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lunes, 22 de noviembre de 2010

Oneshoot para el concurso de Electrica Cullen! Denme su opinión...






“EN BUSCA DE INSPIRACIÓN”

-     ¿No te parece absurdo que seamos la única biblioteca a nivel nacional que abre los días de fiesta? – protesté con desánimo; mientras jugueteaba con el bolígrafo, golpeteándolo contra el mostrador de madera que tenía en frente. 

Ángela encogió los hombros.

-      Sí, pero ya sabes cómo es el director. Quiere sentar un “precedente de eficacia”. Creo que tiene una necesidad patológica de que le presten atención. 

Ambas reímos con malicia.

-      Tienes razón. – admití.

Desde que el viejo Mike Newton había asumido la cabeza de la Biblioteca Principal de la ciudad de Forks, esta trabajaba los siete días de la semana. Y si pudiera haría que laboráramos las veinticuatros horas también. Gracias a Dios, éramos diez bibliotecarias y trabajábamos por turnos; aunque a Ángela y amí nos tocó el infortunio de trabajar ese cuatro de julio.

Mike decía que no ameritaba más personal que dos encargadas para un día como hoy; puesto que era un día muerto. A lo que nosotras le dimos la razón y le explicamos los motivos por los que nuestra permanencia sería obsoleta; pero nos respondió que aunque sea “una persona” podría querer investigar algo y encontraría el lugar cerrado. Supuestamente eso era un gran peso en sus hombros y su conciencia. 

¡Menudo dramático!

Todas sabíamos bien que esa “determinación generosa” obedecía a su eterna avidez de agradarle al alcalde de turno. A fin de cuentas era él quien lo dejaba o lo retiraba del cargo.
-       ¡Bella, reacciona! – Ang movía de lado su mano frente a mi rostro.

-       Perdóname. ¿Qué me querías decir? – me sonrojé.

Tengo que admitir que sufro de déficit de atención. Y episodios como este me eran comunes.

-       - Te decía que si a las tres y media no hay nadie; pues nos vamos. – me miraba expectante – Sé muy bien que el director no se va a perder una tarde de adulación desmedida con el Alcalde en el día de la independencia.

Accedí más que dispuesta.

-       Tienes razón.

Entre las dos ordenamos una gran pila de libros que habían sido devueltos.

Esto nos tomó hasta el mediodía.

Almorzamos tranquilas en aquella estancia; casi tan muerta como un cementerio. 

Y luego pusimos al día el registro virtual de los préstamos circulantes.

*_______________________________________*____________________________________*

Eran las tres con veinte de la tarde y nadie había ido a investigar nada, ni a devolver un libro, ni a absolutamente nada. 

Ángela ya estaba apagando los ordenadores mientras yo recogía nuestras cosas; cuando escuchamos el chirrido de las puertas.

<<¡No puede ser!>> pensé entre molesta y frustrada.

El hombre venía sacudiéndose la lluvia del impermeable negro que le llegaba casi hasta las rodillas. Tenía unos vaqueros oscuros y una bufanda con rayas negras y grises.

Al acercarse más advertí sus hermosas facciones. Tenía una hermosa tez blanca, con el cabello castaño dorado, unos ojos almendrados perfectos con una tonalidad topácea. Una nariz fina, respingada y un mentón tal cual como las esculturas qué teníamos en aquel mausoleo. Unos labios carnosos que era una tentación sugerente al solo verlos.
Ángela se aproximó a mí en cuanto escuchó el chasquido de los pasos mojados por el medio de la sala.

-   ¿Cómo haremos? – preguntó claramente molesta - ¡Ya le dije a Ben que pasara a recogernos!

Negué con la cabeza.

-      Vete tú. Tranquila.  Yo me encargo del joven y luego me voy antes de que llegue alguien más. – le guiñé el ojo.

Suspiró más tranquila.

-       ¿En serio no te importa, Bella?

-      No, Ángela. Te he dicho que te vayas tranquila. Tú tienes un esposo que atender. Yo no. Así que termina de disfrutar lo que queda del día.

Me abrazó rápidamente y tomó su cartera de mostrador.

-       Gracias, amiga. Mil gracias.

-     No hay de qué. – le sonreí lo más que pudo mi espontaneidad.

Al fin y al cabo me pagaban por atender al público; por muy importuno que fuese; y a diferencia de mi compañera, yo no tenía un matrimonio que cuidar.

El hombre seguía acercándose.

Ángela se acercó para darme un beso de despedida; gesto que me extrañó; porque aunque nos teníamos mucha confianza. Nunca éramos “tan demostrativas”.

-       Lo que se aproxima es una esfinge griega. Yo que tú; me haría de su número de teléfono por lo menos.

-       ¡Qué cosas dices! – me sonrojé hasta lo imposible.

Ella sabía que yo era tímida. Es más; ella también lo era; pero cuando llegábamos a temas íntimos, Ángela podía desinhibirse; pero yo no.

Seguía arrastrando tabúes que me estigmatizaron desde que estaba pequeña.

Mi amiga salió del lugar, no sin antes echarle una mirada escrutadora a la “parte posterior” del recién llegado.

Me hizo un gesto de afirmación levantando juguetonamente un pulgar. Todo eso a espaldas del chico, claro está.

Probablemente ya debía estar como de color carmesí, porque me sentía mu cohibida en ese momento.

Finalmente el hombre se plantó frente a mí, del otro lado del mostrador de madera.

-     Buenas tardes, señorita. – su voz era suave pero varonil. 

-      Buenas tardes, señor. – respondí sin titubear, asombrándome a mí misma - ¿En qué puedo ayudarle?

-       Me hablaron de que ustedes poseían una colección bastante nutrida de novelas eróticas y me gustaría tener acceso a ella.

Si dijera que me sentía apenada mentiría; puesto que yo estaba bastantes grados por encima de la “timidez”. Me aclaré la garganta y el joven sofocó una risita.

-      Lamento informarle que esa colección está en un ala que se encuentra en remodelaciones. Por lo tanto no puedo darle acceso a ellos.

Puso cara de claro pesar.

-     ¡No me diga eso, señorita! Vine desde Seattle hasta aquí por la reputación que tienes esta insigne biblioteca. – si creía que iba  a ceder porque se deshiciera en adulaciones para con mi lugar de trabajo. Estaba muy equivocado.

Encogí mis hombros con desánimo.

-      Lo siento mucho, señor…? – pregunté

-      Edward Cullen. -Su nombre me sonó familiar.

-       Lo siento mucho, señor Edward. Pero le repito que el lugar está en remodelación. – sentencié.
Si algo había que reconocer del nuevo director era su interés por la restauración de las salas y obras de arte.

-       - No me diga eso, por favor. – repitió – Sé que podemos llegar a algún arreglo. – dijo con voz sugerente haciendo que me temblaran las rodillas. – No me diga que he perdido tantas horas de viaje.

Suspiré con rendición.

-       Permítame ver en que estado se encuentra la sala y le aviso. Espero su discreción; ya que no puedo hacer…estas concesiones por mero…placer. – tragué grueso.

Me volví para dirigirme por un pasillo a mi izquierda.

Sentí unos pasos detrás de mí; pero no le di mayor importancia.

-       No es mero placer, señorita…? 

-      Swan. Isabella Swan.

-       - Bien, señorita Swan. Le aclaro que busco unos libros que me permitan conseguir inspiración para mi próximo libro. Es que últimamente  he estado algo obtuso.

Me tomó por sorpresa su respuesta.

En ese momento comprendí; con sumo asombros; lo familiar que me había sonado su nombre.
Ángela era fanática de él. Tenía los dos libros que había sacado hasta ahora, y siempre utilizaba frases de sus novelas. Le fascinaba a sobremanera la forma en que planteaba las historias. Si él pusiera fotos en sus obras como muchos autores lo hacían; de seguro mi amiga hubiese estado babeada atendiéndolo en estos momentos.

En lo particular no me permitía leer esas…obras.

-      Se ve algo joven para ser escritor, señor Cullen. Y no lo tome a mal, por favor. – me hice la desentendida; como si no hubiese oído jamás acerca de él.

-     No se preocupe. No es la primera persona que me lo dice. – escuché su risa detrás de mí.

Me detuve en una puerta de madera grabada con figuras abstractas y antiguas.

Giré el pestillo e ingresé en la sala. Encendí las luces y avanzamos al interior.
Los trabajos de remodelación no iban nada avanzados. Solo las pinturas que adornaban las paredes, habían sido removidas y apiladas al final del salón.

-       Pensé que el ala era más…grande. 

-      Pues, parece que mucho no se dedican al…erotismo. – titubeé un poco.

-      Se equivoca. Solo que no se reconoce esta hermosa forma de expresión. Aún se arrastran creencias algo “arcaicas”.

El guapo caballero en frente de mí puso una sonrisa torcida tan encantadora que me aceleró el pulso.

¿Qué diablos me ocurría con este hombre?

-     Y eso es una lástima… - continuó con seductora malicia – El sexo es una experiencia casi espiritual.

Desvié la mirada avergonzada hacia uno de los dos estantes.

-      -  ¿No coincide usted conmigo, señorita Swan? – su tono era de burla.

Cosa que me hizo enojar un poco y confrontarlo. Abrí la boca para replicar pero no esperaba que al girar estuviese tan cerca de mí; y me atoré con la bocanada de aire que había tomado.

No tuvo la delicadeza de disimular su malévola sonrisa.

Me moví hacia un lado, me aclaré la mente y luego hablé.

-       ¿Qué autores busca, señor Cullen?

-       Me gustaría ver algo de Nancy Madore, Maggie Shayne… lo que quiera recomendarme.

-       —Ejemmm…este no es mi fuerte, señor.

-       ¿Por qué me tratas de señor si soy casi de tu edad?

-     Es por cuestión de respeto – veía a los autores entre los libros que tenía en frente.
-       Dime Edward. No soporto los formalismos. Ási yo te diré Isabella y estaremos a mano ¿Te parece?

-     No. – seguí buscando entre los libros.

-       De todas maneras lo haré. – puse los ojos en blanco.

-       Por lo menos dime  Bella. 

-     ¡Oh, ya me empezaste a tutear! ¡grandioso!

Encontré dos libros de Nancy Madore y se los alcancé.

-       - Aquí tienes.- tomé en cada mano un libro. Luego levanté el de la derecha y después el de la izquierda mientras hablaba. – Cuentos para el placer y Doce Ardientes Princesas.

Edward me vio con profundidad entre tanto tomaba las novelas. Luego se giró para sentarse en la mesa del rincón que estaba detrás de mí.

Se despojó de su impermeable negro y de su bufanda bicolor. Al parecer no era la única que había sentido un ramalazo de calor, puesto que él agitó su mano como si fuese un abanico al lado de su cara.

-       - ¿Por qué no hay aire acondicionado en esta área? – preguntó algo sofocado.

Yo lamentaba estar con una camisa manga larga en ese momento, más un chaleco y un pantalón, negros ambos. Al menos esa tarde llevaba el cabello recogido en un moño. Quizá demasiado serio. 

-       Te recuerdo que esta ala está en remodelación ¿Acaso sufres de Alzheimer o algo así? – bromeé a la distancia.

Escuché su suave risa por lo bajo.

-      Eres odiosa ¿Lo sabes? – levantó la voz.

-      Sí. Eso me han dicho antes. – lo cité con humor.

-     ¡Ja! Buena esa, Bella.

Al fin encontré la colección de Maggie Shayne y se la llevé a la mesa.

-       Aquí tienes. Espero que las disfrutes. – le sonreí tímida antes de dirigirme a la puerta.

-       - ¡Hey! ¿Por qué no te quedas y lees conmigo? No hay más nadie que atender afuera. – me señalaba la silla a su lado.

El aire entró de golpe en mi pecho pero no salió.

-       Yo…ese no es mi estilo…de lectura. – me excusé mientras pasaba una mano por el cabello.

-       ¿Por qué? ¿Acaso no lees novelas románticas? – enarcó las cejas incrédulo.

-       Claro que sí. – sentía la acumulación de sangre detrás de mis mejillas.

-     ¿Entonces por qué no lees esto? – levantó el libro “Doce Ardientes Princesas” ¿Por qué es erótico?

Tragué grueso.

-      Pues sí. Me sentiría incómoda de llegar a hacerlo. Me conozco. – estaba dando la excusa más imbécil del mundo. Y lo sabía. Pero no se me ocurrió nada mejor en ese momento.

-     Eso no lo sabes; pues no le has dado a estos magníficos autores la oportunidad de…seducirte. – al decir la última palabra utilizó un tono tan sensual que me erizó la piel.

-       Me está haciendo sentir un tanto incómoda, señor Cullen. – me reproché el hecho de hablar con un tono tan tembloroso. – Mejor lo dejos a solas para que pueda leer en par.

Entornó los ojos.

-       ¡Ya volvimos con los formalismos! – dijo con tedio – No quiero que te vayas, Bella. – extendió su mano hacia mí – Siéntate conmigo ¿o tienes miedo de que te haga ver que tus temores son infundados? 

Caminé lentamente hacia él.

-       ¿Acaso estás demente, Edward? – me alisé el traje por delante con nerviosismo mientras me acercaba – No son “temores infundados”. Se trata de valores morales y pudor.

<<Veremos cómo me refutas eso>> pensé sombría.

Pero el muy infame se desternilló con risa sarcástica.

-       ¿Pudor? ¿Valores Morales? ¿Acaso sabes cuantos matrimonios se han basado en esos pudores y valores, que pasado un tiempo los aburren y terminan con una tercera persona en medio que carece de ellos? – tomé asiento en la mesa con sentimientos de derrota mientras él se situaba en frente de mí sin desviar su mirada de mis ojos ni por un instante siquiera – Tú crees que el sexo es solo un intercambio de fluidos, sonidos guturales, y quizás; si es bueno; hasta de orgasmos. Pero para mí…- puso ambas manos en la mesa a los lados de mis caderas; acercándose peligrosamente cada vez más. – Es una conexión casi sagrada. En el proceso hay un punto en el que sientes que tu alma y tu cuerpo se funden con el de la otra persona.

Se aproximó a mi rostro.

-       Si no has experimentado eso con tu pareja…es que estás con la persona equivocada. – sentenció seguro. Luego se apartó bruscamente y se sentó a mi lado encima de la mesa.

Asentí con la cabeza.

Jacob Black. Dueño de un importante taller de mecánica y con demasiadas obligaciones. Quizás tantas, que se le dificultaba pasar mediodía a la semana con su aburrida y moralista novia bibliotecaria.

-    —¿ Has sentido eso con él? – me preguntó serio y un tanto demandante.

Lo miré extrañada.

-      Yo no te he dicho que tenga novio.

-      Por favor. – dijo en tono de sorna – En tus facciones se vio todo cuando dije lo de la experiencia casi sagrada con la pareja. Tu expresión fue de frustración y tristeza. No soy tonto, Bella. Soy bueno leyendo expresiones.

Me levanté de un salto de la mesa y lo enfrenté molesta. O quizás resentida porque me había tocado una llaga.

El “sexo ocasional” con mi atareado novio era a duras penas placentero. Odié el hecho de que estuviese estremeciendo mi “realidad feliz prefabricada”. Y como para algunos nos es más fácil repeler y evadir que aceptar, fui al contraataque.

-      Estás invadiendo mi privacidad. No tengo porqué responder a esas preguntas tan groseras. – bajé la mirada.

-      Perdona si te has sentido ofendida, Bella. Pero en realidad no creo haber dicho ninguna grosería. – añadió tranquilo – Pero si te has sentido aludida es porque tengo razón en algo de lo que dije.

-     ¿Sabes algo, Edward? Yo no tengo necesidad de que vengas a psicoanalizar mi intimidad. Ella esta…bien como está. – maldita fuera por titubear.

-      -  Lo has malinterpretado todo. Yo solo quiero ayudarte a que seas más libre y quiero apoyarme en estos relatos para que lo logres. Créeme, bella. No tienes que sentirte cohibida; al menos no conmigo.

Volví a mirarlo de frente.

-      - Edward, apenas te conozco. No sé si eres un psicópata o un enfermo mental. ¿Cómo no voy a sentirme cohibida cuando estás “preocupándote” por mi vida privada?

El descarado se carcajeó con desparpajo. 

-       Solo soy un escritor. No un psicópata o ni nada por el estilo. Tranquila. Ven… - asintió con la cabeza – te leeré un poco.

Lo miré sin responder.

-      ¡Ven! Solo quiero que me digas si lo que está escrito aquí… – levantó la novela de Nancy una vez más – es hermoso o por el contrario es obsceno. – me señaló una de las sillas de la mesa.

Con dudas accedí a lo que me pidió.

Abrió la pequeña novela y empezó a hojearlo.

Antes de empezar con la lectura me dio una introducción breve acerca del mismo. Este contaba la historia de doce princesas que enigmaron a un reino completo por no poder mantener un par de zapatos sanos; fuese del material que fuese. El misterio obsesionó a su padre el rey, quien se empeñó hasta el cansancio en develar dicho misterio. Solo una hechicera pudo dar con la respuesta “deseos insatisfechos”. Y buscó un remedio distinto para cada una de ellas.

Por la manera en que me explicó todo me pude percatar que ya había leído la novela por lo menos una vez.

En relato en cuestión que eligió fue el de la princesa Conscia. Quien a pesar de estar enamorada de su esposo no conseguía sentirse bien con él cuando se trataba de relaciones íntimas. Tildaba los deseos de su esposo como “vulgares e impúdicos”. Solo cedía cuando la necesidad de su esposo era muy apremiante, siempre y cuando este le causara las menos molestias posibles.

Poco a poco con los concejos de la hechicera la princesa se fue desinhibiendo y así lograba estrechar los lazos con su esposo.

-       “…El príncipe se volvió hacia ella y entonces se detuvo. La miró durante unos momentos y la princesa sintió una avalancha de calor en su zona más íntima, totalmente expuesta.
El príncipe enfocó la luz sobre el centro de su feminidad. Estaba caliente, hinchada…
-       Sois tan hermosa. – murmuró él de pronto – Tendré que hacer magia para poder dibujar lo que veo”.*

Su voz era tan deliciosa cuando narraba que hubo momentos en los que me adentré demasiado en la historia. Y me parecía que el osado príncipe era él y la princesa cohibida y excitada era yo. 

No sé como lo lograba pero mi cuerpo estaba reaccionando tal cual el de la protagonista.

Mi respiración y latidos estaban agitados. Me mordía el labio inferior con deseo carnal. Sentía mi boca y mi entrepierna sumamente húmedas.

Y eso no le pasó desapercibido a Edward: aunque traté estérilmente  

Bajé mi mirada que estaba devorándose a mi narrador.

De pronto su dedo índice subió mi mentón y me observó de una manera en la que nadie me lo había hecho antes. 

Como si nada fuese más deseable que yo. 

-        No te molestes en tratar de disimular lo que estás sintiendo. Lo veo en tu cara, en tu posición y hasta lo oigo en tu respiración. Además es normal excitarse un poco con estos relatos.
El problema real era que yo no estaba un poco excitada; sino “muy excitada”.

Me puse de pie con torpeza. Debía salir de allí y rápido o de lo contrario me tiraría encima de Edward en aquel mismo lugar.

Pero él me tomó por el antebrazo y me atrajo hacia sí.

-       ¿Es que acaso no los sientes, Bella? – me haló por la cintura para situarme entre sus piernas - ¿No ves que te estoy deseando como jamás he deseado a nadie? – traté de zafarme sin éxito - ¿Por qué quieres huir? 

-       Porque lo que estoy experimentando no es correcto. Eres la tentación andante, Edward. Pero no soy de las que se acuestan con cualquiera simplemente porque me encendí de golpe. Y tú no serás la excepción a la regla. – me maldije por flaquear en la última parte.

Me estrechó más y susurró en mi boca.

-       Ya me he podido dar cuenta de la clase de mujer que eres. Y eso me fascina. Y además sé que esto  que te está pasando no te había ocurrido nadie. Ni siquiera con ese novio tuyo. – por un breve instante la rabia brilló los ojos – Seré yo quien te libere de esos tabúes que te atan.

Pegó su boca a la mía y un ardor atronador penetró por mi boca y me llegó hasta la punta de los pies. Luché por separarme, pero no pude, al momento en que puse mis manos en el pecho para alejarlo; él me apretó contra su baja pelvis. Haciendo que exhalara un gemido profundo. Y en ves de rechazarlo, acaricié su torso y hombros. 

-      Así… - dijo contra mi cuello – Suéltate, Bella. Entrégate a mí.

Desabrochó mi chaleco con rapidez para luego sacar la camisa que estaba dentro de los pantalones y acariciar mi espalda, incentivando mi deseo.

Apenas me di cuenta cuando llevé mis dedos a su cabello para aferrarlo a mi cuerpo. Su lengua acarició la mía con una pericia sin igual. Nunca había sentido algo así.

En una ágil movida Edward me giró dejándome acostada en la mesa mientras él se deshacía de la parte inferior de mi vestuario. Yo lo ayudé abriéndome los botones de la blusa.

Luego me incorporé para adentrar mis manos en su camiseta negra, acaricié su tallado abdomen sintiendo el temblor de su cuerpo ante mi tacto. Me satisfizo saberme la causante de eso. 

Levanté de a poco la camiseta, lamiendo y besando todo a mi paso; me detuve  a mordisquear sus pezones para después lograr mi cometido arrebatándole la prenda.

Me regodeé en la vista suprema de su pecho perfecto.

Edward me acarició el cuello, los hombros, bajando a su paso mi blusa. Desabrochó mi brassier y se deshizo de él.

A pesar de que nos carcomían las ganas a ambos, él contempló lo que tenía en frente con ojos maravillados. Me hizo sentir especial, como si la beldad fuese yo en vez de él.

Se acercó a mi cuello y volvió a besarlo con profunda ternura.

-       Eres tan hermosa…- lamió e incluso mordió pedazos de mi cuello camino a mi boca de nuevo. – Me has vuelto loco, Isabella.

-       Podía odiar que me llamaran por mi nombre de pila, pero en su boca y en ese momento sonó celestial.

Mientras me besaba lo liberé de sus pantalones, no sé a él le urgía tanto como a mí deshacerse de ellos pero me afané en dicha tarea hasta lograrlo. Acaricié su masculinidad que estaba inhiesta, hinchada y erecta. Él emitió un jadeo sonoro.

Retiré mi mano y acaricié su trasero mientras movía acompasadamente mis labios con los suyos. Tan dulces. Tan únicos. 

Edward me empujó con delicadeza sobre la mesa de nuevo, levantó mis rodillas hasta que mis pies se encontraron en el borde dejando a su vista libidinosa mi intimidad que se encontraba más dispuesta que nunca a ser poseída.

Pero solo deseaba a alguien y ese era el hombre que tenía en frente.

Con el dorso de la mano acarició el interior de mi muslo derecho hasta casi llegar a mi intimidad; entonces giró su mano para arrastrarla con sensualidad hasta mi rodilla.

-       Sabes de sobra que no eres mi primera; pero por Dios santo que me estremezco ante ti como si lo fueses. – su voz era ronca y sus ojos profundos.

-       Menos mal que el sentimiento es mutuo. – hablé con un tono sensual ; que en mí era ajeno.

Me sonrió con picardía. Noté que su pecho se insuflaba de orgullo.

Se sabía el responsable de mi desbordado estado de excitación.

Se inclinó para besar la rodilla que acababa de acariciar y fue dejando besos húmedos por donde pasaban sus labios perfectos.

Tomé una bocanada de aire cuando llegó finalmente a mi centro, en el cual se afanó con pasión y ternura, estimulándome hasta lo insoportable.

Me aferré a sus cabellos para conseguir atraerlo más; si es que eso era posible; pero Edward por el contrario se apartó cuando estuve al borde del abismo del placer.

Apoyándome en mis codos me levanté para conocer el motivo de su reacción. Pero encontré ninguna respuesta, solo su mano extendida que me invitaba a tomarla. Él me miraba con hambre y jadeaba levemente. Tomé su mano y me atrajo hacia sí con premura.

Cuando ambos estuvimos de pie me abrazó por la cintura para besarme con clara necesidad. Pude saborearme en su boca mientras él caminaba empujándome consigo.

Mi espalda se topó contra una de las estanterías de madera. Ya apoyada en ella procedí a rodear la cintura de Edward con una de mis piernas.

Acarició toda su extensión, pasó por mi abdomen y se detuvo en uno de mis pechos. Su otra mano subía y bajaba por el muslo de la pierna que me mantenía en pie. Y su miembro masajeaba mi intimidad haciéndome anhelarlo con desaforada voracidad.

Estaba más que preparada para recibirlo, la humedad proveniente de mi entrepierna me lo indicaba. Parecía como si hubiese acabado y todavía no tenía siquiera mi primer orgasmo.

Mis brazos que reposaban cómodos en torno a su cuello, rompieron su presa y descendieron hasta permitirle a mis deseosos dedos apretar lo terso del trasero de mi repentino y experto amante.

Lo apreté contra mí para que entendiera que necesitaba tenerlo dentro, saberme suya; así fuese por un efímero instante. No era un capricho, era necesidad.

-       Edward. – gemí.

Rió contra mi boca.

-      Dime lo que quieres; Bella. Tienes que pedírmelo. – sus palabras eran susurros sensuales; capaces de acabar con la cordura de la más sana.

Apresé sus labios en los míos con ardor y gimoteé entre ellos, pero él se separó.

-      Dime fuerte y claro lo que quieres que te haga. – su pecho subía y bajaba con apenas dificultad.

Mientras yo parecía una potra desbocada que jadeaba y se restregaba descarada contra la erección de Edward.

-     Quiero que me poseas. Que me hagas tuya. Que entres en mí…

-       ¿Así? – me interrumpió mientras introducía solo la punta de su virilidad.

-      ¡Sí! – ahogué un grito.

Pero en vez de arremeterme se salió de mí, dejándome con un vacío y un tortuoso deseo.

-       Todavía no…- pasó la lengua por un costado de mi cara – Todo a su tiempo.

Entonces la mano que antes acariciaba mi muslo pasó a sobar en círculos mi perla de placer con un ritmo y presión perfectos.

-       Más fuerte. – le imploré. Y dos de sus dedos se colaron en mi empapada cavidad.

Gemí enterrando mis uñas en sus nalgas y dejando caer hacia atrás la cabeza. Movimiento que el aprovechó para devorar mi cuello, y acelerar sus caricias.

Sentí como Edward estaba temblando y a su vez las contracciones de mis paredes pubocogcígeas 

Me froté desvergonzada contra su mano con avidez y luego me dejé ir hacia un lugar exquisito que jamás había visitado.

No de esta manera.

Me estaba recuperando, cuando Edward me puso de cara a los libros. Colocó mis manos en la repisa que estaba a nivel de mi cara. Inclinó mi espalda ligeramente e introdujo una mano entre mis muslos para separarlos.

Mi respiración se agitó ante la expectativa de por fin tenerlo en mi interior.

Me penetró con suavidad y colmó a tope toda mi intimidad. Embestía alentó, delicioso y profundo.

Sus manos me tenían tomada por la cintura para controlar el vaivén del acto.

Lo que sentía era tan nuevo para mí. Que hasta mi propia actitud me sorprendía.

Buscando más placer cerraba y relajaba mis paredes vaginales, pero no imaginé siquiera el efecto que tendría en Edward esa pequeña iniciativa.

-     ¡Oh, Bella, oh! – repetía cada cierto tiempo. Acariciando mi ego. Haciéndome sentir deseada y segura de mí misma.

Cuando estaba a punto de explotar, salió de mí y me llevó de nuevo hasta la mesa.

Tendiéndome en ella, levantó mis piernas hasta formar un ángulo de noventa grados y me volvió a penetrar.

Gemí fuerte al sentirlo tan adentro. Casi en mi vientre. Entonces él procedió a cruzar y descruzar mis piernas mientras me embestía una vez. Y otra más.

Esa movida creaba una fricción exquisita tanto para él como para mí. Tras unos minutos y unos gemidos desgarrados; las bajó para penetrarme con rapidez y rudeza.

-      Abre los ojos, Isabella. Quiero que te corras viéndome a la cara. – le obedecí.

Ver sus gestos deformados por el placer fue el aliciente suficiente para terminar con un orgasmo tan largo que hasta él se vino unos momentos después y aún yo me retorcía en la mesa sintiendo como si algo más que mi cuerpo se fundía con el de Edward.

Me quedé desmadejada en la dura superficie de madera, mientras él se agarraba de los bordes de la misma para no carece. Aun seguía dentro de mí.

Miré al suelo y vi nuestras prendas desperdigadas por todos lados. Después corrí la vista hasta la estantería más próxima, rememorando lo que hacía unos momentos atrás había sentido con Edward allí mismo.

Al final posé mis ojos sobre él que me miraba también pero con un extraño brillo.
En ese momento me avergoncé de mi proceder. ¿Cómo pude haberme acostado con alguien a quien acababa de conocer?

Edward se inclinó sobre mí poco a poco.

-       ¿Por qué rehúyes la mirada? – lo vi a la cara y advertí cierta ansiedad en su rostro que estaba a escasos centímetros del mío -  ¿Te decepcioné?

¿Cómo me preguntaba eso después de que me había desgarrado al garganta a punta de gemidos?

Negué con la cabeza.

-       - No me has decepcionado, eso es imposible. Pero para serte sincera, me apenaba de mi pasada conducta. No soy esa mujer que has visto, Edward. – iba a replicar pero le coloqué mi dedo índice en sus delicadas comisuras – Sigo siendo Isabella Swan. La misma bibliotecaria moralista de siempre. Esta experiencia fue…más de lo que pude haber pedido alguna vez. Pero las cosas no cambiarán. Tú te irás a Seattle a seguir con tus libros y tu vida; como debe de ser. Y yo me quedaré aquí; con mi rutina. 

Su mirada tomó un matiz algo molesto.

-       ¿Qué no has cambiado nada, Bella? – se rió sarcástico y se levantó de encima de mí. Luego se pasó la mano por el cabello. Sin duda alguna parecía ofuscado.

Yo también me incorporé hasta que nuestros ojos quedaron casi al mismo nivel.

-       Te equivocas. – dijo finalmente – La mujer cohibida que estaba detrás del mostrador de madera cuando llegué; desapareció en el mismo instante en que me permitiste que te besara a mi antojo. Y más aun cuando me pediste que te hiciera mía ¿O eso lo habías hecho antes?

Me miró expectante y triunfal. Porque ya entreveía mi respuesta.

Bajé la mirada derrotada.

-     Eh…no…pero…- balbuceé.

Tomó mi rostro entre sus manos y pegó su frente a la mía.

-     Dime si has sentido esto con alguien más en algún momento. Dime si ese novio tuyo es capaz de hacerte estremecer como lo hiciste hasta hace poco conmigo.

Mi pecho se comenzó a agitar por nerviosismo y por su peligrosa cercanía.

-     No, Edward. Jamás había sentido esto con nadie.

Sonrió satisfecho.

-      Y sé que cada vez que el te toque…- dijo entre dientes con cierta rudeza - …vas a pensar en mi roce. En mis besos. Y en mis caricias.

-       ¿Qué pretendes con esto, Edward? – le espeté molesta y aterrada a la vez. Tenía miedo de las repercusiones que este encuentro fortuito tuviese en mi ritmo de de vida. - ¿Quieres que lo deje y así tu ego masculino se sienta omnipotente? ¿Quieres que siga una ilusión fugaz solo por un momento magnífico de sexo?

La verdad era que a pesar de mis recriminaciones, no había sentido culpa alguna hasta ahora. Quizá porque Jacob se lo merecía. O porque simplemente yo había dejado de quererlo y me ferraba a su compañía solo por una mera cuestión de costumbre.

Sacudí la cabeza para desprenderme de esa línea de pensamientos. Ya luego lidiaría con ese problema en cuestión.

-       - No tengo ningún derecho a pedirte eso. Pero ten en consideración que él no te hace feliz; si no habría tenido que desmayarte para poder estar contigo. – sonrió con abierta malicia – Y eso no fue nada necesario. – abrí la boca para protestar pero él continuó atacando – Ten en consideración, Isabella que Seattle no está muy lejos de aquí. Y sé que ahora que he encontrado mi musa; no pienso dejarla escapar tan fácilmente.

Tragué grueso porque un montón de palabras se me atascaron en la garganta y se negaron a salir. Me dispuse a buscar mis prendas para vestirme y largarme de allí.

No quería seguir escuchando palabras que me darían vanas esperanzas. No estaba en la etapa de mi vida en las cuales creía en los juramentos románticos. Así que lo ignoré mientras me vestía y sentía su mirada clavada en mi espalda.

Solo me giré cuando decidí salir de la sala; pero me topé con un Edward ya vestido, con su impermeable y bufanda doblados sobre su antebrazo.

-       ¿Me vas a seguir ignorando? – preguntó.

-       Sí. Gracias y hasta nunca, Edward Cullen.

Y entonces salí del ala de las novelas eróticas, de la biblioteca y de su magnética presencia.


Los días pasaron. Y aunque mi rutina era la de siempre, deseché un detalle que desarmonizaba con mi equilibrio personal y emocional.

Ese detalle era Jacob Black.

No aceptó de buena manera mi despedida, pero eso no me detuvo para tirarle la puerta de su verdadero amor en la cara. Osea de su oficina. No sin antes soltarle un tajante: “Vete al demonio”.



Quince días después de la “experiencia espiritual” con Edward; ya había encontrado la manera de sobrellevar mi anhelo de él; y eso era cargándome de trabajo.
 
-       ¡No puede ser! – gritó Ángela que estaba a mi lado leyendo la prensa del día. Hizo que brincara del asiento en el que me encontraba. - ¡Edward Cullen se muda a Forks!

Me atraganté con saliva y comencé a toser, pero mi amiga ni se inmutó, al parecer la noticia la tenía eufórica.

-      Podré pedirle que me autografíe los libros y quizás coincida con él en algún café. ¡Un momento!... – se paró y con ella mis latidos – Yo conozco esta cara ¡Bella, este es el hombre importuno del cuatro del julio! ¿Lo recuerdas? - <¡Y de qué manera!> - ¡La esfinge griega! ¿Acaso no te dijo su nombre?

Me increpó con una mirada que parecía decir: “¿Eres retardada o qué?”

Me aclaré el nudo de la garganta; porque el del estómago no pude y hablé…

-       ¡Con razón me sonó familiar! - …o más bien mentí. – Perdona, es que ya sabes que no conozco mucho sobre estos autores.

Suspiró resignada.

-       Tienes razón. Aunque ya te he dicho que deberías echarle una ojeada a sus historias. Sé que cuando las leas no las podrás soltar. Pero bueno… ¡lo importante es que el chico será nuestro vecino!

Mi bajo vientre se estremeció ante la expectativa.

-       ¿Me permites un momento la prensa? Necesito ver algo en la sección de política. – dije con tono tembloroso.

Ángela muy amablemente me lo cedió y se puso en pie para seguir en sus labores del día.
Leí el encabezado del artículo.

“El célebre escritor Edward Cullen anuncia en rueda de prensa el nombre de su nueva entrega y su cambio de residencia”

<<¿En qué diablos estaría pensando cuando anunció el destino de su nuevo domicilio?>>
Devoré la serie de palabras que en nada me interesaban hasta llegar al asunto que me había trastornado.

“Mi nueva obra se titulará *Entre páginas y pudores*”

El aire comenzó a escasearme.

Me ventilé con el mismo infame papel y cuando me recobré seguí leyendo.

“Muy pronto residiré en la hermosa ciudad de Forks. Voy a buscar a “mi musa”. Ya se me escapó una vez y no pienso irme sin ella en esta ocasión”

Entonces supe que sus palabras no eran una mera táctica de publicidad. Sino una clara advertencia.



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* - Texto original de la novela "Doce Ardientes Princesas" de Nancy Madore.

Bueno chicas...este fue mi Oneshoot para el concurso..díganme si le gustó...espero que sí..porque ni no; no tengo esperanzas de ganar pero un premio de consolación..ahahahaha 

Se les quiere...


10 comentarios:

  1. guauu me ha encantado, esta super, jejeje q tierno es edward q ira a buscar a su escurridisa musa, besosss

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  2. SIS ESTA MUY BUENO DE VERDAD, ME GUSTO MUCHO_ DE SEGURO GANARAS_ BESITOS<3

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  3. Hola la verdad esta buenísima de seguro ganas el concurso y para ser te sincera deberías seguir escribiendo esta historia suerte. Besos

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  4. La historia es genial, felicidades y no te preocupes tienes posibilidades, como mínimo a mi me gusto. Suerte

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  5. Oh por dios, acabo de encontrar este blog y lo primero que leo es este one shoot, y que puedo decir, magnífica historia que deja con gusto a poco, ojalá se convierta en un fics, mucha suerte y felicidades. Chao.

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  6. Muchas gracias a todas por sus comentarios y por sus buenos augurios...si este fic se convierte o no en historia..aun no lo sé...porque ya son como demasiadas historias para llevar una sola persona..pero no prometos nada!!!! puede ser que si...de todas maneras muchisimas gracias y las espero seguido por aqui..=)

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  7. como ya te dije quiero la segunda parte...

    me dejaste con saber que pasa cuando bella se vuelva a encontrar con edward y el la reclame como su "musa" ejejjeee

    saludos

    ojala no se demore mucho---------

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  8. owwwwwwwww!! ame este Os!! esta buenisiiimoo!! ame a edward!! >////////////////////////< ufffffffffffff... no lo imagine nunca como un escritor d literatura erótica!! waoooooooooooooooooooooooooooooooooooo sexyyyyyyy!!! y dios!!! q sexooo eee... waoooooooooo.. diablos!! ese hombre si q es potente!! jajjajajajajajjajajaaa.. XD... y waaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa tmb m encanto la moralista d bell's xq al final mando al diablo a jake.. x ser otro moralista!! jajajajajjaa XD... me encantoooooooooooo!! XD

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  9. Claro q me encanto hhasta ahora lo leo esta super y ando deacuerdo con jessica espero le hagas segunda parte asi sea apara nosotras es muy bonito y ni imaginarse lo q haran si se unen Espiritualmente!
    y obviamente te mereces los comentarios!! =D

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  10. hola!!!

    excelente one-shot me encanto!!!

    tienes material para seguirlo.. espero que lo hagas

    saludos Eli ;)

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