manos apretaba a la otra con nerviosismo. Parecía tan vulnerable allí frente a mí, como si temiera que fuese a emprenderla a gritos contra ella. Exhalé con fuerza, extenuado de sentirme lejos de ella por lo que me acerqué hasta rozarla levemente con mi cuerpo. Toqué su mejilla con sumo cuidado, pidiéndole perdón con esa caricia. Perdón por no estar a su altura, por no ser el hombre que merecía tener a su lado; pero por encima de todo; perdón porque a pesar de saber todo lo anterior la necesitaba conmigo de una manera casi absurda y a la que me negaba a renunciar.
—No quiero estar haciéndonos daño a cada momento. —susurré muy pegado a su rostro.
Sus ojos tristes se volvieron hacia mí dejándome deshecho por dentro.
—Tampoco yo. —suspiró —No quiero que vivamos en una montaña rusa emocional. No puedo lidiar con eso. —admitió.
—Disculpa cómo me comporté el sábado…
—Shhh —colocó sus dedos sobre mis labios haciéndome callar. —No puedes temer decirme sobre algo que te incomode que tenga que ver con nosotros. Eso es algo que comprendí ayer.
—¿Entonces por qué el resquemor de ahorita?
Esa mujer tenía un poder único de confundirme, fascinarme, descolocarme e irritarme a partes iguales.
Batió su cabellera chocolate brillante y larga con presunción, como si fuese una especie de diosa pagana que esperaba ser adorada.
—Porque tengo amor propio y me golpeaste directo en él. No, no, déjame hablar. Precisamente por eso es que no había aceptado a irme a vivir contigo; y creo que hice mal en tomar la decisión por un impulso protector hacia ti. No necesitas que te proteja, solo que te quiera y apoye —suspiré aliviado por su comprensión —. Y eso haré de ahora en adelante; pero desde mi departamento. —de pronto reconocí un gesto de determinación en su rostro que hizo que me temblaran un poco las rodillas —Por lo que he decidido que si quieres que subamos un peldaño de compromiso más en esta relación, vas tener que ser capaz de expresarme tus sentimientos.
Entrecerré los ojos ¿Me estaba manipulando?
—¿Te refieres a que te diga que te amo y todas esas cosas? —estaba totalmente perplejo.
—Con el te amo es más que suficiente. No pienso estar comiéndome la cabeza tratando de adivinar lo que sientes por mí ¿Me quieres? ¿Me deseas? ¿Me amas? Bien. Puedes decírmelo. Solo entonces yo voy a dar un paso hacia delante. No volveré a pasar por lo del sábado.
—Son tus condiciones. —no era una pregunta, aun así respondió.
—Son mis condiciones.
Asentí.
—Bien. Las acepto. —me incliné hacia su teléfono y marqué un botón. —Angela, nadie pasa a esta oficina hasta que no haya terminado la junta que tengo con la señorita Swan ¿Entendido?
—Sí, señor Cullen.
—Ni siquiera usted por una emergencia. Absolutamente nadie.
—Entendido, señor. —le di las gracias y tranqué.
Bella me miró recelosa, pero no le di demasiado tiempo para que pensara nada más.
La tomé por los glúteos con fuerza hasta que sus piernas se cerraron en torno a mis caderas. Los ojos se le nublaron automáticamente con lujuria, lo que logró que mi miembro ya dispuesto se inflamara más. Caminé hasta su sofá y la dejé abierta de piernas sobre mi regazo.
—¿Quieres que te diga lo que pienso? Pues aquí lo tienes. Te deseo. Te deseo. Te deseo, Isabella Swan, me quemo por ti. Y ambos vamos a arder en este infierno. —toqué sus pechos sin pudor ninguno a través de su sencilla camisa de algodón fino color lapislázuli, el fino brassier no pudo hacer nada para esconder la evidente erección de sus pezones tras sus copas.
La atraje por la nuca tomándola de cualquier manera porque no estaba de humor para delicadezas y devoré sus labios con frenesí. Mordió mi labio inferior arrancándome un gruñido, haciéndome perder el escaso control que me quedaba hasta ese momento. Nunca su falda me había parecido un incordio hasta ese momento en que intenté quitársela. Tuve que levantarla, abrir el cierre, bajarla de un solo tirón con sus bragas. Más no volví a sentarme. Al contrario. La dejé de rodillas en su sofá conmigo pegado a su trasero ahora gloriosamente desnudo. Solté el cinturón, bajé la cremallera y desabroché el botón, un tirón a los bóxers y luego estaba introduciéndome en ella sin dilación ninguna.
Suspiró con fuerza mi nombre y algo inteligible, más no estaba por la labor de escuchar lo que decía. Estaba aferrado a sus caderas embistiendo en su interior como si hubiesen pasado semanas desde que no tocaba ese lugar caliente y húmedo que se había convertido en mi favorito desde que lo había conocido. Mis manos viajaron por el interior de su camiseta hasta sus pechos con lascivia. No había nada romántico en este encuentro. Todo era muy húmedo, erótico y adictivo. Besé sus labios como pude por encima de sus hombros pero no por demasiado tiempo. Necesitaba seguir moviéndome dentro de ella, era como si mi parte pensante hubiese quedado anulada por completo por mi deseo por esa mujer.
Y así era.
Sus convulsiones internas comenzaron a la par que sus glúteos resonaban con fuerza contra los míos. Buscaba su desahogo y yo estaba más que deseoso de dárselo, así que la embestí con mayor rudeza y cuando ella mordió el sofá para acallar sus gritos, yo la seguí.
Amé nuestras descaradas respiraciones desacompasadas. Ella gemía como si le doliese algo pero sus caricias internas me decían que no tenía de que preocuparme.
—Aca…acabamos…acabamos de violar…el reglamento de…conducta. Piénsalo. —musitó con un rastro de diversión en su tono.
Acerqué a mis labios a su oído.
—Una violación más…no supondrá diferencia…alguna. —salí de ella y para su sorpresa la giré entre mis brazos hasta acostarla en el sofá.
Volví a introducirme en su interior, con ímpetu.
—¡Edward! —echó su cabeza hacia atrás mientras gemía mi nombre. Me sentía poderoso y pleno mientras la veía disfrutar así.
—Hay algo que amo de ti… —embestí con fuerza de nuevo pero esta vez iba a hacérselo tan lento como lo aguantáramos ambos. Seguí hablando contra su cuello. —Como pronuncias mi nombre cuando te excitas. —levanté su blusa para besar la curvatura de sus ahora inflamados senos. —Como gimes mi nombre cuando estoy dentro de ti. —lamí un pezón con parsimonia. Como un felino mimoso. —Cuando te abrazas a mí cuando te corres. —lamí el otro. —Cómo te desesperas y te entregas a los orgasmos. —subí hasta sus labios para lamerlos también antes de besarla. —Pero por encima de todo… —mordí su labio inferior. —amo cómo me sonríes cuando te hago sentir plena.
Abrió sus ojos y me sonrió…sí, de esa manera que me volvía loco y posesivo de ella. Como si para ella no existiera otro hombre a parte de mí.
—Justo así, Bella. Justo así. —seguí montándola con lentitud pero con fuerza, tratando de que me sintiera lo más profundo que pudiera. Explorando así esa sexualidad que la hacía florecer como una especie de afrodita terrenal.
Sus uñas se clavaron en mi trasero impeliéndome a moverme más rápido, y deseoso como estaba de ella, le di lo que ambos necesitábamos. Recargué el peso sobre mis codos y aceleré el ritmo causando que la silenciosa oficina se llenara de una cadencia agotadora, mojada y muy placentera. Cuando llegó por segunda vez, lo hizo en una profunda inhalación; casi como si se ahogara. Con el ceño fruncido y su garganta tensa por el esfuerzo. En cambio yo me corrí bombeando dentro de ella como un pistón mientras murmuraba en su oído lo mucho que la necesitaba.
Y era cierto; nunca había necesitado tanto de alguien como lo hacía de Isabella Marie Swan. Mi ex asistente. Mi colega de trabajo. Mi más inesperado apoyo.
Mi perdición personal. Mi ruina.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
Las cosas desde ese día se habían mantenido prácticamente normal, solo que Bella no se quedaba tan seguido en mi casa como yo quería, pero decidí respetar su independencia y su espacio. Ella tenía razón cuando esperaba que yo me aclarara del todo con ella, sin embargo aún no sabía muy bien cómo hacerlo sin sufrir un ataque de pánico. Así que cada uno seguía en su respectivo lugar. Algunas veces ella pasaba la noche en mi departamento, otras las pasaba yo en el suyo. Pero más iba yo hacia el de ella, puesto que se negaba a dejar a los pequeños gatitos huérfanos sin vigilancia por mucho tiempo. Esme se empeñó en el blanco; le pareció gracioso y tierno su estrabismo. Cuando Bella los llevó a mi departamento para que ella escogiera, no tardó nada en elegirlo. Rosalie por su parte se enamoró, a través de una foto que le enseñé, de la hembrita blanca moteada con color caramelo; pero como iba a viajar próximamente le ofrecí a quedarme con ella hasta entonces. Isabella por su parte estaba terriblemente enamorada del pequeño de color negro, era más peludo que sus dos hermanos y más travieso también; pero amaba estar sobre sus piernas y escurrirse en su cama cada que podía.
Pero Esme y su nuevo acompañante no se quedarían mucho en mi casa, a pesar de mis protestas. Mamá insistió e insistió en que quería su lugar y cuando estaba buscándole agentes inmobiliarios, me sorprendió avisándome que había encontrado algo y que quería que fuera con ella a darle el visto bueno. Acepté un poco mal humorado la verdad.
Resulta que el nuevo lugar no estaba sino a dos calles y medias de mi casa, lo cual me pareció positivo pero me lo callé. El departamento era penthouse hermoso y amplio de la preguerra que tenía un estilo lujoso y práctico a la vez. Mientras que veía las puertas de acceso al balcón con forma de arcos no pude evitar recordar a Bella con sus amadas películas de Sex and the City. Parecía el que la protagonista había elegido para cuando se casara…aquí era al revés todo. Esme dejaba su preciosa y ostentosa casa en los Hamptons para comenzar una nueva vida sin mi padre. La notaba determinada y aunque era innegable que le encantaba el lugar, en sus ojos había una indiscutible nostalgia que por más que tratara no podía ocultar.
—¿Qué te parece? —preguntó después que el agente nos había concedido un momento a solas después de enseñarnos todo el sitio.
—Está hermoso, la verdad. Y me gusta que quede tan cerca de mi casa.
Ella sonrió emocionada.
—Voy cuadrar los detalles de la compra con… —la tomé del brazo con delicadeza.
—Deja que hable yo con ella, puede que consiga un mejor precio para ti. —Le guiñé un ojo antes de acercarme a la mujer de unos aparentes cuarenta años.
Pasado un rato y con un par de miles de dólares menos me acerqué a mi madre por la espalda y le di un beso en la sien.
—Todo arreglado. —ella me miró con los ojos brillantes.
—¿Conseguiste un mejor precio?
—Uno inmejorable. Así que antes de que alguien te lo arrebatara… —puse en frente de ella el juego de llaves. —Es mi regalo para ti. Para esta nueva etapa.
Me miró horrorizada.
—¡¿Por qué pagaste tú?! No me parece…
—Ve el lado positivo, ahora solo tienes que gastar en la decoración. Y conociéndote, no será poco.
Lloró un poco. Luego me agradeció y me dio un beso en la mejilla.
Mientras que mi madre no paraba de combinar colores y telas, yo me mantuve pendiente de la situación en Atlanta. Habíamos tenido que cambiar de Gerente de tienda, mover un poco el personal y contratar un par de personas. Y como no estaba de humor para dejar pasar más errores, decidí enviar a mi gerente de tiendas general para que supervisara los cambios y me avisara si ocurría alguna novedad.
Bella en cambio estaba emocionada y estresada a partes iguales con la campaña de verano. Estaba muy críptica sobre lo que quería hacer, ni siquiera lo hablaba conmigo, pero la dejé hacer. Pero no solo tuvo que ocuparse de la estrategia publicitaria, sino que una tarde; cuando planeábamos almorzar; la encontré hablando acerca de algo que no me hizo muy feliz.
Cansado de esperarla en mi oficina, pasé por la de ella para saber el porqué de que estuviera retrasada. Isabella era sumamente puntual.
—¿Qué haces, Bella? —pregunté curioso al encontrarle tan ensimismada entre la conversación unas notas que estaba tomando. Con un gesto de la mano me indicó que esperara.
—Muchísimas gracias, señor Gómez. No, el placer es todo mío. Que pase buenas tardes, usted también. —colgó la llamada.
Estaba confundido.
—¿Qué pasa con el gerente de recursos humanos?
—No pasa nada, mi querido cavernícola. Es solo que mañana llega el señor McCleoud.
—Ajá ¿Y?
—Que alguien tiene que ir al recogerlo al aeropuerto.
—Pues que se venga a pie desde el JFK. O mejor aún…contratemos a un ex convicto de máxima peligrosidad. —una sonrisa maliciosa se colgó en mis labios al imaginarme las posibles conclusiones que arrojarían mis proposiciones.
Jummm…quizá debería hacerle una llamada de regreso a Gómez.
En mi fuero interno disfrutaba como un chiquillo que sabe que ha cometido una trastada, mientras que Bella rodaba los ojos como si pidiera paciencia para la semana que se nos avecinaba. Y no me extrañaba, tendría que lidiar con ese maldito Don Juan y conmigo.
—Ajá. Ahora quiero saber por qué Gómez te llama para decirte todo eso.
Ella me miró como si estuviera a dos segundos de llamarme la atención por necio.
—Edward, alguien tiene que ir a buscarlo. De la directiva, nadie puede. Incluido tu padre. Tu mamá está en plena mudanza, y no confío en que estés en un auto con ese pobre hombre a solas. Capaz lo degollas y dices que llegó desde Londres.
Bufé por la nariz como un toro.
—No sería mala idea.
Ella rodeó el escritorio, tomó su chaqueta y su bolsa del perchero, luego tomó mi mano con fuerza, me besó en los labios fugazmente y tiró de mí.
—Vamos, cavernícola celópata.
—Es que si se atreve a rondarte…
—Si…si…lo vas a matar. Ya me lo sé de memoria.
Seguí murmurando el resto del camino sin importarme si parecía un niño malcriado, eso solo podía permitírmelo con Bella. Ella tenía la paciencia para aguantar mis berrinches o reírse de ellos.
—¿Qué pasa con Edward? Está un poco raro en estos días. —escuché murmurar a Angela justo cuando estaba por llegar a los ascensores. Bella se había detenido a darle directrices mientras salíamos a almorzar.
—No le pasa nada, Ang. Al menos no le pasará nada, si consigue que Sweeney Todd venga a afeitar a McCleoud antes de que se vaya. —suspiró con cansancio, en cambio su asistente prorrumpió en risitas.
—Y cuando tú le conozcas en persona, vas a entender por qué es que cuando Gabriel aparece las feromonas se disparan. —le guiñó un ojo y siguió en lo suyo.
Cerré los ojos rezando por paciencia, la iba a necesitar muy a menudo a partir del día siguiente. Un temor desagradable se alojó en la boca de mi estómago a partir de entonces. Ni siquiera se alejó cuando apretó mi mano de nuevo. Tenía que conseguir una forma en la que ellos dos no coincidieran demasiado; sí sería jugar sucio y sí estaba inseguro; pero estaba más que dispuesto a mandar a la mierda a la moralidad. Hay veces en las que debemos tragarnos la caballerosidad si queremos conseguir algo.
Y este era el momento propicio.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
Bella POV:
Aún no me acostumbraba a los efectos post-cena de celebración del evento benéfico. Edward y yo habíamos sido fotografiados juntos, lo que despertó la curiosidad de ciertas revistas. Aunque suponía que para ellos debía ser aburridísima la tarea de seguir a alguien tan normal como yo. Sin más dinero que el de mi salario y mis ahorros, sin un pasado sórdido y atormentado que estuviese repleto de cauciones de alejamientos u otras denuncias. Salía a hacer compras cada cierto tiempo que podía permitírmelo y no me codeaba con nadie de la aristocracia. Excepto por Edward, así que por ello no me extrañaba voltear y encontrarme a uno o dos fotógrafos a las afueras de mi casa o de la de él, esperando por algún evento que mereciera una nota en esas revistas detestables de chismes. Reconozco que la primera vez que noté que alguien me seguía a mi casa, tuve un susto de muerte. Hasta que noté la Nikon que guindaba en una de sus manos. Hablé con Edward, quien a su vez con solo una llamada; movilizó a un equipo de informantes que en menos de hora ya le habían dado parte de quién era, para quien trabajaba y donde vivía, si tenía historial criminal o no. Se puso histérico al saber que era un paparazzi y estuvo a punto de utilizar sus influencias para hacer una denuncia por acoso; pero lo detuve.
—Si llevas esto a instancias legales, él no podrá apostillarse a la puerta de mi edificio. Pero otros sí, y donde antes hubiesen sido uno o dos ahora serán cinco o diez que querrán saber por qué la que sale con el heredero Cullen la está emprendiendo contra ellos. —le dije una noche que pasaba en su departamento. Estábamos acurrucados en el sofá de su despacho. Acaricié su cara con mimo. Me encantaba ver esta vena protectora en él pero no por ello iba a dejar que cometiera errores. Le quise quitar el hierro al asunto para evitar que le comenzara una migraña. Ya se le estaba pronunciando la vena de la frente. —Y no creo que quieras aburrir a tantas personas con mi tediosa normalidad ¿Cierto?
Se apretó el puente de la nariz antes de apretarme entre sus brazos y murmurar sobre mi cabeza.
—No quiero volver a pasar por esto. Y mucho menos que tú vivas lo que Tanya tuvo que hacerle frente cuando estuvimos juntos. —con su barbilla rozó mi cabello una y otra vez.
—Si los ignoramos no tendremos nada de qué preocuparnos. Cuando vean que no hay nada interesante, se cansarán y se irán.
Accedió a regañadientes, pero desde ese día vigilaba de cerca a los que pululaban por mi calle. Propuso colocarme un guardaespaldas, pero me negué rotundamente; y cuando quiso imponerse lo amenacé con mandarlo al demonio si no respetaba mi voluntad.
Debida a esa indeseada atención es que tuve que proceder con suma discreción con el episodio con Carlisle.
Una llamada de Angela me hizo tener que devolverme a la oficina para buscar un oficio que había llegado a último momento de parte de nuestros patrocinantes, cuando llegué a la planta principal, noté que en el piso de presidencia había luz; pero eran pasadas las diez de la noche. Me tomó por sorpresa que Carlisle pudiese estar trabajando hasta tan tarde, cuando él tenía una agenda estricta sobre cómo se llevaban sus  días. Desde su infarto trataba de llevar un estilo de vida equilibrado y sano,  aunque en lo personal se le estuviese desbaratando el mundo.
Saludé al vigilante de turno y subí hasta mi oficina. Y lo que pensaba que me tomaría no más de veinte minutos como mucho, terminó durando una hora y veinte minutos. Cuando salí, cansada más emocionalmente que física; por la conversación temprana con Edward; iba a dirigirme a mi casa para acurrucarme en mi cama. Pero cuando estuve a punto de marcar la planta del lobby, sentí una fuerte corazonada que me impelía a averiguar quién estaba en la oficina presidencial a estas horas. Una alerta se encendió en mi cabeza apenas salí del ascensor. Escuché el sonido de vidrios quebrándose además que la puerta de la oficina estaba entrecerrada. Por medio de la rendija que permitía que la luz se colara para el pasillo, me asomé hacia dentro con discreción y lo que vi me partió el alma.
Carlisle daba tumbos por su oficina completamente ebrio. No fue capaz siquiera de sentarse en su silla, sino que terminó aterrizando en el piso con un fuerte golpe. Fue entonces cuando entré a ayudarle.
Tenía los ojos rojos y apestaba a whiskey barato, su cara mostraba rastros secos de churretones de lágrimas y claramente no se había rasurado esa mañana. Su impecable traje Zegna se encontraba todo arrugado y en algunas partes sucio, como si se hubiese caído en numerosas ocasiones. Entonces no pude evitar pensar en lo soberbios que podíamos llegar a ser los seres humanos, amamos sentirnos los dueños y señores de la verdad absoluta. Saber el qué, cómo, cuándo y dónde de lo que nos hará felices, e ignoramos todos los detalles que nos rodean que podrían hacernos mejores. Por el contrario, en el transcurso nos amargamos si no conseguimos lo esperado. Ante mí tenía a las pruebas vivientes de dicha creencia; aunque faltaba la señora Esme en físico, estaba más que presente en ese despecho monumental. Incluso, yo misma era una de ellas. Pero me gustaba pensar que no me estancaba en las etapas dolorosas de mi pasado, solo seguía adelante. Era lo que me permitía disfrutar de los momentos de felicidad que se me presentaban delante.
—¿Señor Carlisle? —me apresuré a tratar de ponerlo en pie.
No podía siquiera ponerse en pie, así que tuve que tomarle por la cintura y halar hacia arriba. Pero no pude. Si algo tenían tanto el padre como el hijo en común era la altura y los gestos al hablar, por lo que no pude con ese metro ochenta y cinco que yacía explayado en el suelo y que no podía hilar ni una sola frase coherente. Sabía que no iba a poder ponerlo en pie y que definitivamente no podía sacarlo en ese estado por la puerta principal, tendría que llamar a Sam; que era su chofer personal y a su vez cumplía funciones de seguridad. Supuse que lo había mandado a su casa, ya que no lo veía alrededor ni tampoco estaba abajo esperando por él. Me vi obligada a llamar a Esme cuando eran casi las once de la noche.
No pasaron ni quince minutos cuando Esme atravesó la puerta vestida con unos vaqueros, una franela y unos tenis. Nunca la había visto más informal ni preocupada. No llevaba una gota de maquillaje y aun así se veía hermosa, pero ese dolor que tenía encima le amargaba las facciones. Entre las dos pudimos levantarlo del suelo pero no sin darnos unos cuantos golpes en el intento. Cinco minutos después llegó Sam.
—Sabía que no debía irme. —dijo apenas entró y lo vio recargado en la silla de cualquier manera. No dejaba de revolverse ni de repetir el nombre Esme. Y ella estaba a punto de quebrarse emocionalmente. Se veía a leguas.
—¿Por qué lo hiciste entonces? —le reprochó ella.
Él le dirigió una sonrisa cansada que no tenía nada de divertida.
—Porque usted debe de saber, señor Cullen, que cuando él da una orden espera ser obedecido. —sentí el impacto de sus palabras como una verdad ineludible. Así mismo era Edward. Esperaba que no fuese un presagio.
Él se colocó el brazo de Carlisle por encima de su hombro y alzó con su peso sin ningún problema aparente. Esme y yo íbamos detrás de ellos en silencio. Sam lo colocó en el asiento trasero y su esposa se sentó a su lado. Yo acompañé a Sam en la parte anterior del vehículo. Me dejaron en mi casa primero, pero supe que Esme se iría con él a su antigua residencia en los East Hamptons. Cuando me bajé me dirigí a la ventanilla de ella.
—Si necesita algo, Esme, no dude en llamarme. —¿Qué más se le podía decir a una mujer cuyo esposo yacía ebrio en sus piernas, muerto de despecho por haberla perdido por hacerle tanto daño? Ignoraba que demandaba el manual de modales en estos casos.
Ella me agradeció mucho lo que había hecho y se fue. Con el corazón roto.
Miré hacia ambos lados de mi calle y no pude evitar sonreír con malicia.
—Esta hubiese sido una nota interesante, cuervo. —me mofé pensando en esos hombres hambrientos de una desgracia ajena con la cual lucrarse.
o.o.o.o.o.o.o.o.o
Maldije el día en que tuve que dejar de hacer mis cosas por ir a buscar a Gabriel McCleod. Para colmo de males, Edward estaba de malas pulgas lo cual no supuso un aliciente positivo. Así que allí estaba, en el J. F. Kennedy, esperando que la pizarra digital o la voz en los parlantes me indicasen que el vuelo proveniente de Londres ya había aterrizado. Me dirigí a la zona de espera en la que había señal libre de internet, conecté mi tablet y seguí con mi trabajo lo máximo que pude. Y me ensimismé tanto que no escuché cuando dijeron que ya había aterrizado.
No fue sino hasta que escuché el ringtone de mi teléfono que salí de mi concentración. El número me era desconocido.
—¿Señorita Isabella Swan? —el inconfundible acento inglés me indicó quién era.
—Buen día, señor McCleod. Estoy esperando por usted… —me puse en pie pero en ese momento un hombre altísimo me barró el paso. Sorprendida me quedé con el teléfono en el oído aun cuando él guardó el suyo en el bolsillo.
—Esperaba que la señorita Swan viniera por mí —sonrió con descaro. Yo tragué grueso —. Lo que no me esperaba, es que fuese tan abrumadoramente hermosa.
Era alto, altísimo. Debía medir uno con noventa y cinco o dos metros. Su cabello era de un rubio platinado brillante, lo llevaba recogido en un man-bun con unos mechones rebeldes que le caían a los lados de cara enmarcando sus rasgos. Iba vestido con una sencilla camiseta gris, botas militares; y dentro de ellas iban sus vaqueros negros. Arrastraba una modesta maleta que no tenía ningún signo de marca reconocida a la vista. Con esa estampa resultaba difícil creer que estaba ante uno de los hombres más ricos de Inglaterra.
Pero nada de eso me impresionó tanto como su mirada. Unos ojos verdes con motas amarillas, con rasgos felinos y con una profundidad que invadía tu espacio personal, aunque pelease por resistirse.
—Gabriel McCleod. —tendió una mano hacia mí y sus labios naturalmente rosados enmarcaron unos dientes perfectos y blancos.
Recordé entonces las palabras de Angela. Ahora entendía lo de las feromonas.

*New York University.Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
Primero que nada, mil, dos mil y tres mil disculpas por este año y un mes de abandono (Con esta historia, al menos. Con CDC es unos cuantos meses). No quiero entrar en detalles pero digamos que fue un descanso forzoso lleno de altibajos emocionales, bloqueos totales y emprendimiento de nuevos proyectos. Aun así muchas de ustedes siguieron esperando por mi historia, escribiéndome mensajes privados de preocupación y otros de ánimo. Gracias a todas las que lo hicieron.
Bueno…ya estamos aquí y espero no tener que ausentarme tanto como esta vez. De hecho les tengo en camino un alterno de Tirano desde la perspectiva de Carlisle, que subiré lo más pronto posible.
De nuevo, gracias y mil gracias por leer y releer mis historias.
Suya…

*Marie K. Matthew*



Followers

Twitter Delicious Facebook Digg Stumbleupon Favorites More