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lunes, 23 de septiembre de 2013

TIRANO - Capítulo Décimo Cuarto:



Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.

 “Antes de ti”

Bella POV:
Su sonrisa hizo que me sintiera avergonzada a pesar de que esa no era su intención.
—Canta para mí, por favor. —me rogó de nuevo.
—No quiero. No lo hago bien. —le apunté con el dedo. —Te quieres burlar de mí.
Puso los ojos en blanco.
—No, Bella. Solo quiero que repitas esa canción tan preciosa que cantaste para Lizzy. En serio me gustó.
Abrí la boca para protestar pero la cerré inmediatamente al no encontrar ninguna pista en su mirada de que estuviese mintiéndome solo para luego regodearse en mi falta de aptitudes para el canto. Así que finalmente empecé a cantarla bajito…

Il tempo non cancellera (El tiempo no borrará)
Il nostro amore restera (Nuestro amor quedará)
Tra le mie braccia ti vorrei (Entre mis brazos te quería)
Nella mia anima tu sei (En mi alma tú estás)

La vita non si fermera (La vida no se parará)
E un nuovo sole nascera (Y un nuevo sol nacerá)
Non sai quanto ti vorrei (No sabes cuánto te querré)
Nella mia anima tu sei (En mi alma tú estás)

Ancora tu (Aún tú,)
Nella mia mente solo tu (en mi mente solo tú)
Chiudo gli occhi e pensa a te (Cierro los ojos y pienso en ti)
Perche esisti dentro me (Porque existes dentro de mí)

Ripenso al blu degli occhi tuoi (Recuerdo el azul de tus ojos)
Ma ormaai lontani siamo noi (Pero ya lejos estamos)
Tu sei la gioia che vorrei (Tu eres la alegría que quisiera)
Nella mia anima tu sei (En mi alma tú estás)


Y así seguí hasta terminar la canción. Le traduje luego cada frase, pues Edward admitió no saber nada sobre italiano. Con cada pedazo sus ojos se anegaban con unas lágrimas que peleó por no derramar. Al final ganó él, quizá empeñado en no querer parecer un blandengue. Así de obstinado era mi cavernícola.
—Ignoraba que hablaras italiano. —algo se perdió entre esas palabras. Los carraspeos y el intento de hablar sin que la voz no le temblase, específicamente. —Me sorprendes.
Respondí a eso con un encogimiento de hombros. Algo avergonzada, he de reconocer.
—No lo hago. Pero sí que me sé unas cuantas canciones en italiano gracias a Il Divo.
¿Il Divo? —preguntó confundido. —¿Son un grupo…?
Asentí.
—Los conocí cuando aprendía español en la universidad.
—¿Hablas español?
Edward me miraba boquiabierto. Asentí presumida.
—Sip. Lo hablo muy bien. Como te dije antes, lo aprendí en la universidad.
—¿Y eso?
—Necesitaba los créditos…y estaba un poco enamorada del profesor.
¡Oh vaya! Así que así era como miraban los dragones furiosos.
—No me digas…
—Sí. —admití recordando con una sonrisita tonta. Subí el edredón casi hasta mi cuello mientras fingía ser una jovencita enamorada de su profesor (aunque en cierto punto de mi vida, eso fue así). —El profesor Carlos Alfonso Mendoza era el epítome de los machos alfa hispanos. Tenía un acento irresistible, parecía que te acariciaba cuando hablaba. Y cuando citaba a Pablo Neruda en sus poemas de amor, era como si se estuviese dirigiendo a ti. ¡Ufff!
—¿Carlos Alfonso Mendoza? —dijo en un tono que me causó risa. —¡Tiene nombre de protagonista de culebrón, por Dios!
En un movimiento rápido me coloqué sobre su pecho y sonreí con abierta malicia.
—¿Celoso, Cullen?
—Mucho. —admitió sin vergüenza alguna. —¡Mira como hablas de él todavía! Ni que fuese un maldito héroe de alguna novela romántica.
Fingí sopesar la idea y eso le irritó. Me carcajeé satisfecha con su reacción y luego admití algo que tenía entre pecho y espalda.
—Eso fue solo platónico. Él nunca se enteró. Pero me entra un fresquito que te sientas así, pues tuve que verte en innumerables ocasiones con modelos, aspirantes a cantantes o actrices, herederas y empresarias. Todas ellas engreídas y pesadas.
¡Y así le cambias la cara al dragón que pasa de furioso a perrito avergonzado! ¡Bien por mí!
—Eh…eso fue hace tiempo. —titubeó temeroso de que me pusiera a sacarle en cara todo su pasado repleto de romances vacíos.
—Edward Anthony Cullen, eso fue hasta hace un par de meses. Eras todo un playboy. Te recuerdo que la prensa dijo…
—Odio a esos malditos paparazzis. No los menciones.
—Hace rato que te dejaron en paz…relativamente. No habías salido en un diario hasta el evento de caridad y la cena posterior a ello.
—Pues no extrañé a esos cabrones.
¡Vaya genio, hombre!
Me acomodé aún más sobre su pecho y coloqué mi rostro sobre mis brazos cruzados encima de su piel. Sus escasos vellos salpicados acariciaban desde mis pechos hasta mi vientre de una manera sutil y para nada desagradable.
—El caso es que… —añadí mirando hacia su cuello intentando que el recuerdo de esa mujeres no hicieran que demostrara demasiado lo mal que lo había pasado. Fue un verdadero infierno, pero podía guardarme los detalles escabrosos para mí ¿Cierto? —No fue agradable verlo.
Acarició el borde de mi cara como yo lo había hecho por la tarde y subió mi mentón para verme a los ojos.
—Lo siento. En ese momento era más un perro herido y rabioso que una persona. Intentaba resistirme a ti y para colmo luego tú comenzaste a salir con el mamón de Black… —sacudió la cabeza como para desprenderse de esas escenas que se le estaban cruzando por la cabeza. —Sentía que los odiaba a ambos.
—Se notaba. Créeme.
Un silencio incómodo se instaló entre ambos. Quizá mientras los dos rememorábamos esos momentos en los que más que trabajar juntos lo que hacíamos era soportarnos. O al menos en mi caso. Si en ese momento me hubiesen dicho que Edward era un bastardo déspota solo porque estaba celoso de Jacob no me lo hubiese creído. Parecía menospreciar mi trabajo, cuando todo el mundo lo felicitaba. Le irritaba mi presencia, mientras que a su alrededor era recibida de muy buena gana…¡todo un paraíso, pues! Y eso sin tomar en cuenta a la presumida de su ex, la perraca de Tania. Sí, P-E-R-R-A-C-A con todas las siete letras del adjetivo.
Suspiré al fin, harta de esa tensión y le besé en los labios antes de decir en tono juguetón:
—Ahora pasaré a ser una de esas “Barbies” de las que tanto me burlaba.
Él sonrió de medio lado, como me volvía loca.
—¿Barbies?
Asentí.
—Todas eran vanas y caprichosas. Ahora es mi turno. —y me quedé tan ancha.
—¿Tus caprichos?
—Ajá. Seré una malcriada insoportable. Me lo merezco.
Se rió y sus carcajadas hicieron que mi cabeza rebotara en su pecho.
—>>Llénate de mí. Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame. Pídeme. Recógeme, contiéneme, ocúltame. Quiero sr de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora…<< —cité en español a Pablo Neruda en uno de sus célebres poemas. Jamás creí que fuese a dedicarle esas palabras a alguien, mucho menos en su cara; pero para ser honesta tampoco me vi en ningún punto de mi vida enamorada hasta las trancas de mi jefe.
Depositó un beso en mi coronilla y me abrazó por la cintura.
—¿Qué significan eso, Bella?
Podría traducirle en aquel momento lo que había dicho pero mi corazón amarró a mi lengua e hizo que la razón fuera la que se apoderase de mis palabras.
—Significan mucho más para lo que estás preparado a enfrentar, Cavernícola.
Los exquisitos labios de Edward se tensaron por unos segundos pero luego sus ojos perdieron aquel rigor, aunque su tono sonó un poco más dubitativo de lo que me hubiese gustado.
—Duérmete, Valkyria. Ya mañana me harás cumplir tus deseos.
Prefirió evitar mis palabras y de alguna manera extraña le estuve agradecida por eso. La cosa era así: ambos teníamos pasados y habíamos tenido que pasar por un infierno en momentos diferentes para aprender a aceptarlos. ¿Sabíamos cómo lidiar con ellos? Hasta el momento, no; pero cada día nos esforzábamos por estrechar los lazos que teníamos. Hacernos fuertes juntos era algo que nos había salido muy bien hasta los momentos.
Antes de dormirme deseé que esa fortaleza que ahora labrábamos no se convirtiera en una muralla entre ambos en algún punto.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
A la mañana siguiente, me levanté primero que Edward. Tomé una ducha y me sorprendió que aún siguiera dormido cuando salí. Despatarrado entre el edredón, con una de sus piernas sobresaliendo de este era la viva imagen de un dios pagano durmiendo. Excepto por alguno que otro ronquido que se le escapaba a lo que cambiaba de posición en la cama.
Esta vez opté por colocarme unos True Religion desgastados, unos tennis y una simple camiseta ancha amarrada a nivel de la cintura. ¿Glamurosa? Ni por asomo ¿Cómoda? ¡Por supuesto! ¡Al diablo la moda por un día! Que se jodieran los fashionistas, no estábamos en Manhattan.
Pasé por el cuarto de Elizabeth pero la puerta estaba entrecerrada y pude ver que Sue canturreaba bajito mientras que levantaba el dosel para colocarla entre los almohadones de la cuna. La cabecita yacía apoyada en su hombro y su boquita entreabierta, apretaba los párpados sin parar luchando por despertarse. Sonreí con la suficiencia que da el saber que de alguna manera esa pequeña niña era algo mío.
—Buenos días, señorita. —me saludó animada la señora Dohner en cuanto llegué a la cocina. La mujer había pasado de ser huraña conmigo a cordial en un solo día, pero no podía culparla. Seguramente había tenido que lidiar con demasiados “Divismos” de parte de las acompañantes de Edward, y más seguro aún sería el hecho de que lo hicieran a sus espaldas pues se notaba que él le tenía mucho aprecio. No ahondaría mucho por esos senderos escabrosos…por mi propia salud mental.
Sonreí cálida y tomé asiento en el mesón; no quería que pensara que me sentía con la autoridad de invadir su territorio sin previa autización. En lo absoluto.
—Buen día, Marilyn ¿Cómo amaneces?
—Muy bien, señorita Bella —respondió con calidez. —¿Qué gusta para desayunar? Estoy preparando huevos y tocino pero si prefiere…
—¡Por supuesto que sí! Me encanta el tocino. —la mujer esbozó una tímida sonrisa y se giró hacia la estufa.
—Eso no es habitual en una chica por estos días.
Puse los ojos en blanco.
—Lo sé. —suspiré impregnando mis fosas nasales del aire fresco matutino que entraba desde el ventanal de la cocina que Marilyn mantenía abierto. —No soy tan neoyorquina como me gustaría creer. No me he entregado a eso de la light food. Aún no vendo el alma.
Las carcajadas de la mujer hicieron eco en aquella inmensa estancia ocupada en ese momento solo por los muebles y nosotras.
—Edward lo hizo bien esta vez. —miró por encima de su hombro para verme a los ojos directamente. Estoy segura de que la vi confundida pues se adelantó a responder. —Pareces ser la excepción a la regla. Espero que cuides bien de él.
Mordí mi mejilla por dentro reprimiendo las ganas de gritarle que eso era lo que quería desde hace tiempo, pero me pareció un poco “demasiado” dramático así que me aferré al moderno taburete y al mismo tiempo a mi derecho de guardar silencio, concentrándome en pegar mis rodillas al islote de madera y mármol.
Al cabo de un rato me di cuenta que ella esperaba todavía una contestación, así que admití:
—Yo también lo espero. —<<Y que él me deje hacerlo también…>> pensé un poco melancólica.
Aparentemente satisfecha se giró para seguir en lo suyo y yo; sin poder decir ni hacer nada más allá de parpadear, opté por salir a los jardines a esperar que se me llamase para comer. Mientras dejé que el calor del inminente verano se llevara casi violentamente los resquicios de aire acondicionado que dejé dentro de la casa.
Palpé mi bolsillo para asegurarme que llevaba mi Ipod conmigo. Lo encendí y disfruté de las notas de Stereo Hearts interpretadas por Samuel Larsen. Esta versión me gustaba mucho más que la original de Gym Class Heroe. Quizá debido al cantante…
Paso a paso me fui adentrado entre la vegetación que se hacía espesa a unos cuantos metros de la casa, pero no demasiado pues no conocía la zona. Me recordaba, de alguna manera más alegre, a mi casa en Forks. Sin el frío y la lluvia casi perenne, los abedules, arces y robles se me hacían mucho más hermosos y frondosos. Nada agobiantes. De hecho podía escuchar pájaros cantando en vez de verlos esconderse de los aguaceros, observar las boscosas laderas de las montañas en vez de ahogarme entre tanto verde que no sabía donde terminaba el bosque. Comprendí en ese momento porqué Esme estaba tan enamorada de este lugar. Incluso llegué a especular sobre si ella sería quién le colocara su nombre. Tendría muchísimo sentido que fuese una madre joven y una esposa sumamente enamorada quien albergase un sinfín de esperanzas para lo que les deparara el futuro como familia.
Escuché unos gritos casi desesperados, me desperecé de golpe,  tiré de mis audífonos y me levanté del suelo en donde me había dejado caer para mirar el resplandor que se colaba entre las hojas de las copas de los árboles. Edward me encontró cuando me sacudía el trasero. Se acercó a mí con preocupación, me tomó por los hombros y me examinó toda.
—¡¿Estás bien?! —su estado era casi frenético.
—Sí pero ¿Qué pasa?
Frunció el ceño. Supe entonces que su mal genio nos había alcanzado hasta Adirondacks. ¡Maldición!
—¡Estuviste dos horas fuera de casa y no avisaste a donde fuiste! ¡Estaba preocupado…!
¿Dos horas? Me relajé tanto que incluso me había adormilado pero no tenía idea sobre el paso del tiempo.
Edward marcó un número en su teléfono y se lo puso al oído:
—Joshua, ya la encontré. Se había adormilado y tenía los audífonos puestos. Por eso no nos escuchaba. No, tranquilo, ya iremos nosotros. Adelántate y ve desayunando. Tranquiliza a Marilyn. No, no lo tenía encima, solo el iPod. Vale. Nos vemos.
Clavó su mirada fría en mí. Esa que tenía ya un tiempo que no veía y que definitivamente no echaba de menos. Esa que sin necesidad de decir nada sabía que estaba cargada de reproche. Era impersonal y distante.
—No me mires así, por favor. —le rogué.
Su postura se volvió más beligerante. Su mirada y su sonrisa, cínicas.
—¿Y cómo quieres que esté si tengo media hora buscándote desesperado en el bosque? ¿Cómo puedes ser tan jodidamente desconsiderada? ¡Ni siquiera te llevaste contigo el teléfono! —se lo sacó del bolsillo y lo apretó entre sus dedos con fuerzas. Me pareció escuchar crujir al pobre aparato, aunque también podría haber sido una rama pues Edward no dejaba de moverse, pero no me arriesgué a preguntarle. Se mesó el cabello y comenzó a caminar delante de mí. Casi tuve que correr para mantenerme a su lado. —Esperaba pasar un fin de semana tranquilo. Sin preocupaciones ni nada. Lo único que necesitaba era que te comportaras como una adulta responsable…
Eso me detuvo en seco e hizo que me pusiera en modus de pelea.
—¿Qué quieres decir con eso?
Se giró hacia mí dispuesto a darme guerra.
—Que no esperaba que tuvieses un episodio de querer llamar mi atención…
—¡¿Pero quién carajos te crees que eres para hablarme así?!
—No me grites. —gruñó entre dientes.
—Pues entonces no me jodas con ese rollo de “señor maduro” —entrecomillé. —porque no te queda nada bien.
—¿Yo te busco desesperado y tú eres la que se molesta? ¡Hay que ser descarada!
—¡Estoy bien, por el amor de Dios!!! ¿Puedes tranquilizarte?
—¡No! ¡No puedo! ¿Sabes el miedo que pasé cuando Marilyn me dijo que hacía más de una hora y media que habías salido de casa y no habías vuelto? ¡¿Acaso lo sabes?!
Respingué avergonzada ante los gritos de él.
—No hace falta que me grites…
—¡Pues no parece! Puesto que no sé de qué manera entiendes tú…
Lo asesiné con la mirada.
—¿Me estás diciendo bruta?
—Yo…yo…lo que qui… —balbuceó.
Pasé por su lado dispuesta a dejarlo hablando solo. Tuve suficiente de sus compulsiones pasivo – agresivas. Gritó mi nombre varias veces, me ordenó detenerme otras más, pero en ningún momento se movió de donde estaba parado. Solo se quedó allí erguido en toda su prepotencia.
Caminé un poco hacia la derecha para perderlo de vista más rápido. Aceleré mis pasos en un intento de liberar la rabia pero no estuve muy pendiente de las raíces que sobresalían del suelo, así que me volteé el pie y fui a dar de bruces contra la tierra. Eso sí, antes de casi ponerme a comer tierra me aseguré de darme un soberano porrazo en la rodilla derecha. Giré sobre mí misma, tenía el jean cubierto de tierra y cuanta corteza terrestre que se pudiese enganchar. Ya que me encontraba sola y me imaginaba que Edward me esperaría en la casa para poder decirme lo que se le había quedado entre pecho y espalda; me rendí ante las ganas de llorar que me dieron. Los chorretones de lágrimas bajaban por mis mejillas mientras sacudía el pantalón en cuestión, aunque este siguió viéndose como si me hubiese arrastrado. Vale, me veía patética tirada en pleno suelo y llorando pero es que entre lo patosa y el regaño estaba rebosada de impotencia. Me arremangué los vaqueros pero lancé un gemido al rozar el área golpeada. Resulta que tenía un raspón con todas sus letras. Sangraba y ardía a partes iguales. No tenía con qué limpiarme y para rematar tenía las manos un poco rasguñadas también.
Suspiré llena de pesar.
            ¿Por qué todo tenía que resultar tenso entre ambos? ¿Por qué no podíamos durar tan siquiera un fin de semana sin una  discusión? ¿Por qué Edward tenía que ser tan hiriente? ¿Sería yo una especialista en sacar lo peor de él? ¿O era una tiquismiquis que se siente ofendida cada que puede?
            No  me dio tiempo de encontrarle respuesta a ninguna de esas interrogantes pues unas pisadas apresuradas se acercaban a mí. De manera torpe y dolorosa para la pobre rodilla, me puse en pie. Pero no antes de que Edward me viese tambaleante. Se espantó apenas se percató de la sangre en mi pierna.
—¡Por Dios, Bella! —llegó corriendo. Se agachó a mis pies acarició los bordes de la zona aporreada y salté ante su suave contacto. Estaba sensible. Alzó sus ojos arrepentidos hacia mí. —Lo siento, valkyria.
Y como si toda mi estampa no fuese lo suficientemente patética…me eché a llorar. Sí, justo en frente de él. Pero en vez de parecerle el epítome del patetismo, Edward se mostró genuinamente conmovido. Me apretó contra él por un instante antes de cargarme, al mejor estilo de un caballero andante, entre sus brazos y llevarme hasta la casa. Marylin se empeñó en ayudarle a limpiarme la herida pero él se negó de forma rotunda. Le pidió el botiquín de primeros auxilios y me llevó hasta la habitación principal.
A las afueras podía escuchar a Lizzy gimoteando. Imaginé que estaba tensa por tanto nerviosismo a su alrededor. Si en un momento debía agradecer que Sue estuviese con nosotros, era ese.
Edward me desnudó con delicadeza, pero no pudo evitar hacerme daño al quitarme los jeans. Me cambió mi camiseta sucia por una limpia de él. Le insistí en que no había necesidad de eso pues yo aún tenía unas cuantas por utilizar en la maleta, más se negó en redondo y como si de dejar una marca de propiedad y protección sobre mí se tratase, me colocó una franela de algodón blanco con unas letras inmensas en negro que me iba demasiado grande. Más eso me pareció insignificante al oler el rastro de Issey Miyake que podía percibirse en ella a pesar de estar lavada.
Después de unos cuantos sprays que ardían, unos ungüentos y una gasa asegurada con adhesivo antialérgico, se negó a que me levantara de la cama. Nos traería a ambos nuestro desayuno. Pues ninguno de nosotros habíamos comido, yo por haber salido a dar una vuelta y él por salir preocupado a buscarme.
Puso mi Ipod a reproducirse de fondo mientras comíamos.
—¿De qué te ríes? —espetó incómodo.
Le sonreí con ternura.
—No sabía que te gustaban tanto los Froot Loops. No te había visto comerlos nunca en las veces que he estado en tu casa. —me asombraba que algo tan infantil le hiciera poner caras como si lo que estaba comiéndose era un plato preparado por Gordon Ramsey.
Se encogió de hombros y sonrió como si fuese un niño tímido.
—Sue es la que hace la compra y nunca le he pedido que lo haga. De vez en cuando yo compro alguna caja. Pero nada más. En cambio Marilyn me conoce desde pequeño y sabe que siempre me han encantado. Cuando vengo para acá nunca falta un buen desayuno con Froot Loops. Me trae buenos recuerdos. —con la cuchara revolvía la leche saturada de aritos multicolores.
—¿De tus padres?
Asintió, más casi de inmediato un rictus amargo se apoderó de sus labios y prefirió distraerse con el cereal, así que lo dejé por la paz. Ya bastante había tenido con el susto que le había pegado como para que ahora yo viniera a darle la lata sobre su familia.
—¿Gustas? —alargó la cuchara hacia mí con una mano bajo esta para que la leche no se derramara en el colchón. Su mirada de niño emocionado iba en dramático contraste con ese exquisito cuerpo que se pegaba al conjunto deportivo que cargaba puesto en ese momento.
Abrí la boca como una niña buena y compartí con él la emoción infantil de comer algo que había dejado de hacer por estar “demasiado grande” para eso. Pero de pronto fui más consciente que nunca de cuán adultos estábamos, pues su rostro pasó a ser oferta repleta de erotismo. Se acercó a mi cara, me tomó la misma con una sola mano y me haló hasta su boca para devorarme los labios. Esta vez no fue delicado, mordió y saqueó a su antojo. Yo le dejé hacerlo mientras que los dedos de una de mis manos se perdían entre su cabello. Acaricié su nuca y lo atraje hasta mí cuando se separó por un poco de aire. Eso no era un beso, era una declaración de pertenencia y ambos nos pertenecíamos.
            Pegó su frente a la mía respirando frente a mí, perdiéndonos en nuestros ojos. Unos azul grisáceos como los días que prometen tormentas, otros color chocolate, oscuros como el deseo que nos carcomía a ambos. Fue allí cuando las notas de Distance de Christina Perri invadieron el ambiente, diciendo todas esas cosas que me moría por pronunciar pero por no tensar más la cuerda que nos unía había optado por callar.
Nostálgica (¿Y por qué no decirlo también?) además de un tanto frustrada me alejé de él. De su toque. Me centré en mis tostadas francesas para no especular demasiado, más él no me dejó sumergirme en mis pensamientos.
Tomó un arito color verde y lo puso frente a mis labios.
—Abre. —ordenó mirando mis labios. No puede contener la risa. —Hablo totalmente en serio. Abre – la – boca – Bella.
Puse los ojos en blanco más terminé haciéndole caso.
Con aire malicioso y un tanto golfo chupé el índice y el pulgar con los que sostenía el cereal. Lamí a mi antojo y me regodeé en ver como el pantalón de Edward se iba tensando cada vez que pasaba mi lengua. Pero cuando me volteé para besarlo choqué mi rodilla herida contra su pierna lo que hizo que me doblara de dolor.
Él se alejó de inmediato.
—¡Compórtate, bruja! —gruñó molesto. Aunque internamente creía que era más por eso que trataba de acomodarse en el área de la bragueta que por mis intentos de ser provocadora.
—Creí que era valkyria…
—Eso también.
Continuamos comiendo y conversando pero en esta ocasión sin insinuaciones. Y más importante aún: sin compartir comida para evitar efectos secundarios. Escuchamos varias de mis canciones. Aprobó algunas y se burló de otras. Como lo hizo cuando escuchó Back to your heart:
—¿Los Backstreet Boys, Bella? ¿En serio? — no se cortó ni un pelo a la hora de burlarse de mí mientras husmeaba en mi Ipod. —¡Eso es tan de los noventa!
Sé que lo vi con la mirada que reservaba para mis enemigos, pues pareció recular un poco antes de volver a carcajearse.
—No sé si eres consciente de que ese comentario sonó bastante gay. Aunque ellos son grandiosos y en este caso me apoyarían totalmente.  — gesticulé con las manos mofándome de él —¡Eso es taaaaaaaaaaaan out!
Me dirigió una de sus miradas envenenadas.
—Además, si es por eso…a ti te gustan los Beatles, y yo no te digo nada… —contraataqué sabiendo que eso le iba a doler bastante en su ego de fanático. Además, a mí me fascinaban también pero que me jodieran si demostraba debilidad en ese momento.
—¡Oooooh no, mujer! ¡Tú no te quieres meter con John, Paul, Ringo y George!
Sonreí maliciosa. Aún no perdía mi capacidad de sacar de sus casillas al Cavernícola.
            Al terminar, Edward recogió todo y lo llevó a la cocina. Insistió en que me quedara en la cama pero me negué en redondo. Hice que él me colocara unos shorts de jeans desgastados que tenía en la maleta. Luego nos fuimos hasta la sala de estar en donde me tiré en el sofá y me duré viendo televisión un buen rato. Le dije a Sue para que me dejara a Lizzy, así que las tres estuvimos dando guerra por un largo rato. Yo haciéndole cosquillitas a la pequeña en su barriguita redonda, ella tirando de mis cabellos y Sue riéndose de ambas.
Edward se nos unió al rato y Joshua poco después. Colocaron un juego de los Yankees vs. Astros y cuando di el primer grito, me quitaron a la bebé de los brazos. Creo que fue Sue, aunque no lo pueda asegurar puesto que estaba demasiado ocupada nombrando a todos los antecesores del pitcher.
El esposo de Marylin estaba estupefacto ante mis reacciones.
—Esto no me lo esperaba. —dijo sin quitar la vista de mí.
Edward suspiró resignado.
—Ni yo al principio, pero puedes esperar una catástrofe si terminan perdiendo. —optó por callar al percatarse de que estaba por pagar mi rabia con él.
Siete entradas después, los Yankees de New york habían caído ante los Astros de Houston…y yo estaba soltando maldiciones contra la mitad de la plantilla. Entre tanto, Edward y Joshua estaban partidos de risa al verme tan enfurruñada.
—¡Cuídala, Cullen! —musitó el segundo mientras se ponía de pie y se encaminaba a otro lado. —Esta señorita es de lo que ya no hay.
Edward sonrió orgulloso clavando su mirada en mí.
—Lo sé. Por eso es mía.
Gesticulé sin emitir ruido alguno la palabra “Cavernícola” y él se dio dos golpes en el pecho en su mejor plan de Tarzán. Ahí ya no pude contener las carcajadas.
Me arrastré hasta situarme de su brazo y él respondió de inmediato estrechándome. Mimosa restregué la cara contra su pecho y me quedé allí un rato escuchando el latido de su corazón. Ese momento de sosiego parecía tan irreal cuando hasta hacía poco estábamos discutiendo. Comprendí entonces que con Edward nada era medias tintas. Todo era intenso y abrasivo.
Levanté la cara para mirarlo.
—Quiero hacer algo.
—Dime. —con delicadeza deslizó un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.
—Me gustaría ir a dar un paseo por Avalon ¿Podemos ir?
¡Oh, esa condenada sonrisa!
—Claro que sí. Colócate unos pantalones, unos zapatos y nos vamos.
Lo miré con cara de pocos amigos.
—No me pienso colocar jeans, Edward. Me haré daño en la rodilla.
Entrecerró los ojos dirigiéndome una mirada envenenada.
—No saldrás con ese short tan corto…
<<Ooooooh, Tirano, no vayas por ahí…>>
—Por supuesto que sí. —lo ignoré para irme a calzar mientras él  iba peleando porque “los hombres me verían la piernas”.
Los demás se reían de ambos a nuestras espaldas.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
            Avalon era una aldea de lo más pintoresca y preciosa, a mi parecer. Lo que esperaba de un pueblecito de las montañas Catskills. Sus calles adoquinadas, tiendas de curiosidades y artesanía lograban crear un ambiente de lo más atractivo para todos aquellos que estábamos acostumbrados a vivir con la modernidad de Manhattan.
            La tranquilidad con la que podías almorzar o comerte un helado en alguna de sus cafeterías era sin duda alguna, un buen motivo para volver.
            Elizabeth nos acompañaba a Edward y a mí en nuestro paseo. Estaba sentada en su cochecito retorciéndose inquieta por el movimiento del juguete que colgaba del parasol. Sus ojitos azules se veían un poco irritados al no poder alcanzar a la vistosa muñeca que se bamboleaba con el paso del viento.
Degustaba una exquisita tarta de fresas con crema cuando Edward me sorprendió con un comentario:
—Llamé a mi madre esta mañana.
La cucharada que iba destinada a mi boca cayó al plato casi de golpe. Enarqué una ceja interesada.
—¿Ah sí? —asintió. —¿Y qué te dijo?
—No me dijo gran cosa… —susurró con la mirada clavada en su copa de helado de stracciatela. —Pero te confieso algo, la alegría que transmitió cuando supo que llamaba solo para saber cómo estaba casi me parte el corazón. Me hizo sentir como un hijo de mierda.
Negué con la cabeza.
—No eres un hijo de mierda, Edward. Has tenido que lidiar con mucho de un tiempo para acá…y tus padres también. Eso no los hace una malas personas tampoco; solo humanos. Con sus virtudes y sus errores.
—No comprendo como a todo le ves el lado positivo. —agregó con una sonrisa amarga. Aun continuaba sin verme a los ojos.
—Porque la mayoría de las cosas lo tienen, Edward. ¿No te alegra aunque sea un poco que tu madre se alegre de que le llames?
Finalmente levantó su vista hacia mí y me vio con ternura.
—Sí.
—Allí está. Algo positivo. Creo; sin temor a equivocarme; que este podría ser un nuevo comienzo en tu relación con tu madre.
—Es demasiado pronto para decir eso.
—¡Hey! —tomé su mano y la apresé entre las mías. —No seas tan pesimista. Tú ve poco a poco. Ya luego verás como las cosas mejoran.
Estaba escéptico. Quizá no tanto porque creyese que todo fuese un fracaso, sino por el miedo al dolor que eso podría causarle.
¡Ay, mi dictador vulnerable!
Optamos por dejar conversaciones incómodas de lado y enfrascarnos solo en el placer de disfrutar el uno de otro…y de nuestra pequeña bolita hiperactiva. En una tienda de souvenir Edward se empeñó en comprarle varias camisetitas con frases graciosas o con el infaltable Yo amo a Avalon. Le llevó a Leah una pulserita de lo más preciosa; era de plata con turquesas. A Sue le llevó una parecida pero con cuarzos. Para Esme compró un precioso juego de vajilla que estaba pintada a mano.
Y hasta allí llegaron los regalos…nada para su padre. Debatiéndose entre una cosa y otra, llegó a la conclusión de que nada le parecería lo bastante bueno así que se ahorró un posible aneurisma y pasar de él.
Sentí pena por él. Estaba tan roto y tan inseguro con respecto a su relación con Carlisle que hasta algo nimio como un souvenir se le hacía algo difícil de escoger para él.
Cuando se trata de regalos yo no me quedaba atrás. Para Angela y Rosalie tenía unos buenos frascos de sirope de arce y unas botellas de cidra. Nada de franelas ni esas cosas que jamás se pondrían.
Empujando la carriola por turnos, paseamos de un punto a otro de la aldea. Cenamos en un restaurante familiar en el que su menú se conformaba por el platillo del día y no por una lista de platos clasificados. Aún así, la comida estuvo fabulosa pero no la pudimos disfrutar como hubiésemos querido pues tuvimos que darnos prisa en comer para cambiarle el pañal sucio a una señorita que con cada minuto que pasaba se volvía más irritable.
Posterior a la cena nos dirigimos a la hacienda Hope de nuevo. Esta vez Elizabeth iba dormida en su silla en la parte trasera del auto. Su cabecita caía hacia un lado y tenía la boquita entreabierta. Su respiración era profunda.
Al día siguiente. Como a media mañana, tanto Edward, Sue, Lizzy y yo nos despedíamos de una tristona Marylin prometiéndole que volveríamos apenas tuviésemos una nueva ocasión. Joshua nos hizo prometer lo mismo y antes de que Edward se montara en el auto, tanto uno como el otro estrecharon a mi tirano fuertemente. Se notaba el cariño que le tenían.
Apenas subió le di un apretón en los dedos infundiéndole ánimos.
—Pronto estarás nuevamente por aquí.
—Estaremos. —me corrigió con vehemencia.
—Estaremos. —acepté.
Tras un par de horas de camino, finalmente llegamos a su penthouse. Estábamos tan cansados todos que no nos molestamos en comer nada. Un baño para todos (incluso para la más pequeña ¡Dios bendiga a Leah!) y luego a la cama.
La mañana siguiente era lunes, por lo cual me vi forzada a pasar por mi apartamento antes de ir a la oficina. Un vestido veraniego y una chaqueta fue mi atuendo escogido. Tomé mi bolso Furla azul cobalto, lo colgué de mi antebrazo y me dirigí a Le Madeimoselle.
Al llegar a mi oficina fui recibida por una cantidad abrumadora de trabajo, pero antes me dediqué a repartir los regalos que había comprado. Primero a Angela, quien se mostró muy agradecida y luego a Rosalie. Solo que cuando se lo fui a entregar la encontré con el rostro pálido e incómoda.
Y no era para menos, Edward y Carlisle estaban discutiendo a grito pelado en la oficina de este último.
—¡¿Cómo pudiste hacer eso?¡ ¡¿Cómo?! —le reclamaba Edward.
—¡Solo tuve la valentía que a ti te ha faltado durante todo este tiempo que has tenido a esa pequeña! —inspiré horrorizada.
<<¡Dios mío, que no haya hecho lo que estaba sospechando…>>
—¡¿Y para eso tenías que robarte el cepillo de Elizabeth y mandarle a hacer unas pruebas de ADN?! ¡¿Tú?! ¡¿Acaso tú eres su padre?!
—¡¿Lo eres tú?! Te has comportado como un cobarde todo este…
—¡Estoy harto de esta mierda! —bramó Edward. Escuché ruido de cosas que se partían y no me paré a pensar para abrir la puerta.
            Edward se dirigía hacia su padre como un toro. Resoplaba con fuerza por la nariz y tenía los puños apretados.
Me interpuse en su camino para evitar algo de lo que se arrepentiría luego.
—Por favor, detente. —dije contra su pecho. —No lo hagas, Edward.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
Y aquí está el TIRANO!!!! Espero que les guste, mis chicas.
Espero sus comentarios…y más importante aún: sus hipótesis.
Suya…
*Marie K. Matthew*


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