CORAZÓN DE CRISTAL
Capítulo Décimo Quinto:
“Ocaso”
Emmett POV:
Ben
Cheney, un abogado recién recibido, trabajaba conmigo desde hacía seis meses
aproximadamente. El chico era tímido pero agradable; además, aprendía con
rapidez, por lo cual ahora era como una especie de pupilo para mí. Junto con
Lauren Mallory; quien se desempeñaba como mi asistente. Juntos, eran mi staff
de trabajo ideal: sin demasiadas personas o egos con qué lidiar; una relación
respetuosa en todos los sentidos y sumamente eficientes trabajando en grupo o
individualmente.
Los
tenía ahora frente a mí en mi oficina. Estaban al otro lado de mi escritorio
muy abarrotado de papeles. Una, al pendiente de cualquier detalle de “última
hora” que me obligase a cambiar, sustituir, eliminar o crear algo en mi agenda
de trabajo. El otro, se ajustaba las gafas con cansancio; se notaba a leguas
que se había desvelado leyendo y yo sabía muy bien que no había sido algún
libro por mero placer, Ben era así de responsable en cuanto a lo que su trabajo
se refería.
—Cullen,
tenemos un problema con este caso —puso delante de mí una carpeta de manila en
la que la etiqueta decía Eric Yorkie. Rodé los ojos con fastidio.
—¿Ahora
que hizo el maldito mocoso malcriado?
—No
sé si conoces a Tyler Crowley, mi amigo del departamento de policía de Forks —asentí—.
Bien, pues como él sabe que estamos trabajando con este chico me hizo llegar a
primera hora de la mañana lo que son, sin duda alguna, agravantes para su caso.
Parece que nuestro amigo pasó un fin de semana muy animado cerca del museo maderero
de la ciudad, en casa de un amigo suyo. Le detuvieron por conducir en estado de
ebriedad y por posesión de drogas ilegales.
Golpeé
el escritorio con mi puño en un arrebato rabioso. Ya ese maldito caso me traía
hasta el gorro.
—¡¿Pero
será imbécil ese crío?! ¡¿Sigue detenido?! —menuda mañana de lunes estaba
teniendo.
Cheney
negó sin abrir los labios.
—Eso
quiere decir que le impusieron una fianza; que por supuesto debió haber sido
cancelada por su muy protectora mamasita. La cual por cierto… ¡No me avisó en
lo absoluto! —miré a Lauren— Haz el favor de llamar a su madre con carácter de
urgencia. Y cuando digo urgente me refiero a “lo dejaré podrirse en una
correccional hasta que cumpla los dieciocho” —mi asistente salió de allí de
inmediato sin replicar.
Ben
me observó por encima de las gafas.
—¿Qué
piensas hacer, Cullen?
—Lo
único racional que resta en esta situación, Cheney —me froté los ojos con
extenuación ¿Acaso algo podía ir bien por primera vez en días? Suspiré
derrotado cuando recordé la situación por la que estábamos atravesando en casa,
en estos precisos momentos. Tenía ganas
de mandar todo a la mismísima…
—Emmett,
ya vienen para acá —apuntó Lauren desde la puerta.
Al
menos había “alguien” a quien sí enviaría derechito a la mierda sin
remordimiento alguno. Pasados unos minutos me dedique a revisar algunos casos
de urgencia y pedirle a Lauren que trajera algunos cafés. Necesitaba estar muy
al pendiente y no dejar que nada se me escapara. Justo diez minutos después
aparecieron en mi oficina.
Con
los Yorkie en frente: la madre sobreprotectora y alcahueta sempiterna, el padre
sometido y casi castrado por la esposa, y para cerrar con broche de oro tenía
al angelito…al cual yo por cierto tenía la desgracia de representar; comencé a
decirles lo que debía hacía mucho tiempo atrás.
—Buenos
días —dije secamente mientras los miraba directo a los ojos. Me saludaron con
una sonrisa seca y nerviosa. Sabían que no los había citado por mera cortesía o
para darles una buena noticia—. Me enteré de lo ocurrido en fin de semana.
Como
había sospechado, la señora intentó quitarle hierro al asunto con una risita
que honestamente me sacó de quicio.
—Son
cosas de chicos, señor Cullen. Una travesura. A su edad usted debió…
—A
los diecisiete años; que es la edad de su hijo, señora Yorkie; yo no bebía. Si
lo hacía, mi madre me dejaba sin dinero y mi padre se encargaba de que el único
aire fresco que recibiera fuese el de la ventana de mi habitación y el de la
ventanilla del coche vía al instituto —lo señalé con rabia mientras el pequeño
toca-pelotas ponía cara de Bah – por –
favor – la – cosa – no – es – tan – grave. Estuve tentado a usar mi
pisapapeles de globo terráqueo de cristal y plata esterlina como su tratamiento
de ortodoncia—. A su edad, no robe el auto de mis padres y lo estrellé contra
una propiedad privada. Y para finalizar el ranking de “travesuras” de su
hijito, señora Yorkie; a su edad jamás golpeé a mi novia solo por decirme que
lo que había ocurrido era: ¡Por estar malditamente ebrio! —esto ultimo lo grite
dando un seco golpe sobre el escritorio.
La
mujer pego un brinco de susto y el “pequeño travieso” abrió sus ojos mostrando
miedo.
Tomé
la carpeta que tenía todo el expediente de Eric y se la coloqué de mala manera
al frente de ella.
—Aquí
está su caso. Tómenlo y llévenselo a alguien que esté interesado en defender a
su hijo.
—No
puede dejar de representarme. Yo le estoy pagando cuatro mil dólares por sus
servicios —el chico volvía a tener la misma sonrisa engreída con la que
pretendía darse por ganador sobre ese punto.
—Mira,
Eric… —dije entre dientes— Para empezar; jamás en tu vida has trabajado y si no
hubiese sido por tus padres en estos momentos estuvieses fregando inodoros en
la correccional juvenil de Port Angeles; cosa que tendrías bien merecida.
Segundo, no eres capaz de mantenerte alejado de los problemas, ni siquiera
porque pese sobre ti un juicio de; por lo mínimo, tres cargos en tus contra,
mucho menos podrás pagar los servicios de un abogado. Y tercero, el hecho de
que por mi trabajo tus padres me hayan pagado no quiere decir que tú lo hiciste.
No te voy a aceptar que me pretendas vapulear con eso porque yo no soy ellos y
no tengo por qué tolerarte tus idioteces.
Los
tres se quedaron callados así que continué.
—Les
aclaro algo: yo no llevo casos en los que mi representado sea un redomado idiota.
Mucho menos cuando este tiene el descaro de seguir ampliando su prontuario
mientras que yo trato de salvarle el pellejo de las garras de la justicia. Así
que agarren su caso y váyanse ahora mismo, antes de que me ofrezca como
colaborador con la fiscalía en tu contra.
Su
madre me miró horrorizada y por fin abrió la boca.
—Usted
no nos puede hacer eso. No…no es ético —se agarraba la garganta para aparentar
que le iba a dar un patatús ahí mismo.
Me
acomodé con tranquilidad en mi silla.
—Señora,
Yorkie, su hijo se emborracha, se estrella contra el garaje de su vecino;
gracias a dios que no había nadie por esos lares en ese momento, golpea a su
novia, luego vuelve a emborracharse, consume drogas, lo detienen… ¿y yo soy el
que no es ético? Hágame el favor de buscar en el diccionario o la jodida
wikipedia que es la palabra ética. Porque me parece que ni usted ni su familia
la conocen.
Todos
comenzaron a levantarse de sus puestos, cuando un muy altivo Eric se cernió
sobre mi escritorio con una risa de autosuficiencia.
—Entonces
devuélvanos todo el dinero que le cancelamos hasta ahora. Se lo daremos a
nuestro nuevo abogado.
Respiré
profundo tres veces antes de sucumbir al antojo de jugar al bowling contra los
dientes del chico.
—Mire,
amigo. Todo abogado le va a cobrar por la asesoría que le brinde, y yo se las
brindé a ustedes en reiteradas ocasiones; así que ese dinero me lo gané a
pulso. Si quieren demándenme, háganlo, pero tengan en cuenta que cuando le
exponga al jurado lo insoportable que es lidiar con un malcriado, borracho y
fuma-hierbas como tú, de seguro saldrán
perdiendo —se enderezó y salió de mi oficina con el rabo entre las
piernas.
Cerré
los ojos y me recosté contra el espaldar.
Ahora
podía respirar un poco mejor.
Cerca del medio día preferí adelantarme en salir para ir a almorzar en casa. Le pedí a Lauren que cancelara todas
mis citas. Cuando de camino a la puerta, me detuvo:
—Emmett,
espera. La señorita Rosalie hale te acaba de llamar.
“¿Rose? ¿Para
qué?”
—¿No
dejó dicho nada para mí?
—Solo
que te acercaras a tu casa lo más pronto posible. Dijo que no era nada para que
te asustaras, solo que sería bueno que estuvieses allá.
—Qué
extraño…. —me dije intentando pensar en lo que habría pasado.
Sin
mucha parafernalia me despedí de mi asistente y salí como alma que lleva el
diablo para enterarme de lo que sea que hubiese sucedido.
“¡Dios! ¿No se
podía tener un minuto de tranquilidad acaso?”
Apenas
llegué Esme y Carlisle me pusieron al tanto de lo acontecido. Isabella se había
ido.
Alice
estaba cetrina en la cocina, con una expresión triste y atormentada, al igual
que el resto de los que estaban allí. Solo Esme tenía una expresión de frialdad,
que de por si yo no me tragué en ningún momento, a ella le tuvo que haber
pegado más que a cualquiera de nosotros, puesto que quería muchísimo a Bella.
Rosalie
también estaba en la casa con una expresión preocupada. Me gustó darme cuenta
que pese a todo, ella se mantenía en cada momento problemático a nuestro lado
en forma de apoyo moral. Se había convertido en alguien en quien confiar para
todos nosotros, y en una buena amiga para mí. De hecho habíamos salido dos
veces a charlar y tomarnos unas cervezas, cosa que no es muy habitual porque no
era en plan de “cita”; mas bien eran salidas con una buena amiga, y sentía que
eso era lo que me mantenía equilibrado después de tantos disgustos y
preocupaciones seguidos.
—¿Crees
que retrocederá en sus avances? —pregunto con una taza de café humeante entre
ambas manos. Parecía estarse dando calor con la misma.
Negué
con la cabeza insistentemente. En parte yo mismo quería poner fe en esas
palabras.
—No
lo sé —le dije—. Espero que no, puesto que Bella hizo muy buen trabajo con él —me
acomodé entre los grandes y mullidos cojines del sofá—. Creo que mientras
mantengamos su rutina lo más parecida posible a como Bella la llevaba, no
tendremos problemas. Esme podría seguir fomentándole la lectura, hasta nosotros
mismo podemos hacerlo también. O quizás podamos conseguir una institución
educativa para personas como él.
Rose
negó con la cabeza.
—Emmett,
la institución más adecuada para que vaya tu hermano está a muchos kilómetros
de distancia de aquí. En Seattle. Las que hay por estos alrededores son
instituciones psiquiátricas, y él no está demente, así que es imposible
llevarlo allá. Así como tampoco se puede llevar al Saint Gabriel’s Children
Hospital puesto que es solo para niños.
—Oh…estamos
muy jodidos por aquí —la cabeza amenazaba con empezar a dolerme—. En mal
momento se fue Bella. Muy mal momento.
Un
silencio se interpuso entre ambos durante un minuto en los que trataba de
desenmarañar el nudo de sentimientos que tenía por su partida.
—¿La
vas a echar mucho de menos? —preguntó Rosalie con suavidad.
Asentí
con una media sonrisa en el rostro; no era precisamente de felicidad.
—Claro
que sí. Ella hizo muchos por nosotros. Más allá de ser la terapeuta de mi
hermano; se convirtió en la amiga y confidente de mi mamá, el cable a tierra de
papá y hasta la salvadora de Alice. ¡Ja! Me hizo hasta sentar cabeza a mí,
quien vivía como si fuese un playboy, porque me creía con el derecho de estar
de cama en cama y de brazo en brazo. De alguna manera soy una mejor persona por
ella.
Rosalie
asintió y se puso en pie.
—¿A
dónde vas?
—Voy
a…llevar el café a la cocina. Creo que ya se enfrió. Nos vemos en un rato —y
salió con esa gracia tan propia. Su hermoso cabello dorado se balanceó de lado
a lado debido a sus movimientos.
Rose
era una mujer hermosa. Lástima que yo ya tenía el corazón ocupado.
A
la mañana siguiente iba saliendo para el trabajo cuando vi a Alice parada en el
umbral de la puerta tratando de razonar con Edward.
—Tienes
que comer algo, Ed. Ayer no lo hiciste y hoy no puedes hacer lo mismo.
Necesitas estar fuerte para…
—Alice,
yo me encargo —le interrumpí y tomé la bandeja que llevaba una torre de
pequeños pancakes con mantequilla y sirope de maple encima. Un vaso de jugo de
naranja y un pequeño plato con tres galletas de canela. Le escolté hasta que
cerré la puerta tras ella y miré hacia dentro.
La
cama estaba pulcramente ordenada al igual que todo el cuarto; cosa que no me
extrañó puesto que él era una persona muy metódica. No le gustaba nada fuera de
lugar. Así que por el lado del orden no podíamos deducir que él estaba
deprimido.
En
su silla – hamaca color azul —que pendía en un rincón de la habitación frente a
la venta panorámica con vista al patio trasero y al bosque colindante con la
casa— solo se veían sus piernas puesto que mantenía su cuerpo recargado al
gracioso mueble con forma de gota.
—Vamos,
Edward. Ven a comer —le dije a la vez que colocaba la bandeja con la comida en
la cama. Me puse frente a él y noté un poco de sombras azules bajo unos ojos
rojos. Había estado llorando.
No
quiso siquiera verme cuando le hablaba.
—No.
no quiero comer.
“Con que esas
tenemos ¿eh?”
Pues
si se iba a comportar como un crío, como un crío lo iba a tratar. Me quité la
chaqueta del traje y la coloqué en el espaldar de la silla que estaba en una
esquina apartada del cuarto. Fui hasta la comida, rebane los pancakes en varios
pedazos y luego me fui con el plato hacia él.
—Abre
la boca —le ordené a punto de reírme cuando vi que me miraba con reprobación y
un pequeño atisbo de socarronería.
—No
soy un bebé. Puedo comer solo y además no quiero.
—Edward,
me confundes con alguien a quien le importan
tus caprichos. Vas a comer porque el médico lo dijo y como te comportas como un
bebé te voy a dar la comida en la boca, así que di aaaa...
Se
incorporó con lentitud y me hizo caso con el ceño fruncido. Masticó con rabia
infantil, mientras que yo me mordía las mejillas por dentro para contener la
risa. Poco a poco fue comiendo y al final se tomó el jugo de naranja
prácticamente en un solo trago. Sus ojos se iluminaron con un brillo especial
cuando puse delante de su nariz el plato con las galletas; con su orgullo ya
“pisoteado” le importó muy poco mostrase desesperado cuando se las comió como
un famélico.
Le
tendí la mano cuando terminó, la tomó y lo guié hacia la cama. Me coloqué
frente a él para hablar de hombre a hombre.
—No
entiendo por qué te haces el difícil, Edward. Sabes que no puedes dejar de
comer porque prácticamente acabas de salir del hospital. No puedes ser tan
irresponsable contigo mismo —le hablaba con claridad pero no con rudeza. No era
tan idiota como para no entender que él estaba así por Isabella.
Bajó
la cabeza con tanta tristeza que casi podía sentir su dolor. Me recordó cuando
le dije que me apartaría de ella para que él fuese feliz. Tener que verlos
juntos cada día, con los ojos brillantes clavados en el otro como si el
universo se redujese solo a ellos dos. Cuando me quedaba trabajando hasta tarde
en mi cuarto, había podido verlo a hurtadillas como se escabullía de su
habitación para dormir con ella. El vivir con ellos era una completa pesadilla
en la que se me recordaba que yo había sido el perdedor en esa historia, y lo
más triste fue que jamás tuve una oportunidad de salir airoso de esa contienda
puesto que la inocencia de mi hermano menor había cautivado a Isabella mucho
antes de que yo llegara y ya no tenía ningún chance ante eso. Me costó tiempo
para digerir eso, pero lo hice. Aún así, y a pesar de todo lo que había estado
pasando me agradecía ser yo el que estaba en la posición del saberme no
correspondido; porque si Edward estaba tan alicaído solo porque ella se había
ido, no me imagino como hubiese reaccionado si hubiese tenido que lidiar con un
“Quiero a tu hermano y no a ti”.
Le
apreté el hombro y lo zarandeé para captar su atención. Me miró contrariado.
—¿Por
qué me empujas?
Le
sonreí con ternura.
—Hermano,
no te empujé…
—Claro
que sí. Yo sentí que me empujaste.
No
podía hablar con seriedad cuando él se ponía en ese plan de ser taaaaaan
literal.
—Lo
hacía para llamar tu atención, no por maldad. Disculpa.
—Tranquilo,
pero la próxima vez llámame por mi nombre.
Sonreí
abiertamente y asentí. Ahora que era tan suelto consigo mismo y los demás, no
dudaba en ponernos en nuestro sitio con alguna de sus lógicas y acertadas
conclusiones. Luego me puse serio porque lo que íbamos a hablar, lo ameritaba.
—¿Por
qué, Edward? ¿Por qué la trataste tan mal? —le susurré las palabras tratando de
que los reproches no lo abrumaran más de lo necesario.
—Yo
no quería que se fuera…
—Lo
sé, pero se cansó de que la trataras mal. Sé que no la dejabas curarte desde
que volviste del hospital, y eso la tenía muy mal.
—¿Te
lo dijo ella?
Negué
con la cabeza.
—Me
lo decía Esme y supe que era cierto porque ya ella no sonreía. Solo permanecía
pululando por la casa como si estuviese perdida y con la mirada triste.
—¡Pero
yo pensé que ella…! —se sonrojó y se calló de pronto.
—¿Qué
pensaste, hermano?
Negó
con la cabeza. Su sonrojó se pronunció más, sospeché que lo que iba a decir
tenía que ver con la vez con que había intimado
con ella.
—Hey,
Edward, mírame —y lo hizo—. Confía en mí. Puedes hablarme sobre cualquier cosa.
¿Qué ibas a decir?
—Es
que…cuando nosotros…cuando nos…
—Cuando
tuvieron relaciones… —le ayudé.
—Si,
cuando tuvimos relaciones ella me hizo usar preservativo. Y yo leí que los
autistas que tenían sexo debían colocárselos para no hacer bebés enfermos como
ellos —su voz se rompió y su mirada se tornó desesperada—. Y yo creí que ella
pensaba eso de mí, me sentí muy mal, porque yo no soy una mala persona,
hermano. ¿Qué hay de malo en que nazca un niño como yo? ¿Es porque no soy
inteligente como los demás? Si es por eso, lo entiendo…pero yo sé tocar el
piano, y Rosalie dice que lo hago bien. No puedo ser tan bruto entonces…
No
lo pude evitar. Simplemente no pude. Las lágrimas se me agolparon en la
garganta y lloré. Lloré con rabia e impotencia porque un idiota en alguna parte
del mundo dijo cosas horribles, y él en su inocencia le había creído. Las
personas que nos creemos “normales” a veces podemos ser los seres más mezquinos
del mundo, creyéndonos superiores a los demás. Cuando en realidad somos los
causantes de que el mundo y el resto de las cosas vayan mal.
Al
ver como mi hermano intentaba explicarse con desespero sobre que no “era tan
tonto como habían dicho en el condenado blog” me sentía sobre pasado.
Tomé
sus manos y se las coloqué en el regazo, para intentar calmarlo.
—Escúchame,
Edward, tú no eres nada de lo que esa gente dijo en esa página de internet. Son
malos e inescrupulosos —con desespero limpie mis ojos—. Son personas que no han
estudiado sobre lo que verdaderamente es el autismo y se creen con el derecho
de decir lo que quieran sobre eso, entonces incurren en errores garrafales y
publican cosas que no solo son ofensivas sino que además son mentira.
—¡Pero
yo no soy como los demás!
—Por
supuesto que no lo eres. ¡Eres mejor! Pocas personas aprenden a tocar el piano
con tanta facilidad como la tienes tú. Eres especial, hermano. No raro o tonto
como leíste en esa mierda de web. Y lo más importante de todo es que Bella lo
sabe, por eso te ama tanto. ¿Por qué crees que te prefirió a ti? —el decir eso
era como golpearme a mí mismo en la boca del estómago, pero yo no era el que
importaba en ese momento. Era Edward—. Porque eres especial.
—Pero
Bella no es como yo y es especial.
Tragué
grueso al escuchar su racionamiento ¿Y en verdad él no se creía inteligente?
Malditos blogs de quinta, hechos por retrógrados sin preparación.
—Ella
es especial a su manera única, Edward. Nadie es como ella.
Se
puso mortalmente serio.
—¿Aún
la quieres?
—Si
—le dije sin bajar la mirada. Ya no tenía caso mentir.
—Entonces,
si eso te pone triste… ¿Por qué nos quieres juntos? —joooooder con el muchacho
superdotado.
—Porque
tanto como quiero a Bella, deseo verla feliz. Pero por encima de todo, jamás…y
escúchame bien lo que te voy a decir; jamás voy a sentirme completo si tú eres
desdichado. Te amo más que a cualquier mujer del mundo. Y ese, Edward Cullen,
es el motivo real porque el que quiero que rectifiques lo que has hecho. Para
poder ver a mi hermanito sonriendo tanto que pareciera que afuera de las
puertas de esta casa no existiese un mundo complicado y lleno de desafíos
horribles.
Se
volvió a alterar un poco, gesticulando desesperadamente.
—Yo
quiero hacerla feliz…yo quiero ser feliz, Emmett. Pero se fue. Me dejó solo y
yo no sé sonreír si Bella no está. Siempre que lo hacía, volteaba y allí estaba
ella. No sé cómo hacerlo si no está conmigo.
Suspiré
y le pasé un brazo por los hombros.
—Dale
unos días, Edward. Máximo una semana. Déjala que respire y que se tranquilice.
Sé que ella se va a dar cuenta que cometió un error, pero si no, en cinco días
vamos a buscarla a su casa y te disculparás con ella por tu actitud tan
desagradecida.
—Y
grosera —puntualizó él.
Sonreí.
—Si,
fuiste un grosero, hermano. Eso no te lo niego.
Comenzó
a jugar con sus dedos y supe que quería decirme algo.
—¿Qué
pasa? —musité receloso.
—Es
que…ayer…cuando ella se fue… —bajó la
cabeza apesadumbrado— Yo tuve la culpa de que Bella se fuera.
—Evidentemente,
Edward. ¿Pero qué hiciste? —debía ser delicado con él si no quería causarle una
crisis de ansiedad, pero tampoco pretendía tratarlo con puros pañuelos de seda
como si se fuese a romper. Edward había enfrentado muchas cosas adversas y
debía ahora enfrentar sus errores con el mismo temple.
—Le
dije…yo le dije que no podía soportar que me tocara.
Lo
solté de ipso facto y coloqué mi cara entre mis manos. Mis codos soportaban el
peso sobre las rodillas. Giré solo lo necesario para verlo a la cara, la cual
por cierto estaba cetrina y avergonzada.
—¿Por
qué le dijiste eso, Edward? ¿Te daba asco?
Abrió
sus ojos como platos, horrorizado ante lo que le había dicho. Pobre Isabella…
—¡No,
por dios! Jamás podría sentir asco de Bella. Yo la…yo la amo.
—Si
la amas… ¿Por qué le dijiste que no soportabas su toque? Edward, la heriste muy
profundamente. Apuesto a que ella llegó a la misma conclusión que yo ahorita.
Eso fue horrible. Nunca se debe tratar así a una mujer. Nunca.
—Es
que yo…yo le dije eso porque no portaba que me tocara en verdad. No lo dije
para herirla.
Me
dejó totalmente descolocado con esa respuesta. Tenía que haber un jodido buen
motivo…
—¿Por
qué lo dijiste, entonces?
—Porque
cuando ella me toca… —se sonrojó— Cuando ella me toca solo puedo pensar en
“eso”.
—¿En
“eso”? ¿Dé qué coño hablas, Edward?
—De
“eso”, Emmett. De hacerle el amor. Y en ese momento yo todavía estaba triste
por ella, y luego viene y me toma por sorpresa al acabarme de despertar… ¡Dios,
no sé que hice! ¡No quiero perderla, hermano! ¡No quiero!
Si
la situación no fuese de por sí tan exasperante me hubiese partido de risa allí
mismo. Prácticamente todo ese embrollo era por un malentendido. Aunque viéndolo
desde una retrospectiva objetiva, Edward la estaba rechazando desde un poco
antes de que le soltase semejante frase así que Bella tomó la decisión
enajenada por el dolor.
—El
plan sigue en marcha, Ed. Si, Bella no ha vuelto en cinco días, vamos a por
ella.
—¿Y
si no quiere volver porque fui malo con ella?
—Volverá,
hermano porque te va a comprender. Te quiere demasiado como para no hacerlo. Y
si aún así no quiere, siempre podremos secuestrarla para ti —le guiñé un ojo.
Me
miró estupefacto.
—¿Por
qué la vamos a secuestrar?
Suspiré
dándome por vencido.
—Hermanito,
otro día te hablaré sobre las cosas que se pueden hacer con las mujeres. Ahora
no tengo tiempo. Debo ir a la oficina.
Asintió
conforme y me siguió a la puerta. Bajamos juntos las escaleras.
—¿A
dónde vas? —le pregunté.
Pasó
de largo a mi lado en dirección a la cocina.
—Voy
a por las galletas de canela. Cuatro no son suficientes.
Sonreí
y meneé la cabeza de lado a lado. Él era en muchas formas un niño todavía, con
deseos de hombre pero con la inocencia de un niño.
¡Qué
contradictorio!
Pase
el resto de la tarde en casa. Me permití por primera vez algo de paz y quería
disfrutar un poco de la compañía de mi hermano. Pasamos entre el piano con
Rosalie y el Jardín con mi mamá. Su ánimo había cambiado bastante en comparación
a esta mañana y eso era algo que me hacia sumamente feliz, era cierto, amaba a
Bella; pero por sobre todo amaba a mi hermano; es de sabios cuando dicen que la
felicidad de un ser amado es la nuestra, no importa cuan injusto sea para con
nosotros; amar es amar bajo cualquier circunstancia.
Terminamos
nuestra tarde – de – hermanos, intentando enseñar a Edward a jugar fútbol
americano. ¡Lo odiaba! Decía que era muy rudo y para nada divertido con tantos
golpes que te dabas.
—No
me gusta —asevero tirando el balón con rabia—. Esto es para salvajes.
—Hermano…
es fútbol americano, así se juega.
—Pues
tienes malos gustos para las diversiones. Lo mejor es escuchar música y tocar
el piano —dijo mirándome con escepticismo.
—Como
quieras —dije rompiendo a reír. Mi madre que se había mostrado enojada todo el
día, también se permitió reír ante la rabieta y la cara de “estás loco” que Edward
me hizo—. Vamos por algo de comer —le dije pasando un brazo por sus hombros y convidándolo
a la cocina.
Al llegar olía delicioso.
—¡¿Qué
es?! ¡¿Qué es?! —le dije a Alice quien sonrió de soslayo.
—Tranquilo
Emmett, es solo pollo a la broaster y papas fritas, pensé que tendrían ganas de
comer algo rico y antojoso después de esa sesión de tacleos.
Me
acerque sigilosamente al oído de Alice y le susurré:
—¿Sabes
que no fui muy rudo con él verdad?
—Lo
sé, pero eso Edward no lo sabe y ahora está enojado.
Echamos a reír ante la cara enojada
que aún conservaba mi hermano.
—¿Hay
mas galletas de canela? —pregunto Edward.
—Si,
las saque hace una hora del horno. Ya deben estar frías.
—Gracias
—contestó.
Salió
de la cocina con el bol completo de galletas y por su rostro de “ni lo intenten”
Alice y yo no le dijimos nada. Si le daba dolor de estomago iba a ser su
problema. Yo por mi parte me atarugué de pollo y un plato entero de papas
fritas. Alice me regaño porque no le estaba dejando a los demás, y solo me eche
a reír.
Por
primera vez en mucho tiempo me sentía feliz. Bella había cambiado muchas cosas
en nuestra familia, para bien. Incluyéndome a mí. Me sentía orgulloso de mi
hermano y ponía fe en la Bella que conocía; ella debía regresar, mi hermano
pendía de eso.
Al
salir de la cocina rumbo a mi habitación me detuve al ver un gran destello
anaranjado que se colaba por la puerta trasera que daba con el jardín. Edward estaba
sentado en medio del umbral con su bol de galletas contemplando el ocaso que
destellaba en su grandiosidad aunado con el increíble jardín de mamá.
Estaba
fascinado con el y decidí darle su espacio. Traté de no hacer bulla al regresar
por donde vine para no interrumpirlo.
—¡Bella!...
—dijo él soltando un desalentador suspiro.
Sí,
ponía toda mi fe en la Bella fuerte y capaz que había conocido. De ella
dependía la felicidad de mi hermano. Ellos eran la mitad de un todo, un todo que
no puede vivir sin la mitad. Y desde donde quiera que ella estuviese debía
regresar.
Lo haría.
Bella POV:
Un día antes, en
la reserva Quilleute…
Paul
me insistió para que fuésemos a comer algo. Así que entramos a un patio largo
que hacía a la vez de restaurant. El techo había sido de maderas que habían
estado a la deriva. Unas diez mesas de cuatro puestos estaban repartidas por el
lugar. No era para nada un lugar elegante, pero la cantidad de gente que había
allí me indicaba que o la cocinera de allí era muy buena o estaban regalando la
cerveza ese día. Apenas y conseguimos puesto. Una pareja se estaba yendo cuando
nosotros llegamos y tomamos su mesa enseguida.
Una
chica de tez morena, muy hermosa y con cara de No – me – jodas no trajo el
menú.
—Hola,
Leah —le dijo Paul sin mucho entusiasmo.
—Hola,
Paul.
Dicho
eso me medio miró y se fue. Si esa era su estrategia para atraer clientes, no
iba bien encaminada.
—Como
que no le caigo muy bien —le susurré por encima del menú.
—¡Nah!
No te preocupes. ¿Qué vas a pedir? —me pareció que ese comentario fue uno de
tipo No – quiero – que – me preguntes – nada, así que no seguí.
Miré
los platillos. La verdad era que no me sentía especialmente de ánimos para
comer en ese momento. ¡Dios, Edward! Lo había dejado atrás sin más. ¿Qué haría
ahora sin…?
—¡Bella!
—Paul llamó mi atención tirándome una servilleta hecha bola— No vinimos para
que llores, sino para que comas.
No
me había dado cuenta de que se me había escapado una lágrima por uno de los
costados de mis ojos. Me lo limpié con la manga del suéter.
—Lo
siento —comencé a mirar la lista del menú, nuevamente—. Creo que me comeré…una
lasaña. Eso.
—¿Y
qué vas a tomar?
—Una
coca cola.
—Bien.
A
los dos minutos Leah volvió con libreta en mano. Le hicimos nuestros pedidos y
se fue por donde vino sin mucha ceremonia.
Cuando
él iba a preguntarme algo, una mujer de edad media y muy parecida a Leah se
apareció frente a Paul viéndolo con reprobación y a mí con asco. Vaya…parecía
que era el día mundial de putear a Bella Swan. ¡Simplemente fabuloso!
—¡Wow,
Paul! No has dejado pasar ni dos meses desde que Rachel se fuera de tu casa
para estar saliendo con otra. Y peor aún, con una cara pálida ¿eh?
Mi
compañero de mesa entrecerró los ojos con rabia.
—¿Por
qué no te metes en tus asuntos, Sue? Yo hago con mi vida lo que me venga en
gana y sin darte explicaciones.
Ella
sonrió con sorna.
—Uy…
¡Que genio! Yo solo hacía un comentario.
—Pues
ve a hacerle tus comentarios a quien le importe y a quien no te considere una
persona molesta.
La
mujer entrecerró los ojos y nos dirigió una mirada envenenada a ambos. Eso me
sacó de quicio ¿Qué le había hecho a esas mujeres? ¿Aparecer?
—¿Sabe?
Los caras pálidas tenemos muy mala fama. Dicen que somos violentos, y que
cuando queremos algo pasamos por encima de todos y todo con tal de conseguirlo.
Así que yo que usted no me cabrearía, no vaya a ser que me venga para acá con
un batallón de pálidos como yo a invadirles sus tierras —terminé mi comentario
con una sonrisa irónica.
La
mujer entró en cólera y se fue de allí pitando.
Paul
se partió de la risa.
—¡Eres
buena, joder!
Ahora
fui yo la que entrecerró lo ojos.
—Explícame
el porqué de que me odien tanto.
Vi
como la mirada de él que se apagaba con tristeza y se encendía con furia y
dolor.
—No
quiero hablar de eso.
—¡Oh
no, cariño! Tú me obligaste a venir acá y de paso tuve que aguantarme que dos
mujeres me agarraran rabia de a gratis. Así que no te queda de otra que
explicarte.
Suspiró
pesadamente y accedió a mi orden —petición con reticencia.
—Hace
dos meses terminé con mi prometida, Rachel Black, quien es la mejor amiga de
Leah… —ahí estaba uno de los motivos— y ahijada de Sue —el otro—. Así que deben
de creer que estamos saliendo o algo así. Pffff ¡como si pudiera hacer eso
ahora!
Entorné
los ojos.
—Bienvenido
al club de los despechados —le dije con una sonrisa carente de alegría.
—A
mí me dejaron por no cumplir “ciertas expectativas” ¿y a ti? —me preguntó casi
divertido por la situación.
—Por
estúpida. Aunque básicamente también creo que no estuve a la altura y…¡Voilä!
Aquí estoy.
Paul
sacó otra servilleta. La desdobló y comenzó a formar un cilindro con la misma.
—Rachel…mierda
yo adoraba a esa mujer ¿sabes?... Pero no comprendió que yo quisiese estudiar
enfermería en vez de ser un licenciado en contaduría como lo que está
estudiando ella ahora.
—¡No
tiene derecho a hacerte una cosa así! —bufé—. No eres un niño al que se le
deben imponer las cosas. Si quieres ser enfermero, yo te apoyo. Tengo unos
libros en mi casa que podrían servirte…
Sus
ojos se abrieron de par en par emocionados.
—¿Eres
enfermera? —asentí— ¡Que coincidencia!
—Pero
estoy especializada en pacientes con autismo. Así que no son muchos los que te
puedo dar, pero creo que te podrían servir.
—¡Claro
que sí! ¿Cuándo los puedo recoger y en donde?
—En
Forks. Luego te doy un aventón cuando vuelva.
Me
sonrió con cara de zorro.
—Así
que vas a volver… —ni yo misma me había dado cuenta de que ya había tomado esa
decisión. Pero me iría a mi casa, le cambiaría un poco los planes a Alice, pero
ni modo.
—Pues
si…lo haré…
—¿Por
qué escapaste, Bella?
—¿Por
qué supones que me escapé?
Comenzó
a levantar los dedos enumerando sus teorías.
—Manejas
sin rumbo fijo, tienes tu equipaje en la cabina de tu camioneta y de paso
tienes cara de mal de amor. Así que creo que estás escapando de alguien. ¿Qué
te hicieron?
Me
encogí de hombros y bajé mi mirada a la mesa de madera. Comencé a seguir las
líneas de la madera con una de mis uñas.
—Hice
daño, me hicieron daño. Dejé a tras lo que pudo haber sido mi única familia y a
la misma vez mi trabajo.
—Y
por eso huyes…
—¿Disculpa?
—me comencé a irritar ¿Huir? ¿Yo había huido? ¿Eso les parecía a todos? No pude
evitar recordar a Esme y sus últimas palabras. Que cagada…
—Claro
que huyes. Apuesto lo quieras a que ni siquiera te despediste de “él”. No, por
tu cara veo que no lo hiciste. Así que huiste —afirmó con la cabeza, muy pagado
de si mismo.
—Bueno,
señor me – meto – en – todo. ¿Por qué mejor no me dice como puedo arreglar este
embrollo?... Si cree que es tan fácil deducir de qué se trata.
—Mira,
debes encararlo. Decirle lo que piensas. Si tienes que gritarle, hazlo —jamás
le gritaría a mi ángel—. Luego solucionar el problema que tuviste con la
familia que tanto quieres, porque me imagino que es recíproco. Y si es así,
sabrán perdonarte el error cometido. Y si ellos lo cometieron tú puedes
perdonarlos para no tener que vivir sola. Créeme, de eso yo sé bastante.
Tragué
grueso.
—¿Crees
que funcione?
—¡Claro!
A veces lo que hace falta es que alguien de fuera te dé una perspectiva
imparcial y listo —¿Sería tan fácil? ¿Lo único que necesitaba para volver a mi
vida de antes sería “conversar”? Me descubrí cruzando los dedos para que así
fuese en mi interior—. Bella, tómate unos días para ti. Respira aire fresco y
luego ¡zas! Le haces frente a la situación. Mira que eso de estar solo y de
paso desempleado no es una buena combinación.
Y
así, sin quererlo se me escapó una carcajada que a su vez me insufló esperanza.
No
sabía, a ciencia cierta, que diría o que haría todavía. Debía tomar decisiones.
Pero mientras, me comería mi lasaña con mi nuevo amigo optimista y accidental,
me relajaría y pondría las cosas en perspectiva. Volvería a Edward de una u
otra manera.
Al
final de la tarde disfrute de un hermoso ocaso que colindaba con la playa en la
reserva. Por una fracción de segundo me permití algo de tranquilidad, pero esta
no duro mucho cuando sentí como mis ojos acunaban lágrimas de melancolía; quizá
en otras circunstancias estaría en los brazos de mi ángel contemplando este
hermoso ocaso. Quizá fuese desde el jardín resplandeciente de los Cullen o
desde la ventana de su habitación. No importaba dónde, siempre y cuando estuviese
en sus brazos.
Con
la fuerza que logre reunir apreté la mano contra mi pecho y contuve el llanto. Debía
ser fuerte, por mí y sobre todo por mi ángel. Volvería y aclararía esta
tormentosa situación.
—¡Edward!...
—suspiré su nombre.
Él estar sin él
no era un opción... No lo era y jamás lo sería.
Yyyyyyyyyyyyyyyy
bueno aquí estamos oootraaaaa vez con una nueva entrega del ángel. Que espero
que sea de su agrado y que a su vez sirva para tranquilizar un poco esa
situación tan tirante en la que el capítulo anterior dejó a muchas.
Les
insto a que si no les gusta, dejen su crítica PERO DE MANERA RESPETUOSA. No
tengo problemas con lidiar con la crítica pero si con los insultos…yyyyyyyyy
como yo no soy ninguna santa vamos a dejar unos puntos claros: Solo ésta
cabecita; la cual tengo pegada al cuello; sabe el porqué cada cosa aparece en
la historia. No siempre son ni serán cosas felices pero que van en la historia
porque yo quiero construir la historia así. Y es mi prerrogativa llevar el
curso de la misma en las líneas que considere pertinente. Ese derecho me lo
concede el hecho de pasar más de cinco o seis horas frente a una pc
achicharrándome la vista para llevarles a ustedes un capítulo lo mejor que
pueda.
Gracias
y mil gracias a quienes se mantienen al pie del cañón conmigo y a quienes se
han mantenido a mi lado sin que yo les dé nada a cambio excepto capítulos. Que
quizá se tarden mucho, si…pero es que estoy en proceso de tesis…así que muchas
gracias por su comprensión.
Sé
que tengo las mejores lectoras porque su cariño me lo demuestra. Y si cada
review fuese un abrazo me tuviesen toda espachurradota. XD.
Les
quiero, mis terroristas…
Hasta
pronto…
PD: Me voy a perder del mapa aproximadamente de quince días a un mes y quise dejarles esta última entrega de corazón de cristal para que me extrañen y me comprendan.
Todo dependerá de lo que me tome abocarme a mi tesis, por eso no les doy fecha exacta.
Así que...hasta pronto, pequeñas…
PD: Me voy a perder del mapa aproximadamente de quince días a un mes y quise dejarles esta última entrega de corazón de cristal para que me extrañen y me comprendan.
Todo dependerá de lo que me tome abocarme a mi tesis, por eso no les doy fecha exacta.
Así que...hasta pronto, pequeñas…
*Marie K. Matthew*











