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miércoles, 21 de julio de 2010

Sin Alternativas - Quinto capítulo:



 "MUJER"

La noche transcurrió lentamente. Billy gritaba para saber si estaba despierta. Y yo sollozaba por lo bajo para que no me escuchara. Lloré hasta que me dormí casi en la madrugada. Haber lastimado a Paul me había hecho sentir no digna de él, y por lo tanto temerosa de perderlo. Anexo estaba el hecho de que sabía que al día siguiente habría de hacerle daño a Matthew. No a propósito, claro. Pero era fundamental que entendiera que lo nuestro estaba muerto.

Era la primera noche que lloraba desde que había llegado a La Push.

No tener a Paul era peor que una tortura. Él no pasaba la noche conmigo pero al menos tenía la certeza de que nos veríamos al día siguiente. En cambio ahora me sentía en medio de la nada, no sabía si me perdonaría y mucho menos si me buscaría de nuevo. Me levanté a la mañana siguiente con los ojos un poco hinchados de tanto llorar. Tomé un baño con mucha calma. Dejé que el agua caliente recorriera mi cuerpo centímetro a centímetro.

Esto evocó los movimientos en la cueva.

Las manos ardientes de Paul sobre mi anatomía. Su cálida boca en mi pecho. Y su suave mano en mi intimidad. Despejé mi cabeza. Ese estado de excitación más el dolor de la incertidumbre creaban en mí sensaciones desagradables.

Me terminé de duchar y fui al encuentro con Matthew.

*****

Nos encontraríamos en la playa como habíamos acordado; cuando me llamó en medio del desayuno.

Aparqué a la orilla de la carretera y lo esperé sentada en la arena. Escuché el sonido de un motor que se aproximaba. Me giré y vi aparecer la camioneta de Mathew; era una modelo Avalanche de color azul marino. Recordé cuanto me encantaba manejarla, era una máquina espectacular.

Lo vi descender de ella. Seguía tan guapo como siempre, pero eso nunca nos bastó para ser felices.

Era rubio, con unos ojos verdes despampanantes y sus labios eran rosados y carnosos. Tenía en sus facciones la herencia de sus ancestros franceses. Los integrantes de la familia Dumont.

Iba vestido con unos jeans, una chaqueta negra y una musculosa gris.

Medio sonrió al verme.

- Hola, Rachel. – sus ojos brillaron al verme.

- Hola, Mathew. – ni siquiera me levanté. - ¿Cómo has estado?

Se sentó a mi lado.

- ¿Cómo crees que voy a estar, si me vas a dejar?. Pues mal. Y tú, Rach ¿Cómo te has sentido? – su voz tenía un deje filoso.

- No muy bien, Math. Pero mejor no nos vallamos por las ramas.

Me miró con profundidad a los ojos. Los suyos se rayaron al escuchar mis palabras; más aún así continué.

- Terminamos, Mathew. Esto se acabó. Por el bien de los dos; en nombre de tu sanidad mental y de la mía. Y más importante todavía, por nuestra amistad. Me dolería demasiado perderla. Sé que a lo mejor no me crees; pero te quiero demasiado como para someterte a un amor mediocre.

Se desbordaron sus lágrimas.

- Rachel, por favor no me hagas esto. Nadie, absolutamente nadie te amará como yo lo hago. Te daré todo lo que quieras, nada más pídemelo.

- Cualquier cosa que yo quiera, ¿Eh? – le pregunté cambiando mi semblante a una facción calculadora.

- Si, lo que quieras. Pídemelo. ¡Pídemelo, Rachel Black! – se apresuró a contestarme.

- Pues quiero mi libertad. Ya estoy harta de sentirme presa en esta relación, Math. – le dije tajamente.

Bajó su cabeza y miraba a la arena.

- ¿Sabes que fui a hacer hace rato a Seattle? – en un tono extraño y pesaroso.

- Si, fuiste a encargarte de los negocios de la familia. – él mismo me lo había comentado.

- Sí, fui a eso. Y además fui a cerrar un trato de compra de un penthouse. – sacó algo de su chaqueta mientras las lágrimas se deslizaban por su mejilla, y mi culpa fluía libre. Era una pequeña cajita azul marino.

Tragué grueso. La culpa desapareció y dejó en su lugar una ira indescriptible.

- Rachel. – seguía llorando. – Quiero que te cases conmigo. Quiero que tengamos una vida juntos y que empecemos una familia. – me propuso.

Entrecerré los ojos y me levanté de la arena. Caminé dos metros hacia adelante.

- ¿Qué piensas? – me preguntó desesperado.

Y no me pude contener.

- ¿De verdad quieres saber qué es lo que pienso? – le grité - ¡Pues que estás demente! ¡Estás muy mal de la cabeza, Mathew! ¿Acaso no escuchaste lo que te estaba diciendo? ¡Quiero terminar contigo y con este maldito circo en que hemos convertido esta relación! – mis palabras lo habían herido, pero ya no soportaba su actitud manipuladora. - ¿Por qué quieres hacerlo todo tan difícil? Acepta de una vez que no te amo. Te amé, pero ya no, hace tiempo que solo te veo como un amigo. Yo lo último que quiero es lastimarte; pero no soporto más.

Se levantó y me increpó.

- ¿Y tú piensas que ahora no me estas lastimando? ¡Mírame, Rachel Marie! Doy pena ajena. Me he denigrado hasta lo imposible solo por tu amor. Toma en cuenta eso. – me comenzó a gritar.

Volví a subir mi tono de voz.

- ¡Claro que lo tomo en cuenta; eres tú quién no se respeta!. Otro en tu lugar me hubiese dejado. – normalicé mi voz de nuevo - No pienso seguir discutiendo más. Esto se acabó y punto.

Se me acercó y me encaró. Jamás lo había visto tan molesto.

- ¿Acaso tú decides por los dos? – me seguía gritando.

Decidí no alterarme más. Decidí hablar bajo.

- Pues no. Decido por mí, así que te digo por última vez; Esto se acabó, Mathew Sebastián Dumont. Si en tu mundito de fantasía quieres imaginarte que seguimos juntos ese es tu problema: porque yo seguiré con mi vida y el único puesto que te puedo dar en ella es el de amigo. ¿Aceptas o declinas? – le pregunté.

- Solo te quiero como mi mujer. – me respondió con rabia.

- Entonces espero que tengas una buena vida, Mathew. Adiós. – me di media vuelta y me disponía a irme pero me agarró del brazo con mucha fuerza y me haló hacia él.

- ¡No me vas a dejar aquí solo! Esto no se ha…

- ¡Tienes medio segundo para quitarle las manos de encima, antes de que te las arranque y te las devuelva en pedazos! – bramó Paul que venía desde el bosque.

Me alegré, me molesté y molesté: todo al mismo tiempo.

- ¿Quién demonios eres tú?- le espetó Mathew con rencor.

- Si quieres eso te lo respondo luego de arrancarte las extremidades ¿Te parece? – le temblaban las manos y bufaba por la nariz - ¡Suéltala ya!

Supe que este era el momento de intervenir.

- Mathew. Por favor, suéltame. – le pedí con deje cortante.

Me soltó de ipso facto.

- ¿Se puede saber quién te has creído para entrometerte en la conversación de mi novia y mía? – lo empujó del pecho. Nunca lo había visto tan violento.

- ¡Ja! ¿Tu novia? ¿Acaso eres sordo?

Me interpuse entre los dos de inmediato y vi a Paul a los ojos.

- Vámonos, te lo ruego. – le supliqué.

La mirada de él cambió y me miró con dulzura. No me pude contener y lo abracé, acto que el correspondió y me besó en la coronilla.

Respiró profundo.

- Como tú quieras. – asintió.

Cuando me percaté de nuevo de la presencia de Mathew me volteé y lo ví. Me miraba con cara de espanto.

- Math, yo…no quería que te enteraras de esta manera.- intenté zafarme de los brazos de Paul; pero él no lo permitió. – Sé que te parecerá apresurado y terrible. Puedes decirme lo que sientas, pues estás en tu derecho.- sentí el apretón en mi mano indicándome que alguien no permitiría que fuese insultada. – Me enamoré de él. – lo señalé con la mano. – Y no he podido estar con él, por estar unida a ti.

- ¿Enamorada? – se rió irónicamente- ¡Pero si solo tienes una semana aquí semana aquí, Rachel Black! Debes estar confundida.

Negué con la cabeza.

- No, estoy más que clara en lo que siento. Y jamás había sentido esto por nadie.

Se aferró a sus cabellos dorados fuertemente, conteniendo el dolor que lo consumía por dentro.

- Esto tiene que ser una pesadilla. – decía para sí. Luego volvió a mirarme. - ¿Me estás dejando por un indio, Rachel? ¿Qué futuro tendrías con alguien como él?

Este Mathew era un completo desconocido para mí. En lo que llevábamos de charla había visto que cosas desconocidas por mí tras dos años de relación. Pero lo peor lo acaba de escuchar, nunca en mi vida había sabido ni visto que él denigrara a alguien por su status social o procedencia. Por el contrario, era de lo más afable y sencillo. Con mis acciones había creado un monstruo.

Paul comenzó tener convulsiones en su cuerpo.

- No te dejo por él. Te dejo porque no te amo y porque no soy feliz a tu lado. – luego me volteé – Si te importa tanto el futuro que me depara con él, pues te aclaro que eso solo me concierne a mí puesto que yo lo he elegido. Lo amo y eso me basta y me sobra. – me volvía hacia mi ahora ex – Te lo dije antes y te repito ahora, no necesito ser rica para ser feliz. Para finalizar déjame aclararte algo, ¡yo también soy india! Me siento más que orgullosa de ser una Quilleute y jamás me escucharás renegar de lo que soy.

Alzó los brazos en símbolo de rendición.

- ¿Sabes qué? Esto es demasiado para mí. Me voy. Pero de una vez te digo algo: Te esperaré, Rachel; porque sé lo que estás haciendo es un error. Te amo y nadie te amará como yo lo hago. Adiós.

Paul se le iba a ir encima pero lo agarré y lo miré a los ojos.

- Déjalo. Es hora de que se vaya. Ya yo le he hecho mucho daño.

Se me escapó una lágrima al verlo partir de manera tan fúnebre en su Avalanche.

Cuando la camioneta de perdió de vista me giré hacia Paul.

- ¿Cómo te sientes? – me preguntó preocupado.

- Nada bien. – le confesé con una lágrima en mi mejilla.

- Vamos. Te llevaré a tu casa. – me dijo serio.

- No – le supliqué – Prefiero que me dejes aquí. No estoy de ánimos para encontrarme con Billy, ni tampoco quedarme allí encerrada.

Hablaba prácticamente conmigo misma. Me disponía a sentarme cuando Paul me sujetó en vilo.

- Entonces vámonos a otro lado. No te dejaré sola y mucho menos aquí. Está haciendo demasiado frío para ti.



Ahora que lo mencionaba, comencé a sentir las inclemencias del clima. Además estaba lloviznando.

Me tomó por la cintura y llevaba hasta el auto. Me acurruqué contra él. Así me mantendría caliente y además me aliviaría la pena inhalando su aroma amanerado.

Me montó en el puesto del copiloto y me exigió las llaves. De muy buena gana accedí, puesto que no tenía ánimos de manejar.

Recliné el asiento y conforme avanzábamos me quedé profundamente dormida.

Me desperté en el lado izquierdo de una cama matrimonial. No conocía ese lugar ese lugar en donde estaba. Era una habitación pequeña pero hermosa. Con paredes y techo de madera. Parecía una cabaña.

Me coloqué los zapatos y salé de allí.

Escuché ruidos en el piso de abajo y me dirigí a ellos.

Los sonidos provenían de la cocina.

Me asomé y vi a Paul afanado cocinando. En el ambiente había una mezcla de olores: unos dulces y otros salados, pero a fin de cuentas todos eran exquisitos.

- ¿Piensas seguir parada allí sin decir nada? – me preguntó sin siquiera voltearse.

Supuse que su oído lobuno me detectó cuando bajaba.

- No tengo nada que decir. Bueno…en realidad sí. – dejó lo que estaba haciendo y se volteó hacia mí. – Lo siento, Paul. Jamás quise herirte; nunca viviría tranquila si te hiciera infeliz. No debí haberte dicho nada ayer.

- No era eso lo que quería escuchar de tu boca precisamente. – seguía serio y hosco.

- ¿Qué quieres oír entonces? – pregunté temerosa. No sabía si me pediría que me apartara de su camino o algo por el estilo.

Caminó hacia adelante. Quedó apenas a un cuarto de metro de donde yo estaba de pie.

- Quiero una respuesta a lo que te pregunté hace dos días, Rachel. – me presionó.


Casi suspiré de alivio. <>, pensé.


Miré la cocina y decidí devolverle un golpe que me debía. Quizás no era el mejor momento para bromas pero no quería verlo tan serio.

- Te lo diré solo si me gusta lo que cocinaste. – me reí socarronamente.

Él hizo lo mismo.

Pasamos a la mesa. Cualquiera que vieras a Paul en la calle; aparte de babearse; jamás pensaría ni por un instante que era un cocinero genial.

Preparó pechugas de pollo grilladas con hierbas, acompañadas de un puré de patatas exquisito. Además me preparó un chocolate caliente para que pasara el frío. ¿Acaso podría ser más perfecto? 

Después de terminada la comida. Nos sentamos en su pequeña pero hermosa salita.

- ¿Quién diría que tú cocinabas tan bien? Y que además mantienes una casa en muy buenas condiciones; por ti mismo. Es impresionante.

Se rió complacido con mi comentario.

- Sí, nadie lo sospecharía. Pero le prometí a mamá antes de que muriera que cuidaría cada día de esta casa como si ella estuviera aquí.

Me quedé atónita.

- No sabía que tu madre había muerto. Pensé que estaba de viaje. Como solía hacerlo. – me acerqué a él y lo abracé con fuerza. – Cuanto lo siento.

Lo solté para verlo a los ojos. Un hilo de pena se coló en su mirada.

- Si eso fue hace dos años. – comentó en voz baja.

- ¿La extrañas mucho? – le pregunté conmovida.

- Sí, a veces. Pero sé que en donde está, se encuentra mejor. – aceptó con mucha madurez y entereza. – Propongo cambio de tema. Dame mi respuesta Rachel Black. 

Trague grueso.

- Pues…no sé si es momento… - me mostré dubitativa para desesperarlo. – Pero sí. Te amo más que a nadie, y nada me haría más feliz que me presentaras como tu novia ante quien quieras, Paul.

Me sonrió abiertamente y se acercó a mis comisuras.

- Te amo, mi princesa. Ahora si puedo decir que eres mía “oficialmente”.

Agarró mi cara y se ensañó contra mi boca. La besó con ira y luego mordió mi labio inferior. Ese pequeño dolor acrecentó mi ya elevada excitación.

Estaba recostándome en el sofá, cuando me levantó en brazos y subió conmigo al cuarto en donde me había despertado. Allí me colocó sobre la cama y se despidió de su camiseta negra. Dejando su torso perfecto ante mi vista lujuriosa. Luego se cernió encima de mí. Me sacó la chaqueta mientras seguía besándome. Yo me abrí la camisa. Así que de mis labios bajó a mi escote.

Masajeó mis senos con ternura y deseo a la vez, pero cuando este se hizo insoportable me retiró el brassier y los jeans con rapidez.

Acarició mis muslos y yo gemí por su roce casi celestial. Capturó uno de mis pezones, haciéndome arquera la espalda. Solté un grito ahogado. Besaba mis pechos, y a veces se deleitaba por segundos viéndolos. Yo estaba disfrutando de la calidez de su boca; que era un reflejo del estado de mi intimidad.

Paseó sus manos inquietas por todos lados. Cuando sentí su tacto por encima de mis pantis casi muero. Me abrumó una fogosidad más fuerte y lo único de lo que fui capaz fue de sisear en el acto.

Pasó su lengua desde mis pezones hasta mi ombligo. Retiró mi única prenda de mi zona pélvica y arrastró besos por la parte interior de mis muslo9s. Yo jadeaba sin cesar. 

¿Cuántas veces hemos pensado en el momento que sería perfecto para entregarnos a nuestra persona amada? ¿Cuántas veces hemos sentido miedo a entregarnos a la persona equivocada? No lo sabía. Paul me había exorcizado de mis demonios pasados, él encontró la manera de demostrarme que él era el indicado. A quién esperé incluso sin saberlo. Terminó su recorrido en mi botón hinchado que pedía agritos que lo tocara. Y así lo hizo; pero con su lengua. Gemí con tal fuerza que pareció un grito. Él lanzaba gruñidos al viento.

Comenzó a torturarme en con su área invertebrada que se movía en círculos, y que parecía arder tanto como su cuerpo. Me aferré a las almohadas.

Jadeaba sin poder cesar mientras él masajeaba mi sensible clítoris con sus labios sedosos.

- ¡Pa…ul! – alcancé a decir en medio de un gemir intenso, eso pareció insuflarle pasión e incrementó los movimientos de su lengua de manera casi violenta en mi intimidad. 

Comencé a estremecerme en la cama cuando el clímax se aproximaba. Le tomé por los cabellos mientras él seguía bebiendo de mí. Y cuando estuve en mi punto máximo lancé un grito.

En mis paredes vaginales sentía todavía las contracciones del orgasmo, mientras Paul casi destrozaba sus bermudas en el intento de quitárselos con rapidez. 

Aun jadeaba cuando se posicionó entre mis muslos con su inmensa erección. Me miró a los ojos y acarició mi mejilla. Besó de manera tierna mis comisuras y con un movimiento rápido entró en mí.

Ambos jadeamos al momento. Pero él puso una extraña cara de consternación.

- Rach…el…tú eres…virgen. – meneó la cabeza como para sacarse una imagen de ella. Asentí. – Es que yo pensé…no te merez…co. – intentó apartarse de mí pero no lo dejé.

- No, Paul. – resoplaba con dificultad al igual que él. – No me…dejes así, por favor…Te preciso aquí y ahora…Te necesito en mi interior y…que me hagas tuya. – le imploré con pena y deseo en los ojos. 

Me vió de la misma manera que yo y procedió a concederme lo que le había pedido. Me embistió una vez más.

- Te amo…mi princesa. – y con otro movimiento rápido rompió mi himen. 

Gemí de dolor y le enterré las uñas en la espalda.

- ¿Estás…bien? – a cada momento su respiración se volvía más errática.

Asentí con la cabeza. Así que él siguió con sus movidas invasivas en mi cavidad íntima.

Ambos jadeábamos y gemíamos, alternando nuestros sonidos.

Él se palanqueaba sobre mí y yo lo recibía con mis piernas dispuestas. Sus manos estaban inquietas, tocando todo lo que tenían a su alcance; en cambio las mías se clavaron en su espalda en la búsqueda de tener fuerza para aguantar tanto placer. 

Poco a poco los espasmos del orgasmo se apoderaron de nuestros cuerpos. Él incrementó la velocidad, penetrándome con más fuerza. Yo respondí arqueando mi espalda y aproximando aún más mi pelvis a la suya. Mis gemidos se transformaron en un grito cuando alcancé el éxtasis. Él gruñía como un animal salvaje cuando de repente; después de tres estocadas más; se vino en mí con un gemido gutural.

Yacíamos débiles y vulnerables el uno sobre el otro.

Se separó de mi intimidad, y se tendió a mi lado. Me atrajo hacia él y me recosté en su pecho. Escuché el sonido de su agitado corazón estimulado aún por la intensidad del orgasmo.

Nos quedamos así por una cantidad inconmensurable de tiempo.

Él rompió el silencio.

- Te debo una disculpa. – dijo mientras me acariciaba el cabello.

- Y eso ¿Por qué? – le pregunté extrañada.

- Por asumir que habías estado con otro. Debí preguntártelo antes de sacar mis propias conclusiones. Siento como si no te mereciera.

Miré a sus ojos y le coloqué un dedo en los labios.

- Eso es tiempo pasado. Lo que importa es que estoy contigo. Que eres mío y que ahora yo te pertenezco en cuerpo y alma.

Me besó con ternura en los labios. Luego me acarició la mejilla con la parte anterior de sus dedos.

- Siempre serás mi princesa, Rachel. Trajiste sentido a mi vida cuando ella era algo casi vacío. Eres mi todo.

Le sonreí conmovida.

- Y tú eres la razón por la que estoy aquí. Te amo más que a nadie. Seré tuya durante toda mi vida.

Nos dormimos así por unas horas.

Al despertarnos ya era de noche.

- ¿Qué hora es? – pregunté algo exaltada.

- Son las ocho de la noche. – dijo mirando el reloj de la mesa de noche. - ¿Te quieres ir? 

- De querer, pues no. Pero debo hacerlo. – dije con pesar.

Ambos nos levantamos.

- Esto fue lo más increíble que te experimentado. – le dije a modo de despido, en la puerta de mi casa. Me puse de puntillas para besarlo.

Él se inclinó para corresponderme.

- No. Fue más que eso, fue prefecto. – y me besó de nuevo. Luego con pesadumbre se separó de mí. – Debo ir a ver a Sam.

- ¿Nos veremos mañana? – le pregunté ansiosa. Casi como una niña.

- Sí, te vendré a buscar y haremos lo que quieras.

Lo miré insinuante y pícara.

- Jumm. ¿Lo que yo quiera? – me mordí el labio inferior. – eso es…tentador. 

 Se rió sensualmente.

- No me provoques, Rach. Mira que este lobo anda más hambriento que nunca porque te probó. Y le fascinó.

Me pegué a su cuerpo.

- Pues hay que darle al lobo lo que pida. – repuse.

Me besó en las comisuras y comenzó a alejarse.

- Eres adictiva como una droga y astuta como una serpiente. Mejor me voy rápido antes de que me seduzcas de nuevo.

Me reí y él se terminó de perder en la oscuridad.

A la mañana siguiente me levanté temprano. Hice el desayuno y me dispuse a lavar la ropa.

El celular sonó.

- Hola, herma ¿Cómo estás? – le saludé entusiasmada.

- Bien… - me dijo en tono suspicaz - ¿A qué se debe tanta felicidad?

- Jumm. Digamos que tengo mucho que contarte. Algo muy importante para ser franca. – y me reí como idiota.

- ¡Estás sospechosísima! – me respondió – Te conozco, y sé que cuando estás así es porque algo grande te ha pasado…¿Acaso te has portado “mal” con Paul? – dijo a manera de broma.

Solo me reí de nuevo.

- ¡Oh por Dios! Rachel Marie. ¡Estuviste con él! – me conocía tan bien. No había nada que pudiera ocultarle a mi hermana.

- ¡No lo puedo creer!. Definitivamente tengo que ir para allá lo más pronto posible. Es más; el fin de semana estaré por La Push. Así tenga prueba el martes. No me importa. – me aseguró.

- ¿Y Taylor querrá venir? – le pregunté.

- Él decidirá si quiere o no. Aunque sé que no me dejará sola. No está en su naturaleza. Pero eso no es importante ahora. Cuéntame ¿Cómo te sientes? – pasó de emocionada a preocupada en un santiamén.

- Adolorida, Gabrii. Me duele un poco “allá abajo”. Y he sangrado. Poco, pero lo he hecho. – le contaba absolutamente todo; no podía ponerme con tapujos ahora. Además, en ese tema ella tenía más experiencia que yo.

- Es normal, cariño. Ya verás que eso se te pasa. No te vayas a dar mala vida por eso. Pero si quieres te acompañaré al médico. – me aconsejó.

- No lo estaba haciendo. Pero el dolor es algo molesto. Y sí, me gustaría que fuésemos.

El timbre sonó. Supe que era él.

- Gabrii, te dejo. Paul ya llegó. Te llamo en la noche ¿Te parece?

- Si, hermana. Está bien. Te quiero. Cuídense mucho.

- Lo haremos. Lo mismo para ustedes. Los quiero mucho a ambos. Y los espero el fin de semana que viene.

Mientras hablaba le abrí la puerta a Paul y le dejé que entrara.

Se quedó viéndome con atención y me siguió hasta la cocina.

- Si, Rachel. Vete preparando porque tenemos muchas cosas de que hablar en cuanto llegue.

Me carcajeé.

- ¡Pero por supuesto! Te espero ansiosa.

- Bueno ahora sí. Cuídate.

- Igual, herma. Saludos y besos a Tay. – tranqué el teléfono y fui a saludar a mi novio como debía.

Le besé en los labios con delicadeza y lo abracé por la cintura.

- Era Gabrielle ¿Cierto? – no me sorprendió que adivinara quién era, puesto que le hablaba de ella en cada oportunidad que podía.

- Sí, va a venir a verme la semana próxima. Vendrá con su novio Taylor ¿Recuerdas que te hablé de él? 

Asintió.

- Estoy muy emocionada. Me ha hecho mucha falta. – le dije exultante.

- Se te nota. Estás rozagante. No sé como lo logras; pero hoy estás más bella que nunca. – me besó de nuevo. Luego se separó. – Y Billy ¿En dónde anda?

- Salió. Fue a la casa de Sue. De allí se iba a la casa de Charlie. ¿Por qué? ¿Necesitas algo? – seguía en mis labores mientras conversábamos.

Negó con la cabeza.

- Entonces Gabrii va venir… - le sonreí como respuesta - ¿Cuánto tiempo se quedará? 

- Solo el fin de semana. – dije con pesar. – Por eso debo aprovechar cada minuto. Me gustaría que compartieras con nosotros. A lo mejor te llevas bien con Taylor; en un chico genial.

- Si tú me necesitas durante todo ese fin de semana; pues ahí estaré.

Fingí estar ofendida.

- ¿Solo el fin de semana? – le sonreí con ironía.

Me besó en la frente. Arrinconándome en la cocina.

- Y el que le sigue. Y los días feriados. Y los de entres semana. En fin, todos.

- ¿Qué pasará si te aburres de mí? – le pregunté con doble sentido.

- Eso no pasará. Eres mi norte. Es imposible que alguien se aburra de quién es su tesoro más preciado.

Puse los ojos en blanco por su exageración.

- Dame un lado, Paul. Necesito darme una ducha.

Respiró profundamente; como si le hubiese asestado un golpe.

- Está bien. – me concedió espacio.

Pasé por delante de él.

Subí las escaleras a mi cuarto. Estaba buscando mis cosas, cuando me volteé y lo encontré parado en mi puerta.

Me llevé un buen susto.

- Toca por lo menos. – le recriminé – M e vas a venir matando de un susto.

Se rió sin remordimientos. Me abrazó por la espalda y habló en mi oído.

- Vine para ver si necesitabas ayuda. No seas malagradecida. – Tenía un tono incitador.

- Puede ser. – le susurré – Aunque todavía recuerdo las nociones básicas de cómo tomar una ducha. O ¿es que tú tienes una idea mejor?

- Se me ocurren una cuantas. Si me dejas acompañarte, te las puedo enseñar.

Me comenzó a besar por la parte posterior del cuello. Así pues ¿Quién podía negarse?

- De acuerdo. Dejaré que me enseñes esa “fabulosas ideas” tuyas. Espérame en la ducha; primero debo hacer algo.

Me volteó por lo hombros casi con rudeza, besó mis labios con ímpetu y luego se separó.

- No te tardes demasiado. – la pasión inundó sus ojos negros.

Salió de mi cuarto.

Me dispuse a quitarme la ropa que tenía y me coloqué una bata de baño de color negro. Solo eso y fui en búsqueda de saciar las ganas de estar con Paul. Si es que eso era posible.

Cuando entré en el pequeño cuarto de baño, todo estaba lleno de vapor. Hasta el espejo estaba empañado. Abrí la puerta de la pequeña cucha y lo ví.

Mojado, desnudo y excitado. Era la escena más erótica que había visto jamás. Me lo devoré con los ojos, que recorrieron cada parte de su cuerpo. Y se detuvieron en su miembro de gran tamaño. Mi corazón se aceleró al comprender el porqué de mis dolores. Pero eso no me detendría para estar con él.

Paul me comía con la vista también. Yo seguía parada en la puerta de la regadera. Son movimientos lentos fui deshaciendo el nudo de la bata. Apretó los puños y contuvo el aire.

- ¿Qué te pasa? – pregunté con malicia, sin terminarme de desnudar.

- Sabes muy bien lo que me pasa. Me tienes desquiciado, Rach. No he dejado de pensar en ti ni un condenado minuto.

Me sentí más que complacida. 

Deslicé la bata poco a poco por mi hombro derecho, luego hice lo mismo con el izquierdo. Paul soltó un gruñido gutural de desesperación.

- Ya basta, Rachel. Por favor. – estaba tratando de contenerse y eso parecía llevar un esfuerzo hercúleo.

Abrí un lado de mi bata y luego el otro, la dejé caer a mis pies y entré en la ducha. Cerré la puerta para que subiera el vapor de la regadera abierta.

Nos quedamos frente a frente por unos segundos. Viendo el amor y la excitación en los ojos del otro. Luego me atrajo hacia sí con mucha delicadeza. Como si pudiese partirme.

Me abrazó con vehemencia e inhaló mi aroma. Luego suspiró.

- Eres mi religión. Yo no te amo; lo que siento por ti es mil veces más fuerte que eso. Es como una devoción perpetua. Y hoy por ti soy un fanático. Creo que lo único que me mataría sería estar lejos de ti. – susurró casi sin aliento – Te entrego mi soledad para que borres sus sombras.

Tragué grueso al comprender la profundidad de lo que me decía.

- Y yo la acepto. Te juro que jamás volverás a estar solo de nuevo. – le hablé con mi cara a centímetros de la suya – Ayer te entregué mi cuerpo y mi alma. Hoy termino de entregarte lo que me queda. Mi fase de niña muere en ti; porque te pido que me hagas “tu mujer”. 

3 comentarios:

  1. felicitaciones, me encanto como rachel se porto con ese novio fastidioso, el tarado no entendia nada de nada.

    la primera vez de rachel fue muy apropiada, para no colocar una palabra que no me censuren (cara roja), tu me entiendes.

    Gracias por la dedicacion, tambien me encanto la seth es muy lindo

    Exitos ;-)

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  2. GRACIAS MI ADRII!!! SE TE QUIERE...Y GRACIAS POR SEGUIR LA NUEVA...

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  3. Amiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii no había leído el quito cap O.O HERMOSO!
    Mi ami magnifica sigue en esas porque de verdad está increíble, te quiero un mundo!

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