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Espero que tu estancia en mi blog sea placentera, Mis Fanfics están protagonizados por personajes de Stephenie Meyer, pero las historias me pertenecen a mí. Advertenciaa: Rated: +M (+18)

Corazón De Cristal

"-Pareces un ángel ¿te lo habían dicho? Quizá lo eres y nosotros no somos capaces de comprenderlo." -Isabella Swan.

Tirano

"Un hombre que no tenía la palabra DEBILIDAD en su vocabulario...y una mujer sencilla y sensible que demostrará que hasta el más insensible y frío es capaz de caer por amor"

Anhelo Desde La Oscuridad

"Serás mía por toda la eternidad..Lo quieras o nó" -Edward Cullen.

Sin Alternativas

"Solo una mirada bastó para dar un vuelco a mi vida." -Rachel Black.

miércoles, 10 de febrero de 2016

ALTERNO DE CORAZÓN DE CRISTAL / SHOT NO. 2.

Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.


ALTERNO DE CORAZÓN DE CRISTAL / SHOT NO. 2.

“Guardiana”
Habían pasado muchas cosas desde que Bella había entrado a la vida de Edward. Algunas llenas de lágrima, no necesariamente amargas, y otras tantas de sonrisas. Ella le había enseñado tantas cosas que ni él; que amaba tener todo contado y controlado, podía enumerarlas. Sí, lo había tomado de la mano para caminar afuera de esa niebla que lo tenía sumido en su mutismo, pero en su interior estaba seguro que lo más importante no se podía tocar ni ver.
Le había perdido en una ocasión, pero la recuperó al poco tiempo. Y sin embargo ese momento se le hizo ínfimamente largo. Como un descenso hacia el infierno y su regreso. No podría borrar ese episodio de su mente ni queriéndolo.
Había sido totalmente extraño…
Como si algo se hubiese roto dentro de él pero no supiese decir qué; su mente, su corazón, alguna parte de su cuerpo que no conociera…No tenía nada con qué compararlo.
Pero más extraño aún era esa necesidad de ella que había desarrollado. No le abrumaba porque de alguna manera estaba acostumbrado a apoyarse en Isabella, sin embargo cuando ella estaba cerca su cuerpo experimentaba como una atracción casi  magnética que lo hacía pululara su alrededor incluso sin darse cuenta.
Quizá ese fue uno de los detonantes para lo que ocurrió aquella tarde cualquiera:
Desde que despertó, Edward no se sentía como siempre. Las cosas estaban fuera de lugar. No físicamente. Alrededor todo estaba como siempre, su ropa ordenada por colores y piezas, los CDs clasificados según en intérprete, tipo e incluso su antigüedad ¿Acaso no lo hacían todos?
Pero no se trataba de eso…
Era algo externo. No podía manejarlo y eso lo ponía nervioso.
Carlisle tenía varias mañanas en las que no desayunaba en casa por una litigación con separación de bienes. Estaba tan ocupado que había tenido que posponer las reuniones que tenía con Edward sin ninguna razón específica. A veces trabajaba mientras él lo acribillaba a preguntas sobre cualquier cosa que tuviera dudas. Había cosas sobre las que necesitaba hablar y él no estaba allí para hacerlo.
Luego estaba Emmett. Solía decirle que las personas, eran seres de costumbre. Y él lo acostumbró a levantarlo temprano para caminar o trotar un poco cada mañana, incluso cuando él se negaba en rotundo a hacerlo. Le robaba su cobija y sus almohadas, colocaba música a alto volumen y en más de una ocasión amenazó con secuestrar a sus amadas galletas de canela. Desde el episodio de Rosalie y el hospital, ya no había habido más mañanas de hermanos. Solo él. Ahora tenía unas horas a las que no sabía con qué llenar antes de que llegara Isabella con sus instrucciones diarias.
Esme era más constante, sin embargo pasaba demasiado tiempo ahora fuera de casa porque estaba comenzando unos proyectos de decoración.
Alice cursaba sus exámenes finales e Isabella necesitaba encontrar una locación para la fundación destinadas a personas como él.
Pero Edward también necesitaba…solo que no sabía cómo expresar lo que pasaba por su mente.
—Quizás estoy retrocediendo a donde estaba antes. —llegó a pensar en una ocasión.
Así fue como tanta ansiedad se fue acumulando y finalmente explotó en pleno almuerzo.
Solo Esme estaba con él.
Había cocinado salmón con una salsa de mantequilla y alcaparras y él odiaba a esas pequeñas bolas saladas que le recordaban demasiado a las horribles anchoas.
—¡No voy a comer eso! —gritó con furia. Levantándose violentamente de su silla, la tiró al suelo y ni siquiera se molestó en recogerla. Salió de la estancia y se encontró sin ningún lugar al que ir ni con qué descargar esa frustración que llevaba por dentro.
Al final la emprendió a golpes contra el sofá.
En varias ocasiones le pareció escuchar a su madre levantando la voz de ella pero era como si pudiese entenderla con claridad, así que sus palabras no tuvieron efecto alguno. Cuando el aliento le faltó y las fuerzas le flaquearon, solo le restó quedarse tendido en el mismo mueble al que había golpeado sin cesar mientras lloraba sin cesar. Quería entender lo que le pasaba, pero a su vez deseaba estallar aún más fuerte de lo que lo había hecho. Y no podía hablar…
No tenía noción alguna del tiempo que permaneció de esa manera.
—¿Edward? —la voz de Isabella le sacó del hoyo negro en el que estaba su cerebro.
Levantó la cabeza y la vio a los ojos. A esos ojos chocolate que tanto le gustaba mirar, sin embargo en ese momento solo lo hacían sentirse avergonzado de lo que había hecho.
Le hizo una serie de preguntas pero no respondió ninguna. No tenía ganas de hacerlo.
—¿Dónde está Gannicus? —escuchó que le preguntara a su madre.
—Está en el patio. Le cerré la puerta de acceso a la casa para que dejara comer a Edward pero… —su voz se apagó lo que hizo que él se sintiera aun peor.
Pasado un momento, unas patas frías y un poco sucias se posaron sobre sus piernas. El hálito un poco apestoso a comida de perros le golpeó en el rostro…pero en ese momento le hizo sentir…tranquilidad.
Gannicus se subió al regazo de su amo y se acurrucó extrañamente quieto para ser él. Solo dejó que lo acariciara mientras mantenía su cabeza baja colgando del borde del muslo.
La sensación de la suavidad del pelaje que se deslizaba entre sus dedos lo mantuvo hipnotizado durante un buen lapso de tiempo en el cual Isabella esperó paciente a su lado. Solo observaba lenguaje temporal.
Y cuando estuvo segura de que estaba sosegado, habló:
—¿Deseas hablar de lo que pasó, Edward?
No hizo ningún movimiento. Si siquiera miró en su dirección, a lo que ella respondió con un tono firme pero cauteloso a la vez.
—Sé que estás al tanto de que no ver a la persona que te habla a la cara es de mala educación. —subió su mirada haciendo que ella tragara el nudo que tenía en la garganta al ver el tormento en sus ojos. —Muy bien. Ahora que tengo tu completa atención me gustaría que me hablaras sobre lo que pasó.
Pasaron unos cuantos segundos antes de que respondiera. De hecho, abrió la boca en varias ocasiones sin lograr pronunciar una palabra.
—Me alteré, Bella. Lo siento. —seguía acariciando al lobo siberiano que seguía asombrosamente tranquilo sobre él.
Ella asintió.
—Eso fue lo que Esme me dijo. Quiero conocer el porqué de esta crisis nerviosa ¿Puedes ayudarme con eso?
Se encogió de hombros.
—Bien ¿Te has sentido ansioso estos últimos días?
Asintió sin decir nada más.
—¿Hace mucho que te sientes así?
—Un poco.
—¿Desde cuándo?
—No…no lo sé. —acarició al cachorro un poco más rápido y ese detalle no le pasó desapercibido a su novia. Aunque en ese momento era más su terapeuta que pareja. Para ella era importante llegar al motivo de esa nueva crisis para poder ayudarlo a sobrellevarlo y a su vez enseñarle que ese no era un comportamiento aceptable. Habían líneas que debían ser marcadas para todas la personas y él no era la excepción, solo que debía hacerlo de una manera más sutil. He allí por qué no se había dirigido a Edward en ningún momento como Ángel.
—¿Por qué no lo hablaste con alguien? —insistió ella con aparente tranquilidad. La verdad es que por dentro sentía cierto grado de culpabilidad al no haber estado en el momento en que había ocurrido este episodio. La pobre Esme había tenido que enfrentarla sola y estaba muy afectada por la manera en que lo vio.
—Pues…Papá ha estado ocupado, como Emmett. Como mamá…y hasta tú. —la vulnerabilidad que mostraba su voz era tal que a ella se le hizo imposible resistirse al impulso de levantar su mirada hacia su rostro para verlo con profunda adoración.
Y de todo lo que él podía haber imaginado que ella podría haber dicho, lo sorprendió con un sentido: —Lo siento. Lo siento muchísimo. —se aclaró la garganta. —Lamento haber estado tan preocupada en mis cosas que pasé por alto que tu rutina se había alterado tanto últimamente. Debí haberlo visto venir.
—¡Me siento avergonzado de cómo actué! —parecía estar desesperado porque ella le creyera. Lo cual agrietó un poco más su corazón.
—Comprendo. Y debemos trabajar en ello. No podemos dejar que otro quiebre de rutina se transforme en una nueva crisis nerviosa. —señaló a Gannicus con un asentimiento. —Puedes usarlo a él ¿Te da cuenta de porqué lo hice venir? —negó con la cabeza —Porque tú permaneces más sereno cuando estás cerca de él. Así que cuando te sientas malhumorado o triste, busca a Gannicus y acarícialo. Hay una conexión entre los animales y las personas que muy pocos comprenden. Quizá hemos perdido parte de nuestra conexión con la tierra o será que esos seres especiales como tú… —le dirigió un brillante sonrisa. —tienen un vínculo más allá de nuestro entendimiento.
Edward se rio un poco.
—Me gusta acariciarlo.
—Por supuesto que sí. Yo lo sé, por eso te pido que hagas eso cuando te sientas que estás perdiendo la calma. —en ese momento se puso un tanto más firme y seria. —Ahora, también debemos buscar algo alterno a tus actividades, pues si sabes de antemano que no vas a poder hacer algo de lo que tienes planteado entonces buscas algo para sustituirlo. Llámame, Edward. Me tienes a la distancia de una llamada. Jamás dejaría de atender una llamada tuya. —estreché sus manos entre las mías. —Quiero que entiendas algo: El hecho de que cada uno de nosotros estemos ocupados en un proyecto personal, no quiere decir que dejemos de preocuparme por ti. Solo que cada quién tiene ocupaciones y responsabilidades a las que hacerles cara. Eso sí, voy a encargarme de que tu rutina se restablezca lo más pronto posible. No siempre voy a poder estar yo o Esme o Carlisle, pero trataremos de llevar todo lo más normal posible. ¿Te comprometes a ayudarme?
Asintió aparentemente satisfecho.
—Pero tendremos que hacer algunos cambios…
—Oh…—gimió pesaroso. A lo cual ella tuvo que contener la risa.
De pronto Gannicus se activó tanto como siempre. Comenzó a saltar entre ellos sin dejarlos hablar bien. Bella se dio por vencida primero.
Palmeó la rodilla de él.
—Vamos, ángel. Hay una disculpa pendiente con Esme. Luego podemos comernos un gran tazón de helado de vainilla con galletas de canela. Saben mejor con lluvia.
Él sonrió y tomó la mano que ella le tendió. La miraba con esos ojos repletos de adoración. ¿Cómo no iba a amarla cuando solo ella sabía cómo calmarlo y alterarlo?
Y mientras caminaban hacia la cocina el ya no tan inmaculado ángel pensaba en lo placentero que era que ella lo alterara en la cama. Cuando tenía esas mismas manos que ahora se aferraban a ella como una tabla salvavidas, temblando enganchadas en la sábanas después de haber poseído enteramente a lo que lo obsesionaba tanto: Ella.
Simple y magníficamente ella. Su Guardiana y Custodia.

Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.

¡Ah, bendita sea la música cuándo no se sabe qué escribir! En este caso mi amado Pablo Alborán.
Espero que les gustara este nuevo alterno de Corazón de Cristal. Primero quería escribir desde el punto de vista de Edward; pero preferí hacerlo de esta manera para que me permitiera mostrar un poco de las emociones de los implicados en este corto relato. Lo hice principalmente por ser este (todavía en Venezuela lo es. Son las 23:13 p.m.) El Día Internacional de la Concientización del Autismo. Y debo de reconocer que quién me impulsó a hacer esto fue mi Beta (tiránica) Rochii Hinojosa.
Tengo mucho que agradecer a estas personitas especiales por inspirarme y a ustedes por abrirse conmigo hasta el punto de compartir conmigo sus vivencias y experiencias de este tipo. Sepan que valoro mucho esa confianza.
Espero que les haya gustado…y si no, pues disculpen.
Besos y abrazos desde mi preciosa, caótica y guerrera Venezuela…




         
Marie K. Matthew

TIRANO: CAPÍTULO DÉCIMO SEXTO (XVI)


TIRANO
Capítulo Décimo Sexto:


"Propuesta" 

Edward POV


 Sentirme tan dentro de ella no era comparable a ninguno de los placeres que había experimentado hasta entonces. Sí, había tenido una cantidad más que respetable de sexo sin compromiso, especialmente después de mi ruptura con Tanya. Pero ni siquiera con ella, a quién había pensado querer tanto, el sexo había significado algo tan especial como con Isabella. Si bien es cierto que hay una gran cantidad de posturas, unas satisfactorias y otras más un malabar que una forma de hacer el amor, también es que cuando encuentras una persona que transforma un acto tan básico en una experiencia más allá de lo corporal; esto sin basarse en la calidad del orgasmo; el placer de poseer su cuerpo va mucho más allá de la posesividad. El gusto de tener semejante templo no tiene paragón, así que te parece un acto de herejía permitir que alguien más pudiese llegar a estar en él. No. ni muerto. Isabella era mi templo. El mío y el de nadie más. 
—Ábrete más, valkyria… —le ordené a la par que apartaba más sus muslos. Su piel, que en estado normal era nívea, estaba exquisitamente rojiza por la excitación. Una delgada capa de sudor se extendía por ella y sus labios se veían incitantes e hinchados. 
—Más, Bella. Solo una vez más. —le supliqué mientras me encajaba tan profundo dentro de ella que podía sentir la tibieza con que la había estado marcando. 
—Edward… —gimió con un hilo de voz. 
—Ya he…perdido la cuenta, de cuantas veces…me has dicho eso… esta noche… -Sonreí como un lobo que se ha hecho con la mejor presa. Pero a diferencia del animal, en mi naturaleza no estaba compartir nada con ninguna maldita manada. 
—Esta es la última… —gemí entre embates. —Palabra…de caballero. 
—¡No…eres…un caballero! ¡Oh, Dios mío! ¡Oh…! Explotó a mi alrededor. Cansado ya de controlarme, solté esa presa que parecía no tener suficiente desahogo cuando se trataba de ella. Aferrado a las rodillas de Bella dejé escapar un grito de satisfactoria liberación. Dejé que su pierna derecha volviese a unirse a la izquierda. Ella rodó sobre su estómago dejándome apreciar el espectáculo que brindaba su húmeda espalda y su un poco magullado culo. Acaricié los dos globos de carne a los que tanto me gustaba agarrarme cuando necesitaba clavarme más dentro de ella; ahora estaban de un precioso color rosa que resaltaba entre toda esa crema que tenía por tono de piel. 
—No toques, pervertido. —gruñó con la cara entre la almohada a lo que sintió que la sobaba. 
—No estoy de ganas para experimentar con eso ahora. Solté mis carcajadas con ganas más no cesé en mi masaje. 
—Shhh, malagradecida. Cuido de ti. 
—Mi vagina no está precisamente de acuerdo contigo ahora. —giró su cara hacia mí y medio sonreía entre todo ese cansancio. Chasqueé la lengua en desacuerdo. 
—No le creo mucho dado los apretones que hace rato a mi pobre… 
—¡Edward! —me golpeó en el hombro y arrancó a reír. Le limpié el sudor de su frente con mi pulgar y deposité un beso en ella. 
—Vamos a la ducha. Anda, floja, deja de retorcerte contra la almohada. Muy poco me importan tus gruñidos en la almohada. Me puse en pie sobre el piso de madera. Esperé a que las piernas se me restablecieran de los hormigueos que las recorrían y la halé hacia mí; trayendo consigo la sábana. La puse sobre mi hombro y me encaminé a la ducha. Ignoré sus gritos, amenazas y nalgadas en mi trasero desnudo; las cuales me picaron bastante pero no le daría el gusto de decírselo. La metí bajo el chorro de la ducha y comencé a lavar cada parte de ella. 
—¿Qué hora será? —preguntó a la vez que me aplicaba champú mientras yo enjabonaba sus muslos. Me encogí de hombros. 
—¿Importa? —¡Por supuesto que importa, ninfómano! Mañana debo de ir a mi trabajo y creo que me costará levantarme. No todos podemos decir que somos vicepresidente ejecutivo. 
—Pero eres la mujer de uno. 
—¡Ja! Si crees que soy una de esas ventajistas es que no me conoces en nada, bonito. Mis fallas son como mis logros: solo por créditos propios. No me gusta escudarme en nadie para salir airosa de nada. Levanté la vista para admirar con orgullo al mujerón que tenía entre manos. Bella era única más allá de su condición como individuo: Puedes verla acudir perfectamente arreglada al trabajo y catalogarla como una enferma por la moda que no ve más allá de la Vogue; entonces era cuando echaba tus creencias por tierra al pararse frente a un televisor para revisar los últimos resultados de las ligas mayores. Y si los Yankees habían perdido era mejor que te quitaras de su camino o probablemente fueras el blanco de su furia. Luego estaba la parte humana: no era una mujer acostumbrada a demasiados lujos; solo a aquellos que con su salario pudiese permitirse. Cada que podía, me encargaba de enseñarle todo cuanto puedo poner a sus pies y sin embargo ella no ha abusado en lo absoluto. Pero no con ese falso desinterés que luego, cuando surge pretenden quitarte hasta al perro. Lo que me daba una idea. Y embobado en eso estaba hasta que… 
—¡Mierda, Bella! —me di un resbalón en la ducha tratando de ponerme en pie. 
—¡Mi ojo! Me tomó de la cara y me guió hasta el chorro pero antes alcancé a escuchar su risa. 
—¡No te burles! Carajo, me duele el ojo. —abrí el ojo para que el agua se llevara los restos de jabón. Lo estrujé un poco pero sentía como si tuviese arenilla en él. 
—Shhh. Que es solo un poco de shampoo en el ojo, nenaza. —bajó mi cabeza de nuevo para que el agua me diera de lleno en la cabeza. 
—Deja que te aclare bien el cabello para ponerte un poco de acondicionador… 
—No. no quiero nada de eso. —me seguía toqueteando el párpado. Cuando pude abrir el ojo pude volver a mi trabajo de terminar de bañarla. 
—No hace falta, Edward. Espérame en la… 
—¡Que no dije! Voltéate, valkyria. Te voy a colocar el condenado acondicionador. Puso los ojos en blanco y se giró, cuando lo hizo le di una sonora nalgada. 
—¡Hey! ¡Mojada duele más! Coloqué en mi palma un poco de una crema blancuzca de un envase en el que se leía Tresemmé y se lo apliqué por todo ese largo cabello color chocolate; que tan bien combinaban con sus ojos; el cual ya estaba llegando más cerca de donde comenzaba su trasero. Unas pulgadas más y voilä. 
—Amo tu cabello largo. 
—Y a mí me da mucho trabajo. Necesito un corte. 
—¡No! —protesté. Ella miró por encima de su hombro con expresión de suficiencia. 
—Lamento decirte, machote, que en esa zona no tienes jurisdicción. Mi cabello es mío y solamente mío. Así que yo decido que hacer con él. —se volvió. 
—Eres tan desafiante. —gruñí entre dientes. 
—Ya deberías haber aprendido a lidiar con eso. Si no, allá fuera tienes a los Ángeles de Victoria´s Secret para que te obedezcan a rajatabla. —añadió haciendo referencia a mi pasado. Cuando salía solo con modelos plásticas y socialités caprichosas. Le masajeaba el cráneo con delicados círculos. 
—Si me hubieses dado una señal de que te gustaba, hubiese dejado esa etapa hace muchísimo más… —me acerqué a su oreja y susurré: —celosa. Lamí el arco y luego su lóbulo. Un escalofrío la recorrió entera. 
—Celosa, no. 
—¿Rencorosa? 
—Tampoco. 
—¿Envidiosa? 
—Cállate, Edward. 
 Apreté su cintura entre mis brazos y comencé a endurecerme de nuevo. Dejé que mis labios resbalaran por el arco de su cuello hasta besar su hombro, de inmediato mis caderas comenzaron a embestir contra su trasero y no pude evitar que por un momento mi mente divagara en fantasías que incluían ese lugar prieto que aún nadie había tocado. Restregué la punta de mi erección disfrutando de la sensación que me producía el provocarla. Cada roce era como una descarga de electricidad que me recorría entero pero que se concentraba en mi entrepierna. Sin mucha "caballerosidad" agarré mi miembro por la punta para guiarlo hasta su abertura. Apoyé sus manos en la pared y me agarré del hueso de sus caderas. —¿No has tenido…suficiente? —me introduje en un solo movimiento. Su interior aun permanecía un tanto dilatado por las penetraciones anteriores, lo que facilitó una labor con no mucha lubricación. En vez de responder su pregunta, preferí morder su hombro y moverme en mi lugar favorito. Solo por oscuro placer me esforcé en profundizar cada estocada hasta que lograba tocar su cérvix. 

—Oh, joder. Be…Bella. Alzó sus caderas para darme mayor acceso a ella y que me mataran si no lo aproveché. Agarrado a sus muñecas ahora incrementé la velocidad de mis acometidas. El agua resbalaba entre ambos y creaba un estrépito mayor que el de nuestras pieles. Definitivamente, era un sonido incitador. Posé mi cabeza en el hueco de su cuello mientras me abandonaba a los designios de lo que deseaba. Gruñí cuando el éxtasis brotó de mí hasta llenarla a ella con mi esencia; instantes después Isabella me alcanzaba con un jadeo abandonado. Dejó caer su cabeza atrás con cansancio, sus ojos permanecían cerrados y de su boca salían y entraban bocanadas de aire por turnos. Cuando pude salí de ella, la giré hacia mí y la aseé con mimo entre los muslos. Sus pechos me apuntaban hinchados y sensibles, amaba verlos y sentirlos pero en ese momento ya el cuerpo nos exigía descanso. Así que en menos de cinco minutos estábamos cambiados y entre las sábanas. Mis labios presionando su nuca mientras que mi nariz absorbía con avaricia el olor de su cabello recién lavado. 



—Levántate, Edward. Llegaremos tarde a la oficina. ¡Puaj! Odiaba las mañanas. No era una de esas personas que amanecen súper activas y que empiezan su día con el pie derecho, deseosos de los desafíos que iba a enfrentar… Eso suena muy bonito…pero así no era yo. Punto. De hecho, casi desde que tengo memoria he detestado pararme temprano. En pocas palabras mi némesis era un reloj despertador. Así que ahora estaba la pobre Isabella intentando que me levantara. Acariciaba las paletas de mi espalda a la par que hablaba en mi oído. 
—Edward…recuerda que debes pasar por tu departamento para cambiarte de ropa antes de ir a la oficina. No, ya basta de gruñidos, señor malcriado. Levanta ese precioso trasero tuyo y ven a comer. Unos diez minutos después esta duchado y sentado en el islote de la cocina solo con la camisa y los vaqueros. Tenía los pies desnudos, detalle que fue un error puesto que mientas que comía recibí un pinchazo doloroso en el dedo pulgar. 
—¡Ouch! ¿Pero qué…? —miré por entre mis piernas y vi la cabeza de la gatita blanca con pintas de color caramelo. La pequeña estaba abrazada a mi tobillo y mordisqueaba mi dedo como si fuese un pedazo de pan. Bella dio la vuelta por detrás del islote, se asomó a mis pies y se partió de la risa. Luego se agachó ante mí y cogió a la bolita de pelos entre sus manos, depositó un beso sobre la pequeña cabecita y la acercó hacia sus hermanos que seguían acurrucados el uno contra el otro. Sonreí ante lo maternal que se veía para con los animales. Eso me hacía pensar en… 
—Termina de comer, Cullen. —me guiñó un ojo como si adivinara el hilo de mis pensamientos. Tomó asiento de nuevo para poder devorar con gusto su comida. —No es que sea malagradecido ni nada pero me estoy cuestionando el porqué de me sirvieras un desayuno cargado de carbohidratos cuando tú solo ingieres yogurt con granola ¿Acaso me estás engordando para que ninguna mujer me desee? —arqueé la ceja con una expresión de Te atrapé! Frunció su boca fingiendo que pensaba y luego me contestó sin ninguna vergüenza antes de llevarse una cucharada más del contenido de su bol. 
—No había contemplado esa opción, pero ya que la mencionaste, me atrae mucho la idea ¡Froot Loops y panqueques todos los días para ti de ahora en adelante! —levantó su dedo índice para aclarar. 
—Y por cierto…yo adoro el yogurt con granola. Sobre todo en helado. Ese comentario me trajo a la mente una de mis cavilaciones nocturnas. 
—Oye, Bella… —no estaba muy seguro acerca de cómo debía empezar ese tema a discutir. Me vio por debajo de sus pestañas instándome a terminar la oración. 
—Vente a vivir conmigo. —solté de sopetón. Si no sabes bien como plantear una idea, entonces es mejor irse directo al punto en vez de andarse por ramas innecesarias. Sacudió la cabeza como si no hubiese escuchado bien y cesó de comer. 
—Tú…eh… ¿De dónde demonios salió eso, Edward? —Anoche lo pensé durante un momento. 
—Claramente lo pensaste por un momento, pero no creo que hayas reflexionado mucho sobre eso. —espetó sarcástica lo cual me hizo sentir ofendido. 
—No veo nada malo es mi propuesta. Pasas varios días de la semana en mi departamento… —¡Pero no es lo mismo a irme a vivir contigo, Edward! Negándome a hacer del tema algo tenso, proseguí expresando mi idea como si ella no hubiese dicho nada. 
—…Estarías con Elizabeth y conmigo más tiempo, nos llevaríamos tus cosas para allá. Incluso los nuevos gatitos pueden irse con nosotros. Nos iríamos juntos a la empresa… Dejó caer el bol en el fregador y se giró hacia mí con el rostro impasible. 
—¡Edward, basta! No quiero hablar sobre eso. Ahora. No es el momento. 
—¿Por qué no? —respondí desafiante. 
—Porque debo cambiarme para ir a trabajar o llegaré tarde, y esta no es una conversación que vaya a tomarnos menos de cinco minutos. —comenzó a lavar los platos y a recoger la mesa sin mirarme siquiera. Estaba molesto, frustrado y puestos a ser honestos, también un poco triste. No esperaba una negativa de su parte tan tajante. Mucho menos, evasivas. Así que me negué a desistir. 
—Pero yo si quiero hablar ahora, Isabella. Se secó las manos con un paño y lo dejó caer sobre la mesada de cualquier forma y se dirigió hacia su cuarto, solo que yo fui más rápido y la tomé por el codo cuando pasó por mi lado, fingiendo que no me escuchaba. 
—Bella… Se volvió con el rostro sulfurado y los ojos un poco rojos. ¡Oh, Dios! Yo sabía lo que venía después de eso y no me gustaba. Odiaba ser el causante de sus lágrimas; podía lidiar con su enojo pero no con eso. 
—Edward ¿Acaso te escuchaste en algún momento? 
—No entiendo de qué hablas. 
—¡Por supuesto que no! —rió sarcástica. Entrecerró los ojos. 
—No hablamos sobre la adquisición de un local para la expansión de tu empresa transnacional, ni mucho menos sobre la negociación de un contrato con el personal ¡Hablabas de mudarnos juntos y lo hacías como si se tratara de un negocio! —maldijo en voz baja cuando una lágrima se le escapó. Se la retiró de la cara con el antebrazo y se limpió luego en la camiseta grande de Hard Rock Café con la que había dormido. Me acerqué hasta ella, le retiré un mechón de cabello de su rostro con delicadeza, más ella se retiró arisca; así que la tomé por la cintura con fuerza y la pegué contra mi cuerpo y la obligue a que me mirara a los ojos. 
—Hace tan solo un rato me hablabas sobre cuánto te gustaba despertarte conmigo… 
—¡Y lo mantengo! Pero… —respondió con vehemencia. —Entonces deja de pensarlo tanto, valkyria. Vente a mi casa. Despierta conmigo todas las mañanas… —susurré con suavidad. Apelando a eso que nunca nos fallaba a ambos: la atracción inevitable. 
—Lamento haber sido torpe al pedírtelo, pero la verdad es que no sabía cómo hacerlo. Lo siento ¿Vale? Yo solo quiero que estemos juntos. Su cuerpo se relajó un poco más y se abrazó a mí, escondiendo su rostro en mi pecho al hablar. 
—¿Cómo puedo dar ese paso contigo cuando ni siquiera estoy segura de lo que sientes por mí? —murmuró triste —Más aún, cuando ni siquiera tú lo sabes. Fue mi turno de ponerme en guardia. Como siempre, Bella me abofeteaba con la verdad y yo no podía rebatirle esas palabras. No estaba preparado para pronunciar algo sobre lo que no estaba seguro, aunque si había algo innegable era que la necesitaba desesperadamente. Y esas dos cosas no eran lo mismo, podía asegurarlo. 
—Bella, —apreté su cabeza contra mi pecho y besé su coronilla. —prometiste ayudarme a averiguarlo ¿Se te olvidó? 
—No. —Entonces no me saques eso más en cara. No cuando casi me tiemblan las rodillas al pedirte algo tan importante para mí. Volteó a mirarme a los ojos, la ternura había suplantado a las emociones anteriores. 
—Gracias por esa propuesta, Edward. Prometo no sacarte en cara de nuevo el tema, pero por ahora mi respuesta es que me lo voy a pensar. Apreté los dientes con molestia, pero asentí. Debía darle un poco de espacio y tiempo. Quizá podría aprovechar ese lapso; que esperaba que no se alargara mucho; para hacerle ver las ventajas de permanecer conmigo.



 Al mediodía invité a Isabella a almorzar pero le fue imposible. Tenía dos reuniones pendientes para la tarde y una de esas incluía almuerzo. Así que quedamos para cenar. Le escuché cansada, por lo cual decidí que mejor sería comprar algo para llevar y comer en mi departamento. Así aprovecharíamos para compartir con la niña un poco de tiempo juntos. Sin ánimos de comer un sándwich frío de Subway, decidí llamar a alguien más para que me acompañara a tomar una comida decente y caliente. —¿Edward? 
—Hola, mamá. —cerraba algunos archivos en la computadora. 
—¿Estás libre para ir a almorzar? Su tono, entre sorprendido y alegre me sentó mal. Eso hablaba demasiado sobre la clase de hijo que me había vuelto. 
—¡Si! ¿A qué hora, cielo? 
—Dentro de veinte minutos paso por ti ¿Está bien? —Claro que sí, hijo. 
—¿Prefieres algún lugar? Tengo reserva permanente en Armani's. —sugerí mientras me colocaba en pie y miraba por la ventana sin ver propiamente. 
—Preferiría algo más tipo Ze Café, si no te molesta. —En lo absoluto. Paso por ti en veinte. 
—Estaré, lista. Gracias, Edward. Me restregué los ojos sintiéndome como una mierda de persona. que mi madre me estuviese dando las gracias por invitarla a almorzar me parecía totalmente incorrecto. 
—No se merecen, mamá. Ahora nos vemos. De inmediato apreté un botón en el teléfono. 
—¿Señor? —atendió la señorita Stanley con tono meloso. Como siempre. 
—Llame a Ze Café y diga que necesito una mesa para dos. En media hora estaré allá. —Entendido, señor Cullen ¿Algo más? —Sí, llame a mi ama de casa y luego me transfiere la llamada a mi celular. —De inmediato, señor Cullen. —respondió la chica. 



—¿Desea algo más, señor? —el mesonero preguntó educadamente. Miré a mi madre. 
—¿Deseas postre? Me sonrió con ternura y negó con la cabeza. 
—No debería. Se supone que estoy a dieta y acabo de violarla de forma estrepitosa. Le sonreí con chulería. —Un tiramisú. —le ordené al mesero sin despegar la vista de ella. Fingió indignación mientras que sus labios me sonreían divertidos. Ese era su postre favorito, lo cual suponía un golpe bajo. 
—Eso no es justo y lo sabes. —murmuró tomando un trago más de la copa que tenía muestras de la condensación del agua fría. Fingí demencia. 
—No tengo idea sobre qué me estás hablando. —pocos minutos después llegó el plato con un apetitoso pedazo del postre. Tomé y cucharilla pequeña e insté a Esme a hacer lo mismo. 
—Como en los viejos tiempos, mamá ¿Recuerdas? Frunció sus labios que estaban perfectamente maquillados; incluso después de almorzar; en un perfecto tono coral que hacía resaltar ese cabello caramelo que tenía, y que contrastaba tan bien con ese vestido de color azul marino. 
—Es difícil no recordar cuando tu hijo se empeñaba en robarte tu postre, incluso cuando su plato tuviera el mismo.
—¡Es que el tuyo siempre sabía mejor! —puse a modo de pobre excusa. El sonido delicioso de su carcajada me fascinó. 
—Y sigues siendo tan descarado como entonces, Edward Anthony. Tomé una cucharada que se deslizó con suavidad por las diferentes capas del pastel: el cacao en polvo de la cobertura, la crema de queso mascarpone, el bizcocho remojado en vino marsala y expreso. Estaba simplemente delicioso. Al final del postre, nos dispusimos a volver a la empresa. Fue entonces cuando lo incómodo comenzó: 

—Gracias por todo, hijo. —dijo ella mientras colocaba una de sus manos por encima de las mías. —Insisto. No se merecen, mamá. —le devolví el apretón y mantuve sus dedos con los míos ¿Hace cuanto no disfrutábamos de un momento tan íntimo y relajado a la vez? ni siquiera lo recordaba. 
—Claro que se merecen. No me he comportado correctamente en estos últimos… 
—Embry, enciende la radio pero solo las cornetas de adelante. —ordené ante lo que sabía que se avecinaba. No era que no confiase en la discreción de mi chofer, pero él tampoco tenía porqué enterarse de los deslices de mi mamá. Me sentía protector con ella. 
—Sí, señor. —inmediatamente las notas de 9 Crimes de Damien Rice invadieron el pequeño espacio. Fue hasta entonces que me dirigí a ella en voz baja. —No quiero hablar de eso. —Pero tenemos que hacerlo. —insistió ella. —No podemos seguir ignorando el elefante que se ha instalado en el medio de la sala por esto. —Esto es cosa tuyo y de Carlisle… 
—Es también asunto tuyo porque te viste afectado. —contraatacó Esme. Suspiré derrotado y dejé caer la cabeza contra el asiento. 
—Está bien. Te escucho. Se aclaró la garganta antes de hablar. —Corté toda relación que tenía con… la otra persona. —asentí esperando que allí acabara todo, pero no. 
—Mandé a eliminar el número por el que nos comunicábamos… 
—¿Tenías un número solo para él? —pregunté incrédulo. Asintió. —Solo lo tenía encima si me iba a ver con él. Eternamente en vibrador y se quedaba en mi escritorio el resto del tiempo. —admitió avergonzada. Permanecí con la boca abierta con cara de tarado. 
—Di algo, por favor. —susurró nerviosa. Eso mismo me gritaba mi cerebro, pero no había ninguna manera en que algo coherente saliera de mis labios. Abrí la boca varias veces, pero la cerré en el mismo número de oportunidades. Finalmente me acordé de la opinión de Bella al respecto y fue entonces cuando caí en cuenta que tenía razón. Por lo cual, opté por citar sus palabras a mi manera. 
—Obviamente no sé qué decirte, mamá. Pero lo que sí puedo asegurarte es que no tienes porque esperar ningún juicio de mi parte. No estoy en posición de decirte ni echarte en cara nada, puesto que el ofendido directo no he sido yo además de que tampoco puedo ponerme en tus zapatos. Lo único que ambos tenemos en común es el desinterés que Carlisle nos regala desde hace tiempo. Supongo que para ti como esposa debe de ser más duro. —agregué con la voz fría como un témpano de hielo. —¡Para ti también, cielo! Tú eres su… 
—No, mamá. —le interrumpí. —No quiero hablar sobre eso. Solo te digo que no esperes una mala respuesta de mi parte, aunque reconozco que me alegra que esa otra "persona" no esté más contigo. —agregué con inquina. —Pero también debo decirte algo. Sus ojos llorosos me miraban atentos. 
—Perdóname por haberme alejado tanto de ti. No debí dejarte atravesar sola mucha de estas cosas. No sabes cómo me ha alegrado el haber pasado este ratito contigo. —acaricié su mejilla y ella se abandonó al toque como si lo necesitara. Se me hizo un nudo en la garganta. —Prometo que a partir de ahora me quedaré cerca, mamá. Seré tu mocoso atorrante, de nuevo. Se carcajeó a pesar de que las lágrimas no dejaban de deslizarse por sus mejillas. Le di dos sendos besos en cada una y la abracé. —Yo también me he sentido muy feliz con este almuerzo, cielo. —añadió entre sollozos. 
—Lo sé, mami. —susurré en su oído mientras le abrazaba contra mi pecho. Siete horas después tenía a Bella casi en la misma posición, con la variante de que estábamos en el sofá de mi casa terminando de ver "Across the Universe". Un musical de los que me encantaba, y por cómo pude constatar luego, a Bella también. —Adivina lo que hice en la tarde. —le susurré al oído. 
—Jummm ¿Trabajar como un desquiciado? —A parte de eso. 
—¿Ser un bastardo megalómano con quienes te rodeamos? —Eso también es cierto, pero no solo hice eso… —Pues no lo sé, dime. —se giró un poco hasta verme a la cara pero sin despegarse de mi pecho ni salirse de mis brazos. —Salí a almorzar con una mujer. —ella entrecerró los ojos y me asesinó con la vista. —Espero que haya sido con la señora Esme. O con Lizzy. Me carcajeé tan fuerte que llamé la atención de mi madre al otro lado, ella me devolvió el gesto y siguió alimentando a mi pequeña. —Comí con mi mamá. —¿En serio? —sus ojos brillaron emocionados. En mi obtuso cerebro se produjo un cortocircuito intentando dar con el motivo por el cual ella se alegraría por algo así. —Sí. Y lo pasamos muy bien. Acarició mi mandíbula y depositó un besito en ella. —Me alegro mucho, Edward. Ya era hora. —Le prometí que habría muchos momentos como es de ahora en adelante. Mi madre le daba el biberón a una muy hambrienta Elizabeth cuando Sue nos llamó a la mesa. Sue se había lucido de una manera sencilla: solomo con champiñones, vegetales salteados y una ensalada con varios tipos de lechuga y una exquisita vinagreta de pera. Nada de vinos en solidaridad con este migrañoso. 
—¿Te quedas esta noche? —le pregunté a Bella antes de tomar un pedazo jugoso de solomo. Ella negó con la cabeza, esperó para tragar y respondió: —No puedo quedarme esta noche. Debo de cuidar a los gatitos… 
—¿Gatitos? —interrumpió mi madre quien de manera súbita se vio interesada en la conversación. —¿Adoptaste gatitos, Bella? —No, los recogí de un callejón que está cerca de mi casa. Los habían dejado tirados en una caja al lado de un basurero. Esme puso cara de horror. 
—¿Y qué tiempo tienen esos pobres animalitos? —Aproximadamente dos meses. Creo. —¿Piensas quedártelos o vas a entregarlos a un refugio? Isabella tomó un trago de su agua. —Preferiría conseguirles un hogar a cada uno de ellos. Son solo tres cachorrillos. Hay una hembra que es blanca con motas color ámbar… 
—La más malvada. —solté divertido. Bella negó con la cabeza y prosiguió: —Y hay dos machos uno es blanco todo y el otro es negro. Por cierto, el primero tiene estrabismo en uno de sus ojitos azulados pero lo hace ver aún más tierno. Y como era de esperarse, la reacción de mi madre fue: 
—¡Oh, uno blanco! —se tapó la comisura de los labios con una elegancia innata. 
—¡Yo quiero ese! Ya estoy en gestiones para conseguir un departamento… Rodé los ojos. 
—¡Mamá, por favor! Si quieres tener un gato, puedes traerlo para acá. No hace falta que te mudes. —No, Edward. 
—respondió enfática. 
—Tú necesitas tu espacio personal. Y yo debo crearme el mío propio. 
—Puedo cuidarlo por usted, señora Esme; hasta que consiga lo que necesita. Acribillé a mi novia con la mirada. 
—Ya dije que puedes traerlo acá… —de pronto se me ocurrió una idea. 
— O mejor aún ¿Por qué no mudas para acá a los tres, y a tu persona también? Mamá contuvo el aire sorprendida. Bella nos vio a ambos y apretó los dientes. 
—Quedamos en que hablaríamos de eso luego, Edward. 
—¿Es que ya estaban en conversaciones de vivir juntos? —intervino Esme. 
—Así es, mamá. Le pedí esta mañana a esta señorita que se viniera a vivir conmigo; pero me temo que disfruta con someterme a una espera agónica. Como sabía que lo haría, mi madre volvió a mirar a la otra comensal como si estuviese cometiendo un completo desatino, más esperó por su respuesta. 
—Es que me temo que esa decisión se ha tomado muy pronto, señora Esme. —sentí una pisada en el pie que poco a poco se fue haciendo más pesada y dolorosa sobre mis dedos. 
—Pero no es una negativa, solo quiero tomarme las cosas con un poco más de calma. La ilusión de mi madre permaneció igual de encendida en sus ojos, levantó la copa de agua y dijo: 
—Pues propongo un brindis con agua porque esta futura convivencia esté más cerca que lejos. Salud. Los tres brindábamos y yo trataba de esquivar ciertas miradas que prometían vendetta; cuando de pronto una voz irrumpió en el comedor. 
—Buenas noches ¿Interrumpo? —Carlisle con gesto tenso observaba la escena con ojo clínico y sabía por su gesto que no le gustaba lo que veía. Una familia sonriente y celebrando sin grandes aspavientos sobre decisiones a tomar; pero todo eso sin tener a su persona presente entre nosotros. Reparé en las ojeras que enmarcaban sus ojos tan parecidos a los míos y un agotamiento que le restaba elegancia a su postura pero no fuerza. 
—Buenas noches. —respondí con sequedad. Esme desvió la mirada y se concentró en su plato aunque ya no tomaba más bocados y Bella permaneció impertérrita ante la situación. Admiraba el temple de esa mujer, entre muchas otras cosas. Leah apareció por detrás del repentino visitante y con una actitud avergonzada me dijo: 
—Edward, el señor Cullen me pidió que no te avisara de su presencia…
Tranquila, Leah. Puedes retirarte. —esperé hasta que ella desapareciera por el pasillo para hablar. 
—¿Quieres pasar? Mi tono seguía frío, como si me dirigiera a cualquier visitante. 
—Me temo que no soy bien recibido en esta mesa, pero si me permiten me gustaría tener unas palabras a solas con mi esposa. —intenté adivinar lo que se traía entre manos, incluso si planeaba armar una discusión; pero nada en él parecía darme una señal para pedirle que se fuera. Muy por el contrario, mi madre asintió en mi dirección. Tomé a Bella de la mano y la llevé conmigo hasta el cuarto de Elizabeth. Ella se apresuró a tomar a la pequeña entre sus brazos que exigía atención desde su cama y se la colocó contra el pecho. Con sus dedos acariciaba la pelusilla azabache de la niña. 
—Deberías llamar a Embry. Creo que este es el mejor momento para retirarme de aquí. 
—No puedes dejarme solo ahora. Espera un poco. Ven. —la tomé de la mano y la llevé conmigo hasta mi cuarto. Colocamos a la pequeña entre ambos mientras que ella jugueteaba con los índices de cada uno. 
—¿Qué crees que quiere? —pregunté después de un rato. Se encogió de hombros. 
—Seguramente explicaciones. Tu padre siempre exige eso de todo el mundo. Le di la razón. Tenía una imagen bastante acertada con respecto a las personalidades de cada uno de nosotros. 
—Estoy tan harto de todo esto. —suspiré cansado y me eché un brazo sobre los ojos. Retiró mi extremidad para examinarme la cara. 
—¿Te sientes mal? ¿Crees que te comenzará la migraña? —preguntó solícita. Le besé en los labios con dulzura. 
—Estoy bien, valkyria. Tranquila. Sentí que su mirada me escudriñaba y trataba de sacar a la luz cosas que no sabía si serían buenas o no. Quizás me estaba imaginando en el futuro como una réplica genética de mi padre. ¡Maldición, incluso yo lo había pensado! Pero al mismo tiempo me negaba a creer en esa posibilidad. Se supone que ella sería mi luz ¿Cierto? Isabella no dejaría que me perdiese. Aunque quizá eso era lo que pensaba Carlisle, hace unos cuantos años atrás. Finalmente ella me tomó el rostro entre las manos y me obligó a mirarla fijamente. 
—No te dejaré solo, Edward. Cuentas conmigo para lo que sea. Lo sabes ¿No? Asentí contrariado. 
—Bien. Ya que tienes eso claro entonces…Acepto ¿Cuándo vamos a por mis cosas?



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Buenas noches, mis Tiranas consentidas…como siempre tarde, pero seguro. Espero que esta nueva entrega del Cavernícola les guste. Les cuento que este capítulo estuvo accidentado y atravesado a partes iguales. Primero, el concierto de unos ídolos venezolanos que yo amo desde mi niñez…pronto sabrán sobre ellos. Y luego; irónicamente y paralelo al contenido de la trama; me vi envuelta en un rescate de una gatita. Tiene como máximo dos semanas, por lo cual depende de todo para mí; y creánme cuando les digo que ha sido los cuidados más difíciles que he tenido que darle a un animal…¡Y yo tengo cinco mascotas! En fin…ya basta de cuentos. Solo compartía estas anécdotas con ustedes para que sepan el porqué del retraso, y además para que sepan un poquillo más acerca de la loca que comparte sus letras con ustedes. Un besote desde Venezuela, mis chicas. Suya… *Marie K. Matthew*


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domingo, 16 de noviembre de 2014

TIRANO - Capítulo Décimo Séptimo



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  “Un paso al lado”

Edward POV:
Isabella había aceptado venirse conmigo ¡En serio había aceptado! No le preguntaría sus razones, porque quizá su mente comenzara a sopesar pro y contras para finalmente echarse para atrás y el infeliz egoísta que vivía en mí, no lo permitiría. De hecho ahora bordeaba el éxtasis.
Sonreí de lado. De esa manera que sabía bien que a ella la volvía loca y la atraje hasta mí de un tirón para poder besarla. Reía como una adolescente a la par que le daba besos de manera juguetona. Pero de pronto escuché a Carlisle, que sonaba intranquilo y eso bastó para sacarme de situación en un santiamén. Bella se dio cuenta de inmediato, pues se incorporó hasta colocarse en posición de flor de loto para mirarme.
—Lo siento. Es que…tengo que ir a ver qué sucede.
—No creo que debieras interrumpirlos, Edward —el tono reprobatorio no estaba en su voz, pero sí en su mirada—. Puedes terminar escuchando cosas que no sean de tu agrado.
Resoplé contra mis palmas antes de volver a verla.
—Nada de esta situación es de mi agrado, por lo que no supondría mucha diferencia. —enarcó una de sus cejas.
—Sabes a lo que me refiero.
Me encaminé hacia la puerta a la par que le pedía disculpas con la mirada por no hacer caso a lo primero que me pedía cuando ella estaba aceptando algo tan importante para mí.
—Lo sé, valkyria. Pero tengo que saber si debo intervenir. —detesté dejarla sentada en la cama con una clara expresión de zozobra, pero no podía quedarme tranquilo mientras Carlisle la emprendía en contra de Esme. Ella me necesitaba.
Mirándome los pies; como si eso bastase para acallar cualquier posible sonido que me delatara, caminé con sigilo hasta la biblioteca donde estaban ambos encerrados.
Las voces precariamente amortiguadas por las puertas de nogal, llegaban con claridad a los oídos de cualquiera que estuviese rondando la zona.
Me preparé mentalmente para intervenir cuando él se pasara de la raya.
—El problema real es que tú crees que estoy aquí porque no soy más que una malcriada, Carlisle. No porque reconozcas que en nuestro matrimonio hay una seria crisis de la que… —hizo una pausa. Conociéndola como lo hacía estaba casi seguro de que se debía a que luchaba con un nudo en la garganta— sinceramente, no creo que salgamos. Al menos, no juntos.
—¡No me voy a divorciar de ti! —replicó Carlisle con vehemencia—. Olvídate de eso.
—Trata de ser lógico…
—¡A la mierda la lógica, Esme! ¡No me vas a dejar! ¡No – me – puedes – dejar!
Agucé mi oído para escuchar cualquier susurro, fue entonces cuando caí en cuenta de que; como la propia vieja chismosa de vecindad; había dado un paso más para inclinarme hacia la puerta de manera inconsciente. Me alejé de golpe por el asombro y miré a las marcas de la madera, mientras dudaba si era cierto lo que oía.
¿Ese era mi padre llorando? ¿Carlisle lloraba por Esme?
Jamás lo había visto llorar. Ni en funerales ni en bienvenidas, ni en aniversarios ni en novenarios. ¡Jamás!.
Hubo un largo silencio en el que no fui capaz de saber lo que ocurría adentro. Levanté la mano para tomar la manilla cuando me percaté de las voces y retrocedí a mi posición original.
—Recoge tus cosas que nos vamos, Esme. No pienso continuar con esta discusión que no nos lleva a ningún lado. Eres mi esposa y…—el tono de Carlisle había vuelto a ser el de siempre. Duro e impersonal. Como si se estuviese refiriendo a una empleada de él y no a su mujer.
—No.
—¡Dije que nos vamos! —gritó.
Volví a tomar la perilla pero ya en posición de defensiva.
—¡NO! —respondió ella en el mismo tono—.¡Y no me grites, maldita sea! Estoy harta de tus gritos. Estoy harta de tus ironías. Estoy harta de tu comportamiento megalómano. ¡Harta! ¿Quieres gritar? Pues eso puedes hacerlo en tu empresa hasta que te canses o hasta que te demanden; pero a mí no me vuelves a levantar la voz.
—¡Ja! ¿Ahora te ofendes? ¿Ahora…?
—Cuidado con lo que dices, Carlisle Cullen. Si vuelves a echarme en cara mi pasado, no dudaré en sacar el tuyo también. Si quieres hacerme daño, bien. Pero te advierto que te devolveré la baza.
Imaginé la cara de furia que debía de tener el hombre. Era una noche llena de novedades, no lo había escuchado llorar a él y nunca había sido testigo de la elegante fortaleza de mi madre. Definitivamente, mi propia familia se me hacía desconocida.
Sus tacones resonaron en el suelo de madera pero pasó un cierto tiempo antes de que hablara alguno de ellos. Al final, fue Esme quién lo hizo.
—Hace unos cuantos años atrás, hablarnos así nos resultaba impensable—susurró con profundo pesar—, ahora no hacemos más que gritarnos.
—¡Pero no siempre fue así! —se apresuró a responderle él.
—Lo sé —dijo ella tras un suspiro—. Pero antes de esto, solo nos ignorábamos. Afrontémoslo, Carlisle, se abrió una brecha que ninguno puede sortear. Creo que es mejor que ambos tomemos caminos separados antes de que ni siquiera los recuerdos sean capaces de evocar una memoria grata de alguno de los dos.
Las pisadas más fuertes de él me indicaron que se había alejado de ella.
—Lo quieres ¿Verdad? —<<¡Ay, mierda no!>>
—No vayas por ahí…
—¡¿Qué no vaya por dónde?!
—Baja la voz, Carlisle Cullen. No estás en tu casa, estás en la de tu hijo, pero eso no te da derecho a comportarte como un troglodita. Y para responder a tu ofensivo comentario; pues no. No lo quiero. Cómo ves, prefiero quedarme sola y tranquila a ser la esposa de alguien que no hace otra cosa que carcomerme la moral.
¡Santa mierda! Esa determinación de mi madre me asombraba hasta a mí. No imaginaba como sería para Carlisle, que tenía que enfrentar que su matrimonio se caía a pedazos.
—¿Cómo puedes hacerme esto si siempre estuve al frente de Edward y de ti cuidándolos? Al frente para darles lo que necesitaban. Al frente para complacer cualquier capricho que quisieran.
—Carlisle, estuviste tanto tiempo “al frente” que te olvidaste del hecho que yo no necesitaba un escudero sino un compañero. Hubiese sido mejor si hubieses dado un paso al lado y camináramos juntos en vez de hacerlo tú solo y amargarte en el proceso.
—¡Jesucristo, Esme! No me hagas esto. Por favor. —él rogaba. ¡En serio lo estaba haciendo!
—Yo…Lo siento—respondió ella con voz rota —. En cuanto encuentre un lugar, mandaré a por mis cosas. Lo siento. —volvió a agregar Esme antes de salir trotando más que caminando de la estancia.
Solo alcancé a alejarme un par de pasos antes de que las anchas puertas se abrieran y la dejaran salir llorosa hacia una de las habitaciones de huéspedes. Pero en ningún momento se detuvo a mirarme. No así Carlisle, quién se quedó parado allí con una expresión entre atónita y apenada, que a falta de alguien más en quién posarla lo hizo en mí. Sin embargo miraba sin ver. Sabía que no era más que un bulto en el que sus ojos estaban posados, mas no su atención. Eso se había retirado de la biblioteca con la mujer que había pasado por el corredor momentos antes. Dejándolo a él atrás…
Así como más de dos décadas de pasado juntos.
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—¿Se fue? —preguntó Isabella nada más entré a la habitación. Despegó su vista del ejemplar de Las Mil y Una Noches, que tenía en mi habitación más de adorno que otra cosa, lo cerró y dejó de lado.
Asentí antes de dejarme caer en la cama. Mi mirada estaba fija en algún punto entre el cristal de Baccarat de la lámpara y el techo abovedado. Sentí sus brazos aferrándose a mi cintura con fuerza. Acaricié de forma autómata la suave piel de su espalda a través del algodón de la franela mía que le quedaba tan grande.
—Tendrías que haber estado ahí para haber visto su expresión, Bella. Se veía tan… —titubeé hasta que no encontré una palabra mejor —derrotado. Tan desolado. En todos los años que tengo a su lado, jamás había visto esa mirada. Supongo que es normal, si te notifican; directo y sin anestesia, que tu matrimonio se va a la mierda.
Ella se limitó a mirarme apoyada en mi pecho, pero sin decir nada.
—Se van a divorciar. —aseveré.
Negó con la cabeza captando mi atención.
—No lo creo. Al menos, no en un futuro cercano.
—A mi madre lo que le faltó fue llamar a su abogado allí mismo…
—No, Edward. Carlisle puede estar ahora conmocionado, pero primero me caigo muerta aquí mismo antes de que él deje que ella se separe de él. Le va a dar guerra y de la buena. Además, creo que tu mamá está lejos de haberlo dejado de querer.
—Pero es que ella le dijo…
Posó su mano en mi mejilla y me miró con una versión tierna del <<¿Tú eres tonto, cariño?>>
—Una mujer no admite estar herida, solo reacciona —por un momento corto traté de comprender la mente femenina, pero no tuve éxito. ¿Por qué si estaban molestas o heridas no eran capaces de decirlo y ya? Todo era tan complicado con ellas. Y aun así, siempre hemos sido y seríamos dependientes de las mujeres.
            Un par de horas más tarde, Lizzy se despertó ansiosa. Lloró tanto que estuve a punto de llamar a Jasper por una revisión pediátrica de emergencia. Pero después de cuarenta y cinco minutos de llanto, una mamila y muchas nanas después; volvió a dormirse. Pero lo había hecho encima de mi pecho. Por temor a despertarla y generar una nueva oleada de lloros en plena medianoche, preferí dejarla dormitar un rato largo, quería  ver como seguía mi madre pero Isabella me persuadió para que le diera su espacio. >>Ya podrás preguntarle en la mañana. Necesita privacidad.<< alegó y no tuve como negar eso. Así que temeroso de dormirme y que la niña pudiera caerse de la cama, me puse a ver películas. Pero ni siquiera The Departed pudo mantenerme alerta por mucho tiempo. Fue Bella quién tomando a la niña de entre mis brazos, me despertó.
—¿Qué hora es? —pregunté con la voz enronquecida por el sueño.
Me tiró el edredón encima con una mano, pues con el otro acunaba a Elizabeth.
—Tarde. Duerme, amor. Yo voy a acostarla.
E incapaz de llevarle la contraria, dejé que hiciera lo que quisiera.
Al fin y al cabo desde ahora estaba en su casa.
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La mañana había transcurrido en medio de una vorágine de trabajo. La temporada de verano estaba a la vuelta de la esquina, lo cual representaba para Le Madeimoselle la creación de una nueva campaña. Era común el lanzamiento de estas según la estación o temporada. Y este sería el primer año en el que Isabella tendría que encargarse del trabajo de Tanya; y la había agarrado cuando pensaba mudarse conmigo.  Mentiría si dijera que no sentía un poco de culpa por poner más presión sobre ella, pero mentiría aún más si le decía que estaba bien que pospusiéramos la mudanza para el final de la campaña. Pero el cargo de conciencia disminuía cuando ocupaba mi mente con el trabajo; gracias al cielo entonces que estaba atareado.
Isabella tenía un gran desafío por delante, pero no podía entrometerme en ello porque eso representaría no solo una muestra de desconfianza en sus capacidades  sino también una demostración paternalista de mierda que podría crear sobre ella una imagen de desvalida ante el comité directivo y el resto de la empresa. Le ofrecería mi ayuda en todo cuanto necesitase pero no pasaría más allá por respeto a su profesionalidad. Aunque debía de reconocer que estaba un poco nervioso; no quisiera ver que su carrera tuviese un episodio repleto de vergüenza. Más aún cuando sabía que los envidiosos ojos de mi ex estarían espiando tras bambalinas con el deseo retorcido de verla fracasar.
A media tarde, casi cuando estaba a punto de pegar cuatro gritos y pedir las cabezas de unas cuantas personas debido a unos informes y balances de una de nuestras filiales en Atlanta, recibí una notificación de correo a mi teléfono. Estuve a punto de ignorarlo para hacer una llamada no muy amistosa al gerente de zona en Georgia, pero el instinto de que podría ser algo sumamente importante me conminó a abrirlo.
Isabella me había enviado el dichoso mail con un alarmante EDWARD, URGENTE!!! por asunto. En el texto se leía una frase corta y certera que se prestaba para cualquier cantidad de conclusiones; y yo convencido de que se trataba de algún problema con la tarea que tenía sobre sus hombros lo abrí con la predisposición de llamar al menos a unos cinco asesores de publicidad que pudiesen tenderle una…El hilo de mis pensamientos apresurados se interrumpió de forma abrupta cuando en la pantalla me mostró grande y contundente el archivo adjunto: era una foto en la que aparecíamos Lizzy y yo. Ambos durmiendo a pierna suelta en mi habitación. Una mano mía ocupaba casi toda su espaldita pues ella reposaba encima de mi pecho. Cuidando de ella incluso inconscientemente.
Me tomé un minuto para embeberme de la tierna imagen, incluso cuando mi boca se veía entreabierta, igual a la de ella. Entonces mi subconsciente me dijo satisfecho: <<—Estamos haciendo las cosas bien. Así es como deben de ser.>>
Me juré a mí mismo que haría lo que fuera para que todo siguiera igual. O mejor. No sería un  Carlisle más.
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Los siguientes días pasaron más lento de lo que hubiese deseado: torres y torres de papeleo y para cuando terminaba, la señorita Stanley estaba en camino con un nuevo montón. Dos lanzamientos de fragancias en los próximos días habían solicitado que fuésemos su auspiciante; como si no fuese suficiente la que sería dentro de poco más de un mes en Milán. Anexo a eso, Isabella no había vuelto a quedarse en la casa pues la campaña la había absorbido por completo; bueno eso y los cuidados de tres gatitos huérfanos. Habíamos acordado que la mudanza se haría el fin de semana; en realidad ella me lo impuso alegando todo lo anterior como motivo. Y como guinda para este pastel desagradable. No, desagradable no era la palabra que describía bien eso; tampoco irritante. Eso se quedaba corto. Quizá tendría que inventar un término que abarcase todo lo que era Gabriel McCleod. Esa lagartija desteñida británica me ponía de los nervios. Más aún cuando sospechaba que estaría encima de Bella. Que debía ser la única mujer de la empresa sobre la cual no se había abalanzado…solo porque no la conocía.
La mañana en que recibí el mentado memo anunciando su próxima e inminente llegada, también recibí una llamada de Emmett.
—¡Hola, cabrón!
—No estoy de humor ni para insultarte, Emmett. —le dije—Viene McCleoud.
Él, que había conocido al dichoso personaje hacía unos cuantos años atrás y estaba al tanto de mi animadversión por él, silbó entendiendo mi mal humor.
—Y yo que llamaba para reclamarte el hecho que no te acordaras de tu familia...en fin. ¿Cómo has estado? Apartando esa noticia de mierda, quiero que me des un tiempo antes de tener que escuchar tu “falta de amor” por el inglesito durante horas. —sus carcajadas estruendosas me sacaron de quicio pero preferí ignorarlas. Teníamos días que no hablábamos y no iba a ser desagradable con alguien que era algo así como el hermano que nunca tuve.
—También como la mierda. Ocupado hasta los dientes, trasnochado trabajando, haciendo de ente distractor para Esme, que ahora está viviendo conmigo…
—¡Detente ahí! ¿Qué hace ella contigo?
—¿Y tú qué crees? Se está separando de Carlisle.
—¡¿Tía Esme se separó de mi tío?! —basta decir que el desconcierto parecía haberle suprimido la capacidad de hablar en un tono decente, sus gritos estaban destrozando mi oído. Gracias al cielo estaba en la oficina solo porque opté por activar el altavoz para no quedarme sordo. Afuera de las paredes del espacio no podrían escuchar nada, pues estaban insonorizadas. Di gracias también por eso.
—Pues sí.
—El infierno se congeló, Putin ya no es un hijo de puta y los republicanos dejaron de ser unos estirados de mierda. No. No se van a divorciar. A tío Carlisle primero lo torturan por seis meses consecutivos con una tyser  y luego puede que acepte…Hmmm. No, ni así. Ese no deja esa mujer ni aunque lo maten.
Chasqueé la lengua recordando la noche de su conversación. Hasta donde sabía, ellos no habían vuelto a hablarse. Al menos eso creía yo.
—No sé, Emmett. Esta vez veo a mi madre demasiado decidida. Ya se hartó de su mierda.
—Edward. No seas idiota, viejo. Esme lo adora. Tú tranquilízate, eso solo es una etapa que atraviesan todas las parejas. —no pude evitar pensar en un niño al que lo calman cuando está preocupado. No quise discutirle más, porque tampoco tenía ganas de darle más detalles escabrosos acerca del punto de partida que los había llevado hasta allí.
—Mejor cambiemos de tema. Cuéntame en lo que andas ahora. ¿Qué tal va lo de Frankfurt? —necesitaba distraerlo cuanto antes.
—¿Cómo va ir? ¡Pues viento en popa! ¿Quién coño crees que es el puto ingeniero?
—Oh, cierto. Había olvidado que eras la más grande promesa de la NYU*. —resoplé. —Tu ego no debe caber por la puerta de tu oficina.
Se carcajeó con fuerza. Con ese descaro que era tan propio de él.
—Es una clase de suerte entonces que casi nunca tenga que estar en ella. Odio estar encerrado en una oficina. No sé cómo puedes hacerlo todos los días. Te admiro. —opinó con sinceridad. —Por cierto, este fin de semana iré a Berlín a ver el sitio del que me habló Carlisle. Si todo va bien aquí y si es bueno el lugar, será la próxima tienda.
—Algo de eso me habló hace unos días, pero para ser honestos; no he puesto demasiada atención en ello. La sucursal de Atlanta está en su peor momento, así que debo tomar medidas preventivas para evitar las drásticas. —comenté mientras seguía revolviendo el balance de ganancias y pérdidas de dicha tienda. —Y toda esta putada de visita de McCleod me tiene aún más presionado.
Emmett permaneció callado por un momento…y quizá hubiese sido mejor para todos. Pero eso no pasó.
—Disculpa que te lo diga, primo; pero creo que esta visita de Gabriel te tiene demasiado desencajado. Más de lo habitual. Sé que desde siempre te cae mal, y la verdad es que te entiendo porque es un bastardo presumido; pero nunca te había salido una úlcera solo porque él los visitara. —Emmett no era tonto. Era todo menos eso, y anexo a eso me conocía mejor que nadie más así que no pude esconderle lo que me ocurría.
—Es que…me preocupa Isabella…
—Así que sí era lo que pensaba.
Entonces perdí los nervios.
—¡Por supuesto! —de pronto tuve que ponerme de pie. —No entiendo por qué tengo este nerviosismo estúpido. Como temiendo que algo malo va a pasar. Y sé que no estoy con alguien como Tanya…pero en algún punto también me cegué por ella.
—Es comprensible en tu situación, Edward. Si yo hubiese pasado por eso, también tuviera mis dudas.
Miré el paisaje de Manhattan perdido entre los recuerdos de todo lo que habíamos pasado Isabella y yo hasta ese momento.
—¿Y si se echa para atrás y decide no mudarse?
El tono de mi primo fue de abierta conmoción, pero no en el buen sentido de la palabra.
—¡¿Le pediste que se mudara contigo?!
—Bueno…sí. —de pronto empecé a sentirme dudoso. Como si lo que había hecho era algo tonto por lo que debía explicaciones.
—Estás demente, Edward. En serio lo estás. —escuché con atención cada palabra de su reprimenda. —Me dices que estás pasando unos días de un humor de perros porque viene la puta de McCleod y ¿Aun así le pides a tu novia con la que apenas tienes unos meses que se vaya a vivir contigo?
Esperé en silencio a que dijera todo lo que pensaba y cuando estuve seguro de que no volvería a decir una palabra más hasta que yo no interviniera, fue que intenté defenderme.
—Tú no entiendes lo que siento por Isabella. —a riesgo de sonar como un marica y sufrir las burlas de él por ello, le expliqué —Ni siquiera con Tanya tenía este sentimiento de posesión. De necesidad.
—¡Eso no es una excusa! Bien puede ser una defensa a todo lo que has atravesado con tu fallido compromiso y ahora con tus padres ¿Has pensado lo mucho que puedes herir a esa chica; que según tú es excepcional; si después de vivir juntos un par de meses decides que ella siempre no es lo que quieres?
—Las relaciones representan un riesgo…
—¿Te estás escuchando, Edward? ¡Las relaciones no son una inversión que se puedan medir en porcentajes cuantificables!
            Irritado, tomé el teléfono y descargué mi frustración como mejor sabía hacerlo: a grito pelado.
—¡Joder, Emmett! Cualquiera diría que eres un experto en relaciones duraderas. No estás aquí, no la conoces a ella y definitivamente no deberías darme consejos de moralidad. Te amo, hermano. En serio que sí; pero no por eso voy a permitir que intervengas en mi vida personal. Te lo conté; aunque aparentemente fue un craso error; para descargar un poco de presión contigo, no para que me riñas como si fueses Carlisle.
            Respiraba entrecortado como si hubiese corrido una maratón a pesar de que estaba recargado sobre el escritorio.
—Edward, viejo. Eres mi hermano, nos criamos juntos. Te vi tocar fondo una vez y no quisiera hacerlo de nuevo. Fue duro para mí verte así sin poder hacer nada al respecto ¡Ni tan siquiera me dejaste partirle la cara a ese hijo de puta del departamento legal! —tomó un respiro audible y siguió con un claro tono conciliador. —No quiero que vuelvas a pasar por lo mismo. Tú mismo estás diciendo que con Isabella te sientes aún más posesivo que lo que pudiste haberlo sido con Tanya ¿Cómo crees que te puede sentar que lo suyo fracase? Dios, Edward; piensa bien lo que haces. No des pasos apresurados. El hecho que viva contigo no te asegura que no vaya a…
—¡No lo digas!
—…Serte infiel. Lo siento pero es así. ¿Acaso no tienes dudas con la llegada de Gabriel McCleod? ¿Qué crees que pueda decir eso?
            No tuve una respuesta para eso. De hecho, no tuve respuestas para muchas cosas durante varios episodios en los próximos días.
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—Siento que estoy hablando con una silla y la verdad es que me está comenzando a molestar. —estalló Bella una mañana. Pero siendo ella tan “ella”; o sea tan perfecta a su manera imperfecta; lo hizo en una calma total—Edward ¿Qué te ocurre? Puedes hablarme de ello.
            La miré atormentado. ¿Cómo podría decirle la verdad sin perderla por ello? ¡Maldita fuera esa llamada telefónica!
—Es solo trabajo, Bells. No es nada.
Se recostó a la silla del comedor donde desayunábamos esa tranquila mañana del sábado. El gesto de su cara denotaba preocupación e irritación a partes iguales. Sabía que estaba haciendo su mejor esfuerzo para no invadir mi espacio personal pero a leguas se veía que comenzaba a cansarse de esperar a que me abriese a ella.
—Ambos estamos hasta el tope de trabajo, pero nunca has sido de los que andan ausentes de su entorno por ello. Así que no me mientas.
Exhalé frustrado y clavé mi mirada en el plato. Para evitar hablar llené mi boca de comida. Aquel desayuno continental me sabía cómo a aserrín, pero la causa de ello distaba mucho de ser la sazón de Sue.
—¡Edward!
Suspiré cansado y a regañadientes le miré.
—Dime, Isabella.
Asombrada de que me atreviese a preguntarle aquello, preguntó:
—¿Qué te ocurre? Estoy aquí, tratando de que hables conmigo sobre lo que te preocupa y me mantienes apartada. No lo entiendo.
—No es nada que tenga que ver contigo. —le dije en un tono dulce tratando de tranquilizarla. Pero no podía mantenerle la mirada.
Se inclinó hacia delante, tomándome la mano entre las suyas para apretarla.
—Entonces, dime solo lo que puedas. Lo que quieras.
Pensé en decírselo, en serio que sí, pero al final no pude. Entre el temor de perderla y el que ella hiciera lo que Emmett había dicho, me sentía demasiado embotado.
—Lo siento, no puedo.
Me puse de pie para irme pero ella no me lo permitió. Se quedó viéndome a los ojos sin decir nada en absoluto. Su mirada pasó de la preocupación, a la confusión, luego al asombro y finalmente a la pena. Entonces supe que me había descubierto sin tan siquiera haber abierto la boca.
—Si no puedes decírmelo, es porque tiene que ver conmigo. Y lo único fuera de lo habitual que he hecho en estos días es planear mi mudanza para acá contigo—parecía estar hablando consigo misma pero no me soltaba el brazo. Cuando lo hizo, sonrió en una mueca desagradable llena de amarga comprensión. —Era eso ¿Cierto? Te arrepentiste de haberme pedido que me viniera a vivir contigo y no sabías como decírmelo. Increíble.
Di un paso hacia ella pero Bella retrocedió.
—No es que no quiera, te lo juro. Es solo que tuve de pronto estas malditas dudas que me están comiendo el cerebro…—tironeé mi pelo con frustración. Quería explicarme diciendo muchas cosas, pero a su vez temía que terminara de empeorar la situación ya de por sí complicada.
Asintió en silencio mientras me miraba con suspicacia.
—¿Por qué te surgieron esas dudas? ¿Cuándo?
Harto de darle vueltas a las cosas contesté sin buscar más subterfugios.
—Hace un par de días mientras hablaba con Emmett. Hablábamos sobre la llegada de McCleod y todo esto salió a colación…
—¿Qué tiene que ver Gabriel McCleod conmigo? —ni bien había terminado de hacer la pregunta cuando cayó en cuenta como si fuera la cosa más evidente del mundo. Quizá sí lo era en todo este embrollo—Crees que pueda hacerte lo mismo que Tanya. Oh por Dios. —bajó la mirada a sus pies.
Luego me dirigió una mirada húmeda pero se negó a derramar tan siquiera una lágrima en frente de mí.
Negó con la cabeza decepcionada y luego se fue a la recámara principal. Cobarde como me sentía, decidí darle su espacio. Temí que tomara una decisión drástica si la presionaba demasiado.
No pasó mucho tiempo cuando pasó por mi estudio, tocó la puerta con suavidad y se asomó dudosa. Decir que me sentí bajo era quedarse corto.
—Bella, aún puedes pasar sin necesidad de pedir permiso. Estás en tu…—pero no me dejó terminar de hablar. Pasó incómoda pero con determinación en los ojos, ya vestida para salir. Se me hizo un nudo en el estómago.
—No estoy en mi nada, Edward. Esa es la verdad.—se apretó el tabique nasal, respiró hondo y luego continuó. —Mira, no vine aquí a discutir. Solo a decirte que me voy a mi casa.
Fui a ponerme de pie pero ella me indicó con un gesto de su mano que no lo hiciera. Su cuerpo permanecía rígido, como si fuese un animalillo que esperaba el mejor momento para escapar de un depredador.
—No puedo quedarme aquí ahorita. No después de lo que acabamos de hablar. Necesito tomar aire, estar en un lugar neutral y poner mi cabeza en orden.
—Pe…pero nosotros no hemos…
Negó con la cabeza.
—No, Edward. No hemos terminado. Pero justo ahora necesito estar lo más lejos de ti que pueda, la verdad. No puedo mentirte diciendo que nada de esto me hirió.
—No era mi intención, Bella. —dije en un patético intento de excusarme.
—Lo sé. Pero no puedo evitar sentirme como me siento.
Quise llamarle a Embry para que la llevara a su casa pero al parecer no quería que nada que le recordara a mí se le acercara. Pasada una hora me envió un mensaje de texto diciéndome que estaba en su casa. Más cuando quise llamarla su teléfono me dirigió automáticamente al buzón de voz. Le dejé unos cuantos mensajes.
Luego me sumergí entre pilas de papeles con el presentimiento de que había cometido un error garrafal. Pero no tenía las fuerzas suficientes como para échame para atrás. Lo cual me asustó aún más.
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El domingo a mediodía una ojerosa Esme apareció en mi casa. Como había estado encerrado en el despacho el resto del sábado hasta pasadas las tres de la madrugada del día siguiente no me había podido percatar de que ella había salido.
Fui hacia ella preocupado de inmediato.
—¿Te sientes mal? ¿Dónde has estado?
Ella me abrazó y se quedó pegada a mi cuerpo suspirando cansada.
—Estuve con tu padre.
—¿Pasaste la noche con él? —me tomó con la guardia baja por completo su respuesta.
—La pasé en su casa, no con él. —puntualizó.
—¿Pasó algo?
—Se emborrachó anoche en su oficina. Tuve que ir a buscarlo.
Me aparté un poco para verla a los ojos.
—¿A qué hora fue eso? ¿Por qué no me dijiste nada?
—Estabas trabajando en tu despacho; además Isabella me pidió que no te lo dijera. —murmuró apenada de echarla de cabeza.
Sentí una furia instantánea recorriéndome las venas ¿Había llamado a mi madre tarde en la noche y fue incapaz tan siquiera de devolverme una de mis llamadas? Aparte que había pasado de mí en una situación como esa. Podía estar molesta, pero esto era un comportamiento totalmente infantil.
—Debiste haberlo hecho de todas maneras. —mi tono era glacial.
Suspiró largo para luego caminar hacia su cuarto. La seguí de cerca.
—¿Cómo está él? —no me molesté en disimular lo huraño que me sentía.
—¿Ahorita? Durmiendo. Cuando se levante es que va a tener una resaca de campeonato. Dejé todo dispuesto para cuando se despierte. Zafrina se encargará de él una vez lo haga.
Asentí y sin decir más nada me dirigí a la puerta, justo entonces me volví:
—¿Y tú cómo te sientes?
Sus ojos se volvieron acuosos y sus labios temblaron.
—Cómo él ayer, destrozada emocionalmente. —entonces se soltó a llorar muy afectada, y por muy molesto que me sintiera con ella por no haberme tomado en cuenta tuve que ir a consolarla. Lloró en mi regazo hasta quedarse dormida. Incluso entonces fui incapaz de apartarme de ella durante un buen rato. Sin embargo Lizzy demandaba atenciones y ya bastaba con que Sue se hubiese encargado de ella la noche anterior junto con mi madre. Hoy yo me encargaría de dos de las mujeres de mi vida. La otra, por ahora me debía una explicación.
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Era lunes por la mañana…
—Hola, Rosalie ¿Llegó Carlisle?
—Hola, Edward. Sí, llegó muy temprano hoy. Incluso antes que yo. —eso era decir mucho, ya que Rose era la persona más puntual que conocía. Continuó explicándole como llevaba el orden como asistente personal de mi padre. Saldría de vacaciones la semana próxima y debía dejar a alguien plenamente facultado para eso. La amable chica se sonrojó al verme, más no se distrajo más de las explicaciones que la diligente rubia le estaba dando.
Di dos toques en la puerta y entré sin esperar autorización. Carlisle estaba sentado en su anatómica silla de cuero negro imperial vestido como de costumbre con uno de sus impecables trajes, pero con la mirada clavada un portarretrato de marco de plata.
Al verme recompuso el gesto y pretendió que no pasaba nada.
—Buen día, Edward.
—Buen día ¿Cómo te sientes? —pregunté.
—¿De qué?
—No te hagas el desentendido. Sabes muy bien de lo que hablo. Estuviste ebrio aquí mismo hace menos de dos días.
Carlisle se puso de pie con su elegancia habitual. Se abrochó un botón de su chaqueta y miró por el ventanal, dándome la espalda.
—Estoy bien. —dijo tajante para que no le preguntara más nada, pero ahora sería yo quien se hiciera el desentendido de ello.
—Si lo estuvieras, no hubieses estado bebiendo hasta tales niveles y mucho menos en tu propia empresa ¡Te podría haber visto alguien! Si hubiese sido un inescrupuloso se lo podría haber vendido a alguna revista sensacionalista o haberte chantajeado con hacerlo.
—Pero no pasó eso, así que cálmate. —espetó cortante. ¿Cómo podía ser tan frío? La situación con mi madre se lo estaba comiendo vivo, no consideraba a nadie un amigo como para hablarle de aquello y ahí estaba ante mí; fingiendo que todo estaba bien. Como si lo que había pasado la otra noche hubiese sido un simple desliz.
Pasé mi pulgar por mis labios con frustración.
—Ok. No quieres hablar de nada, lo entiendo. —alcé las manos en signo de rendición —Pero te recomiendo que lo hagas con alguien más. Un psicólogo no te vendría nada mal a estas alturas…creo que a ninguno de nosotros en realidad. A él puedes pagarle por su silencio y demandarle, si lo viola. Podrías controlarlo todo con él como si fuese un negocio. Aunque con mamá te va ser más difícil—respingó cuando escuchó que la nombraba, así que continué. —puede que incluso siga con su vida y tú te quedes atrás de ella. Como un capítulo pasado. Piénsalo.
Salí de allí con la sensación de que había hecho más daño que otra cosa, pero si algo sabía sobre Carlisle Cullen es que había que hacerle reaccionar con medidas extremas a veces. Esta era una de ellas.
Ahora tenía una conversación con Isabella Swan. Y no sería bonita tampoco.
o.o.o.o.o.o.o.o.o
Angela, la asistente personal de Isabella me saludó con una tensa sonrisa en su rostro.
—Buenos días, señor Cullen. Isabella está reunida con…
—Buenos días, Angela. —no di más explicaciones y entré en su oficina sin tocar siquiera. Bella se sorprendió un poco por el ruido de la puerta pero al ver que era yo hizo un gesto como si estuviese perfectamente acostumbrada. Siguió mirando unas muestras que tanto Chenney como Newton sostenían. Estos al verme me saludaron de inmediato y se pararon un tanto rígidos. Despedí a ambos del lugar en un tono amable pero que no admitía réplica. Aun así Bella estaba que echaba chispas por los ojos.
—¡Estaba en medio de una junta de trabajo! Angela debió habértelo dicho…
—Lo hizo. —le interrumpí. —Pero tengo algo importante que hablar contigo.
Se cruzó de brazos y se recargó en su escritorio cruzando sus piernas de forma sutil, tanto como se lo permitía esa estrecha falda de tubo que tanto me gustaba como le quedaba...me obligué a centrarme.
—No pongas esa cara. Solo les pedí unos minutos. Además, les dije que  Angela se encargaría de avisarles. Relájate.
—Sé lo que dirás. —no me pasó desapercibida su irritación pero traté de no tenérselo en cuenta, al fin y al cabo yo también había metido la pata hasta el fondo con ella.
—Y aun así te lo preguntaré en voz alta ¿Por qué diablos no me llamaste esa noche? Sé que no estamos en el mejor de los momentos, pero ¿Pasar así de mí en algo tan importante? En serio, Isabella, eso no fue nada maduro de tu parte.
Su primera reacción fue colocarse en una pose altiva, aunque luego pareció pensárselo mejor y mostrarse arrepentida.
—Discúlpame, tienes razón. Eso fue muy infantil de mi parte, e innecesario también. —una de sus manos apretaba a la otra con nerviosismo. Parecía tan vulnerable allí frente a mí, como si temiera que fuese a emprenderla a gritos contra ella. Exhalé con fuerza, extenuado de sentirme lejos de ella por lo que me acerqué hasta rozarla levemente con mi cuerpo. Toqué su mejilla con sumo cuidado, pidiéndole perdón con esa caricia. Perdón por no estar a su altura, por no ser el hombre que merecía tener a su lado; pero por encima de todo; perdón porque a pesar de saber todo lo anterior la necesitaba conmigo de una manera casi absurda y a la que me negaba a renunciar.
—No quiero estar haciéndonos daño a cada momento. —susurré muy pegado a su rostro.
Sus ojos tristes se volvieron hacia mí dejándome deshecho por dentro.
—Tampoco yo. —suspiró —No quiero que vivamos en una montaña rusa emocional. No puedo lidiar con eso. —admitió.
—Disculpa cómo me comporté el sábado…
—Shhh —colocó sus dedos sobre mis labios haciéndome callar. —No puedes temer decirme sobre algo que te incomode que tenga que ver con nosotros. Eso es algo que comprendí ayer.
—¿Entonces por qué el resquemor de ahorita?
Esa mujer tenía un poder único de confundirme, fascinarme, descolocarme e irritarme a partes iguales.
Batió su cabellera chocolate brillante y larga con presunción, como si fuese una especie de diosa pagana que esperaba ser adorada.
—Porque tengo amor propio y me golpeaste directo en él. No, no, déjame hablar. Precisamente por eso es que no había aceptado a irme a vivir contigo; y creo que hice mal en tomar la decisión por un impulso protector hacia ti. No necesitas que te proteja, solo que te quiera y apoye —suspiré aliviado por su comprensión —. Y eso haré de ahora en adelante; pero desde mi departamento. —de pronto reconocí un gesto de determinación en su rostro que hizo que me temblaran un poco las rodillas —Por lo que he decidido que si quieres que subamos un peldaño de compromiso más en esta relación, vas tener que ser capaz de expresarme tus sentimientos.
Entrecerré los ojos ¿Me estaba manipulando?
—¿Te refieres a que te diga que te amo y todas esas cosas? —estaba totalmente perplejo.
—Con el te amo es más que suficiente. No pienso estar comiéndome la cabeza tratando de adivinar lo que sientes por mí ¿Me quieres? ¿Me deseas? ¿Me amas? Bien. Puedes decírmelo. Solo entonces yo voy a dar un paso hacia delante. No volveré a pasar por lo del sábado.
—Son tus condiciones. —no era una pregunta, aun así respondió.
—Son mis condiciones.
Asentí.
—Bien. Las acepto. —me incliné hacia su teléfono y marqué un botón. —Angela, nadie pasa a esta oficina hasta que no haya terminado la junta que tengo con la señorita Swan ¿Entendido?
—Sí, señor Cullen.
—Ni siquiera usted por una emergencia. Absolutamente nadie.
—Entendido, señor. —le di las gracias y tranqué.
Bella me miró recelosa, pero no le di demasiado tiempo para que pensara nada más.
La tomé por los glúteos con fuerza hasta que sus piernas se cerraron en torno a mis caderas. Los ojos se le nublaron automáticamente con lujuria, lo que logró que mi miembro ya dispuesto se inflamara más. Caminé hasta su sofá y la dejé abierta de piernas sobre mi regazo.
—¿Quieres que te diga lo que pienso? Pues aquí lo tienes. Te deseo. Te deseo. Te deseo, Isabella Swan, me quemo por ti. Y ambos vamos a arder en este infierno. —toqué sus pechos sin pudor ninguno a través de su sencilla camisa de algodón fino color lapislázuli, el fino brassier no pudo hacer nada para esconder la evidente erección de sus pezones tras sus copas.
La atraje por la nuca tomándola de cualquier manera porque no estaba de humor para delicadezas y devoré sus labios con frenesí. Mordió mi labio inferior arrancándome un gruñido, haciéndome perder el escaso control que me quedaba hasta ese momento. Nunca su falda me había parecido un incordio hasta ese momento en que intenté quitársela. Tuve que levantarla, abrir el cierre, bajarla de un solo tirón con sus bragas. Más no volví a sentarme. Al contrario. La dejé de rodillas en su sofá conmigo pegado a su trasero ahora gloriosamente desnudo. Solté el cinturón, bajé la cremallera y desabroché el botón, un tirón a los bóxers y luego estaba introduciéndome en ella sin dilación ninguna.
Suspiró con fuerza mi nombre y algo inteligible, más no estaba por la labor de escuchar lo que decía. Estaba aferrado a sus caderas embistiendo en su interior como si hubiesen pasado semanas desde que no tocaba ese lugar caliente y húmedo que se había convertido en mi favorito desde que lo había conocido. Mis manos viajaron por el interior de su camiseta hasta sus pechos con lascivia. No había nada romántico en este encuentro. Todo era muy húmedo, erótico y adictivo. Besé sus labios como pude por encima de sus hombros pero no por demasiado tiempo. Necesitaba seguir moviéndome dentro de ella, era como si mi parte pensante hubiese quedado anulada por completo por mi deseo por esa mujer.
Y así era.
Sus convulsiones internas comenzaron a la par que sus glúteos resonaban con fuerza contra los míos. Buscaba su desahogo y yo estaba más que deseoso de dárselo, así que la embestí con mayor rudeza y cuando ella mordió el sofá para acallar sus gritos, yo la seguí.
Amé nuestras descaradas respiraciones desacompasadas. Ella gemía como si le doliese algo pero sus caricias internas me decían que no tenía de que preocuparme.
—Aca…acabamos…acabamos de violar…el reglamento de…conducta. Piénsalo. —musitó con un rastro de diversión en su tono.
Acerqué a mis labios a su oído.
—Una violación más…no supondrá diferencia…alguna. —salí de ella y para su sorpresa la giré entre mis brazos hasta acostarla en el sofá.
Volví a introducirme en su interior, con ímpetu.
—¡Edward! —echó su cabeza hacia atrás mientras gemía mi nombre. Me sentía poderoso y pleno mientras la veía disfrutar así.
—Hay algo que amo de ti… —embestí con fuerza de nuevo pero esta vez iba a hacérselo tan lento como lo aguantáramos ambos. Seguí hablando contra su cuello. —Como pronuncias mi nombre cuando te excitas. —levanté su blusa para besar la curvatura de sus ahora inflamados senos. —Como gimes mi nombre cuando estoy dentro de ti. —lamí un pezón con parsimonia. Como un felino mimoso. —Cuando te abrazas a mí cuando te corres. —lamí el otro. —Cómo te desesperas y te entregas a los orgasmos. —subí hasta sus labios para lamerlos también antes de besarla. —Pero por encima de todo… —mordí su labio inferior. —amo cómo me sonríes cuando te hago sentir plena.
Abrió sus ojos y me sonrió…sí, de esa manera que me volvía loco y posesivo de ella. Como si para ella no existiera otro hombre a parte de mí.
—Justo así, Bella. Justo así. —seguí montándola con lentitud pero con fuerza, tratando de que me sintiera lo más profundo que pudiera. Explorando así esa sexualidad que la hacía florecer como una especie de afrodita terrenal.
Sus uñas se clavaron en mi trasero impeliéndome a moverme más rápido, y deseoso como estaba de ella, le di lo que ambos necesitábamos. Recargué el peso sobre mis codos y aceleré el ritmo causando que la silenciosa oficina se llenara de una cadencia agotadora, mojada y muy placentera. Cuando llegó por segunda vez, lo hizo en una profunda inhalación; casi como si se ahogara. Con el ceño fruncido y su garganta tensa por el esfuerzo. En cambio yo me corrí bombeando dentro de ella como un pistón mientras murmuraba en su oído lo mucho que la necesitaba.
Y era cierto; nunca había necesitado tanto de alguien como lo hacía de Isabella Marie Swan. Mi ex asistente. Mi colega de trabajo. Mi más inesperado apoyo.
Mi perdición personal. Mi ruina.
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Las cosas desde ese día se habían mantenido prácticamente normal, solo que Bella no se quedaba tan seguido en mi casa como yo quería, pero decidí respetar su independencia y su espacio. Ella tenía razón cuando esperaba que yo me aclarara del todo con ella, sin embargo aún no sabía muy bien cómo hacerlo sin sufrir un ataque de pánico. Así que cada uno seguía en su respectivo lugar. Algunas veces ella pasaba la noche en mi departamento, otras las pasaba yo en el suyo. Pero más iba yo hacia el de ella, puesto que se negaba a dejar a los pequeños gatitos huérfanos sin vigilancia por mucho tiempo. Esme se empeñó en el blanco; le pareció gracioso y tierno su estrabismo. Cuando Bella los llevó a mi departamento para que ella escogiera, no tardó nada en elegirlo. Rosalie por su parte se enamoró, a través de una foto que le enseñé, de la hembrita blanca moteada con color caramelo; pero como iba a viajar próximamente le ofrecí a quedarme con ella hasta entonces. Isabella por su parte estaba terriblemente enamorada del pequeño de color negro, era más peludo que sus dos hermanos y más travieso también; pero amaba estar sobre sus piernas y escurrirse en su cama cada que podía.
Pero Esme y su nuevo acompañante no se quedarían mucho en mi casa, a pesar de mis protestas. Mamá insistió e insistió en que quería su lugar y cuando estaba buscándole agentes inmobiliarios, me sorprendió avisándome que había encontrado algo y que quería que fuera con ella a darle el visto bueno. Acepté un poco mal humorado la verdad.
Resulta que el nuevo lugar no estaba sino a dos calles y medias de mi casa, lo cual me pareció positivo pero me lo callé. El departamento era penthouse hermoso y amplio de la preguerra que tenía un estilo lujoso y práctico a la vez. Mientras que veía las puertas de acceso al balcón con forma de arcos no pude evitar recordar a Bella con sus amadas películas de Sex and the City. Parecía el que la protagonista había elegido para cuando se casara…aquí era al revés todo. Esme dejaba su preciosa y ostentosa casa en los Hamptons para comenzar una nueva vida sin mi padre. La notaba determinada y aunque era innegable que le encantaba el lugar, en sus ojos había una indiscutible nostalgia que por más que tratara no podía ocultar.
—¿Qué te parece? —preguntó después que el agente nos había concedido un momento a solas después de enseñarnos todo el sitio.
—Está hermoso, la verdad. Y me gusta que quede tan cerca de mi casa.
Ella sonrió emocionada.
—Voy cuadrar los detalles de la compra con… —la tomé del brazo con delicadeza.
—Deja que hable yo con ella, puede que consiga un mejor precio para ti. —Le guiñé un ojo antes de acercarme a la mujer de unos aparentes cuarenta años.
Pasado un rato y con un par de miles de dólares menos me acerqué a mi madre por la espalda y le di un beso en la sien.
—Todo arreglado. —ella me miró con los ojos brillantes.
—¿Conseguiste un mejor precio?
—Uno inmejorable. Así que antes de que alguien te lo arrebatara… —puse en frente de ella el juego de llaves. —Es mi regalo para ti. Para esta nueva etapa.
Me miró horrorizada.
—¡¿Por qué pagaste tú?! No me parece…
—Ve el lado positivo, ahora solo tienes que gastar en la decoración. Y conociéndote, no será poco.
Lloró un poco. Luego me agradeció y me dio un beso en la mejilla.
Mientras que mi madre no paraba de combinar colores y telas, yo me mantuve pendiente de la situación en Atlanta. Habíamos tenido que cambiar de Gerente de tienda, mover un poco el personal y contratar un par de personas. Y como no estaba de humor para dejar pasar más errores, decidí enviar a mi gerente de tiendas general para que supervisara los cambios y me avisara si ocurría alguna novedad.
Bella en cambio estaba emocionada y estresada a partes iguales con la campaña de verano. Estaba muy críptica sobre lo que quería hacer, ni siquiera lo hablaba conmigo, pero la dejé hacer. Pero no solo tuvo que ocuparse de la estrategia publicitaria, sino que una tarde; cuando planeábamos almorzar; la encontré hablando acerca de algo que no me hizo muy feliz.
Cansado de esperarla en mi oficina, pasé por la de ella para saber el porqué de que estuviera retrasada. Isabella era sumamente puntual.
—¿Qué haces, Bella? —pregunté curioso al encontrarle tan ensimismada entre la conversación unas notas que estaba tomando. Con un gesto de la mano me indicó que esperara.
—Muchísimas gracias, señor Gómez. No, el placer es todo mío. Que pase buenas tardes, usted también. —colgó la llamada.
Estaba confundido.
—¿Qué pasa con el gerente de recursos humanos?
—No pasa nada, mi querido cavernícola. Es solo que mañana llega el señor McCleoud.
—Ajá ¿Y?
—Que alguien tiene que ir al recogerlo al aeropuerto.
—Pues que se venga a pie desde el JFK. O mejor aún…contratemos a un ex convicto de máxima peligrosidad. —una sonrisa maliciosa se colgó en mis labios al imaginarme las posibles conclusiones que arrojarían mis proposiciones.
Jummm…quizá debería hacerle una llamada de regreso a Gómez.
En mi fuero interno disfrutaba como un chiquillo que sabe que ha cometido una trastada, mientras que Bella rodaba los ojos como si pidiera paciencia para la semana que se nos avecinaba. Y no me extrañaba, tendría que lidiar con ese maldito Don Juan y conmigo.
—Ajá. Ahora quiero saber por qué Gómez te llama para decirte todo eso.
Ella me miró como si estuviera a dos segundos de llamarme la atención por necio.
—Edward, alguien tiene que ir a buscarlo. De la directiva, nadie puede. Incluido tu padre. Tu mamá está en plena mudanza, y no confío en que estés en un auto con ese pobre hombre a solas. Capaz lo degollas y dices que llegó desde Londres.
Bufé por la nariz como un toro.
—No sería mala idea.
Ella rodeó el escritorio, tomó su chaqueta y su bolsa del perchero, luego tomó mi mano con fuerza, me besó en los labios fugazmente y tiró de mí.
—Vamos, cavernícola celópata.
—Es que si se atreve a rondarte…
—Si…si…lo vas a matar. Ya me lo sé de memoria.
Seguí murmurando el resto del camino sin importarme si parecía un niño malcriado, eso solo podía permitírmelo con Bella. Ella tenía la paciencia para aguantar mis berrinches o reírse de ellos.
—¿Qué pasa con Edward? Está un poco raro en estos días. —escuché murmurar a Angela justo cuando estaba por llegar a los ascensores. Bella se había detenido a darle directrices mientras salíamos a almorzar.
—No le pasa nada, Ang. Al menos no le pasará nada, si consigue que Sweeney Todd venga a afeitar a McCleoud antes de que se vaya. —suspiró con cansancio, en cambio su asistente prorrumpió en risitas.
—Y cuando tú le conozcas en persona, vas a entender por qué es que cuando Gabriel aparece las feromonas se disparan. —le guiñó un ojo y siguió en lo suyo.
Cerré los ojos rezando por paciencia, la iba a necesitar muy a menudo a partir del día siguiente. Un temor desagradable se alojó en la boca de mi estómago a partir de entonces. Ni siquiera se alejó cuando apretó mi mano de nuevo. Tenía que conseguir una forma en la que ellos dos no coincidieran demasiado; sí sería jugar sucio y sí estaba inseguro; pero estaba más que dispuesto a mandar a la mierda a la moralidad. Hay veces en las que debemos tragarnos la caballerosidad si queremos conseguir algo.
Y este era el momento propicio.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
Bella POV:
Aún no me acostumbraba a los efectos post-cena de celebración del evento benéfico. Edward y yo habíamos sido fotografiados juntos, lo que despertó la curiosidad de ciertas revistas. Aunque suponía que para ellos debía ser aburridísima la tarea de seguir a alguien tan normal como yo. Sin más dinero que el de mi salario y mis ahorros, sin un pasado sórdido y atormentado que estuviese repleto de cauciones de alejamientos u otras denuncias. Salía a hacer compras cada cierto tiempo que podía permitírmelo y no me codeaba con nadie de la aristocracia. Excepto por Edward, así que por ello no me extrañaba voltear y encontrarme a uno o dos fotógrafos a las afueras de mi casa o de la de él, esperando por algún evento que mereciera una nota en esas revistas detestables de chismes. Reconozco que la primera vez que noté que alguien me seguía a mi casa, tuve un susto de muerte. Hasta que noté la Nikon que guindaba en una de sus manos. Hablé con Edward, quien a su vez con solo una llamada; movilizó a un equipo de informantes que en menos de hora ya le habían dado parte de quién era, para quien trabajaba y donde vivía, si tenía historial criminal o no. Se puso histérico al saber que era un paparazzi y estuvo a punto de utilizar sus influencias para hacer una denuncia por acoso; pero lo detuve.
—Si llevas esto a instancias legales, él no podrá apostillarse a la puerta de mi edificio. Pero otros sí, y donde antes hubiesen sido uno o dos ahora serán cinco o diez que querrán saber por qué la que sale con el heredero Cullen la está emprendiendo contra ellos. —le dije una noche que pasaba en su departamento. Estábamos acurrucados en el sofá de su despacho. Acaricié su cara con mimo. Me encantaba ver esta vena protectora en él pero no por ello iba a dejar que cometiera errores. Le quise quitar el hierro al asunto para evitar que le comenzara una migraña. Ya se le estaba pronunciando la vena de la frente. —Y no creo que quieras aburrir a tantas personas con mi tediosa normalidad ¿Cierto?
Se apretó el puente de la nariz antes de apretarme entre sus brazos y murmurar sobre mi cabeza.
—No quiero volver a pasar por esto. Y mucho menos que tú vivas lo que Tanya tuvo que hacerle frente cuando estuvimos juntos. —con su barbilla rozó mi cabello una y otra vez.
—Si los ignoramos no tendremos nada de qué preocuparnos. Cuando vean que no hay nada interesante, se cansarán y se irán.
Accedió a regañadientes, pero desde ese día vigilaba de cerca a los que pululaban por mi calle. Propuso colocarme un guardaespaldas, pero me negué rotundamente; y cuando quiso imponerse lo amenacé con mandarlo al demonio si no respetaba mi voluntad.
Debida a esa indeseada atención es que tuve que proceder con suma discreción con el episodio con Carlisle.
Una llamada de Angela me hizo tener que devolverme a la oficina para buscar un oficio que había llegado a último momento de parte de nuestros patrocinantes, cuando llegué a la planta principal, noté que en el piso de presidencia había luz; pero eran pasadas las diez de la noche. Me tomó por sorpresa que Carlisle pudiese estar trabajando hasta tan tarde, cuando él tenía una agenda estricta sobre cómo se llevaban sus  días. Desde su infarto trataba de llevar un estilo de vida equilibrado y sano,  aunque en lo personal se le estuviese desbaratando el mundo.
Saludé al vigilante de turno y subí hasta mi oficina. Y lo que pensaba que me tomaría no más de veinte minutos como mucho, terminó durando una hora y veinte minutos. Cuando salí, cansada más emocionalmente que física; por la conversación temprana con Edward; iba a dirigirme a mi casa para acurrucarme en mi cama. Pero cuando estuve a punto de marcar la planta del lobby, sentí una fuerte corazonada que me impelía a averiguar quién estaba en la oficina presidencial a estas horas. Una alerta se encendió en mi cabeza apenas salí del ascensor. Escuché el sonido de vidrios quebrándose además que la puerta de la oficina estaba entrecerrada. Por medio de la rendija que permitía que la luz se colara para el pasillo, me asomé hacia dentro con discreción y lo que vi me partió el alma.
Carlisle daba tumbos por su oficina completamente ebrio. No fue capaz siquiera de sentarse en su silla, sino que terminó aterrizando en el piso con un fuerte golpe. Fue entonces cuando entré a ayudarle.
Tenía los ojos rojos y apestaba a whiskey barato, su cara mostraba rastros secos de churretones de lágrimas y claramente no se había rasurado esa mañana. Su impecable traje Zegna se encontraba todo arrugado y en algunas partes sucio, como si se hubiese caído en numerosas ocasiones. Entonces no pude evitar pensar en lo soberbios que podíamos llegar a ser los seres humanos, amamos sentirnos los dueños y señores de la verdad absoluta. Saber el qué, cómo, cuándo y dónde de lo que nos hará felices, e ignoramos todos los detalles que nos rodean que podrían hacernos mejores. Por el contrario, en el transcurso nos amargamos si no conseguimos lo esperado. Ante mí tenía a las pruebas vivientes de dicha creencia; aunque faltaba la señora Esme en físico, estaba más que presente en ese despecho monumental. Incluso, yo misma era una de ellas. Pero me gustaba pensar que no me estancaba en las etapas dolorosas de mi pasado, solo seguía adelante. Era lo que me permitía disfrutar de los momentos de felicidad que se me presentaban delante.
—¿Señor Carlisle? —me apresuré a tratar de ponerlo en pie.
No podía siquiera ponerse en pie, así que tuve que tomarle por la cintura y halar hacia arriba. Pero no pude. Si algo tenían tanto el padre como el hijo en común era la altura y los gestos al hablar, por lo que no pude con ese metro ochenta y cinco que yacía explayado en el suelo y que no podía hilar ni una sola frase coherente. Sabía que no iba a poder ponerlo en pie y que definitivamente no podía sacarlo en ese estado por la puerta principal, tendría que llamar a Sam; que era su chofer personal y a su vez cumplía funciones de seguridad. Supuse que lo había mandado a su casa, ya que no lo veía alrededor ni tampoco estaba abajo esperando por él. Me vi obligada a llamar a Esme cuando eran casi las once de la noche.
No pasaron ni quince minutos cuando Esme atravesó la puerta vestida con unos vaqueros, una franela y unos tenis. Nunca la había visto más informal ni preocupada. No llevaba una gota de maquillaje y aun así se veía hermosa, pero ese dolor que tenía encima le amargaba las facciones. Entre las dos pudimos levantarlo del suelo pero no sin darnos unos cuantos golpes en el intento. Cinco minutos después llegó Sam.
—Sabía que no debía irme. —dijo apenas entró y lo vio recargado en la silla de cualquier manera. No dejaba de revolverse ni de repetir el nombre Esme. Y ella estaba a punto de quebrarse emocionalmente. Se veía a leguas.
—¿Por qué lo hiciste entonces? —le reprochó ella.
Él le dirigió una sonrisa cansada que no tenía nada de divertida.
—Porque usted debe de saber, señor Cullen, que cuando él da una orden espera ser obedecido. —sentí el impacto de sus palabras como una verdad ineludible. Así mismo era Edward. Esperaba que no fuese un presagio.
Él se colocó el brazo de Carlisle por encima de su hombro y alzó con su peso sin ningún problema aparente. Esme y yo íbamos detrás de ellos en silencio. Sam lo colocó en el asiento trasero y su esposa se sentó a su lado. Yo acompañé a Sam en la parte anterior del vehículo. Me dejaron en mi casa primero, pero supe que Esme se iría con él a su antigua residencia en los East Hamptons. Cuando me bajé me dirigí a la ventanilla de ella.
—Si necesita algo, Esme, no dude en llamarme. —¿Qué más se le podía decir a una mujer cuyo esposo yacía ebrio en sus piernas, muerto de despecho por haberla perdido por hacerle tanto daño? Ignoraba que demandaba el manual de modales en estos casos.
Ella me agradeció mucho lo que había hecho y se fue. Con el corazón roto.
Miré hacia ambos lados de mi calle y no pude evitar sonreír con malicia.
—Esta hubiese sido una nota interesante, cuervo. —me mofé pensando en esos hombres hambrientos de una desgracia ajena con la cual lucrarse.
o.o.o.o.o.o.o.o.o
Maldije el día en que tuve que dejar de hacer mis cosas por ir a buscar a Gabriel McCleod. Para colmo de males, Edward estaba de malas pulgas lo cual no supuso un aliciente positivo. Así que allí estaba, en el J. F. Kennedy, esperando que la pizarra digital o la voz en los parlantes me indicasen que el vuelo proveniente de Londres ya había aterrizado. Me dirigí a la zona de espera en la que había señal libre de internet, conecté mi tablet y seguí con mi trabajo lo máximo que pude. Y me ensimismé tanto que no escuché cuando dijeron que ya había aterrizado.
No fue sino hasta que escuché el ringtone de mi teléfono que salí de mi concentración. El número me era desconocido.
—¿Señorita Isabella Swan? —el inconfundible acento inglés me indicó quién era.
—Buen día, señor McCleod. Estoy esperando por usted… —me puse en pie pero en ese momento un hombre altísimo me barró el paso. Sorprendida me quedé con el teléfono en el oído aun cuando él guardó el suyo en el bolsillo.
—Esperaba que la señorita Swan viniera por mí —sonrió con descaro. Yo tragué grueso —. Lo que no me esperaba, es que fuese tan abrumadoramente hermosa.
Era alto, altísimo. Debía medir uno con noventa y cinco o dos metros. Su cabello era de un rubio platinado brillante, lo llevaba recogido en un man-bun con unos mechones rebeldes que le caían a los lados de cara enmarcando sus rasgos. Iba vestido con una sencilla camiseta gris, botas militares; y dentro de ellas iban sus vaqueros negros. Arrastraba una modesta maleta que no tenía ningún signo de marca reconocida a la vista. Con esa estampa resultaba difícil creer que estaba ante uno de los hombres más ricos de Inglaterra.
Pero nada de eso me impresionó tanto como su mirada. Unos ojos verdes con motas amarillas, con rasgos felinos y con una profundidad que invadía tu espacio personal, aunque pelease por resistirse.
—Gabriel McCleod. —tendió una mano hacia mí y sus labios naturalmente rosados enmarcaron unos dientes perfectos y blancos.
Recordé entonces las palabras de Angela. Ahora entendía lo de las feromonas.

*New York University.Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
Primero que nada, mil, dos mil y tres mil disculpas por este año y un mes de abandono (Con esta historia, al menos. Con CDC es unos cuantos meses). No quiero entrar en detalles pero digamos que fue un descanso forzoso lleno de altibajos emocionales, bloqueos totales y emprendimiento de nuevos proyectos. Aun así muchas de ustedes siguieron esperando por mi historia, escribiéndome mensajes privados de preocupación y otros de ánimo. Gracias a todas las que lo hicieron.
Bueno…ya estamos aquí y espero no tener que ausentarme tanto como esta vez. De hecho les tengo en camino un alterno de Tirano desde la perspectiva de Carlisle, que subiré lo más pronto posible.
De nuevo, gracias y mil gracias por leer y releer mis historias.
Suya…

*Marie K. Matthew*



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