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miércoles, 21 de noviembre de 2012

TIRANO - Capítulo Séptimo:



Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.
 "Perdición"

—¡Yo te mato! —le gruñí a Edward que estaba a mi lado afeitándose el rastro de barba matutina.
Hacía ya tres días desde que había dormido en mi casa y el "Capitán Cavernícola" me había dejado una marca en el cuello de un mordisco. En el momento no me preocupé demasiado porque estaba demasiado entretenida con…bueno…el hecho está en que estábamos ocupados, pero a la mañana siguiente me di cuenta de lo muy evidente que había quedado en mi piel pálida su arranque de pasión posesiva.
—¡Yo te juro que te mato! ¡Llevo tres días con esta marca en el cuello! Tendré que usar una pashmina de nuevo. —pasaba mis dedos por la desvergonzada marca morada – verdosa que había quedado. —¿Qué pensarían los demás de ti si supieran que fuiste el que me hizo esto? A lo mejor creen que tienes un jodido trastorno y te crees Drácula o una mierda así. —bufé molesta mientras rebuscaba en la bolsa de maquillaje mi corrector de ojeras de Ives Saint Laurent para las sombras oscuras que me enmarcaban la mirada y también un poco de crema para hemorroides para aplicármelo en las ligeras bolsas que estaban debajo de mis ojos debido a las noches acumuladas de cansancio y no precisamente por trabajo. Ese fue es un secreto aprendido de Cosmopolitan ¡Bendita sea la biblia!.
Se encogió de hombros restándole importancia al asunto y se lavó la cara para retirar los restos de la espuma que le había quedado. Luego abrió un pequeño bolsito negro que tenía una figura de un jugador de polo, oooobviamente de la línea Polo Black de Ralph Lauren. De allí un sacó un frasco de un azul precioso con forma de torso. Casi me desmayo de gusto al oler el aftershave Le Male de Jean Paul Gaultier. No pude contener un gemido que brotó de mi garganta cuando terminaba de aplicarme el labial de Maybelline. Edward giró su rostro y sonrió con esa arrogancia que lo identificaba.
—¿Te gusta como huelo? —se colocó a mis espaldas y subió sus manos por debajo del albornoz que cargaba. Restregó su cara suave, ahora sin rastro de barba y luego besó la marca en mi cuello. —Pensé que solo te ponía el Issey Miyake.
—Tú siempre has tenido la capacidad de elegir los perfumes que me disparan las hormonas. —jadeé cuando subió aún más su mano pero sin llegar hasta donde deseaba que lo hiciera.
Echó su cabeza hacia atrás y sus carcajadas resonaron en el pequeño espacio. Automáticamente lamenté haberle alimentado el ego.
—¿Desde siempre? —lamió mi carótida haciéndome estremecer.
—Olvi…olvida lo que dije. —meneó sus cabeza de lado a lado.
—¿Desde siempre? —mordió sobre su marca de nuevo.
Ahogué un grito en mi garganta y me recosté contra su ya muy dura y lista erección, aún a sabiendas de que no debíamos comenzar algo que luego ninguno de los dos sería capaz de interrumpir. Presionó su frente en mi hombro y gruñó antes de darme la vuelta y subirme de forma violenta al empotrado del lavamanos en donde estaban mis productos personales y perfumes, derribando algunos en el acto. Se deshizo de las bragas y luego se tomó el pene por debajo de la toalla y lo colocó en mi entrada que ya latía furiosamente esperando la invasión aunque no estuviese del todo preparada. Sentí la cabeza roma acariciarme de arriba abajo mientras que sus ojos brillaban con malicia e insolencia.
—Por…favor… —me mordí el labio inferior, saboreando el producto que acababa de colocarme. Sentí que mis manos se resbalaban un poco por las gotas de agua que se habían escapado del espacio del lavamanos.
—¿Desde cuándo te vuelve loca mi olor, Bella? —gemí cuando sentí que empezaba a presionar en mi entrada pero luego se retiró.
Eché la cabeza hacia atrás recargando la presión en mis antebrazos y manos, las cuales me comenzaban a arder pero no podía importarme menos en ese momento.
—Eres tan orgullosa…tan terca… —me atrajo de la nuca violentamente e invadió mi boca con desesperación. Esperé una penetración que no llegó. — Dime lo que quiero escuchar y te daré lo que quieres.
Negué con la cabeza mientras que mi pobre labio gritaba que lo soltara antes de que lo arrancara de su sitio. Entonces tomó un respiro áspero y me soltó, dejando que su toalla cayera a modo de carpa sobre su pene. Se miró en el espejo y luego a mí con cara de despreocupación, aunque en el fondo de sus ojos azules de tormenta se estuviese planeando algo.
—Bien. Como quieras. —me quedé atónita. Con las piernas abiertas y llena de humedad donde cuenta. Eso sin hablar de la cara de idiota que debí de haber puesto para que él prorrumpiera en risas. —Ya veremos cómo la pasamos, Isabella. Tú, tan mojada que te será desesperante y yo como una maldita carpa de circo. Veremos quién de los dos lo soporta al final del día. Y no, no me mires así. Yo te dije lo que quería y no me lo diste. Así que no te di lo que querías.
Como si estuviésemos hablando de un intercambio de dulces Willy Wonka, Edward salió de la sala sin decir una palabra y aparentemente sin preocuparse por la tamaña erección que tenía entre los muslos.
De mala manera me bajé del tope. Entrecerré los ojos ante mi reflejo.
Si quería guerra, guerra iba a tener…
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La pequeña Lizzy estaba en su silla, con la vibración encendida a ver si se quedaba dormida en algún momento mientras que tanto Edward como yo discutíamos sobre los detalles del evento benéfico. Tenía su puñito derecho mojado con saliva ya que en los últimos días había híper desarrollado su hábito de mamar dedo. Sus grandes ojos indicaban que no tenía ni un poco de sueño, así que nuestros planes fueron un rotundo fracaso.
—Bien. Entonces estaremos en contacto esta semana para indicarle el pedido detalladamente… —Edward se quedó en silencio mientras la otra persona le contestaba desde el otro lado del teléfono. Por mi parte, mandaba mails y textos al mismo tiempo que él mantenía su conversación con los proveedores de comida rápida para el día de feria. —Sí, claro. Espero el catálogo de opciones. ¿Para mañana? Fabuloso! Está bien…muchísimas gracias. Usted también tenga un buen día.
Dejó de caminar de lado a lado y se dejó caer en la silla después de veinte minutos haciendo llamadas y caminando de lado a lado en mi oficina.
—Ya me tenías mareada de tanto vaivén, te lo juro. Estaba a punto de revisar la alfombra a ver si le habías abierto un agujero. No quería que me culpasen a mí por tus acciones y terminaran devengándomelo del salario. —sonreí con malicia sin apartar la cara del monitor hasta que hice click en la opción de enviar.
Habíamos pasado toda la mañana cuadrando los últimos detalles del evento.
Me miró con ironía y luego se acercó hasta el escritorio en donde estaba yo ahora cerrando lo último que debía antes de encontrarnos con su padre. Solo nos quedaban quince minutos para la dichosa reunión. Edward no tenía ganas de ver a su padre; para variar; y yo pues…tenía pocas ganas de que me dijesen "No es lo que se esperaba de usted, señorita Swan. Así que lo lamentamos mucho, pero tome sus cosas y abandone de Le Madeimoselle". Si, definitivamente era un panorama bastante desolador e incierto el que teníamos por delante.
Se asomó por encima de mi hombro para ver lo que hacía aunque solo pudo ver como cerraba mi sesión en el mail y además el navegador.
—¿Terminaste todo?
Asentí y luego giré mi silla quedando justo a la altura de su paquete…¡simplemente genial! Como si no hubiese tenido bastante con tener que quedarme a mitad de un orgasmo en la mañana, ahora debía esquivar el miembro de Edward.
—¿Ves algo que te guste? —musitó con una sonrisa.
—En realidad veo algo que no me gustaría que se levantara porque de seguro me sacaría un ojo. —prorrumpió en carcajadas y me dio la mano para ayudar a levantarme. No era como si la necesitara, pero amaba ser el centro de su caballerosidad. —Hablando en serio, ya recibí la confirmación de la participación de los invitados y las disculpas de los que no podrán hacerse presente. También la aceptación de los proveedores de camisetas, los cuales han quedado encantados con el trabajo de diseño del slogan del evento de este año. The Cyclone ya está reservado para dentro de una semana y media solo para nosotros y Le Cirque también para la posterior cena de agradecimiento.
El asombro y orgullo que emitía su mirada me fascinó. Aunque no quisiese verme más involucrada de lo que ya estaba con Edward, no veía la forma de resistirme. Él se había convertido en un imán y a mí me había hecho su polo opuesto. No había manera que no nos atrajéramos aunque los encuentros no siempre resultaban satisfactorios. ¡Maldito Cullen, por ser tan imperfectamente perfecto!
Estaba retocándome en el baño cuando escuché su voz como fondo amortiguado hablándole a Elizabeth de forma infantil.
—¿Qué voy a hacer contigo, niña bonita? —escuché el gorgorito de Lizzy en respuesta. —¿Dime? No, eso no. ¿Dame una opción acertada? —al parecer el señor "maduro" de casi treinta años estaba pidiéndole consejos a una bebé de tres meses que increíblemente parecía responderle. Con gorgoritos y gemidos, pero respuesta al fin y al cabo. Me acerqué más a la puerta para escucharle mientras me colocaba un poco más de Black XS de Pacco Rabanne en las muñecas y en el cuello. Las ventajas de trabajar para una franquicia de perfumes eran muchas, pero una de las que más disfrutaba sin lugar a dudas era ese: los perfumes. Aplicada la fragancia, abrí la puerta con mucho cuidado para que no me escuchara y lo vi. Estaba inclinado hacia ella. La había subido al escritorio y ahora estaba hablándole "cara a cara". Lizzy volvió a soltar un sonidito delicioso y sonrió antes de llevarse su puñito mojado de babitas a la boca de nuevo.
—Se te da muy bien esto. —finalmente le interrumpí. Edward se levantó de golpe y fingió frialdad mientras se estiraba el saco del traje. —Aunque en realidad dudo mucho que Elizabeth pueda darte una respuesta satisfactoria para tus dudas. ¡No me mires así! sabes que tengo razón.
Me reí con desparpajo y caminé hacia él, hasta envolverle la cintura con mis brazos. Él hizo lo mismo conmigo.
—Vamos este fin de semana, Edward. Salgamos de esa duda de una vez…
—¿Y luego qué? —se tensó y se apartó de mí con expresión preocupada. —¿Se las devuelvo si resulta no ser hija mía al final de la jornada? ¿Les digo: siempre no voy a querer a la niña así que aquí se las traigo?
—¿Y qué vas a hacer entonces? Jugar al papá como hasta ahora mientras pasa el tiempo y en cualquier momento puede aparecer una familia que la quiera adoptar. Deja de estar siempre a la defensiva, Edward Cullen. Solo quiero ayudarte a solucionar tus problemas, no decirte que harás con tu jodida vida. Ya tienes casi treinta y el papel de madre, Esme lo tiene cubierto. Así que no estoy interesada en él.
Se estrujó el cabello y su mirada, que antes estaba teñida de miedo y enojo, se volvió avergonzada hacia mí. Tendió sus manos hacia el frente tratando de envolverme de nuevo en un abrazo pero me alejé.
—No me toques, Edward. No ahora. No todo puedes arreglarlo con un abrazo, un beso o simplemente sexo. He sido tu asistente, tu mano derecha, ahora compartimos el apadrinamiento de Elizabeth e incluso estoy siendo tu amante, si lo decimos de una manera clara. Pero no por eso me vas a pisar cada vez que te dé la gana porque crees que lo arreglarás con tu "encanto". Puedo ser lo que tú quieras y necesites de mí, Edward, pero nunca seré tu puta. Y es mejor que te grabes eso!
—Bella, no…! Yo nunca…
—¡Buenas! —dijo Esme sin siquiera tocar la puerta. Se veía radiante con una falda plisada negra que no supe reconocer de quién era, una blusa blanca clásica de Carolina Herrera y unos plumps de Jessica Simpson en un vibrante color rojo a juego con sus labios. Era una hermosa mujer que no parecía de cuarenta y tantos años, que era la edad que tenía. Carlisle era un hombre afortunado de tener a una esposa así. Si usaba botox no se le notaba en lo absoluto, pero su piel era de un color marfileño perfecto, un cabello color caramelo lustroso y que no mostraba nunca una cana; obviamente era por un tinte pero igual nunca se le veía ningún defecto, sus ojos color miel eran preciosísimos e iban perfectamente maquillados todo el tiempo. En fin, Esme era la estampa perfecta de como una mujer exitosa debería de verse.
Edward y yo nos volteamos hacia ella y recompusimos los gestos.
—Hola, madre ¿cómo estás? —caminó hacia ella con esa elegancia tan propia en él que era capaz de bajarle las medias a cualquiera que entrara en su perímetro.
Ambos besaron sus mejillas y se abrazaron antes de que a ella le brillaran los ojos y corriera hasta la bebé que seguía tranquila en la mesa a pesar del pasado episodio que estábamos dando antes de ser interrumpidos.
—¡Mira que hermosa estás, Lizzy! ¡Y qué pesada! —dijo cogiéndola entre sus brazos y estampándole un beso en sus mejillas regordetas. —Eres una princesa hermosa, de ojos azul – grisáceos y cabello negro como la noche. Han hecho un buen trabajo contigo estos dos ¿a que sí? ¡Se ríe precioso! La última vez que la vi estaba armando un gran escándalo porque tenía hambre.
No pudimos evitar sonreír cuando estaban reconociendo a nuestro trabajo en equipo. Luego, nos vimos de nuevo y desviamos la mirada. Bueno…yo desvié la mirada.
Fui ahora yo la que rompió el silencio.
—Hola, señora Esme. ¿Cómo ha estado? Desde aquel día no había sabido nada de usted. Ni la había visto en la empresa.
Se encogió de hombros.
—Eso es porque tuve un leve resfriado, Bella. Nada de qué preocuparse y que una buena sopa de pollo no aliviase. —me guiñó un ojo y volvió a hacerle carantoñas a la bebé.
—Pero no me dijiste nada cuando hablaba contigo por teléfono, mamá.
—No te quise preocupar. —automáticamente algo me comenzó a oler mal. Pero no tenía tiempo para dedicarme a sacar conjeturas sobre "el resfriado de Esme". Además que no era de mi incumbencia. Aunque mi curiosidad no parecía estar de acuerdo conmigo, aún así permanecí firme en mi decisión de no alargar más esa conversación.
—Disculpe, señora Cullen pero debemos irnos. Tenemos una junta con su esposo en cinco minutos. —le interrumpí.
—Oh, vale. Pero dejen a la pequeña conmigo. Así si necesita algo no tienen que interrumpir lo que estén haciendo.
—No hace falta, mamá…
—¡Tonterías! Claro que sí hace falta. Váyanse. Yo tomaré sus cosas y la llevaré a la oficina conmigo. Pasen por ella en cuanto salgan.
—¿Pero no saldrá a almorzar? —le pregunté mientras apilaba las carpetas de lo que iba a enseñarle a Carlisle en la reunión. Pero igual mantenía la vista en ella por si cambiaba de opinión. Tuve que reconocerme en ese momento que sentía una cierta ansiedad con respecto a que ella se quedara con Lizzy ¿por qué? Porque sabía muy bien que estaba fallando en tratar de mantener al margen cualquier sentimiento de vinculación con la niña como me había propuesto al principio, más allá de los necesarios, pero esa pequeña bolita de carne que amaba chuparse su dedito y repartir sonajazos a diestra y siniestra parecía empeñada en hacerme poner de rodillas. En honor a la verdad era que lo estaba logrando, yo no lo quería así, pero así estaba ocurriendo. Sabía que en algún momento alguien más preparado la adoptaría y yo me quedaría…¡A la mierda! Tenía una reunión importante que definiría mi carrera. No podía enfocarme en más nada. No debía.
—Bella… —la voz de Edward me trajo a capítulo. —¿Nos vamos?
Estaba parado en la puerta sosteniéndomela y Esme me miraba con cara de qué – diablos – le – pasará – a – esta.
Acomodé mi postura y salí de esa oficina con la máxima dignidad que encontré en mí misma.
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—Tenemos reservado exclisivamente para el evento a The Cyclone. Es un parque de diversiones en Coney Island, muy cerca del New York Aquarium, así que ese es un estupendo punto de referencia. Posee la capacidad ideal para que los invitados y los niños del orfanato disfruten de sus atracciones sin que se hagan unas colas espantosas de espera. Ya las invitaciones están preparadas; como podrá observarlo en la carpeta número dos. En la cual le coloqué el modelo. Además de eso, se habló con un proveedor de ropa deportiva que se encargará de estampar las franelas para todos los asistentes con el logotipo del evento. Mandamos a hacerlas todas en color blanco para que no hubiese ningún tipo de problema a la hora de repartirlas y además porque representaba un ahorro significativo del presupuesto. Los medios de comunicación ya fueron comunicados con el día y la hora. Los asistentes confirmados están en la carpeta tres ordenados de manera alfabética y los ausentes ya fueron especificados así mismo con sus razones en la misma. Además de eso, se especificó en cada uno de ellos la cifra de dinero que donará a la causa. Están sumamente complacidos con la publicidad que eso le representará para sus empresas.
Edward continuó cuando yo dejé de hablar. Como si no quisiera darle a su padre la oportunidad de expresarse hasta que hubiésemos dejado todo aclarado.
—Los proveedores de comida rápida fueron escogidos basados en una prueba realizada por el departamento de Recursos Humanos a petición mía. Debían de tener tres cualidades: rapidez, calidad y excelente atención. Nos decidimos por un grupo que está comenzando a expandirse pero que su calidad es excelente así como su manera de lidiar con el público. La rapidez nos permitirá satisfacer las necesidades de todos los invitados. Tanto niños como adultos. Acordamos las cantidades de alimentos de acuerdo al número de asistentes y al tiempo que conllevará el evento. Es mejor que sobre a que falte. Aunque no demasiado para que no se refleje como una pérdida de lo presupuestado. Hablando de las personas a asistir: todos serán marcados con un brazalete; con el implementado en los conciertos. El Azul será para los niños del orfanato y sus autoridades, el amarillo para los invitados VIP, el naranja para los medios de comunicación y finalmente el negro para los empleados de Le Madeimoselle. Los azules y amarillos tendrán prioridad de atención, aunque la orden es tenerlos a todos satisfechos. Espero para mañana las listas de selección de comida definitivas para encargarlas y ese tema pueda ser finalmente zanjado. Con respecto a la decoración no será nada exagerado puesto que preferimos atenernos al logo del evento y de los auspiciantes, brindándoles así la publicidad deseada. Además de eso, hablamos con las distribuidoras de perfumes y cada uno se encargará de donar una cantidad significativa en metálico y otra en mercancía para que le sea regalado a los invitados VIP y a todo aquel que nosotros consideremos pertinente. La seguridad está contratada, puesto que la vigilancia del parque de quedó corta para nuestra selección de invitados. Además de eso, cinco ambulancias con sus respectivos paramédicos estarán prestas en cada entrada estratégica de The Cyclone ese día por cualquier eventualidad suscitada. Diez autobuses modelo ejecutivo buscará a los pequeños del Saint Gabriel´s Children Orphanage y los llevará hasta el parque de diversiones. En de los mismos vendrán las autoridades del lugar.
Carlisle miraba de hito en hito sin hacer nada más que escuchar mientras que Edward terminaba de hablar, y yo de desgastarme las manos en mis jeans True Religion. Traté de mantenerlas quietas dentro de los bolsillos de mi suéter cruzado de cashmere de Aqua en color negro, pero no tuve suerte. Cundía la anarquía en mis extremidades y estas pedían desgastarse hasta que Carlisle hablara o hasta que me quedara sin nada que restregarme allí como en un capítulo bizarro cualquiera de South Park.
Finalmente sonrió…
—Increíble. Es total y absolutamente increíble que hayan hecho un trabajo tan estupendo cuando es la primera vez que se ven envueltos en semejante responsabilidad y de tal envergadura. Estoy orgulloso de ambos… —nos dedicó dos escuetos aplausos pero su sonrisa genuina me decía que sus palabras eran sinceras. —Espero que esta semana pase de prisa para ver como desenvuelven en medio del estrés organizador. Felicitaciones, señorita Swan. — me estrechó la mano. —Felicitaciones, Edward. —le estrechó la suya. —Han cumplido con mis expectativas. Así que…¿Señorita Swan?
—¿Sí? —la voz me salió como un susurro.
—Espero que se sienta a gusto en su nueva oficina, porque me parece que allí va a pasar algún tiempo. Aunque mejor esperemos hasta que el evento se lleve a cabo. —me guiñó un ojo se colocó en pie y miró su reloj. —Tengo unas dos reuniones más así que aunque quisiera salir a celebrar con ustedes no podría. Pásenlo bien.
Ambos asentimos y nos dirigíamos a la salida cuando escuché que llamaba a su hijo. Edward retrocedió susurrando improperios. Yo seguí hasta llegar a la oficina de Esme que estaba en el piso de abajo, justo a la altura de la mía. Esme era la directora creativa en cuanto a lo tocante a la decoración de Le Madeimoselle. Ella diseñaba los cambios y zas! Las cuarenta y siete sucursales de la empresa a nivel nacional cambiaban de aspecto con un plumazo. Sus diseños eran minimalistas y sobrios pero con un aire parisino que hacía que te sintieras más cerca del Louvre que del  Madison Square Garden. Lo decía con bases ya que antes de empezar a trabajar allí había sido clienta intermitente de Le Madeimoselle. Y digo intermitente porque el dinero no alcanzaba para estar comprando perfumes mensualmente, solo en navidad y en uno que otro cumpleaños. Así que la señora de Cullen era además de hermosa, talentosa y eso nadie podía arrebatárselo.
Saludé a Lauren, su asistente quien fue tan amable de abrirme la puerta para que pasara. Le dediqué una sonrisa antes de que saliera de nuevo.
—¿Qué tal les fue en la reunión? —tenía a Lizzy tendida en su mullido sofá blanco de cuero mientras ella estaba inclinada sobre la pequeña con su sonajero. Se incorporó lentamente y tomó entre sus brazos a la niña sonriente quien de buenas a primeras soltó un eructo y al parecer eso le pareció muy gracioso, pues se carcajeó, haciéndonos reír a ambas un momento.
—Bien. Al parecer aun conservo mi empleo. —solté sin más. Quizá no era lo más acertado pero si lo más sincero que se me salió.
Caminó hacia mí y me tendió a la bebé, pero antes de hacerlo depositó un beso en su frente.
—No te dejes sentir amenazada por Carlisle, cielo. Él es muy exigente en cuanto a lo laboral… - y en lo personal también. Mire a su hijo… me moría por decirle pero preferí callarme. —pero personalmente, no es mala persona. Solo quiere que el estándar de calidad se mantenga o que se eleve, pero que nunca decaiga. Es algo comprensible en la cabeza de una corporación ¿no es cierto?
No siempre
—Supongo. Creo que debería irme…
—No, Isabella…
—Bella…
—Bueno, Bella. Quería hablarte de…Edward. —y aunque estaba recogiendo las cosas de Elizabeth para salir de allí lo más pronto que me permitiese la educación, tuve que detenerme. O sería más acertado decir que el asombro y el miedo me paralizaron en el sitio con la pañalera en el hombro.
—¿Qué quiere decirme acerca de él?
—Sé lo que pasa entre ustedes. —¿estaba a punto de desmayarme? Porque empezaba a faltarme el aire significativamente. ¿Los Cullen sabían que su hijo y yo estábamos acostándonos? Oh mierda! —Sé que están saliendo. Así que no te molestes en negarlo o hacerte la desentendida.
Suspiré. "Saliendo" sonaba más bonito que "follar" o "acostarse" así que para efectos prácticos era mejor que…
—Con permiso. —dijo Edward pasando y cerrando la puerta tras de sí. Por su rostro parecía que Carlisle no se había limitado a felicitarle por su trabajo sino que sintió de nuevo la compulsión de joderle el día a su hijo. Adivinen quien iba a pagar los platos rotos. —Escuché que Elizabeth estaba aquí y vine a buscarla.
—Ya yo estaba en eso. —le dije con un tono menos frío de lo que pretendía usar con él. Aún seguía molesta, pero no necesitaba que Esme se diera cuenta y le metiera puya a Edward para que sintiera peor después de quien - sabe - qué le hubiese dicho su padre. Sabía que actuaba como una estúpida por intentar protegerlo, pero más me podían los impulsos en ese momento por lo visto.
Esme se acercó a nosotros con toda la elegancia que la distinguía, pasó por nuestro lado y se situó frente a su escritorio para recostarse de él con una feminidad que hasta yo le envidié. No me extrañaría ver que hombres cayeran a sus pies a pesar de que estuviese casada desde hacía muchos años atrás. Nos examinó con la mirada y casi tuve que sostenerme la cabeza para evitar ver si estaba desnuda en donde contaba.
—Le estaba comentando a Bella que sabía lo que había entre ustedes, hijo. Y que no se molestara en negarlo. —el "tú no te molestes tampoco" estaba implícito.
Edward se tensó a mi lado. Nos vio a Elizabeth y a mí de reojo y se volvió a enfocar en su madre.
—Y según tú ¿qué es lo tenemos, madre?
—Según yo no, Edward. Según casi todas las personas que los conocen, que es cerca del noventa y siete por ciento de la empresa. Sé que están saliendo.
—Ajá. ¿Y cuál es el problema en que ella y yo salgamos?
—No es necesario que estés a la defensiva, Edward Anthony Cullen. No te estoy atacando. Solo quiero escuchar por sus propias bocas que están saliendo, eso es todo. No entiendo el porqué de tu conducta. —le riñó con suavidad.
En ese momento entendí a Edward. Tenía un padre que le buscaba siempre un pero a su trabajo o a su forma de actuar con respecto a todo y una madre que parecía hacerse de la vista gorda de sus molestias en vez de preguntarle por estas. Comenzaba a entender el porqué de la existencia de su "conducta de cavernícola".
—Sí, estamos saliendo. ¿Te opones, madre? Porque te adelanto que es como tarde para que me digas a mis veintisiete años de edad que apruebas o desapruebas una relación mía. —fue mi turno de quedarme pasmada ¿estábamos saliendo? No, sabía que él lo había dicho por caballerosidad y evitar que su madre se enterara de los detalles escabrosos de nuestra relación. Pero la misma curiosidad que él tenía me la contagió a mí.
—¡No! por supuesto que no! No sé qué te pasa hoy, pero no quiero que te sientas como si estuviese discutiendo contigo o algo por el estilo. Simplemente soy tu madre y me preocupo por ti. Y me parece bien que ustedes salgan. Isabella es una joven trabajadora excelente y una persona decente. Y tú, eres lo más valioso que tengo yo, Edward, no puedo evitar preocuparme por tus cosas. —una sonrisa sardónica se le escapó a él que logró irritarla a ella. —¿Por qué te ríes? Sabes que hablo en serio!
Edward se apretó el puente de la nariz y la miró con una renovada tranquilidad que solo estaba en la superficie de sus ojos pero que no engañaba a nadie.
—Discúlpame, madre, pero no estoy de humor para hablar de esto ahora. Tengo muchas cosas que hacer. ¿Me acompañas, Bella? —asentí en silencio mientas apretaba a la niña contra mí y esta posó su cabecita en mi hombro. —Hasta luego, madre.
Me despedí de Esme con educación y ella igualmente conmigo. Pero en sus ojos había un deje de preocupación que ella intentó disfrazar con una sonrisa.
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Pasé a la oficina de Edward con él. Noté que el biberón de Lizzy tenía una sola onza de fórmula y que en este, de manera casi transparente, se notaba la marca de las cuatro onzas que le había preparado y dado la señora Cullen hacía unos momentos atrás. Así que me limité a caminarla de un lado a otro mientras que él hurgaba en sus cajones y tecleaba en la computadora. No le dije nada. Él tampoco lo hizo. Sabía que estaba a punto de explotar, solo era cuestión de tiempo.
Dos toques ligeros nos rompieron el momento de silencio prologado e incómodo.
Jessica Stanley, la hermosa; y demasiado amable; asistente administrativa de Edward que me había reemplazado, pidió permiso para pasar y luego le colocó una carpeta con una serie de papeles para que Edward los firmara como le explicó a continuación de que se los dejase en su escritorio.
—¿Desea su café ahora, señor Cullen?
—No. —dijo él secamente sin apartar la vista del monitor.
—¿Por qué no? —preguntó ella con suavidad. Gran error.
Edward se dignó a despegar la vista de su monitor para obsequiarle una mirada envenenada por la rabia. Aunque fuese inmerecida.
—Porque no me apetece, señorita Stanley. De lo contario se lo hubiese pedido pero creo que no lo hice ¿no es cierto?
—No pero…
—Estoy sumamente ocupado ahora y sinceramente usted no está ayudando con esa situación en este preciso instante. Así que salga de mi oficina. —sin disculpas ni por favores. Esa actitud me transportó a un tiempo atrás en el cual yo había sido el blanco de comentarios como esos, pero a diferencia de ella, yo los recibía todo el tiempo y no dependiendo del humor que cargase Edward.
Apreté la niña contra mí que había caído como un lirón y lo enfrenté:
—No hace falta que le hables así a tu asistente, Edward.
—Te agradezco que no te inmiscuyas en esto, Isabella. —¿Isabella? ¿Así de impersonal? Pues adiós consideración, que se jodiera si creía que me iba a quedar callada.
—Sí me meto. Pídele disculpas a Jessica, ya mismo. —le desafié con la mirada y él me contestó con una tan envenenada como la mía.
—No…no hace falta… —comenzó a decir la chica desde la puerta.
—No te vayas, Jessica. —le ordené. Sabía de sobra que esa no era mi oficina, que esa no era mi asistente y que ese no era mi problema, pero Edward necesitaba empezar a aprender cómo lidiar con sus emociones sin que estas afectaran a todos los que lo rodearan. O más bien a no hacerlas víctimas de él mismo.
—Debes estar bromeando.
—¿Me ves cara de estar bromeando con alguien? ¿Te parece una situación remotamente divertida? Porque según yo; y el resto de las normas de cortesía del mundo entero; el hecho de que estés disgustado por algo no te da el derecho de maltratar verbalmente a nadie. Ni siquiera porque estés hablando con un subalterno. Y no, no me veas así, sabes muy bien que la estás sometiendo a maltrato verbal. Así que pídele disculpas, Edward Cullen. Ahora mismo.
De pronto sus mejillas se tiñeron de un débil color rosa y miró fugazmente a la temblorosa joven que estaba en la puerta a punto de salir corriendo.
—Mis disculpas, señorita Stanley. No quise ofenderla. —y le dedicó una especie de asentimiento con la cabeza.
—Yo ehhh…no se…preocupe, señor Cullen ¿me puedo ir? —él le dio permiso.
Se paró de su escritorio y caminó hacia mí. Me erguí esperando la descarga.
—Que sea la última maldita vez que interfieres en un asunto con mi asistente. La próxima no dudaré en correrte de mi oficina. Esta es mi puta jurisdicción y yo dicto las normas de cómo se debe actuar. ¿Te quedó claro?
—Me ha quedado claro mucho más que eso. Como por ejemplo que tu soberbia y tus malcriadeces te van a dejar completamente solo, porque como te lo dije en la mañana no voy a estar soportando tus desplantes cada tres por dos. Me quedó claro que no eres capaz de separar los problemas que tienes con tus padres de las situaciones que se te presentan en la oficina y por eso haces a las personas el blanco de tu mal genio. Y por sobre todo eso me has dejado claro que para ti, soy una maldita muñeca inflable que te sirve para follar pero que quieres que esté callada y sumisa.
Me di media vuelta y comencé a caminar hacia la puerta, cuando él me habló:
—No te llevarás a Elizabeth. —sabía que no iba a quedarme con él esa noche y por lo visto él no quería tampoco quedarse conmigo. Quizá yo había tenido razón siempre en mis miedos internos y sabía que el fin de nuestra relación o lo que diablos fuera lo que teníamos estaba más cerca del final que de ser algo serio.
—Como quieras. Al fin y al cabo es tu hija…o ahijada. Oh, si es cierto que aún no te ha dado la gana de reaccionar como debes frente a lo que "si" tiene importancia.
Salí de la oficina con la niña en brazos puesto que yo tenía sus cosas en mi oficina. La coloqué en su corral y allí durmió unas buenas cuatro horas en las cuales pude trabajar no tan tranquilamente como quisiera, pero sí con una pendencia menos. Angela era sumamente eficiente y me tenía todo al día. Lo único que necesitaba era aprobar, firmar y cotejar diseños para el evento de beneficencia y de la publicidad habitual de la perfumería. Fotos para vallas y revistas, etc.
A las seis de la tarde me dije que era suficiente. Lizzy jugaba animada en su corral con los peluches de felpa que tenía dentro y con su inseparable sonajero que quería más que a Edward o a mí misma. Se estaba rascando las encías cuando me asomé por encima de la baranda para verla.
—Ya es hora de irnos, hermosa. Te vas a quedar con el imbécil de tu padrino porque hoy eres la única que él soporta ver y la única que no quiere golpearlo. Aunque deberías darle unos cuantos sonajazos en mi nombre. Eso sería una buena muestra de cariño y solidaridad. —le besé en la frente cuando la cogí en brazos e inhalé su delicioso aroma a bebé. Era algo que me tranquilizaba de inmediato no importaba que diablos estuviese pasando fuera de esas puertas.
Caminé hasta el elevador empujando la carriola, subimos hasta el piso de presidencia y luego doblamos a la derecha para dirigirnos a la oficina de Edward que quedaba al lado contrario de la de su padre.
Jessica ya se había ido pero el halo de luz que escapa por debajo de la puerta me indicó que él seguía allí dentro.
—Aquí está, Elizabeth. Está recién cambiada porque acaba de hacer lo suyo. Que pases buenas noches. —dije y le di a la pequeña un beso que respondió con un alegre gorjeo inocente. Coloqué su pañalera en el sofá cercano a la puerta, me acomodé mi bolso en mi antebrazo y me dirigía cuando él me habló:
—Quiero hablar contigo, Isabella.
Sin darme la vuelta siquiera le respondí:
—Será mañana o en otro momento, porque sinceramente hoy ya estoy harta de escucharte. Adiós.
Cerré la puerta y salí.
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A la mañana siguiente me duché en tranquilidad y salí a tomar algo para desayunar en Starbucks. Llegaría un poco tarde a la oficina pero no importaba. Pasar la noche sin Lizzy había tenido dos caras. La buena era que había podido dormir más de ocho horas seguidas. La mala, que antes de dormirme y después, o sea ahora; deseaba estar con esa pequeña desesperadamente. Estaba comportándome como una necia pero la extrañaba mucho y dudaba que hubiese alguien incapaz de resistirse a los encantos de ese pequeño saco de babitas y gorjeos.
Llegué a la oficina a golpe de nueve vestida con un vestido ligero de color gris de BCBG Generation y unas cuñas de Ralph Lauren en azul marino a juego con el bolso. Angela pasó detrás de mí enumerando la agenda del día:
—Bella, te ordené cada catálogo y lista para los pedidos que quedaron pendientes para formalizar lo del evento, las distribuidoras te mandaron unos cuantos panfletos de los productos que van a sacar en la próxima temporada para que se repartan en las tiendas, pero obviamente estos deben ser aprobados o no por ti para saber a cuales se les dará luz verde… —nada fuera de lo común hasta que… —Y por cierto alguien nos canceló.
Me senté en la silla y la vi con seriedad. Temí que fuese algo gravísimo, uno de los proveedores tal vez…
—Gabriel McCloud, el inversionista londinense nos hizo saber esta mañana a través de su personal que no podremos contar con su presencia en el evento puesto que una de sus empresas tuvo un contratiempo. Al parecer una de sus sucursales tuvo un problema relacionado con la seguridad industrial por lo cual el tuvo que viajar hacia Edimburgo y eso le va a tomar más de una semana.
Suspiré y me dejé caer en la silla. Ella se subió los lentes por el puente de la nariz.
—Pensé que era algo más grave que una cancelación de invitación. —ella me sonrió de manera sencilla y transparente; como siempre lo hacía; y volvió a leer.
Sin embargo, él quiere disculparse formalmente con Edward y contigo.
—¿Conmigo? Pero si yo no lo conozco. Lo único que sé de él es que es accionista del diez por ciento de Le Madeimoselle como otros dos hombres más que son empresarios. Pero solo conozco a uno de ellos que se dedica a la ganadería y a lo único que se limitan sus funciones como accionista es a cobrar porque de todas las asambleas extraordinarias que se han realizado solo ha venido a una, de resto viene su abogado.
—Pues este señor McCloud quiere hablar contigo y con Edward por ser los organizadores del evento. Así que dentro de hora y media tienes una conferencia vía Skype con él.
Me quedé de piedra.
—¿Y no podía ser por teléfono? ¿Acaso el señor Gabriel es tan viejo que no puede sostener ni un celular y prefiere que su personal le conecte la computadora para dar una simple disculpa? —bromeé y ambas reímos por mi comentario socarrón que era innecesario pero aún así quise hacerlo.
Seguimos hablando de unos pendientes y luego se dirigió a la salida.
—Angela ¿sabes si Edward ya llegó con Elizabeth? —de repente el nombre de él me quemaba la lengua. Tenía una rabia que me quemaba por dentro, pero lo que más me molestaba era ese anhelo lacerante que me había recorrido la noche anterior y por la mañana cuando desperté. Era absurdo negarlo, y menos cuando él me había dejado insatisfecha el día pasado. Tenía serios problemas psicológicos cuando se trataba de ese maldito ególatra de mierda…
Mi asistente se reacomodó los lentes en la nariz como por vez décima.
—Si. Llegaron temprano, pero Rosalie se la pidió por un rato mientras que él tenía la conferencia con el señor McCloud, con el cuál debe de estar hablando justo ahora.
Parpadeé sorprendida. Angela era como el CNN si no sabía algo se lo averiguaba. Era casi demasiado eficiente.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque los oí y vi conversando en mezzanina antes de dirigirse cada quién a lo suyo.
Me puse en pie.
—Voy por Lizzy. Vuelvo en unos minutos.
Tomé el elevador hasta el nivel de presidencia y al ver hacia la derecha visualicé el hermoso cabello dorado y lleno de ondas sueltas; hechas por un rizador obviamente pero eso no le restaba belleza, de Rosalie. En realidad todo en ella era así. Tenía que reconocer que ella era más del tipo de mujer que esperaría ver en las campañas publicitarias de Estee Lauder o Lancome, pero allí estaba ella, sentada en un escritorio y vestida con sobriedad mientras que se desempeñaba como la secretaria de uno de los empresarios más importantes de Norteamérica.
Me acerqué con paso seguro y al escuchar mi taconeo Rose levantó la cabeza que tenía gacha y me sonrió con cierta timidez. Me extrañaba como una simple pequeña había logrado que una mujer sumamente introvertida y seria se mostrara conmigo de una manera más suave y cordial. No es que fuese antes maleducada, solo que era fría y profesional por encima de todo.
—¡Hola! Estaba entreteniendo a Lizzy un rato mientras Edward…
Levanté la mano para hacerla callar.
—No hace falta que me des explicaciones. Si él te la dejó sería por algo importante, además veo que eres buena.
La pequeña agitaba sus manitas al aire y se había estado riendo hasta que ella se volteó a hablar conmigo. Elizabeth se estaba haciendo una exigente solicitante de atención. Comenzaba a revolverse incómoda en su cochecito, estiraba los brazos y cerraba las manitos en puños.
—Vine a buscarla para que te deje hacer tu trabajo con tranquilidad. —le dije mientras reía al ver como Rose estaba al borde de picarse por la mitad para atendernos a ambas.
—No hace falta. El señor Carlisle no llegará hasta pasado medio día puesto que se fue a reunir con el abogado de uno de los accionistas. Lo rutinario. Así que si tienes algo urgente que hacer, puedes dejármela. Pero si prefieres…
Rosalie Hale era una mujer a la que le perdían los niños. Ya lo estaba constatando, y no había necesidad de ser pesada cuando ella se estaba ofreciendo de buena gana a quedarse con la nena. Así que le sonreí con displicencia.
—En realidad tengo una video conferencia dentro de poco, así que mejor se queda contigo. Además, no parece que estuviese desesperada por apartarse de ti. —se rió tímidamente y le acarició la pelusilla negra y Lizzy atrapó su dedo con rapidez tratando de llevárselo a la boca. Lo retiró con delicadeza, pero a la princesita no se le podía negar nada. Comenzó a hacer pucheros adorables. Ella reaccionó con rapidez y la tomó en sus brazos para mecerla. Automáticamente, la maquinita de adorable manipulación se quedó en silencio mirando sobre su hombro.
—¿Tú también hablarás con Gabriel McCloud? —asentí. —No sabía que se conocían.
—Oh, no nos conocemos en realidad. Pero quiere hablar conmigo porque no puede asistir al día de feria en beneficio de los huérfanos.
—Ah, pues justo ahora está hablando con Edward, imagino que de lo mismo.
Opté por hacerme la desentendida para no poner en evidencia a Angela.
—¿Oh si? Pues a mí me toca en un rato. —me acerqué a ella hasta colocar un beso en la manita de Lizzy. —Pórtate bien con Rose y no le hagas pataletas ¿eh? —le di la vuelta al escritorio y me alejé un poco. —Hasta más tarde, Rose. Y no dudes en llamarme si necesitas que suba corriendo a buscarla.
—Yo puedo bajártela a la hora del almuerzo, si gustas. Luego subo para acá de nuevo.
Me detuve. Enarqué una ceja.
—¿No saldrás a almorzar?
Negó con la cabeza.
—Yo nunca bajo, Bella. Almuerzo aquí arriba.
—¡¿Siempre?!
—Sí. – admitió algo avergonzada. —No soy una persona a la que invitan a comer muy seguido, así que suelo comer sola aquí arriba en tranquilidad.
—Oh, pues…si quieres puedes comer conmigo hoy. De hecho pensaba en como premiar la eficiencia de mi asistente, así que creo que un almuerzo es una buena manera. ¿Gustas?
Sus ojos brillaron de una manera que me confundió pero que preferí pasar por alto para no pasar por maleducada.
—Por supuesto que sí. ¿Paso por tu oficina?
Asentí.
—Si, por supuesto. Ya luego decidiremos a donde vamos.
Nos despedimos y seguí hasta mi oficina pensando en que su personalidad me sorprendía y enigmaba a partes iguales.
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Edward POV:
Una condenada hora. Casi una condenada hora hablando con ese condenado McCloud, alias "El prospecto devaluado de Playboy Inglés". A cada mujer que lo veía se le salían los ojos de las cuencas solo porque ese Ken de pacotilla les dedicara un "Buenos días, señorita" o una simple sonrisa. Bah! No me gustaban las personas que se aprovechaban de su físico para conseguir las cosas. Me parecía algo de "putas". Pero a pesar de que el tipo no fuese precisamente "santo de mi devoción" había que admitir que era un as en las finanzas. No hacía un movimiento si no era deliberadamente estudiado con sus pros y sus contras. Hijo de un acaudalado contador londinense; lugar en el que también nació; con una socialité que no recordaba de donde coños era. Hizo su fortuna por medio de la creación de spas en la capital inglesa, el más grande ellos en Picadilly. Uno de ellos por cierto, la sucursal de Bayswater; sufrió serios daños por que el gerente general del sitio se pasó por el forro las normativas de seguridad industrial y no prestó atención a la ubicación de químicos con los cuales se realizaban los peelings cerca de una toma que al parecer estaba presentando problemas de corto circuito. Eso generó un pequeño incendio que aunque no causó mayores daños en las instalaciones sí que fue el causante de importantes pérdidas de material. Eso sin tomar en cuenta las multas que le caerán encima ahora.
Sin embargo el muy cabrón se veía muy tranquilo en la video conferencia. De hecho los dos aunque conversábamos seguíamos trabajando en lo nuestro. Ya eso decía bastante del "cariño" que nos profesábamos. Nunca habíamos tenido un roce ni personal ni profesionalmente, pero desde que nos conocimos nos dimos cuenta de que no nacimos para ser amigos. Y sinceramente, el hecho de que mi papá lo tuviese en el mismo altar que al malnacido de Jacob Black no ayudaba en la causa, si es que no lo empeoraba.
Así que la cosa se extendió una hora y un poco más mientras conversábamos sobre aspectos importantes en la empresa y sobre su pronta visita en cuanto terminara de solventar la emergencia con su negocio. Acordamos todo y finalmente terminamos la charla.
Cuando salí de la oficina no pude evitar recordar a Bella cuando vi el rostro tenso de la señorita Stanley. Por la noche, cuando ya la niña estuvo dormida; al menos la primera vez puesto que se despertó varias veces. Cosa que había dejado de hacer en los últimos días; supuse que era porque presentía la ausencia de Isabella; no pude evitar hacer un recuento de los sucesos del día. La había cagado una vez más con ella por mi maldita inclinación a imponer las cosas y de paso hacerlo de mala manera por el hecho de haber discutido con Carlisle. Esta vez habían salido dos afectadas, tanto mi asistente como mi…Mierda ni siquiera le había dado un nombre a lo que ella y yo éramos; aún así nos soportábamos mutuamente muchas cosas, explotábamos por otras y nos apoyábamos en distintas situaciones. ¿Entonces por qué era incapaz de pasar una semana sin discutir con Bella? No había podido dormirme rápido a pesar de lo cansado que estaba dándole vueltas a esa cuestión. Pero también me irritaba que ella me desafiara abiertamente y frente a los demás. Esa postura tan altiva que tomaba como diciendo que no se dejaría pisotear por nadie, pero yo no deseaba eso, solo esperaba que comprendiese mi punto de vista y que…
Mierda…esperaba que lo aceptara y me obedeciera. Isabella tenía razón cuando me decía que me comportaba como un jodido tirano.
Esa mujer me estaba desquiciando. Hacía un año me sentía tranquilo por cómo era, ahora estaba vuelto una madeja de nervios solo por no querer perderla y a la vez perderme a mí mismo en el proceso. No quería cambiar. Me consideraba un hombre fuerte, al que casi nada desquiciaba y si lo hacía, pues conseguía mantener las formas. Pero nuevamente Isabella aparecía para echar por tierra todos mis esfuerzos por construirme una barrera alrededor y solo con ponerme en mi lugar con vehemencia o con una simple caricia de consuelo.
Mi perdición…eso era ella.
—Tranquilícese, señorita. —hasta le sonreí un poco. Ella parpadeó confusa. —Voy a estar con la directora de publicidad. Si me necesitan para algo, hágamelo saber allá. Por favor.
—Sí, señor Cullen. —dijo y automáticamente siguió leyendo papeles y trascribiendo en la computadora. Esta vez con las mejillas sonrojadas.
Vi a Elizabeth tranquilamente dormida en su cochecito. Sus ronroneos eran casi inaudibles, mientras que Rosalie escribía y leía a intervalos cortos. Me sonrió ampliamente en un gesto que era poco usual en ella y me hizo señas para que no hiciera bulla llevándose el dedo índice a la comisura.
—¿Tiene mucho rato durmiendo? —le pregunté.
—No. Hará como media hora de eso. Le di un poco de biberón pero no tomó casi nada. Por lo visto tenía sueño.
—Anoche no durmió bien, así que no me extraña.
Miré alrededor para cerciorarme de que estábamos solos.
—¿Isabella Swan no ha venido por aquí?
Asintió enérgicamente. Hoy se le veía diferente. Normalmente Rosalie era una belleza rubia que destilaba elegancia y eficiencia, pero no calidez y alegría; aunque sí que era educada nunca se había mostrado tan…¿amigable? No quise ahondar en detalles y solo pasé por alto el cambio, no fuese a ser que le quitara la sonrisa del rostro por preguntar sandeces.
—Sí. Vino a buscar a la pequeña hace rato, pero le dije que si tenía algo que hacer yo podía encargarme. Ya sabe que su padre no llegará hasta pasada la hora del almuerzo hoy, entonces como ella tenía una video conferencia con el señor McCloud accedió a dejármela.
¿McCloud? ¿Gabriel "el maldito Ken" McCloud hablando con Bella? ¡¿Por qué mierdas?!
Se lo tenía calladito el muy bastardo.
—¿Hace cuanto fue eso? —no pude evitar hablar con cierta brusquedad, lo que la hizo titubear un poco antes de hablar.
—De eso harán dos horas y media, señor Cullen.
Me había quedado adelantando un poco de trabajo antes de salir a buscar a Lizzy y en ese pequeño espacio de tiempo aquel infeliz ligón de quinta categoría había aprovechado para llamarla…
Joooooder ¿pero por qué me comportaba así?
Sin esperar más y pidiendo a Rose que me avisara apenas la bebé se despertara salí en volandas al piso inferior. Saludé secamente a Angela, su asistente, y seguí de largo a su oficina sin tocar primero siquiera. Bella despegó los ojos algo sobresaltada de la pantalla y luego disimuló pobremente cuando me fulminó con la mirada.
—...Y por esa razón me es imposible acudir a su muy interesante y noble evento. Pero prometo compensarle de alguna manera, "señorita". —ese mamón de McCloud estaba utilizando su encanto de "Caballero Inglés" con Isabella, la cual estaba muy amable con él. Buenooooo si eso no era un motivo suficiente para atropellarlo en el aeropuerto cuando viniese…
—No se preocupe por nada, señor McCloud…
—Gabriel, Isabella. Llámeme Gabriel.
Ella le dedicó una de sus sonrisas deslumbrantes y yo me quemé con los celos que me recorrían de palmo a palmo.
—Bien, Gabriel, será entonces. No te preocupes por nada, Gabriel. Comprendemos los motivos por los cuales no puedes asistir. No tienes que compensarnos de ninguna manera.
—Por supuesto que sí. Así que les enviaré mi donación ese día. —se sonrojó. Bella se había sonrojado! El infierno se iba a desatar muy pronto.
Comencé a caminar de lado a lado de la oficina con los puños apretados a cado del cuerpo y con la mirada clavada en ella, quien estaba dispuesta a hacer como si yo no estuviese allí.
—Muchísimas gracias, Gabriel. No sabes cuanta falta le hace a esos niños. Ese lugar está terriblemente deteriorado y necesitan que les tiendan una mano. —y allí estaba ese ceño preocupado que me volvía loco. Que la hacían parecer tan dulce y tan guerrera a la vez. Ese pequeño ser de un metro sesenta y cuatro me estaba volviendo un bipolar.
—Y no pudieron escoger a nadie mejor que tú para llevar a cabo una tarea tan humanitaria. No solo es una belleza de mujer sino que también un ser muy altruista. Eso es difícil de encontrar hoy en día. —su tono era meloso y seductor. Como cuando un cazador está rondando a su presa.
Se había acabado mi paciencia. Me acerqué a pasos apresurados hasta posar mis puños apretados en el escritorio, le hice señas y vocalicé en silencio.
"O lo despides o arranco la conexión de cuajo"
Abrió los ojos sorprendida pero luego intentó ignorarme, así que insistí:
"Te arrancaré la maldita conexión, Isabella". Coloqué mi mano en el cable preparado a arrancarla si no me creía.
Suspiró derrotada, sacudió su hermoso cabello chocolate y se despidió del cabrón.
—Mis disculpas, Gabriel, pero mi asistente me está indicando que debo salir a atender un asunto urgente. Así que debo dejarte. Espero que todo se solucione en tu empresa.
—Gracias, Isabella. Y yo espero que nos sigamos manteniendo en contacto. Ha sido muy placentero y refrescante hablar con una nueva persona en Le Madeimoselle. Te deseo lo mejor.
Isabella sonrió hizo click un par de veces y se puso en pie indignada. Apoyó el peso sobre sus manos al inclinarse hacia mí sobre el escritorio.
—¿Se puede saber que coños es lo que te pasa? ¡Estaba hablando con un beneficiario que de paso es inversionista de la empresa!
—¿Y tú crees que yo no le conozco? Sé muy bien que ese mamón no solo quiere "beneficiar" al evento sino a ti también.
—No puedes ser tan estúpido y neandertal.
—¡Y tú no puedes ser tan ciega! —le grité por encima de todo lo que nos habíamos dicho.
Respirábamos entrecortado mientras nos clavábamos puñales a través de las miradas. Finalmente ella rodeó el escritorio y me enfrentó.
—¿Estás celoso, Edward? — añadió puntillosa.
—Sí, estoy que me llevan los diablos, Isabella Marie Swan. —ella se rió de manera sardónica.
—Ni siquiera sabes lo que soy para ti y me vienes con escenitas de celos. Lo de ayer con tu madre y todo ese rollo de que estamos saliendo sonó muy bonito para ella pero yo no me lo creí ayer y hoy todavía no me lo creo.
—Para mí. —espeté con sequedad.
—¿Cómo?
—¿Querías saber que eras para mí? Bien, pues eso. Eres – para - mí, Isabella Marie Swan. Mía sola. Ni para ese mamón ni tampoco para el bastardo petulante de Jacob, y estoy harrrrrrrrrto de soportar que los tengas babeándote las faldas. Ya no lo toleraré más.
Se enderezó sorprendida. Yo casi lo hacía también, sabía que tenía sentimientos posesivos por ella pero no esperaba parecer tan cavernícola al decirlos. Y aun así no había dicho nunca palabras más sinceras que cuando le dije que era Mía.
Se lanzó contra mí agarrándome de la nuca, invadiendo mi boca con su lengua que provocaba a la mía para que saliera a su encuentro y esta más que encantada, lo hizo. Pegué mi miembro que se iba endureciendo vertiginosamente contra su pubis y recibí en pago un ronroneo exquisito que me instó a tomarla por los glúteos con brusquedad y colocármela en las caderas a horcajadas.
—Al baño. Ahora. —demandó ella y yo le obedecí desesperado. Necesitaba su toque, sus caricias y sus besos con una necesidad tan exasperada que era casi humillante. Me estaba volviendo loco de deseo por esa bruja altanera que no dudaba un segundo en meterme en cintura.
Empujé la puerta que estaba semi - abierta y la coloqué en el lavabo antes de cerrar con un portazo y pasar el pestillo. Me apoderé de su boca con avidez mientras le halaba el cabello en un repentino y espontáneo gesto posesivo. Acaricié uno de sus pechos con mi mano libre y gruñí al notar cómo se erizaba bajo mi roce.
Mordí su labio inferior.
—Dímelo, Bella. Quiero escucharte decir que eres mía…y que no verás a otros…más que a mí…
Clavó sus ojos apasionados en los míos y se relamió la comisura que antes había atacado.
—Solo si tú me prometes lo mismo, Edward. Si voy a ser tuya te exijo que tú seas mío y de ninguna otra.
Sonreí satisfecho al saber que de repente no era el único territorial en aquella extraña y bizarra relación. Junté mi frente con la suya a la vez que le bajaba las pantys hasta los tobillos y le abría las piernas por las rodillas posicionándome en su entrada.
—Tuyo, Bella mía. Única y exclusivamente tuyo para quererte y poseerte. —me introduje en ella de un solo tirón. Noté en su expresión que no estaba del todo preparada pero en un par de embestidas ya estaba más que húmeda.
Me tomó de los cabellos con fuerza e introduje mi cara en el arco perfecto de su cuello.
—Me encargaré de que cumplas tu palabra, cabrón arrogante. Ahora hazme el amor rudo, Edward.
Todo lo que quisiera se lo iba a dar…total, ya no podía estar más perdido por ella de lo que ya lo estaba.

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¡EL TIRANO HA VUELTO! Oh por Dios cuanto se hizo esperar ese bastardo engreído…pero al fin ha hecho acto de presencia. Espero que este capítulo haya sido de su agrado, hermosas.
Nos leemos pronto, mis terroristas y monstruas.
PD: ya sé que me van a querer matar por el corte en el lemmon…jajajajaja
*Marie K. Matthew*






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