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miércoles, 21 de noviembre de 2012

CORAZÓN DE CRISTAL - CAPÍTULO DÉCIMO NOVENO:


Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.
“Reaccciones Inesperadas”

Bella POV:

Había pasado por innumerables pruebas de fuego, como cualquier persona en la vida, pero sentía que en ese momento estaba pasando una de las más importantes y difíciles de todas. Tenía sentada frente a mí, con el porte y la elegancia de una reina, a la persona que podía devolverme o no mi empleo. Pero no era tan simple como pedir un reenganche a un jefe al cual conoces desde hace tiempo, sino que a quien debía pedirle una nueva oportunidad era nada más y nada menos que la madre del amor de mi vida. A la cual por cierto me había encargado de decepcionar profundamente en el momento de salir por última vez por la puerta de su casa.
Sabía que estaba al borde de sacarme sangre del labio inferior y de tener las palmas de las manos en carne viva de tanto frotarlas contra mis vaqueros una y otra vez.
­—¿Isabella? —me presionó pero sin perder esa distinción tan propia en ella. Aunque ver una mirada fría en ella si era extraño e incluso amedrentador.
Respiré unas dos veces lo más profundo que pude, la miré directamente a los ojos y comencé a hablar sin tener claro que era lo que le diría más allá de las disculpas.
—Yo…vine acá por varios motivos. El primero de ellos, es para pedirle disculpas por la manera en la que me comporté cuando me fui. Comprendo que me comporté como una cobarde y que aunque pueda pensar que para eso no existe excusa posible, me gustaría poder explicarle igualmente lo que me llevó a renunciar de una manera tan…errada. —si en cierto punto de todo esto había esperado que ella me diese alguna señal o una especie de ayuda en algún momento; había estado jodidamente errada porque definitivamente no lo hizo. Tan solo se limitó a seguirme mirando con tranquilidad, erguida en el sofá que estaba en frente de mí; entonces comprendí que la distancia entre ambas era de antemano, una mala señal: sus piernas se cruzaban a la altura de las pantorrillas, sus manos apoyadas en los muslos y no hacía ningún tipo de movimiento. —Señora Esme, la verdad es que…Edward y yo…tuvimos una especie de malentendido el cual solucionamos hasta ayer. Él sacó unas conclusiones erradas con respecto a mí y yo erré al tomar tan literal lo que él me dijo una semana después de haber regresado del hospital. Y eso aunado al hecho de que no me permitía curarlo fue…sumamente frustrante. Para nadie es un secreto la manera en que son las cosas entre Edward y yo, por lo que es absurdo pensar que puedo actuar con él como cualquier paciente. Simplemente no puedo. Aún así y después de todo eso, el próximo asunto que me trae hasta acá es... – sentía como si los pulmones me dejaron de funcionar de repente y que la temperatura de mi cuerpo descendía unos cuantos grados antes de soltar mi súplica, la cual podía ser pateada; y con mucha razón. —Me gustaría pedirle que considere dejarme volver a ser la enfermera de Edward. Comprendo cómo pudo haberse sentido…
—¡¿De verdad crees que lo entiendes, Isabella?! —finalmente explotó, aunque no con gritos pero si con una desesperación imposible de disimular. —¡¿De verdad crees que puedes comprender lo que significa para una madre ver a su hijo durante más de veinte años ser vejado, vapuleado y echado a un lado por las personas que se supone que deberían haberlo ayudado a mejorar?! No. No lo sabes, solo por una sencilla razón: Pudiste haberlo visto en el Saint Gabriel´s pero nunca lo sentiste en carne propia porque no eres madre. Así de fácil. —no podía refutarle ninguna de sus palabras pues cada una de ellas eran más cierta que la anterior.
En numerosas ocasiones había podido ver en el hospital como procesaban a colegas por tratar de una manera irrespetuosa a algunos pacientes. Es importante acotar que solíamos tratar con un número considerable de padres que estaban siempre a la defensiva por tratar de proteger a sus hijos de cualquiera que ellos considerasen que pudiese maltratarlos de alguna manera, situación que muchas veces se podía tornar tensa y desagradable si el personal profesional encargado no tenía la paciencia suficiente para lidiar con ellos y sus inquietudes. En mi caso particular, aunque no todos los representantes con los que lidié eran de mi agrado; podía decir que había logrado hacer buenas migas con la gran mayoría de ellos quienes se encargaron de recomendar de boca en boca mis cuidados para con sus pequeños, haciendo que me ganara una buena reputación en el Saint Gabriel´s Specials Childrens Hospital. Irónicamente ahora tenía que tratar no solo con una queja sino con un reproche en toda regla proveniente nada más y nada menos que de la madre del paciente más importante que alguna vez haya podido atender: la persona a quien amaba más que a nada. Edward Anthony Cullen.
Normalmente en una discusión los dos involucrados  desean tratar de hacer ver o imponer su  punto de vista para el contrario, pero en esta situación ya casi estaba derrotada. No solo no podía rebatirle a Esme cada uno de los puntos de vista que mencionaba sino que además parecía como si la seguridad que había reunido durante días se hubiese extinguido como una llama en una varita de incienso que se extingue en pocos segundos y que de su presencia solo restaba aquel humo fragante que ella despide. Así me sentía justamente, como aquel sutil humo que en cualquier momento terminaría por extinguirse tras esa llama de seguridad y aliento que había logrado reunir; no solo por mis propios medios sino también con la ayuda de Alice.
Esme siguió enumerando sus disconformidades:
—Tampoco creo que sepas lo que se siente al ver que la persona a la que le abriste no solo las puertas de tu casa, sino también de tu familia, se larga en medio de una situación difícil. —directo a la yugular y sin ningún tipo de anestesia. Aun así, su mirada pasó de ser desafiante y dolida a circunspecta y algo vacilante. —Y mucho menos pienso que sepas lo que se siente al comprender cuán arrepentida me sentí por las últimas palabras que te dije, Bella. Mi impotencia tomó el control de la situación y me dirigí a ti con palabras innecesarias. Porque no solo no hacía falta decirte cobarde sino que fue más que injusto decir que tú nos habías prestado solo un servicio; cuando has hecho mucho más que eso.
Sabía que tenía cara de idiota, pero no podía comprender el cambio de ruta que había tenido la conversación. En un instante yo era “la desconsiderada que no había sido madre” y ahora era “una buena persona”. Si, seguramente debía de tener cara de imbécil.
Esme continuó con su discurso…
—… Lamento si fui muy dura hace un instante, pero era importante que comprendieras como me sentí en ese momento. No perdí solo a una enfermera el día en que te fuiste; sino a alguien a la que le mostré mucho de mi persona. Cosa que no me había permitido excepto por mi esposo; el cual estaba también un poco alejado de mí hasta que tú interviniste.
Me mordí el labio inferior haciendo un intento fútil por contener las lágrimas.
Se movió de su sitio para situarse a mi lado. Su manera de verme entonces fue con abierta ternura; como estaba acostumbrada a que ella lo hiciera, y con una profunda disculpa a la cual todavía yo no había respondido. Pensé que iba a tomar una de mis manos entre las suyas o algo así. Muchos suelen hacer eso, sin embargo Esme permaneció con la espalda tensa en espera de una contestación.
—Señora Esme,… -  carraspeé pero aun así mi voz pastosa cuando retomé mi patético y titubeante intento de arreglar las cosas. —… No sé…Había armado en mi mente varios escenarios de cómo podía resultar esta conversación; unos más tensos y desalentadores que este, pero jamás creí que… —no pude evitar sorberme la nariz y limpiarme las lágrimas con las palmas de las manos como en una película cursi y cliché mientras que seguía llorando como si en vez de pedirme disculpas, me hubiesen despedido y de paso dado una orden de alejamiento. ¿Quién podía ahora poner en tela de juicio mi especial capacidad de humillarme a mí misma? —…usted iba a pedirme disculpa. En efecto, sus palabras me hirieron aquel día pero las había justificado por la manera en que había salido huyendo de su casa; porque en realidad eso fue lo que hice; y todo aquello sin tomar en cuenta los puntos que usted misma estableció antes…
—Sé que pude haber sido dura, pero… —me interrumpió con súbito nerviosismo.
—…Pero puedo entenderlo a la perfección. Si yo hubiese estado en su sitio no estoy segura de haberme permitido siquiera sentarme en su sala. —le sonreí tímida y me contestó de la misma manera. Me acerqué un poco más a ella pero sin establecer más contacto que el visual. —Aun pensando eso, estoy acá porque no pienso seguir faltando por más tiempo a aquella promesa que le hice el primer día que pisé esta casa. Si, es verdad que él está mucho más recuperado desde que lo conocí hace tantos meses; pero yo le prometí que me quedaría apoyándola y este es mi sitio correcto hasta que usted lo considere así. Porque no solo creo que debo estar con Edward; que es quién que más me importa en esta vida; sino que también considero que acá tuve la familia que se supone que debí haber tenido en mi casa.
Sí, bueno…ahora las dos dábamos una digna demostración de cómo se hacían los culebrones. La situación había recorrido un gran camino de incomodidad – disgusto – reproches- disculpas y ahora estábamos en algún punto entre conmovidas y cursis. Explicándonos la una a la otra cuán relevantes habíamos sido en nuestras vidas.
Muchos no comprenden que el hecho de tener órganos reproductores en perfecto estado no los hace padres en lo absoluto. Eso fue exactamente lo que les ocurrió a los míos: Reneé había sido una madre intermitente. Sí, una que podía cambiar de ánimos tan rápido que si parpadeabas te perdías el segundo de transformación. En un momento podía estar contigo disfrutando de tus regalos de navidad y al siguiente te estaba zarandeando con fuerza por los hombros porque habías tropezado con el cable de las luces del árbol. Por supuesto que a los seis años de edad no comprendes porqué tu madre te acusa de ser una “niña estúpida” hasta que luego de siete años te enteras que sufre de una especie de esquizofrenia y poco después ella muere a causa de una maldita leucemia y tu padre normalmente ausente; posterior a su muerte se encargó de dejarte claro que tú no eras nadie para él. Ni siquiera porque fueses “un pedazo de los dos”. Tanto así, que se había echado a beber como si no hubiese un mañana. Y dos años después de la muerte de Reneé, para él no lo hubo. La cirrosis hepática se encargó personalmente de eso.
Entonces tenía dieciséis años solamente, así que me tocó que quedarme con unos tíos lejanos en Phoenix, parientes de Charlie, que no tenían hijos por lo cual no tenían mucha experiencia de cómo lidiar con una adolescente, recién huérfana y sumamente retraída. No se podía esperar demasiado cariño en aquella relación. Sin embargo eso solo duró poco tiempo ya que había sido promovida dos veces en la secundaria, y la carta de aceptación en la universidad no tardó tanto en llegar. Me negué a regresar a mi casa, pues me traía terribles recuerdos por lo que preferí quedarme en el campus y trabajar medio tiempo para costear mis gastos. Luego me gradué, llegué al Saint Gabriel´s, me retiré de allí, llegué a la casa de los Cullen y el resto es  historia.
Y después de ese relato larrrrrrrrrrrrrrrrrrgo, tedioso y triste al mejor estilo de un drama de película independiente y de corto presupuesto, creo que queda bien establecido el porqué me había vinculado tan estrechamente con la familia Cullen. Odiaba ser la pobre chica sin familia y ser mirada con lástima o con esa ternura con la cual Esme lo hacía en ese momento. Por eso no había hablado de eso con absolutamente nadie hasta ahora. Los detalles básicos y fundamentales que tenía que dar en cierto momento eran sacados a la luz, pero nada más. Y aún así…después de verme forzada a hacer cara con la vulnerabilidad de mi pasado, prefería no estar en el lugar de ella. Porque para que la madre de Edward se vinculara estrechamente conmigo tuvo que pasar por docenas de decepciones que no solo traían consigo el desasosiego de no saber qué pasaría con la salud de su hijo menor, sino que además lo acompañaba una acrecentada desesperanza al verse impotente frente  a una situación que se le salía de sus manos día con día. No conforme con todo ese revoltijo de emociones adversas tuvo que enfrentar en silencio el alejamiento de su esposo; quien basta destacar que también estaba en una posición similar a suya pero mal enfocada; para con ella misma y con Edward.
¿Y después de todo eso le parecería insólito a alguien que dos mujeres como nosotras estuviésemos abrazadas la una a la otra con fuerza mientras llorábamos a mares y nos repetíamos quizá demasiadas veces la palabra disculpa?
A lo mejor a un extraño sí, pero a nosotras se nos hizo lo más natural después de todo lo que había pasado.
Nos limpiamos las caras, tomamos aire hasta conseguir sosegarnos y comenzamos a hablar naderías, hasta que recordé que había olvidado mencionarle algo sumamente importante:
—Señora Esme, casi me paso por alto un detalle que ya le comenté a Edward. —me miró con suma atención. En algún rincón podía sentir una leve punzada de temor por la reacción que ella podía tener, pero muy por encima de eso prevalecía mi convicción de que estaba haciendo lo correcto al imponer un poco de límites e independencia en nuestro sistema de relaciones. Pero sobre todo entre la de su hijo y la mía que era la que más me importaba. —A pesar de regresar a trabajar en su casa, no me quedaré viviendo en esta. Como antes hacía.
Abrió sus ojos desmesuradamente y al instante me pareció que se llamó internamente a capítulo puesto que su posición volvió a ser tan seria como siempre. Asintió.
—Respeto tus motivos para haber tomado esa decisión, Bella. – sabía que lo había dicho sinceramente, pues en su tono de voz no se dejó entrever el reproche.
—Gracias. Sin embargo quiero dejarle claro cuál es mi propósito. Antes de que Edward fuese a mi casa para arreglar todo este embrollo, tomé la decisión de volver a mi casa puesto que él ya está lo suficientemente recuperado como para pasar las noches sin un monitoreo constante. Eso está aunado al hecho de que también debo tomar mi tiempo para hacer cosas que tengan que ver solo conmigo; ya que durante muchos meses me aboqué a su causa; algo de lo que no me arrepiento; pero a la vez puse de lado a personas e intereses que quería llevar a cabo.
Suspiró aliviada y hasta sonrió un poco.
—Te comprendo, Bella. Y lamento que te hayas tenido que dar cuenta de eso después de todo lo que pasó. Debimos haber sido más comprensivos con tu privacidad.
—Creo que la principal responsable soy yo, pues debí haberme tomado los domingos libres como habíamos acordado al principio. Sin embargo no me arrepiento de cuál sido el resultado de mi trabajo. De hecho, ahora puedo irme a mi casa y descansar tranquila sabiendo que Edward no va a tener una crisis nerviosa a medianoche estando yo lejos para asistirlo. Ya él comprende muchísimo más de lo que creíamos posible al comienzo de todo este proceso, por lo cual me atreví a hablar con él de esto cuando se me presentó en mi hogar.
—¿Y se lo tomó bien?
—Después de explicarle casi lo mismo que a usted, pero más detallado…él lo comprendió.
Sonrió para sí misma y negó con la cabeza.
—Imagino que no le gustó demasiado la idea. No le gustan los cambios.
—Lo sé. Y eso es muy propio de los de su condición. Sin embargo debo acotar que después del chantaje adecuado, él cedió. —le correspondí la sonrisa. Pero esta vez con un poco de timidez, porque aún quedaba algo que informarle. Se quedó en silencio esperando porque le comentara sobre esa pequeña extorsión a la que lo había sometido. —Le dije que podía tener ese tiempo que yo no estaba acá para realizar cosas que a él le interesaran. Como el piano por ejemplo. La idea le agradó completamente. Además de eso le dije que a cambio podíamos salir y hacer cosas diferentes de las que habíamos hecho antes.
—Eso me parece bien…
“Cosas normales de novios”. Puesto que él me lo pidió ayer. —…y esperé…y esperé en el más incómodo de los silencio lo que ella tenía por decir.
Sería estúpido darme una negativa después de todo lo ocurrido, pero no sabía cómo podría tomar una madre de un paciente con autismo de alto rendimiento que su hijo quería tener una relación oficial nada más y nada menos que con su enfermera de cabecera. Estaba preocupada…hasta que se carcajeó de una manera sumamente delicada y casi infantil.
—No quiero ni imaginarme como te lo pidió… —si. Mejor que ni preguntara. Sería muy incómodo decirle que había sido en medio de nuestro letargo postcoital. — …pero me alegro que lo haya hecho. Mi hijo es un chico inteligente y por lo visto tiene muy buenos gustos.
Sabía que estaba sonrojada como una estúpida, pero ¡Qué diablos! no todos los días tu  casi – suegra alaba el hecho de su hijo tuvo buen ojo a la hora de escogerte. Disfruté mi momento de gloria.
—Gracias, señora…
—¡Esme!
—Bueno, Esme. La cosa es que lo sonsaqué para que terminara accediendo a cambio de tener citas en nuestro tiempo libre. Pero todo esto de manera equilibrada. Le expliqué que eso es necesario en toda relación. Y después de una serie de preguntas finalmente estuvo conforme. Por lo cual espero que no sea un problema para usted…- me reprendió con la mirada por el formalismo así que de inmediato rectifiqué. - …para ti y para el señor Cullen.
Me palmeó mi mano con suavidad y volvió a sonreírme con esa calidez tan propia de ella.
—No tengo más problema que el hecho de echarte de menos por acá. Pero creo que de lunes a viernes es un tiempo suficiente para paliar eso. Y uno que otro fin de semana que quieras venir de visita después de “sus citas”.
-          Por supuesto que sí. – accedí satisfecha.
De pronto su mirada se volvió profunda y seria cuando tomó una de mis manos entre las suyas y la apretó:
—Estoy dándote la muestra de confianza más grande que alguna vez haya tenido con alguien: dejando en tu poder uno de mis tesoros más preciados, y sin duda alguna el que más he cuidado con celo. Espero que en eso no me defraudes ni un solo segundo, Bella. Porque entonces ya no habrá disculpa posible entre nosotras si tengo que sanar el corazón de mi hijo.
Asentí con firmeza y correspondí el apretón.
—Comprendo la gran responsabilidad que tengo con él, Esme. Y fue así desde el primer día. Sin embargo soy yo la que tiene miedo en esta relación, él solo tiene certeza. En cambio yo he visto lo suficiente del mundo como para saber que solo lo quiero a él a mi lado. Edward ha visto las cosas a través de mí todo este tiempo y temo que más adelante aparezca alguien con la cual él desee verlo a su lado en vez del mío porque ¿cómo podría reprocharle algún daño? Él jamás lo haría aposta.
Contemplar ese escenario, aunque solo fuera hipotéticamente, era jodidamente desgarrador. Y más triste aún era que…podía ser posible.
Esme asintió de nuevo y miró al vacío entre ambas; probablemente pensando en los desafíos que debíamos atravesar como pareja de ahora en adelante. Sin embargo su mirada era de confianza cuando volvió la vista hacia mí.
—Eso no pasará. Edward es demasiado testarudo como para dejar que alguien más entre en su corazón para reemplazarte a ti. Probablemente la eche de forma directa, aunque descortés. Algo muy típico de él.
Ambas nos carcajeamos al imaginarlo.
—¡Oh Dios! Lo que me recuerda que debe hacerse la sorprendida cuando él le dé la noticia dentro de un momento. Me dijo de camino hacia acá que él quería decírselo a sus padres. De seguro se molestará si se sabe que le eché a perder la sorpresa.
—Prometido.
Salimos de la sala de estar hablando y riendo de tanto en tanto de naderías, cuando una mezcla de exquisitos olores nos atrajeron hacia el comedor. Allí estaban Edward y Carlisle terminando de acomodar una muy abundante cena y nada baja en calorías en la mesa que perdía su último espacio libre con una chorreante jarra de té frío.
—¿Cómo vas a pedir anchoas en la pizza, papá? ¿No te da asco? —le reprochaba mi ángel como si en vez de pescado fuesen cucarachas lo que había encargado el pobre de Carlisle. Solo le quedaba reírse por lo bajito y dejarle que hablara. —Eso parece un pez peludo ¿Has visto alguna vez uno? ¡No! Y eso es porque se verían horribles.
—Hijo, es solo cuestión de gustos. Come de la pizza que no tiene anchoas y asunto arreglado.
—Pero ¿no te molesta tener bolas de pelos saladas en tu comida?
—No, Edward. De hecho me encantan esos pedazos de pescado peludo en mi comida.
—¡Qué asco!
Esme y yo rompimos en carcajadas y fue entonces cuando ellos repararon en nuestra presencia. Carlisle nos examinó con la mirada y después de cerciorarse que todo estaba bien hizo un gesto con las manos que indicaba que se rendía. Edward nos miraba de manera similar y allí pude ver el asombroso parecido de ambos. No solo físico, sino en su manera de actuar y conducirse.
—Me esforcé haciendo la cena y mi muy desagradecido hijo no ha hecho otra cosa más que criticarme.
—Eso es porque me dijiste que prepararíamos la cena entre ambos y fuiste derechito al teléfono a llamar a un restaurant y encargar todo hecho.
—¿Y el último ataque con las anchoas a que se debió?
—A que tienes mal gusto. —después de decir eso se quedó tan ancho.
No pude evitar soltar una sonora carajada y colocarme a su lado.
Cuando ya estuvimos sentados a la mesa y cada uno miraba un plato diferente mientras comentaba algo con respecto a estos, Edward se dirigió a mí y no lo hizo con voz baja; como cualquiera hubiese esperado:
—¿Ya mamá y tú no están enojadas? ¿Está todo está bien?
Asentí con una sonrisa de oreja a oreja y le besé la mejilla con ternura. Hubiese deseado hacerlo en los labios pero allí estaban sus padres y…¡Y él se encargó de hacerlo dejándonos a todos atónitos! Fue solo un pequeño toque de labios y aún así mis mejillas se pusieron cuales tomates. Ese ángel ya no era tan cándido y tímido como antes…y me encantaba.
Miró a sus padres de hito en hito y con una expresión casi solemne, les dijo:
—Bella y yo somos novios. Yo se lo pedí ayer.
Carlisle lo miró sorprendido y luego le palmeó la espalda felicitándolo. En cambio Esme olvidó por un momento lo que yo le había pedido tan encarecidamente. Para cuando trató de hacerse la sorprendida, ya Edward se había dado cuenta y me estaba reprendiendo con la mirada.
—¡Le dijiste! —estaba atrapada. No podía negarlo.
—Tuve que hacerlo, ángel.
Me vi obligada a explicarle el porqué. Lo que me llevó a tener que decirle al señor Carlisle que no volvería a vivir en su casa sino en la mía y exponer mis razones.
Después de eso, todos empezamos a comer. Los hombres se decantaron por las pizzas aunque la de cada uno era distinta. En cambio Esme y yo nos fuimos directo a por las pastas que estaban servidas allí. Unos raviolones rellenos de espinaca y queso ricotta bañados en una exquisita salsa blanca, fetuccinis con tres salsas diferentes. Una ensalada capressa fue la acompañante perfecta.
Ambas tuvimos que compartir de nuestros platos con cada uno, puesto que al parecer ese peculiar par no querían servirse de lo que había en las bandejas, sino en nuestros propios platos.
El ambiente era liviano, tanto que casi me olvidaba de avisarle a Alice cómo habían salido las cosas entre Esme y yo. Así que me excusé un momento y le envié un mensaje de texto. “Llegaré tarde hoy. Cenaré con los Cullen. Todo salió bien”. No quería que la pobre se tomara la molestia de prepararme algo de comida cuando ni siquiera iba a mirarlo.
Poco después me encontraba preguntándome mentalmente por Emmett, quien estaba en la casa pero no había aparecido a comer con nosotros. Por un segundo se me antojó incómodo el posible hecho que no estuviese allí por mi presencia, pero luego me reproché a mí misma el pensamiento ególatra. Sin embargo su madre no se cortó a la hora de preguntar sobre su paradero y tanto Carlisle como Edward se miraron con incomodidad. Al final el primero fue el que respondió:
—No tenía ganas de comer cuando le avisé. Le guardaremos la comida en el horno para cuando sienta hambre. —con eso dejó el asunto zanjado y cambió la conversación hacia vías menos incómodas.
Todos preferimos seguirle la corriente; aunque a Edward le costó un poco más. Estaba retraído y callado. No fue sino hasta el postre que volvió a pronunciar palabra.
Una panacotta exquisita fue el cierre con broche de oro de aquella cena hipercalórica. Edward tomó una soberana cucharada del dulce y cerró los ojos cuando la sintió derretirse en su boca. Todos lo mirábamos complacidos. Verlo disfrutar de una comida abiertamente era algo que hace nueve meses solo podíamos imaginar; ahora era una realidad a la que estábamos acostumbrándonos con sumo placer. Y más plenos nos sentíamos porque cada uno de nosotros había tenido que ver con su recuperación; rápida para algunos, lenta para su familia e imposible para algunos autistas.
—¡Esto está buenísimo! Lo podría comer con las galletas de canelas toooooooooooooooooodos los días. —y se metió otra senda cucharada.
—Te aburrirías, ángel. Luego no podrías ni verlos. A mí me pasó con el helado de dulce de leche.
—¡A mí con los brownies! —comentó Carlisle con cara de asco.
—Yo te advertí que no te comieras toda esa bandeja tú solo, pero no me hiciste caso. —le riñó Esme en broma mientras trataba de disimular el deleite cada vez que lo miraba.
—Un momento. —pregunté un tanto confundida. —¿Tú hiciste esa bandeja de brownies?
Ella asintió y alejó de ella la copa vacía. Se acomodó en la silla con la presunción de una reina.
—Sé preparar unos brownies espectaculares desde mi adolescencia y el señor aquí presente es fanático del chocolate. Solía prepararlos con cierta frecuencia cuando éramos novios pero no fue hasta estar casados que se comió una bandeja entera él solo. Podrás imaginarte la indigestión que se pegó. Duró casi una semana en cama. —se tapó la boca para reírse. Unas arruguitas en el borde de sus ojos se acentuaron más no la hicieron menos hermosa. —No soportaba ni siquiera el caldo de pollo en el estómago.
—Sí, claro. Búrlate. Como la deshidratada no fuiste tú. —le reprochó su esposo. Luego la besó en las comisuras de los labios rápidamente.
—Ahora entiendo a quién salió tan obsesivo con lo que le gusta comer. ¡Salió a usted, señor Cullen! —le acusé divertida.
—Y me regaña por las galletas ¡Que descaro! —exclamó Edward concentrado en robarle a la copa hasta el último rastro de panacotta con la cuchara.
Así terminó la cena y continuó con la limpieza de platos. Divertidas discusiones entre Edward y su padre amenizaban las labores.
Definitivamente ese era mi lugar en el mundo. Con Edward de mi mano y su familia a nuestro lado.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.
Acurrucados bajo el grueso cobertor, estábamos Edward y yo. Sus manos apresaban mi cintura en una posición algo incómoda; puesto que estábamos de lado; y sus labios se acariciaban contra los míos mientras que las lenguas jugueteaban sacándose a pasear sensualmente por turnos.
Todo en su roce era ternura hasta que las cosas se nos iban de las manos un poco y era entonces cuando me tocaba que hacer acopio de razón y separarme un poco distrayéndolo con conversación. A pesar de mis numerosos esfuerzos Edward seguía con una media erección que me punzaba contra la unión entre el muslo y la ingle. Me separé de su boca cuando un feroz relámpago precedió a un ensordecedor trueno. Mi ángel se sobresaltó un poco, yo solo acribillé a la cascada de agua que bajaba por los ventanales; miré el reloj del celular. Eran las once más cinco de la noche. ¡Mierda! Llevaba más de cuarenta y cinco minutos esperando que la lluvia menguara lo suficiente para poder montar mi vieja camioneta e irme a mi casa. No quería incumplir con lo que me había impuesto a las primeras de cambio.
Dejé caer mi cabeza contra la almohada y suspiré exasperada.
—¿Qué pasa, Bella? —preguntó mi ángel con el ceño fruncido de preocupación.
—No deja de llover.
—Jummm. Eso es bastante obvio.
Sonreí ante su respuesta sabelotodo y le acaricié los labios con mi pulgar. Estaban rosados e hinchados por el exquisito uso.
—Listillo. —me giré para sacar su antebrazo que me estaba maltratando la espalda. Cuando lo hice él emitió un gemido de dolor mientras que se lo frotaba. Lo miré divertida durante unos minutos.—No es gracioso que se te duerma un miembro ¿cierto?
—No. Molesta mucho. Siento como si tuviese hormigas por dentro de la piel. —su ceño seguía fruncido. Tomé su antebrazo y le froté con más vigor que el que él estaba implementando. A los pocos segundos ya lo podía mover sin malestar.
En ese preciso momento Esme hizo acto de presencia en la habitación después de haber pedido permiso previamente. Si le había molestado o sentido incómoda al vernos tan cerca a los dos en la cama, no me había dado cuenta. En lo absoluto.
—Bella, no me parece conveniente que te vayas a estas horas con esa camioneta tuya. —su expresión era firme. De esas que te decían que te iría mejor si no le replicabas. —Ha llovido demasiado como para que sea seguro manejar por esas curvas tan cerradas que hay de camino al pueblo. Me parece mejor que pases la noche aquí.
La vi con expresión un poco sardónica al recordar la potencia de mi anciana chevy.
—Creo que sufrir un accidente de tránsito manejando a solo ochenta kilómetros por hora, es un poco improbable.
—Pero no sabes si eres la única en la vía y quizá la otra persona venga al doble de velocidad que tú. —¡diablos! Eso no podía rebatírselo. Suspiré resignada.
—En eso debo darle la razón. Le escribiré a Alice para que no se preocupe. —ella salió sin decir más nada.
Edward sonrió complacido. En realidad su gesto me parecía más una burla que una risa por lo cual lo increpé haciéndome la ofendida:
—No logro ver la diversión en todo esto. 
—Pues que tendrás que quedarte a dormir aquí. Y conmigo. —espetó con una naturalidad que rayaba en el descaro.
Me encogí de hombros restándole importancia al asunto solo para llevarle la contraria.
—El hecho de que me vaya a quedar en tu casa esta noche no quiere decir que dormiré contigo. —Ja! Por dentro me sentía victoriosa al verlo con el ceño fruncido. De pronto pareció pensarlo mejor e hizo un gesto malicioso que casi me hizo romper en carcajadas.
—Y el hecho de que tú te quedes en otra habitación no quiere decir que yo no pueda escabullirme hasta allí en medio de la noche.
Me dejó atónita ante su atrevimiento y estallé en carcajadas. Le di un golpe juguetón en el hombro.
—¡Eres insoportable!
—Claro que no. Solo te explico lo que haré esta noche.
—Ahhhhh. O sea que ya lo decidiste. —no fue una pregunta.
Asintió.
-          Y no puedes hacer nada para detenerme.
Lo besé de una manera sensual y posesiva. Luego me separé dejándolo con ganas de más. Yo también podía jugar a ser mala.
—No lo haré, pero te advierto que vas a pagar por tu impertinencia. —cuando él me iba a dirigir una de sus imaginativas respuestas, Esme llegó con una hermosa cascada de brillante seda plateada.
Caminó hasta los pies de la cama para dármela, pero me coloqué a su lado para tomarla. Me parecía una descortesía dejar que me atendiera mientras yo estaba tirada en su cama.
La bata que me había puesto en frente era una preciosidad con el busto cubierto solamente con un sugerente encaje del mismo color metálico. Imaginé que los pechos no podían quedar demasiado cubiertos. El resto era una ondulante caída que debía ceñirse en la cintura y quedaba abierta desde los muslos hasta los tobillos. Lujo, belleza y simplicidad juntas. Además también trajo consigo un pequeño bolsito en color negro con dorado en el cual había un cepillo de dientes y uno de cabello, un desodorante, crema hidratante con olor a vainilla, una máquina de afeitar nueva y enjuague bucal. Me extrañó la ausencia de pasta dental pero imaginé que en el baño de mi antigua habitación habría una. De pronto pareció darse cuenta de algo y se mostró avergonzada.
—¡Olvidé traerte unas pantuflas…!
—No te preocupes, Esme. Amo estar descalza. No las busques. Solo haré un pequeño recorrido de la cama al baño; así que no las echaré de menos.
—¡Pero está haciendo frío!
—No te preocupes.
Finalmente asintió. Tomé las cosas en la mano y la seguí cuando ella se dirigió a la puerta. Se giró y me miró divertida.
—No me creerás tan esnob como para llevarte a una habitación aparte de Edward. Además ambas sabemos que probablemente él no duraría mucho tiempo encerrado en la suya. —me guiñó un ojo y salió. Dejándome con la boca abierta y las mejillas encendidas.
Ese había sido un día bizarro. Con cumbres y valles emocionales, pero aun así no cambiaría nada de él.
Cuando me giré vi que Edward se estaba quitando la ropa y doblándola concienzudamente; como cada vez que se desnudaba. Lo miré atónita aún por… ¡mierda, por todo!
—¡¿Qué haces?! —lancé un grito ahogado.
Terminó de doblar los calcetines en una bolita y procedía a quitarse los calzoncillos, cuando se interrumpió a la mitad de la acción y me miró como si fuera tonta.
—Voy a hacer lo mismo que esta mañana. —se los bajó con una tranquilidad que le envidié porque comenzaban a temblarme las manos y el bajo vientre. Caminó en dirección a la ducha y se me quedó viendo con impaciencia. —¡Vamos, pues! No puedes bañarte con ropa. Eso es absurdo.
Dicho eso se fue muy ancho con su miembro semi empalmado bamboleándose ligeramente de lado a lado.
Una exquisita humedad volvió a escurrirse por en medio de mis muslos, burlándose de mi falta de autocontrol cuando Edward y el sexo estaban en la misma ecuación y lugar. Gustosamente dispuesta a ceder ante mis deseos me deshice de los vaqueros, camiseta y zapatillas deportivas, pero a diferencia de Edward solo las dejé extendidas en una silla que estaba en una de las esquinas de su habitación.
Cuando caminaba a la sala de baño, mi vista se quedó prendada en la silla-hamaca que pendía en un rincón frente a la ventana. No pude evitar pensar en las similitudes que ese dichoso mueble tenía conmigo. A Edward le encantaba porque le daba sensación de calidez y protección. Lo que nos diferenciaba era que ella solo lo hacía a nivel superficial mientras que yo me sentía la guardiana no solo de su cuerpo sino también de su alma. Esa era mi responsabilidad más importante y la que más placer me devengaba.
Entré en aquel espacio de decoración zen, lo encontré en la tina y me senté en su regazo para abrazarlo estrechamente y besarlo con ternura. Él me correspondió con más fogosidad, lo que no me extrañó puesto que el sexo era algo nuevo para Edward, así que pasaría algún tiempo para que se lo tomase con calma.
Aparté mi cuerpo del suyo y reí con cierta malicia.
—Es hora de pagar por tu impertinencia y ese tendencia tuya a ser un listillo siempre. —lo hice subirse hasta el descansillo que había entre la pared y el borde de la bañera. Sentado allí miraba hacia abajo en todo el esplendor de su inocencia que no menguaba con el sexo sino que se transformaba en algo que era tan caliente como la lava y tan celestial como el resplandor de luz que se escapa por entre las nubes.
Las yemas de mis dedos ascendieron por el interior de sus muslos arrancando estremecimientos en el trayecto. Cuando llegué al nivel de sus ingles descendí con la misma lentitud tortuosa, pasando por encima de sus rodillas y hundiéndose en el agua cuando acariciaba sus pantorrillas. El nivel de esta me llegaba al nivel de las caderas. Subí esta vez agarrada plenamente a cada pedazo de piel por el que me deslizaba. Paré el trayecto de nuevo en las ingles y dejé caer la cabeza; sin perder contacto visual; para lamer con la punta de mi lengua la desafiante erección que tenía frente a mí. De un jadeo violento Edward dejó escapar el aire de sus pulmones. Sus manos se encallaron en mis hombros firmemente y su mirada prefirió desviarse de la mía para disfrutar en la intimidad de sensaciones que confieren unos párpados cerrados.
Di otro lento lametazo pero esta vez enfocada en aquella pequeña cabeza roja de su pene. La rodeé con la lengua para posteriormente llevarlo hasta donde la cavidad de mi boca lo permitió. Chupé suavemente y me retiré dejando un brillante rasgo de humedad. Probé su exquisito sabor salado, casi me dejo llevar por el impulso de quererlo hacer explotar por el simple placer de saborearlo en mayor cantidad. Pero ese mismo lado del cerebro que te hace pensar en lo dulce que es una venganza, me dio la fuerza necesaria para alargar la tortura de mi ángel.
Coloqué la mano en la base de su erección y entre mis labios y ella nos encargamos de acariciarlo para luego encontrarnos a la mitad de su miembro y retroceder hasta el principio y el final del mismo. Aumenté la velocidad y la presión y el reaccionó contoneándose en su sitio, pero lo inmovilicé cuanto pude por sus caderas.
Abrió sus ojos que en ese momento estaban vidriosos. Sabía que estaba al límite de sus fuerzas. Lo sentía en las pulsaciones cada vez más rápidas de su pene.
—Be…Bella…ya no puedo. Me…voyyy… —eso fue antes de que tomara sus testículos y los halara suavemente hacia abajo para retrasar un poco más su clímax. ¿Quién dijo que la Cosmopolitan no era una excelente instructora?
Le sonreí con malevolencia y lo saqué con un sonoro ¡plop! De mi boca.  
—No, ángel. Te vas a venir cuando yo quiera. —lanzó un gemido de dolor pero aparte de eso debo reconocer que no se quejó.
Volví a la tarea de lamer – y – chupar pero esta vez con mayor rapidez y vigor. La mandíbula me empezaba a doler y hasta se me escapó en dos ocasiones de entre mis labios; me reí un poco en cada una de esas ocasiones puesto que el sexo no siempre es perfecto y solo nos queda verlo como algo gracioso en vez de vergonzoso. Al menos así lo veía yo.
La respiración de mi ángel se volvió más errática de lo que ya era, me dejé de juegos y lo llevé hasta ese final lleno de temblores espasmódicos y deliciosos sabores masculinos. Y cuando terminé de degustarlo me alejé con una insatisfacción que esperaba que fuese calmada en breve pero con la felicidad que me daba ver la expresión satisfecha de Edward. Ahí, en ese preciso instante no había un autista y una enfermera, sino un hombre y una mujer disfrutando de las luces que les ofrecía esa unión de caminos en la que tanto se habían empeñado. Para poder hacer frente a las sombras que se les cernirían en un futuro cercano.
Edward se dejó caer dentro de la bañera y me tocó que cerrar la llave rápidamente cuando me di cuenta de que estuvimos a punto de causar un tremendo desastre de agua en el baño. Después me volví a sentar en su regazo y lo besé con dulzura en la comisura de sus labios. Mis brazos rodearon su cuello y los suyos mi cintura.
—Te amo, Bella. —no pude evitar la sacudida que me atravesó el pecho con fuerza. Conocía sus sentimientos más que bien pero no había manera de que me acostumbrase a escuchar de su propia boca la declaración de estos.
—Yo también te amo, ángel. —…más de lo que alguna vez podrás llegar a comprender. Tomé su mano para llevarla a mi entrepierna y presionarla contra mi protuberancia inflamada. —Ahora repasemos lo que te enseñé en la mañana.
No me sorprendió que Edward resultase un alumno habilidoso.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.
Emmett POV:

Por primera vez en la vida, estar ahogado entre carpetas y pilones de documentos me parecían una necedad. De hecho me sorprendí a mí mismo queriendo hacer una barrida con ellos y mandarlos a-quien-le-importa-una-mierda-donde de un solo manotazo. Quizá se debía a que lo que me estaba ahogando en realidad era otra cosa...
Probablemente sería el hecho de que Rosalie se negaba a tenderme el teléfono.
Volví a apretar la tecla de llamada y me exasperé al escuchar repetidamente el maldito piiiiiiiiip del intento fútil de conexión. Saltó el buzón de voz y me negué a dejar un mensaje de voz más. Ya tenía unos cuatro en su haber. El primero pidiendo disculpas, el segundo exigiendo que me contestara la llamada, el tercero indicándole lo inmaduro de cómo estaba actuando, el cuarto fue para pedirle disculpas nuevamente.
Carlisle pasó al estudio después un par de toques pero sin esperar confirmación por mi parte. Traía un plato inmenso y humeante de pasta en una mano.
—Pensé en dejarte la comida en el horno, pero no lo vi en un futuro cercano así que decidí traértelo. —lo colocó frente a mí pero mi estómago no rugió, como normalmente lo haría. Se limitó a medio estremecerse con un poco de hambre, así que pinché un par de raviolones con el tenedor y los mordí sintiendo la salsa, la ricotta y la espinaca estallando en mi boca. Estaban buenos más no me entusiasmaron. Sí, definitivamente estaba en la cumbre del patetismo.
—Gracias, papá. —le dije y volví a tomar un bocado.
Fue hasta un pequeño refrigerador que estaba situado en una de las esquinas de la biblioteca, sacó acertadamente una simple botella de agua mineral y me la entregó. Tomó asiento frente a mí, cruzó las piernas y se recargó contra el espaldar. ¡Oooooooh, mierda! Aquí venía una conversación jodidamente incómoda.
—Bien… —suspiró cansinamente. —¿Qué te pasó?
—¿Por qué tiene que haberme pasado algo?
—Emmett, déjame dejarte unas cosas en claro; aunque creo que son tan obvias que me harán lucir como un estúpido. Aun así me arriesgaré: sé qué te pasa algo porque eres mi hijo y hace veintiocho años que te conozco, andas sumido en una preocupación desde hace algún tiempo pero que se acentuó desde ayer, no demuestras tu habitual apetito voraz de león famélico y finalmente estás un domingo por la noche ahogándote entre expedientes cuando odias hacer eso con toda tu alma. Eso sin mencionar la taciturnidad.
A veces se me olvida lo molestamente observador que podía ser mi padre. Desde niños se integraba en cada actividad que tuviese que ver con sus hijos tanto como se le permitiera. Se preocupaba por cada cosa que pudiese perturbar la tranquilidad de sus hijos; incluso cuando se distanció de la situación de Edward, el malestar se le transformó en malgenio, estrés e incluso desarrolló hipertensión. Así que el que Carlisle haya podido darse cuenta de mi cambio de actitud; incluso cuando yo mismo no era del todo consciente de ello;  no me sorprendía demasiado.
—La cagué, viejo. —solté simplemente.
—¡Hijo, ese lenguaje tuyo! —se quejó un poco. Carlisle era sumamente educado, ni siquiera cuando se molestaba era capaz de soltar maldiciones. Ese, obviamente, no era mi caso.
—¡Es verdad! ¡La cagué, papá! Todo lo he hecho mal una y otra vez. Eso es todo lo que pasa.
No perdió la paciencia ni tampoco volvió a reprocharme por mi lenguaje soez.
—¿Qué pudo haber sido tan terrible?
Bueno...si me iba a echar de cabeza, iba a hacerlo a lo grande. Total, dudaba que las cosas pudieran empeorar.
—Pueeees comencemos por el hecho de que me enamoré de Isabella, debido a eso lastimé a mi hermano y luego Rosalie; que era la única persona con la cual podía confesarme sin peligro de parecer un maldito desgraciado, se molestó conmigo por haberla usado como un burdo sustituto de Bella. Ahí lo tienes. Eso fue “lo terrible”.
Mi padre inhaló profundamente pero no hizo más nada que pudiese indicarme que estaba molesto conmigo.
—Creo…- comenzó a decir con suma calma. —…que no estás tan “enamorado” de Isabella como piensas.
Me reí ante su comentario con abierta sorna.
—Discúlpame, papá. Pero yo mejor que nadie sé lo que siento y por quién.
Se encogió de hombros y cruzó los brazos con desparpajo.
—Pues si estuvieses tan enamorado de ella ¿por qué has tratado todo el día de comunicarte con Rose? Porque sospecho que es por ella por quien has pasado todo el día pegado al teléfono.
¡Sabihondo infeliz! …No podía ser cierto lo que me decía.
—Yo…yooo…no me…
—Hijo, todo hombre en algún punto de su vida se encapricha con lo prohibido; lo importante es ser lo bastante astuto como para reconocer el momento en el cual debes seguir adelante sin mirar a eso que no debes tener. Resistirte a la tentación es una de las lecciones más relevantes en la vida. No solo en materia de relaciones personales sino con respecto a todo.
Resistirme a la tentación…encaprichado…seguir adelante.
—¡Emmett! – Carlisle llamó mi atención agitando las manos frente a mis ojos. – Céntrate. No voy a decirte como actuar, sin embargo me siento obligado a decirte que no creo que una disculpa telefónica sea suficiente para solucionar lo que pasó con Rosalie.
—¡Pero no quiere hablarme, mucho menos verme!
—Hasta donde yo sabía; tú eras el ser humano más tenaz y atorrante que pisaba la faz de la tierra. – me guiñó un ojo y caminó hacia la puerta. En el marco de esta se detuvo como si se le hubiese olvidado algo y acotó: - Por cierto, hijo. Si tu hermano se queda sin profesora de piano; tú tendrás que darle las clases. No sé como lo harás, pero me encargaré de que así se haga.
Le sonreí y agradecí…pero en silencio.
Decidí aplicar lo mismo que le recomendé a Edward pero con menos certeza de tener un buen resultado en este caso. De hecho lo único que tenía era esperanza.
Me tomó cuatros días decidir que ese era un tiempo considerable como para salirme del trabajo poco antes de la hora del almuerzo e ir hasta su casa.
Estacioné un poco más abajo de su casa puesto que dos vehículos me impidieron hacerlo frente a su puerta, pero cuando me disponía a bajarme reconocí a uno de los carros como el de Jasper. Las tripas se me revolvieron ante las posibilidades de lo que podría estar haciendo allí.
Entonces ella salió con él tomados de la mano y lo abrazó demasiado fuerte como para creer que eran simples conocidos o amigos. Un sentimiento diferente al que me corría por el cuerpo cuando veía a Edward con Bella me atravesó las venas quemándome en el trayecto.
Furia. Eso era. ¡¿Pero que hacía ese mamón con Rose si supuestamente estaba con Alice?! ¡¿Y cómo podía ser ella tan desleal?!
Cuando él se hubo ido, Rosalie pasó a su casa y yo salí del interior del coche dando un portazo. No toqué a su puerta, sería más acertado decir que la aporreé con ira. Ella abrió a la pobre víctima de mi molestia de un tirón y con expresión asesina en los ojos.
—¿Se puede saber qué demonios te pasa? – escupió con abierta beligerancia.
—¡Me pasa que venía a pedirte disculpas y te vi abrazándote con Hale!
—Ajá ¿y? te adelanto que no creo que esto sea una disculpa. Vas mal encaminado de antemano.
—¿Y? ¿Y…dices? ¿cómo puedes hacerle eso a la pobre ingenua de Alice? ¿No te da remordimiento de conciencia? —no me podía controlar. Simplemente las palabras salían por mi boca sin pasar por mi cerebro para ser analizadas.
—¿Hacer qué? ¿Ser abrazada y visitada por “mi hermano”? ¡¿Eso?! —se encogió de hombros aparentemente desinteresada.
—Her…hermano…Tú… —si. Ahora era un buen momento para quedar como un idiota balbuceante. Tenía muuuuucho sentido después de semejante escena de… ¿celos?
Nah. No podía ser eso. Era simple indignación por Al.
—¡Dios, Emmett! Hace una semana que estuvimos juntos y ya te crees con derecho a aparecerte en mi casa para armar un escándalo. —se tomó la cabeza con las manos y caminó al interior. La seguí cauteloso en espera de una próxima descarga de furia; que por supuesto me merecía.
Tomó asiento en su sofá modular y apretó sus piernas contra su pecho. Sus ojos verdes normalmente hermosos estaban apagados y ojerosos. De hecho, su piel también se veía un tanto pálida.
—Rose… —susurré sentándome a su lado sin esperar invitación. —¿Estás enferma? Si necesitas ir a un médico yo puedo…
—Emmett. —levantó una de sus manos para hacerme callar. Su expresión era indescifrable. Nunca jamás en la vida había visto una como esa para poder compararla. —Tengo dos días vomitando sin parar y terriblemente cansada. Por eso no  he podido ir a ver a tu hermano. Apenas y tengo energía para bajar a la cocina a por comida. Aunque poco después vaya a dejarla en el inodoro.
Expectación. Eso si pude reconocerlo. Y miedo…
—Vamos al médico, Rosalie. – le presioné. —Puede ser grave y no debes estarte auto medicando.
Se puso en pie de un salto frente a mí y agitó las manos exasperada pero no llegó a gritar.
—¿Acaso eres sordo? Tengo dos malditos días vomitando, jamás me enfermo y ahora estoy aterrada ¡¿Es qué no puedes verlo?!
—La verdad es que… —negué con la cabeza. Estaba como obnubilado.
—¡Emmett, por dios! —respiró profundamente y trató de sosegarse mientras se limpiaba las lágrimas con las mangas de su suéter blanco de punto. —Déjame explicártelo de otra manera. Esa noche que pasó…lo que pasó entre nosotros estaba tan alterada que no recordé tomar mi pastilla anticonceptiva.
Abrí los ojos desmesuradamente. De todas las posibles cosas que me podía decir Rose esta no era una de mi lista. No podía tolerarlo. No podía lidiar con eso.
¡No!
—¿Tú…t…ttttttú crees…? —y ahí estaba el maldito titubeo de nuevo.
—No lo sé. Ya no sé nada. Aunque dudo que esto sea un efecto secundario de no tomar una píldora. Nunca me había pasado. – sonrió irónica para sí. —Aunque esto sí que sería un “efecto secundario”.
Para un temor tan grande solo había un nombre…Embarazo.
Y no era algo para lo que ninguno de los dos estuviésemos preparados para hacer frente.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.

Hola, mis chicas. Disculpen a esta autora que suele tardarse mucho en publicar. Juro que no lo hago a posta, pero cuando uno tiene que atender demasiadas cosas a la vez y de paso  se le presentan imprevistos esto suele pasar.
Espero que este capítulo les guste…Un besote.
*Marie K. Matthew*

1 comentario:

  1. me encanta esta muy bueno plis actualiza pronto

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