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miércoles, 10 de febrero de 2016

TIRANO: CAPÍTULO DÉCIMO SEXTO (XVI)


TIRANO
Capítulo Décimo Sexto:


"Propuesta" 

Edward POV


 Sentirme tan dentro de ella no era comparable a ninguno de los placeres que había experimentado hasta entonces. Sí, había tenido una cantidad más que respetable de sexo sin compromiso, especialmente después de mi ruptura con Tanya. Pero ni siquiera con ella, a quién había pensado querer tanto, el sexo había significado algo tan especial como con Isabella. Si bien es cierto que hay una gran cantidad de posturas, unas satisfactorias y otras más un malabar que una forma de hacer el amor, también es que cuando encuentras una persona que transforma un acto tan básico en una experiencia más allá de lo corporal; esto sin basarse en la calidad del orgasmo; el placer de poseer su cuerpo va mucho más allá de la posesividad. El gusto de tener semejante templo no tiene paragón, así que te parece un acto de herejía permitir que alguien más pudiese llegar a estar en él. No. ni muerto. Isabella era mi templo. El mío y el de nadie más. 
—Ábrete más, valkyria… —le ordené a la par que apartaba más sus muslos. Su piel, que en estado normal era nívea, estaba exquisitamente rojiza por la excitación. Una delgada capa de sudor se extendía por ella y sus labios se veían incitantes e hinchados. 
—Más, Bella. Solo una vez más. —le supliqué mientras me encajaba tan profundo dentro de ella que podía sentir la tibieza con que la había estado marcando. 
—Edward… —gimió con un hilo de voz. 
—Ya he…perdido la cuenta, de cuantas veces…me has dicho eso… esta noche… -Sonreí como un lobo que se ha hecho con la mejor presa. Pero a diferencia del animal, en mi naturaleza no estaba compartir nada con ninguna maldita manada. 
—Esta es la última… —gemí entre embates. —Palabra…de caballero. 
—¡No…eres…un caballero! ¡Oh, Dios mío! ¡Oh…! Explotó a mi alrededor. Cansado ya de controlarme, solté esa presa que parecía no tener suficiente desahogo cuando se trataba de ella. Aferrado a las rodillas de Bella dejé escapar un grito de satisfactoria liberación. Dejé que su pierna derecha volviese a unirse a la izquierda. Ella rodó sobre su estómago dejándome apreciar el espectáculo que brindaba su húmeda espalda y su un poco magullado culo. Acaricié los dos globos de carne a los que tanto me gustaba agarrarme cuando necesitaba clavarme más dentro de ella; ahora estaban de un precioso color rosa que resaltaba entre toda esa crema que tenía por tono de piel. 
—No toques, pervertido. —gruñó con la cara entre la almohada a lo que sintió que la sobaba. 
—No estoy de ganas para experimentar con eso ahora. Solté mis carcajadas con ganas más no cesé en mi masaje. 
—Shhh, malagradecida. Cuido de ti. 
—Mi vagina no está precisamente de acuerdo contigo ahora. —giró su cara hacia mí y medio sonreía entre todo ese cansancio. Chasqueé la lengua en desacuerdo. 
—No le creo mucho dado los apretones que hace rato a mi pobre… 
—¡Edward! —me golpeó en el hombro y arrancó a reír. Le limpié el sudor de su frente con mi pulgar y deposité un beso en ella. 
—Vamos a la ducha. Anda, floja, deja de retorcerte contra la almohada. Muy poco me importan tus gruñidos en la almohada. Me puse en pie sobre el piso de madera. Esperé a que las piernas se me restablecieran de los hormigueos que las recorrían y la halé hacia mí; trayendo consigo la sábana. La puse sobre mi hombro y me encaminé a la ducha. Ignoré sus gritos, amenazas y nalgadas en mi trasero desnudo; las cuales me picaron bastante pero no le daría el gusto de decírselo. La metí bajo el chorro de la ducha y comencé a lavar cada parte de ella. 
—¿Qué hora será? —preguntó a la vez que me aplicaba champú mientras yo enjabonaba sus muslos. Me encogí de hombros. 
—¿Importa? —¡Por supuesto que importa, ninfómano! Mañana debo de ir a mi trabajo y creo que me costará levantarme. No todos podemos decir que somos vicepresidente ejecutivo. 
—Pero eres la mujer de uno. 
—¡Ja! Si crees que soy una de esas ventajistas es que no me conoces en nada, bonito. Mis fallas son como mis logros: solo por créditos propios. No me gusta escudarme en nadie para salir airosa de nada. Levanté la vista para admirar con orgullo al mujerón que tenía entre manos. Bella era única más allá de su condición como individuo: Puedes verla acudir perfectamente arreglada al trabajo y catalogarla como una enferma por la moda que no ve más allá de la Vogue; entonces era cuando echaba tus creencias por tierra al pararse frente a un televisor para revisar los últimos resultados de las ligas mayores. Y si los Yankees habían perdido era mejor que te quitaras de su camino o probablemente fueras el blanco de su furia. Luego estaba la parte humana: no era una mujer acostumbrada a demasiados lujos; solo a aquellos que con su salario pudiese permitirse. Cada que podía, me encargaba de enseñarle todo cuanto puedo poner a sus pies y sin embargo ella no ha abusado en lo absoluto. Pero no con ese falso desinterés que luego, cuando surge pretenden quitarte hasta al perro. Lo que me daba una idea. Y embobado en eso estaba hasta que… 
—¡Mierda, Bella! —me di un resbalón en la ducha tratando de ponerme en pie. 
—¡Mi ojo! Me tomó de la cara y me guió hasta el chorro pero antes alcancé a escuchar su risa. 
—¡No te burles! Carajo, me duele el ojo. —abrí el ojo para que el agua se llevara los restos de jabón. Lo estrujé un poco pero sentía como si tuviese arenilla en él. 
—Shhh. Que es solo un poco de shampoo en el ojo, nenaza. —bajó mi cabeza de nuevo para que el agua me diera de lleno en la cabeza. 
—Deja que te aclare bien el cabello para ponerte un poco de acondicionador… 
—No. no quiero nada de eso. —me seguía toqueteando el párpado. Cuando pude abrir el ojo pude volver a mi trabajo de terminar de bañarla. 
—No hace falta, Edward. Espérame en la… 
—¡Que no dije! Voltéate, valkyria. Te voy a colocar el condenado acondicionador. Puso los ojos en blanco y se giró, cuando lo hizo le di una sonora nalgada. 
—¡Hey! ¡Mojada duele más! Coloqué en mi palma un poco de una crema blancuzca de un envase en el que se leía Tresemmé y se lo apliqué por todo ese largo cabello color chocolate; que tan bien combinaban con sus ojos; el cual ya estaba llegando más cerca de donde comenzaba su trasero. Unas pulgadas más y voilä. 
—Amo tu cabello largo. 
—Y a mí me da mucho trabajo. Necesito un corte. 
—¡No! —protesté. Ella miró por encima de su hombro con expresión de suficiencia. 
—Lamento decirte, machote, que en esa zona no tienes jurisdicción. Mi cabello es mío y solamente mío. Así que yo decido que hacer con él. —se volvió. 
—Eres tan desafiante. —gruñí entre dientes. 
—Ya deberías haber aprendido a lidiar con eso. Si no, allá fuera tienes a los Ángeles de Victoria´s Secret para que te obedezcan a rajatabla. —añadió haciendo referencia a mi pasado. Cuando salía solo con modelos plásticas y socialités caprichosas. Le masajeaba el cráneo con delicados círculos. 
—Si me hubieses dado una señal de que te gustaba, hubiese dejado esa etapa hace muchísimo más… —me acerqué a su oreja y susurré: —celosa. Lamí el arco y luego su lóbulo. Un escalofrío la recorrió entera. 
—Celosa, no. 
—¿Rencorosa? 
—Tampoco. 
—¿Envidiosa? 
—Cállate, Edward. 
 Apreté su cintura entre mis brazos y comencé a endurecerme de nuevo. Dejé que mis labios resbalaran por el arco de su cuello hasta besar su hombro, de inmediato mis caderas comenzaron a embestir contra su trasero y no pude evitar que por un momento mi mente divagara en fantasías que incluían ese lugar prieto que aún nadie había tocado. Restregué la punta de mi erección disfrutando de la sensación que me producía el provocarla. Cada roce era como una descarga de electricidad que me recorría entero pero que se concentraba en mi entrepierna. Sin mucha "caballerosidad" agarré mi miembro por la punta para guiarlo hasta su abertura. Apoyé sus manos en la pared y me agarré del hueso de sus caderas. —¿No has tenido…suficiente? —me introduje en un solo movimiento. Su interior aun permanecía un tanto dilatado por las penetraciones anteriores, lo que facilitó una labor con no mucha lubricación. En vez de responder su pregunta, preferí morder su hombro y moverme en mi lugar favorito. Solo por oscuro placer me esforcé en profundizar cada estocada hasta que lograba tocar su cérvix. 

—Oh, joder. Be…Bella. Alzó sus caderas para darme mayor acceso a ella y que me mataran si no lo aproveché. Agarrado a sus muñecas ahora incrementé la velocidad de mis acometidas. El agua resbalaba entre ambos y creaba un estrépito mayor que el de nuestras pieles. Definitivamente, era un sonido incitador. Posé mi cabeza en el hueco de su cuello mientras me abandonaba a los designios de lo que deseaba. Gruñí cuando el éxtasis brotó de mí hasta llenarla a ella con mi esencia; instantes después Isabella me alcanzaba con un jadeo abandonado. Dejó caer su cabeza atrás con cansancio, sus ojos permanecían cerrados y de su boca salían y entraban bocanadas de aire por turnos. Cuando pude salí de ella, la giré hacia mí y la aseé con mimo entre los muslos. Sus pechos me apuntaban hinchados y sensibles, amaba verlos y sentirlos pero en ese momento ya el cuerpo nos exigía descanso. Así que en menos de cinco minutos estábamos cambiados y entre las sábanas. Mis labios presionando su nuca mientras que mi nariz absorbía con avaricia el olor de su cabello recién lavado. 



—Levántate, Edward. Llegaremos tarde a la oficina. ¡Puaj! Odiaba las mañanas. No era una de esas personas que amanecen súper activas y que empiezan su día con el pie derecho, deseosos de los desafíos que iba a enfrentar… Eso suena muy bonito…pero así no era yo. Punto. De hecho, casi desde que tengo memoria he detestado pararme temprano. En pocas palabras mi némesis era un reloj despertador. Así que ahora estaba la pobre Isabella intentando que me levantara. Acariciaba las paletas de mi espalda a la par que hablaba en mi oído. 
—Edward…recuerda que debes pasar por tu departamento para cambiarte de ropa antes de ir a la oficina. No, ya basta de gruñidos, señor malcriado. Levanta ese precioso trasero tuyo y ven a comer. Unos diez minutos después esta duchado y sentado en el islote de la cocina solo con la camisa y los vaqueros. Tenía los pies desnudos, detalle que fue un error puesto que mientas que comía recibí un pinchazo doloroso en el dedo pulgar. 
—¡Ouch! ¿Pero qué…? —miré por entre mis piernas y vi la cabeza de la gatita blanca con pintas de color caramelo. La pequeña estaba abrazada a mi tobillo y mordisqueaba mi dedo como si fuese un pedazo de pan. Bella dio la vuelta por detrás del islote, se asomó a mis pies y se partió de la risa. Luego se agachó ante mí y cogió a la bolita de pelos entre sus manos, depositó un beso sobre la pequeña cabecita y la acercó hacia sus hermanos que seguían acurrucados el uno contra el otro. Sonreí ante lo maternal que se veía para con los animales. Eso me hacía pensar en… 
—Termina de comer, Cullen. —me guiñó un ojo como si adivinara el hilo de mis pensamientos. Tomó asiento de nuevo para poder devorar con gusto su comida. —No es que sea malagradecido ni nada pero me estoy cuestionando el porqué de me sirvieras un desayuno cargado de carbohidratos cuando tú solo ingieres yogurt con granola ¿Acaso me estás engordando para que ninguna mujer me desee? —arqueé la ceja con una expresión de Te atrapé! Frunció su boca fingiendo que pensaba y luego me contestó sin ninguna vergüenza antes de llevarse una cucharada más del contenido de su bol. 
—No había contemplado esa opción, pero ya que la mencionaste, me atrae mucho la idea ¡Froot Loops y panqueques todos los días para ti de ahora en adelante! —levantó su dedo índice para aclarar. 
—Y por cierto…yo adoro el yogurt con granola. Sobre todo en helado. Ese comentario me trajo a la mente una de mis cavilaciones nocturnas. 
—Oye, Bella… —no estaba muy seguro acerca de cómo debía empezar ese tema a discutir. Me vio por debajo de sus pestañas instándome a terminar la oración. 
—Vente a vivir conmigo. —solté de sopetón. Si no sabes bien como plantear una idea, entonces es mejor irse directo al punto en vez de andarse por ramas innecesarias. Sacudió la cabeza como si no hubiese escuchado bien y cesó de comer. 
—Tú…eh… ¿De dónde demonios salió eso, Edward? —Anoche lo pensé durante un momento. 
—Claramente lo pensaste por un momento, pero no creo que hayas reflexionado mucho sobre eso. —espetó sarcástica lo cual me hizo sentir ofendido. 
—No veo nada malo es mi propuesta. Pasas varios días de la semana en mi departamento… —¡Pero no es lo mismo a irme a vivir contigo, Edward! Negándome a hacer del tema algo tenso, proseguí expresando mi idea como si ella no hubiese dicho nada. 
—…Estarías con Elizabeth y conmigo más tiempo, nos llevaríamos tus cosas para allá. Incluso los nuevos gatitos pueden irse con nosotros. Nos iríamos juntos a la empresa… Dejó caer el bol en el fregador y se giró hacia mí con el rostro impasible. 
—¡Edward, basta! No quiero hablar sobre eso. Ahora. No es el momento. 
—¿Por qué no? —respondí desafiante. 
—Porque debo cambiarme para ir a trabajar o llegaré tarde, y esta no es una conversación que vaya a tomarnos menos de cinco minutos. —comenzó a lavar los platos y a recoger la mesa sin mirarme siquiera. Estaba molesto, frustrado y puestos a ser honestos, también un poco triste. No esperaba una negativa de su parte tan tajante. Mucho menos, evasivas. Así que me negué a desistir. 
—Pero yo si quiero hablar ahora, Isabella. Se secó las manos con un paño y lo dejó caer sobre la mesada de cualquier forma y se dirigió hacia su cuarto, solo que yo fui más rápido y la tomé por el codo cuando pasó por mi lado, fingiendo que no me escuchaba. 
—Bella… Se volvió con el rostro sulfurado y los ojos un poco rojos. ¡Oh, Dios! Yo sabía lo que venía después de eso y no me gustaba. Odiaba ser el causante de sus lágrimas; podía lidiar con su enojo pero no con eso. 
—Edward ¿Acaso te escuchaste en algún momento? 
—No entiendo de qué hablas. 
—¡Por supuesto que no! —rió sarcástica. Entrecerró los ojos. 
—No hablamos sobre la adquisición de un local para la expansión de tu empresa transnacional, ni mucho menos sobre la negociación de un contrato con el personal ¡Hablabas de mudarnos juntos y lo hacías como si se tratara de un negocio! —maldijo en voz baja cuando una lágrima se le escapó. Se la retiró de la cara con el antebrazo y se limpió luego en la camiseta grande de Hard Rock Café con la que había dormido. Me acerqué hasta ella, le retiré un mechón de cabello de su rostro con delicadeza, más ella se retiró arisca; así que la tomé por la cintura con fuerza y la pegué contra mi cuerpo y la obligue a que me mirara a los ojos. 
—Hace tan solo un rato me hablabas sobre cuánto te gustaba despertarte conmigo… 
—¡Y lo mantengo! Pero… —respondió con vehemencia. —Entonces deja de pensarlo tanto, valkyria. Vente a mi casa. Despierta conmigo todas las mañanas… —susurré con suavidad. Apelando a eso que nunca nos fallaba a ambos: la atracción inevitable. 
—Lamento haber sido torpe al pedírtelo, pero la verdad es que no sabía cómo hacerlo. Lo siento ¿Vale? Yo solo quiero que estemos juntos. Su cuerpo se relajó un poco más y se abrazó a mí, escondiendo su rostro en mi pecho al hablar. 
—¿Cómo puedo dar ese paso contigo cuando ni siquiera estoy segura de lo que sientes por mí? —murmuró triste —Más aún, cuando ni siquiera tú lo sabes. Fue mi turno de ponerme en guardia. Como siempre, Bella me abofeteaba con la verdad y yo no podía rebatirle esas palabras. No estaba preparado para pronunciar algo sobre lo que no estaba seguro, aunque si había algo innegable era que la necesitaba desesperadamente. Y esas dos cosas no eran lo mismo, podía asegurarlo. 
—Bella, —apreté su cabeza contra mi pecho y besé su coronilla. —prometiste ayudarme a averiguarlo ¿Se te olvidó? 
—No. —Entonces no me saques eso más en cara. No cuando casi me tiemblan las rodillas al pedirte algo tan importante para mí. Volteó a mirarme a los ojos, la ternura había suplantado a las emociones anteriores. 
—Gracias por esa propuesta, Edward. Prometo no sacarte en cara de nuevo el tema, pero por ahora mi respuesta es que me lo voy a pensar. Apreté los dientes con molestia, pero asentí. Debía darle un poco de espacio y tiempo. Quizá podría aprovechar ese lapso; que esperaba que no se alargara mucho; para hacerle ver las ventajas de permanecer conmigo.



 Al mediodía invité a Isabella a almorzar pero le fue imposible. Tenía dos reuniones pendientes para la tarde y una de esas incluía almuerzo. Así que quedamos para cenar. Le escuché cansada, por lo cual decidí que mejor sería comprar algo para llevar y comer en mi departamento. Así aprovecharíamos para compartir con la niña un poco de tiempo juntos. Sin ánimos de comer un sándwich frío de Subway, decidí llamar a alguien más para que me acompañara a tomar una comida decente y caliente. —¿Edward? 
—Hola, mamá. —cerraba algunos archivos en la computadora. 
—¿Estás libre para ir a almorzar? Su tono, entre sorprendido y alegre me sentó mal. Eso hablaba demasiado sobre la clase de hijo que me había vuelto. 
—¡Si! ¿A qué hora, cielo? 
—Dentro de veinte minutos paso por ti ¿Está bien? —Claro que sí, hijo. 
—¿Prefieres algún lugar? Tengo reserva permanente en Armani's. —sugerí mientras me colocaba en pie y miraba por la ventana sin ver propiamente. 
—Preferiría algo más tipo Ze Café, si no te molesta. —En lo absoluto. Paso por ti en veinte. 
—Estaré, lista. Gracias, Edward. Me restregué los ojos sintiéndome como una mierda de persona. que mi madre me estuviese dando las gracias por invitarla a almorzar me parecía totalmente incorrecto. 
—No se merecen, mamá. Ahora nos vemos. De inmediato apreté un botón en el teléfono. 
—¿Señor? —atendió la señorita Stanley con tono meloso. Como siempre. 
—Llame a Ze Café y diga que necesito una mesa para dos. En media hora estaré allá. —Entendido, señor Cullen ¿Algo más? —Sí, llame a mi ama de casa y luego me transfiere la llamada a mi celular. —De inmediato, señor Cullen. —respondió la chica. 



—¿Desea algo más, señor? —el mesonero preguntó educadamente. Miré a mi madre. 
—¿Deseas postre? Me sonrió con ternura y negó con la cabeza. 
—No debería. Se supone que estoy a dieta y acabo de violarla de forma estrepitosa. Le sonreí con chulería. —Un tiramisú. —le ordené al mesero sin despegar la vista de ella. Fingió indignación mientras que sus labios me sonreían divertidos. Ese era su postre favorito, lo cual suponía un golpe bajo. 
—Eso no es justo y lo sabes. —murmuró tomando un trago más de la copa que tenía muestras de la condensación del agua fría. Fingí demencia. 
—No tengo idea sobre qué me estás hablando. —pocos minutos después llegó el plato con un apetitoso pedazo del postre. Tomé y cucharilla pequeña e insté a Esme a hacer lo mismo. 
—Como en los viejos tiempos, mamá ¿Recuerdas? Frunció sus labios que estaban perfectamente maquillados; incluso después de almorzar; en un perfecto tono coral que hacía resaltar ese cabello caramelo que tenía, y que contrastaba tan bien con ese vestido de color azul marino. 
—Es difícil no recordar cuando tu hijo se empeñaba en robarte tu postre, incluso cuando su plato tuviera el mismo.
—¡Es que el tuyo siempre sabía mejor! —puse a modo de pobre excusa. El sonido delicioso de su carcajada me fascinó. 
—Y sigues siendo tan descarado como entonces, Edward Anthony. Tomé una cucharada que se deslizó con suavidad por las diferentes capas del pastel: el cacao en polvo de la cobertura, la crema de queso mascarpone, el bizcocho remojado en vino marsala y expreso. Estaba simplemente delicioso. Al final del postre, nos dispusimos a volver a la empresa. Fue entonces cuando lo incómodo comenzó: 

—Gracias por todo, hijo. —dijo ella mientras colocaba una de sus manos por encima de las mías. —Insisto. No se merecen, mamá. —le devolví el apretón y mantuve sus dedos con los míos ¿Hace cuanto no disfrutábamos de un momento tan íntimo y relajado a la vez? ni siquiera lo recordaba. 
—Claro que se merecen. No me he comportado correctamente en estos últimos… 
—Embry, enciende la radio pero solo las cornetas de adelante. —ordené ante lo que sabía que se avecinaba. No era que no confiase en la discreción de mi chofer, pero él tampoco tenía porqué enterarse de los deslices de mi mamá. Me sentía protector con ella. 
—Sí, señor. —inmediatamente las notas de 9 Crimes de Damien Rice invadieron el pequeño espacio. Fue hasta entonces que me dirigí a ella en voz baja. —No quiero hablar de eso. —Pero tenemos que hacerlo. —insistió ella. —No podemos seguir ignorando el elefante que se ha instalado en el medio de la sala por esto. —Esto es cosa tuyo y de Carlisle… 
—Es también asunto tuyo porque te viste afectado. —contraatacó Esme. Suspiré derrotado y dejé caer la cabeza contra el asiento. 
—Está bien. Te escucho. Se aclaró la garganta antes de hablar. —Corté toda relación que tenía con… la otra persona. —asentí esperando que allí acabara todo, pero no. 
—Mandé a eliminar el número por el que nos comunicábamos… 
—¿Tenías un número solo para él? —pregunté incrédulo. Asintió. —Solo lo tenía encima si me iba a ver con él. Eternamente en vibrador y se quedaba en mi escritorio el resto del tiempo. —admitió avergonzada. Permanecí con la boca abierta con cara de tarado. 
—Di algo, por favor. —susurró nerviosa. Eso mismo me gritaba mi cerebro, pero no había ninguna manera en que algo coherente saliera de mis labios. Abrí la boca varias veces, pero la cerré en el mismo número de oportunidades. Finalmente me acordé de la opinión de Bella al respecto y fue entonces cuando caí en cuenta que tenía razón. Por lo cual, opté por citar sus palabras a mi manera. 
—Obviamente no sé qué decirte, mamá. Pero lo que sí puedo asegurarte es que no tienes porque esperar ningún juicio de mi parte. No estoy en posición de decirte ni echarte en cara nada, puesto que el ofendido directo no he sido yo además de que tampoco puedo ponerme en tus zapatos. Lo único que ambos tenemos en común es el desinterés que Carlisle nos regala desde hace tiempo. Supongo que para ti como esposa debe de ser más duro. —agregué con la voz fría como un témpano de hielo. —¡Para ti también, cielo! Tú eres su… 
—No, mamá. —le interrumpí. —No quiero hablar sobre eso. Solo te digo que no esperes una mala respuesta de mi parte, aunque reconozco que me alegra que esa otra "persona" no esté más contigo. —agregué con inquina. —Pero también debo decirte algo. Sus ojos llorosos me miraban atentos. 
—Perdóname por haberme alejado tanto de ti. No debí dejarte atravesar sola mucha de estas cosas. No sabes cómo me ha alegrado el haber pasado este ratito contigo. —acaricié su mejilla y ella se abandonó al toque como si lo necesitara. Se me hizo un nudo en la garganta. —Prometo que a partir de ahora me quedaré cerca, mamá. Seré tu mocoso atorrante, de nuevo. Se carcajeó a pesar de que las lágrimas no dejaban de deslizarse por sus mejillas. Le di dos sendos besos en cada una y la abracé. —Yo también me he sentido muy feliz con este almuerzo, cielo. —añadió entre sollozos. 
—Lo sé, mami. —susurré en su oído mientras le abrazaba contra mi pecho. Siete horas después tenía a Bella casi en la misma posición, con la variante de que estábamos en el sofá de mi casa terminando de ver "Across the Universe". Un musical de los que me encantaba, y por cómo pude constatar luego, a Bella también. —Adivina lo que hice en la tarde. —le susurré al oído. 
—Jummm ¿Trabajar como un desquiciado? —A parte de eso. 
—¿Ser un bastardo megalómano con quienes te rodeamos? —Eso también es cierto, pero no solo hice eso… —Pues no lo sé, dime. —se giró un poco hasta verme a la cara pero sin despegarse de mi pecho ni salirse de mis brazos. —Salí a almorzar con una mujer. —ella entrecerró los ojos y me asesinó con la vista. —Espero que haya sido con la señora Esme. O con Lizzy. Me carcajeé tan fuerte que llamé la atención de mi madre al otro lado, ella me devolvió el gesto y siguió alimentando a mi pequeña. —Comí con mi mamá. —¿En serio? —sus ojos brillaron emocionados. En mi obtuso cerebro se produjo un cortocircuito intentando dar con el motivo por el cual ella se alegraría por algo así. —Sí. Y lo pasamos muy bien. Acarició mi mandíbula y depositó un besito en ella. —Me alegro mucho, Edward. Ya era hora. —Le prometí que habría muchos momentos como es de ahora en adelante. Mi madre le daba el biberón a una muy hambrienta Elizabeth cuando Sue nos llamó a la mesa. Sue se había lucido de una manera sencilla: solomo con champiñones, vegetales salteados y una ensalada con varios tipos de lechuga y una exquisita vinagreta de pera. Nada de vinos en solidaridad con este migrañoso. 
—¿Te quedas esta noche? —le pregunté a Bella antes de tomar un pedazo jugoso de solomo. Ella negó con la cabeza, esperó para tragar y respondió: —No puedo quedarme esta noche. Debo de cuidar a los gatitos… 
—¿Gatitos? —interrumpió mi madre quien de manera súbita se vio interesada en la conversación. —¿Adoptaste gatitos, Bella? —No, los recogí de un callejón que está cerca de mi casa. Los habían dejado tirados en una caja al lado de un basurero. Esme puso cara de horror. 
—¿Y qué tiempo tienen esos pobres animalitos? —Aproximadamente dos meses. Creo. —¿Piensas quedártelos o vas a entregarlos a un refugio? Isabella tomó un trago de su agua. —Preferiría conseguirles un hogar a cada uno de ellos. Son solo tres cachorrillos. Hay una hembra que es blanca con motas color ámbar… 
—La más malvada. —solté divertido. Bella negó con la cabeza y prosiguió: —Y hay dos machos uno es blanco todo y el otro es negro. Por cierto, el primero tiene estrabismo en uno de sus ojitos azulados pero lo hace ver aún más tierno. Y como era de esperarse, la reacción de mi madre fue: 
—¡Oh, uno blanco! —se tapó la comisura de los labios con una elegancia innata. 
—¡Yo quiero ese! Ya estoy en gestiones para conseguir un departamento… Rodé los ojos. 
—¡Mamá, por favor! Si quieres tener un gato, puedes traerlo para acá. No hace falta que te mudes. —No, Edward. 
—respondió enfática. 
—Tú necesitas tu espacio personal. Y yo debo crearme el mío propio. 
—Puedo cuidarlo por usted, señora Esme; hasta que consiga lo que necesita. Acribillé a mi novia con la mirada. 
—Ya dije que puedes traerlo acá… —de pronto se me ocurrió una idea. 
— O mejor aún ¿Por qué no mudas para acá a los tres, y a tu persona también? Mamá contuvo el aire sorprendida. Bella nos vio a ambos y apretó los dientes. 
—Quedamos en que hablaríamos de eso luego, Edward. 
—¿Es que ya estaban en conversaciones de vivir juntos? —intervino Esme. 
—Así es, mamá. Le pedí esta mañana a esta señorita que se viniera a vivir conmigo; pero me temo que disfruta con someterme a una espera agónica. Como sabía que lo haría, mi madre volvió a mirar a la otra comensal como si estuviese cometiendo un completo desatino, más esperó por su respuesta. 
—Es que me temo que esa decisión se ha tomado muy pronto, señora Esme. —sentí una pisada en el pie que poco a poco se fue haciendo más pesada y dolorosa sobre mis dedos. 
—Pero no es una negativa, solo quiero tomarme las cosas con un poco más de calma. La ilusión de mi madre permaneció igual de encendida en sus ojos, levantó la copa de agua y dijo: 
—Pues propongo un brindis con agua porque esta futura convivencia esté más cerca que lejos. Salud. Los tres brindábamos y yo trataba de esquivar ciertas miradas que prometían vendetta; cuando de pronto una voz irrumpió en el comedor. 
—Buenas noches ¿Interrumpo? —Carlisle con gesto tenso observaba la escena con ojo clínico y sabía por su gesto que no le gustaba lo que veía. Una familia sonriente y celebrando sin grandes aspavientos sobre decisiones a tomar; pero todo eso sin tener a su persona presente entre nosotros. Reparé en las ojeras que enmarcaban sus ojos tan parecidos a los míos y un agotamiento que le restaba elegancia a su postura pero no fuerza. 
—Buenas noches. —respondí con sequedad. Esme desvió la mirada y se concentró en su plato aunque ya no tomaba más bocados y Bella permaneció impertérrita ante la situación. Admiraba el temple de esa mujer, entre muchas otras cosas. Leah apareció por detrás del repentino visitante y con una actitud avergonzada me dijo: 
—Edward, el señor Cullen me pidió que no te avisara de su presencia…
Tranquila, Leah. Puedes retirarte. —esperé hasta que ella desapareciera por el pasillo para hablar. 
—¿Quieres pasar? Mi tono seguía frío, como si me dirigiera a cualquier visitante. 
—Me temo que no soy bien recibido en esta mesa, pero si me permiten me gustaría tener unas palabras a solas con mi esposa. —intenté adivinar lo que se traía entre manos, incluso si planeaba armar una discusión; pero nada en él parecía darme una señal para pedirle que se fuera. Muy por el contrario, mi madre asintió en mi dirección. Tomé a Bella de la mano y la llevé conmigo hasta el cuarto de Elizabeth. Ella se apresuró a tomar a la pequeña entre sus brazos que exigía atención desde su cama y se la colocó contra el pecho. Con sus dedos acariciaba la pelusilla azabache de la niña. 
—Deberías llamar a Embry. Creo que este es el mejor momento para retirarme de aquí. 
—No puedes dejarme solo ahora. Espera un poco. Ven. —la tomé de la mano y la llevé conmigo hasta mi cuarto. Colocamos a la pequeña entre ambos mientras que ella jugueteaba con los índices de cada uno. 
—¿Qué crees que quiere? —pregunté después de un rato. Se encogió de hombros. 
—Seguramente explicaciones. Tu padre siempre exige eso de todo el mundo. Le di la razón. Tenía una imagen bastante acertada con respecto a las personalidades de cada uno de nosotros. 
—Estoy tan harto de todo esto. —suspiré cansado y me eché un brazo sobre los ojos. Retiró mi extremidad para examinarme la cara. 
—¿Te sientes mal? ¿Crees que te comenzará la migraña? —preguntó solícita. Le besé en los labios con dulzura. 
—Estoy bien, valkyria. Tranquila. Sentí que su mirada me escudriñaba y trataba de sacar a la luz cosas que no sabía si serían buenas o no. Quizás me estaba imaginando en el futuro como una réplica genética de mi padre. ¡Maldición, incluso yo lo había pensado! Pero al mismo tiempo me negaba a creer en esa posibilidad. Se supone que ella sería mi luz ¿Cierto? Isabella no dejaría que me perdiese. Aunque quizá eso era lo que pensaba Carlisle, hace unos cuantos años atrás. Finalmente ella me tomó el rostro entre las manos y me obligó a mirarla fijamente. 
—No te dejaré solo, Edward. Cuentas conmigo para lo que sea. Lo sabes ¿No? Asentí contrariado. 
—Bien. Ya que tienes eso claro entonces…Acepto ¿Cuándo vamos a por mis cosas?



Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.


Buenas noches, mis Tiranas consentidas…como siempre tarde, pero seguro. Espero que esta nueva entrega del Cavernícola les guste. Les cuento que este capítulo estuvo accidentado y atravesado a partes iguales. Primero, el concierto de unos ídolos venezolanos que yo amo desde mi niñez…pronto sabrán sobre ellos. Y luego; irónicamente y paralelo al contenido de la trama; me vi envuelta en un rescate de una gatita. Tiene como máximo dos semanas, por lo cual depende de todo para mí; y creánme cuando les digo que ha sido los cuidados más difíciles que he tenido que darle a un animal…¡Y yo tengo cinco mascotas! En fin…ya basta de cuentos. Solo compartía estas anécdotas con ustedes para que sepan el porqué del retraso, y además para que sepan un poquillo más acerca de la loca que comparte sus letras con ustedes. Un besote desde Venezuela, mis chicas. Suya… *Marie K. Matthew*


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1 comentario:

  1. Es un placer inmenso el poder disfurtar cada vez de tus capitulos que llenan e ilusionan cada vez mas....Gracias linda...Sigue asi...

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