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jueves, 14 de febrero de 2019
lunes, 25 de diciembre de 2017
Ángel de Cristal

Regalo Navideño
Habían muchas cosas que no entendía sobre la navidad: el porqué de colocar cosas en los pinos que no crecen allí (¿De donde demonios saldrían esas bolas de vidrio? ¡Que inverosímil!). Por qué todo lo cubren con brillantina? Por qué la gente se vuelve errática comprando cosas? Por qué se cuelgan calcetines enormes en la chimenea? Y para qué le colocan nuestros nombres si no nos sirve? Por qué solo es uno? En resumen: la navidad es una especie de despropósito.
Pero por alguna razón disfrutaba de ver a Bella tan emocionada con ello. Quizá era cosa de verla feliz. Como ahora por ejemplo, estaba exultante mientras decoraba el árbol al ritmo de Michael Bublé quien cantaba Let it Snow.
Se giró un momento luego de colgar un copo de nieve cubierto en brillantina blanca. Sonreía y se movía levemente al ritmo de la música. Creo que ni siquiera era consciente de ello.
—Estás muy pensativo, ángel. ¿Algo te preocupa? —agarró con tanta delicadeza una lágrima de vidrio entre sus manos. Diría que hasta con mimo pero sigue costándome leer correctamente las expresiones de los demás.
—Pensaba en que te ves muy entusiasmada con la navidad.
Su sonrisa se expandió un poco más entonces.
—Lo estoy. —aseveró a su vez con un asentimiento. —No hay nada en ella que no ame: los ambientes iluminados, las decoraciones, la comida, la música… —dejó escapar un suspiro casi infantil. —todo es más bello en diciembre.
—Bella, te amo. —levantó una ceja en señal de sospecha.
—Yo también te amo, Edward. Pero a qué viene esto?
—Es que cantas fatal. Y no quería herir tus sentimientos pero a la vez me gusta oírte hacerlo.
—Yo también te amo, Edward. Pero a qué viene esto?
—Es que cantas fatal. Y no quería herir tus sentimientos pero a la vez me gusta oírte hacerlo.
Dejó escapar una carcajada que no parecía avergonzada en lo absoluto. Pero insisto…no sé leer bien a las personas.
—Sé que canto mal, ángel, pero no puedo contener mi ánimo. Ha sido un excelente año para mí: te encontré. Y eso trajo consigo muchas bendiciones. Así que no me puedo quejar. —Me sonrió y en esta ocasión no pude (ni quise) evitar devolvérsela. —Por qué no vienes aquí conmigo para que se contagie un poco de mi espíritu festivo, señor Cullen?
Caminé hacia ella y comencé a pasarle los adornos. En realidad quise ayudarle en un par de ocasiones pero luego de que no consiguiera colocarles en un lugar correcto según sus gustos, me rendí y solo me quedé pasándole cada adorno que me pidiese.
Uno en concreto llamó mi atención: un ángel de vidrio en medio de la mesa del comedor. Dentro de la falda de la túnica tenía una casita nevada.
Que curioso…
—Me recordó a ti. —dijo Bella cerca de mi oído. La miré con confusión.
—Más allá de la analogía del nombre no entiendo porqué. La navidad es algo que no comprendo aún. Me parece una celebración extraña y disparatada.
—Más allá de la analogía del nombre no entiendo porqué. La navidad es algo que no comprendo aún. Me parece una celebración extraña y disparatada.
Torció sus labios en un gesto de disgusto pero su mirada se perdió por un momento mientras pensaba en algo.
—En vez de explicarte lo que la navidad significa en un sentido religioso o cultural, prefiero enseñarte qué es lo que la hace tan especial para mí. Quieres? —asentí. Conforme, depositó un beso en mis comisuras y seguimos con la decoración del árbol pero cada tanto mi mirada volvía a ese extraño ángel de cristal.
O.O.O.O.O
O.O.O.O.O
Bella se tomó muy en serio lo de enseñarme lo especial de la navidad según ella.
Fuimos a una pequeña capilla católica muy temprano. Puede que haya protestado un poco por hacerme levantar en horas de la madrugada para ir a un templo cuya fé no profesábamos. Pero al llegar al sitio toda queja se apagó. Las personas estaban muy concentrados en el sermón del sacerdote en vez de dormidos como esperaba que estuviesen. Entonaban los villancicos con emoción y al final de lo que Isabella denominó como "misa de gallo", unas señoras muy amables nos ofrecieron chocolate caliente. El de Bella sabía mejor pero este estaba muy bueno.
Y mientras que veíamos a las personas interactuar las unas con las otras ella habló solo para mis oídos:
—Las misas de gallo a pesar de ser siempre de madrugada tienen un ambiente entre sereno y místico que me fascina. No soy católica; ni nada en realidad; pero Angela si lo es y una que otra vez me pedía que la acompañara. En navidad me gusta venir por lo menos a una. No me mata la idea de madrugar nueve días seguidos pero por una mañana me gusta la idea de sentirme parte de un plan. Que afuera hay alguna bendición reservada para mí y que hay un poder superior que cuida de mí.
Comprendí entonces que Isabella siempre ha estado allí para cuidar a alguien: a su madre enferma, a su padre depresivo, los niños en el St. Gabriel e incluso a mí. Es lógico que necesitara así fuese por breves períodos de tiempo sentirse protegida. Puede que durante un tiempo me sintiese incapaz de cumplir esa tarea pero ella me ha enseñado tantas cosas durante este año juntos, y una de esas es que soy sumamente capaz de cuidarnos. Aún así sentí que debía preguntarle cómo se sentía.
—¿Sigues sientiéndote desprotegida? —tomó mi mano libre y la apretó. Odiaba usar guantes cuando la tocaba. Eso no me permitía sentirla bien pero era una mañana especialmente fría. Miró directo a mis ojos y me dijo sin parpadear:
—No me he sentido desprotegida desde que tengo a un ángel solo para mí.
—No me he sentido desprotegida desde que tengo a un ángel solo para mí.
Le devolví la sonrisa y como para reafirmar su creencia, la envolví en mis brazos mientras terminábamos nuestro chocolate y veíamos a las personas disfrutar de su tradición.
O.O.O.O.O
En otra ocasión fuimos por un regalo para el bebé de Rose y Emmett.
Por algún motivo las cosas ese día no estaban saliendo como se esperaba: Choqué contra una chica y esta me llamó tarado sin darme chance de pedir disculpas, Bella tuvo una discusión con ella por defenderme y eso me puso ansioso. Aunque debo acotar que no sabía que ella tenía un amplio léxico de eso que ella llamó "cómo mandar a la gente a la mierda". Luego unos niños corriendo hicieron que tropezara y cayera sobre mis rodillas, quedando una de ellas con un raspón que me escocía bastante.
Por algún motivo las cosas ese día no estaban saliendo como se esperaba: Choqué contra una chica y esta me llamó tarado sin darme chance de pedir disculpas, Bella tuvo una discusión con ella por defenderme y eso me puso ansioso. Aunque debo acotar que no sabía que ella tenía un amplio léxico de eso que ella llamó "cómo mandar a la gente a la mierda". Luego unos niños corriendo hicieron que tropezara y cayera sobre mis rodillas, quedando una de ellas con un raspón que me escocía bastante.
Había demasiada gente comprando.
—Tenemos que hacer esto hoy? —dije mientras cerraba y abría mis puños de forma compulsiva y respiraba un poco agitado. —Me siento nervioso.
Isabella señaló la tienda de artículos para bebés.
Isabella señaló la tienda de artículos para bebés.
—Ya casi llegamos. Crees que puedas tolerarlo? Prometo que si la tienda está muy llena nos iremos.
Asentí de mala gana y continúe caminando. Cuando llegamos no habían demasiadas personas y decidí perseverar. Al fin y al cabo se trataba de encontrarle un regalo a mi sobrino. Así que hice unas respiraciones con Isabella que lograban relajarme cuando sentía una crisis cerca.
Me tomó más tiempo del que esperaba para que me sosegara, sin embargo no se impacientó en ningún momento. Incluso la dueña de la tienda; una mujer joven y muy atenta; se acercó a ver qué me ocurría. Le expliqué sobre mi condición y en ninguna oportunidad me miró como si fuese una criatura extraña que debía ser examinada en microscopio. Odiaba cuando la gente hacía eso. Nos atendió personalmente e incluso nos dio unas muestras de lociones para bebés. Olían raro pero lo callé por cortesía, así que solo me limité a ponerme lejos de ellas.
Me tomó más tiempo del que esperaba para que me sosegara, sin embargo no se impacientó en ningún momento. Incluso la dueña de la tienda; una mujer joven y muy atenta; se acercó a ver qué me ocurría. Le expliqué sobre mi condición y en ninguna oportunidad me miró como si fuese una criatura extraña que debía ser examinada en microscopio. Odiaba cuando la gente hacía eso. Nos atendió personalmente e incluso nos dio unas muestras de lociones para bebés. Olían raro pero lo callé por cortesía, así que solo me limité a ponerme lejos de ellas.
Al momento de pagar (no llevamos pocas cosas. Incluso a Charlotte le compramos varios regalos. Ella amaba los unicornios. Se negaba a entender que no existían), la mujer de nombre Jane, nos comentó que estaba en proceso de adoptar a un niño pero que era complicado. Nos contó sobre todo el papeleo que había hecho y sobre todo el que le faltaba aún. También de las visitadoras sociales que la habían entrevistado junto con su esposo.
—Oh miren! Está llegando con nuestro otro "niño adoptado". —sus ojos se dilataron al ver al hombre castaño de mediana estatura que traía lo que se parecía bastante a un galgo consigo.
—Oh miren! Está llegando con nuestro otro "niño adoptado". —sus ojos se dilataron al ver al hombre castaño de mediana estatura que traía lo que se parecía bastante a un galgo consigo.
Riley era un hombre alto considerando lo pequeña que era su esposa, quien le llegaba más de una cabeza por debajo del hombro. Una pareja peculiar con un perro igualmente raro. Delgado, grande, de patas muy delgadas, hocico alargado y ojos saltones. Y como si no bastara con sus rasgos curiosos, su pelaje se asimilaba a un Cookies & Cream de Hersheys.
—¡Oh, Edward, le encantas! —dijo una muy emocionada Jane al ver como su perro no podía dejar de brincar a mi alrededor o de tirarse sobre su lomo para que le rascase la panza.
—Él es un amante de los animales. Y suele tener una facilidad para empatizar con ellos. —le respondió Bella.
Pasó un rato más mientras que conversamos sobre como rescataron al can de la calle, hacía solo un año atrás. Según Riley estaba huesudo y con zonas sin pelaje por alguna enfermedad en la piel. Lo habían encontrado a principios de diciembre. No sabían cómo había hecho para sobrevivir al frío inclemente. Si no hubiese sido por ellos, no habría tardado demasiado en morir. Pobre. Jane lo encontró husmeando en la basura por comida y no tuvo corazón para dejarle allí. Su plan inicial era ser un hogar temporal para él mientras encontrara a alguien que pudiera darle un hogar permanente. Pero no pasó demasiado tiempo para que tanto su esposo como ella se enamoraran de su carita extraña.
Cuando estuvimos en el jeep de Bella, me hizo reflexionar sobre lo que estuvimos escuchando hasta hace un momento.
—¿Ves, ángel? Las personas como Jane y Riley son otra muestra de lo que me gusta de la navidad. Por un lado no pierden la esperanza en conseguir un hijo y por otro representan la caridad al rescatar a una criatura indefensa que con seguridad hubiese muerto sin su ayuda. Algunos dicen que es por hipocresía ya que el resto del año no hacen nada más, pero prefiero pensar que por lo menos un mes al año las personas se proponen ser mejores.
La miré con escepticismo.
—¿De qué sirven si solo lo hacen una sola vez al año?
Se encogió de hombros mientras manejaba sin quitar la vista de la carretera.
—Una vez al año o todos los días del mundo. Da igual, ángel. Caridad es caridad. Es mejor por lo menos un día que nunca. Soy de las del vaso medio lleno. —soltó una risita adorable.
—Supongo que tu punto es válido.
—¿Supones?
—Sí. Supongo.
Se carcajeó.
—Juntarte tanto con Emmett te está contagiando sus términos leguleyos.
—Las palabras no se contagian. No son un virus.
—Es un decir, ángel…
—Pues lo dices mal.
Y así nos fuimos el resto del camino hacia mi casa. Amaba a esta mujer con mi vida pero a veces era frustrante.
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Era ya nochebuena.
Charlotte y Gannicus corrían en la terraza exterior a pesar del frío. Jasper corría detrás de ella con un gorro en la mano. Rosalie y Emmett conversaban con Esme sentados en el sofá de la sala de estar, sospechaba que sobre la decoración del cuarto de su bebé no nato, ya que mamá tenía unas semanas obsesionada con el tema desde que ambos le pidieron que encargara de ese proyecto. Alice, Carlisle y Bella estaban de pie cerca de la mesa de aperitivos, él con una copa de brandy y ellas con unas tazas llenas de sidra caliente. Hablaban animadamente sobre las remodelaciones para el centro de capacitación.
Yo en cambio estaba cerca de la ventana alternando mi atención entre los diferentes grupos y tomando fotografías a todo y todos; la comida y paisaje entre ello. Documentando recuerdos de nuestra primera navidad juntos.
Al cabo de un rato mi hermano vino a mi lado para husmear entre mis fotos para luego quejarse de que lo había capturado en una mala pose a propósito.
—Quieres ser el más guapo. Por eso me capturaste sentado y que se me viera una barriga. —bromeó.
Me encogí de hombros con indiferencia.
—Si te molesta tu barriga, no comas más. —añadí.
—Navidad es para comer. Jódete, hermano. —miró con los ojos entrecerrados.
—Bella dice que es para realizar buenas acciones.
—¿Y para qué crees tú que sea? —cuestionó con abierta curiosidad mientras tomaba un poco de whiskey seco. Amaba su color pero no su sabor. Emmett decía que era “bebida de hombres”. Yo opinaba que era un incendiario para estómagos.
—Aún no lo sé. –admití. —Sigo pensando en eso.
Colocó un brazo sobre mis hombros y me dijo bajo en el oído.
—La navidad mejoró muchísimo para varios de los que estamos aquí gracias a ti. —revolvió mi cabello y se fue para situarse al lado de Rosalie. Le colocó una mano sobre su hombro de manera protectora. No creo que se haya dado cuenta siquiera de que estaba adoptando esa postura. Usando sus propias palabras para describirlo: Estaba condenado.
La cena transcurrió entre anécdotas de navidades pasadas y risas. Ah también con una Charlotte escurridiza a mi lado. Cada que me descuidaba aparecía un guisante en mi plato. Según ella, parecían pequeños insectos del jardín. Prometió darme sus galletas de canela al terminar, y así compró mi silencio.
Mamá se veía resplandeciente a la mano derecha de mi padre que encabezaba la mesa. Y yo al lado de ella. Isabella estaba frente a mí porque Charly le dijo que deseaba sentarse junto a mi lado. En retrospectiva, creo que fue una treta para deshacerse de lo que quisiera de su plato. Pavo, puré de patatas con aceite de trufa, ensalada de rúcula con frutos secos; entre otros; colmaban el festín de esa noche.
Rose fue la primera en darse por vencida.
—Juro que este pequeño me tiene como una nevera pero ya llegué a mi tope. Ustedes me van a hacer tan grande como un globo aerostático. —se quejó con una sonrisa al mismo tiempo que se acariciaba su vientre prominente de cuatro meses. Era un poco más grande de lo que debería pero papá dijo que considerando quién había puesto ese bebé allí, ese niño tendría el tamaño de un mastodonte. Aún no podía evitar sonreír un poco al ver su barriga.
—No está tan grande. —salió Emmett en su defensa. —El médico dijo que estaba dentro de los estándares de lo normal. Solo ha aumentado un kilogramo por mes.
—¡Yo engordé casi dos por mes con Emmett! Los síntomas fueron peores y las hormonas estuvieron desbocadas todo el embarazo. —intervino Esme. Mientras comíamos el postre. Mi parte favorita en las cenas era esa. En esta ocasión era una Charlotte de frutos rojos. Estaba tan espectacular que apenas abrí la boca mientras comía.
—Fue un dolor de cabeza desde entonces. —todos se quedaron callados por mi comentario. Sus vistas se posaron sobre mí fijamente y por un momento temí haber cometido una imprudencia. Había mejorado tanto en ello…pero de pronto Emmett fue el primero en romper a carcajadas y el resto lo siguió. Solo Charly y yo nos quedamos mirándonos medio atónitos.
—No fue tan gracioso. —me dijo. Solo me encogí de hombros en apoyo.
Bromas fueron y vinieron por un rato más. Emmett hizo un par en contra de mí, papá hizo unas contra Em y las chicas eran partícipes de estas además de las más escandalosas espectadoras.
Entonces hubo un instante; muy cerca de medianoche; cuando Carlisle se puso en pie y dio las palabras que finalmente me ayudarían a comprender mucho de lo que se me escapaba del significado de la navidad:
—Quiero agradecerle a todos que estuviesen esta noche con nosotros en la que compartimos más que una exquisita cena gracias a mi talentosa de mi esposa. —la forma en que tomó su mano entre las suyas y la mirada que le dirigió a mamá fue tan intensa, que incluso para mí no hubo duda de que se trataba de amor. Estoy bastante seguro que miraba a Isabella como él lo hacía con ella justo entonces y viceversa. Luego giró su atención hacia cada puesto en momentos determinados que dotaron sus palabras con mayor significado para quienes lo recibimos. —Pero quiero agradecerles aún más por haber hecho para mi familia el mejor año en mucho tiempo. Sin pensarlo, se han convertido en parte de los Cullen a su propia forma y manera; partes que se han vuelto esenciales para la felicidad de la misma, —Luego me miró a mí. De forma concentrada mientras hablaba. —Y gracias a ti, por volverte el imán que atrajo a todos para que esto fuese posible. —levantó su copa de champán al aire. Y luego todos lo seguimos, excepto Charlotte que tenía una copa aflautada pero llena de coca coca de cereza. —Salud. Por el milagro que cada uno de ustedes representa para nosotros. —Esme se limpió con discresión una lágrima y asintió en concordancia. Chocamos las copas los unos con los otros y mientras bebíamos, la revelación llegó fuerte y clara: La Navidad era aquello que cada uno quería que fuera: un festival de compras sin sentido, comidas abundantes y decoraciones llamativas. Pero también podías dotar todo ello con significado si lo hacías en pro de los demás, de forma desinteresada e incluso si le dabas una oportunidad a alguien que crea que ya ha perdido toda esperanza.
Bella se acercó a mi lado y me abrazó por la cintura antes de depositar un corto beso en mis comisuras.
—Quizá ahora puedas darte cuenta, Edward, de que eres como ese ángel de cristal que está en el comedor de mi casa. Lo envuelves todo con un aura que solo se puede considerar celestial. Feliz navidad. Te amo.
—Yo también te amo. —dije en falta de algo mejor que decir de lo que ella había dicho pero cargado justamente de todo el significado que me callaba.
Ahora era momento en que se abrieran los obsequios y luego cada quien se fuese a su casa. Yo pasaría la noche con Isabella. No pude evitar mirarla con devoción mientras sonreía al ver a Charly destrozando una envoltura de papel junto al gran árbol.
Ella fue mi mejor regalo este año. Mi milagro temprano de navidad. Ese que me abrió a mi familia y a un mundo al que aún no comprendo del todo. Pero ya no me da miedo explorarlo porque tengo a alguien que me ayuda con ello. Y eso no se limita a Bella pero si comienza con ella.
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Primero que nada: ¡FELIZ NAVIDAD A TODAS! Espero que estén pasando unas felices fiestas. Segundo: Gracias por seguir a mi lado. Son mi bastón de apoyo y a su vez mi impulso a la hora de escribir; así que espero en mi muy humilde posibilidad; retribuirles cada muestra de amor que me han regalado durante este tiempo en el que no he publicado nada.
No saben el bien que me hace volver y espero contar con ustedes a cada paso del nuevo camino que voy a tomar muy pronto.
Se les quiere con locura, mis bellas. Ciao.
PD: Corazón de Cristal viene en camino…
Marie C. Mateo
sábado, 9 de febrero de 2013
CORAZÓN DE CRISTAL - Vigésimo Segundo Capítulo:
“Miedos”
Bella POV:
El hecho de ser personas con el cien por ciento de
nuestras facultades o “normales” como
algunos dirían; no nos hacía capaces de entender como trabajaba la
mente de alguien como Edward. Quien veía al mundo a su manera. La cual parecía
ser tan sencilla que como nosotros estamos acostumbrados a complicarlo todo, no
podíamos comprenderla.
A falta de una respuesta satisfactoria para él de
cualquiera de los lados implicados, Rose decidió comenzar a hablar sobre sus
clases de piano. Noté que aunque algo le inquietaba; tenía el ceño fruncido
como cuando está preocupado por algo; siguió el ritmo de la conversación con su
profesora/futura madre de su sobrino.. Entonces decidí darles su espacio e irme
hacia otro punto de la casa.
Me dirigí a la biblioteca e hice uso de uno de los
privilegios que tenía en aquella magnífica casa: tener acceso ilimitado a los
libreros de los Cullen. Últimamente, trataba de sacar provecho de los avances
de Edward provocados por la nueva asesoría de estaba recibiendo; de la cuál
hablaría más adelante; de cómo funcionaba su capacidad de análisis con respecto
a la comprensión lectora. Y allí fue cuando un pensamiento que tenía tiempo
rondando en mi mente me golpeó en la cara sin que pudiese evadirlo: Mi ángel pronto no necesitaría más una
enfermera.
Me estremecí de terror y casi dejo caer al suelo Cumbres Borrascosas. Lo atrapé contra mi
pecho como si así pudiera exorcizar mi miedo. Mi misión en casa de los Cullen
estaba cerca de su fin. Demasiado cerca como para que me fuese grato. Y esa no
era suposición, sino una certeza cuando se veía al paso en que iba
evolucionando Edward.
—¿Bella, estás bien? —Emmett cortó el hilo de mis
pensamientos tan abruptamente que hizo que respingara del susto. —Lo siento no
quería asustarte.
Por un momento no pude evitar preguntarme sobre
dónde se había ido el galán que siempre tenía un brillo de picardía en su
mirada. Ante mí solo tenía a un hombre con tormento en sus ojos. Se notaba en
las ojeras que ahora los rodeaban que no estaba descansando bien. Y no era para
extrañarse en lo absoluto. Por lo visto su relación con Rosalie no era lo que
se podía decir “normal” si es que había algo entre ellos a estas alturas. Y lo
que era más grave; ahora había un embarazo que de alguna manera los iba a
vincular para toda la vida por medio de ese hijo. ¡Mierda, pobre Emmett!
Le sonreí con ternura.
—Tranquilo, Em. Es solo que estaba perdida en mis
pensamientos. —señalé un sofá de cuero que pegado a una pared a mi espalda con
mi pulgar. —¿Quieres hablar un poco?
—¿De qué? —sonrió con sorna. —Sinceramente ahorita
no tengo nada positivo que conversar con nadie, Bella. No soy una compañía
estimulante.
—Quizá necesitas hablar… —seguía tenso así que
dudé. —o no.
Me encogí de hombros y clavé la vista de nuevo en
los libros. No quería que Emmett pensara que andaba de entrometida, interesada
en todos los últimos detalles morbosos de su vida.
—Lo siento. —el cuero del mueble se estremeció
cuando se sentó. Me giré a verlo. —No sé donde tengo la cabeza, mucho menos los
modales. —y por primera vez se mostró tímido. —Siéntate, Bella…eh…si quieres,
claro está.
Caminé con la tercera edición de mi libro favorito
forrado en cuero y que seguramente costaba unos…mejor tomaba asiento sin pensar
en tonterías “obscenamente costosas” que me harían sentir incómoda. Me senté
con un puesto de por medio pero con el cuerpo en dirección a él. Esperé en
silencio a que comenzara a hablar sobre lo que quisiera cuando estuviese listo.
—¿Sabes una cosa, Bella? Cuando volví a la casa
fue porque quería paz. Deseaba tener esa tranquilidad que transmite el estar en
familia y no ese ajetreo típico de un playboy adicto al trabajo.
Definitivamente no fue eso lo que conseguí: Me encapriché contigo a la misma
vez que tuve que lidiar con un hermano menor sorprendentemente territorial. Y
en mi intento por apartarme de ambos, sin entender el peso de lo que hacía—Emmett se
sonrojó. ¡Ay Dios mío que no diga lo que
creo que va a…! —…estuve con Rosalie y me comporté terrible. Nunca fui un
caballero, Bella, pero jamás había utilizado a una mujer como lo hice con ella.
Y eso me pesa en la conciencia cada puto día y cada puta noche.
Con razón Rosalie estaba tan molesta con él. Por
eso Emmett se veía tan atribulado. Con razón yo estaba inquieta por su situación
tan tensa, de alguna manera mi subconsciente presentía que tenía algo de culpa
en todo eso.
—Emmett, yo…—a ver ¿Qué podría decirle? De alguna
manera me sentía responsable por lo que estaban atravesando, pero me parecía
fuera de lugar asumirlo frente a él. Aparte de ególatra, se me hacía algo
completamente innecesario. Al final terminé diciendo algo tonto, aunque no por
eso menos cierto. —Nunca quise causarte ningún tipo de problema.
Una media sonrisa, que se asemejaba más a una
mueca incómoda se pendió en sus labios.
—Lo sé, Bells. No es tu culpa nada de esto. Es mi
desastre para lidiar. Quizá es un precio a pagar por la soberbia con la que me
movido durante años. —se calló durante un segundo luego continuó como si se
estuviese corrigiendo a sí mismo. —Discúlpame, de vez en cuando me da por
victimizarme.
—¿Qué es lo que te tiene tan preocupado? ¿Quieres
que hablemos sobre ello? ¿Es por el bebé?
Sacudió la cabeza compungido.
—Es todo. Es por cómo está la situación entre
Rosalie y yo. Es por no saber qué haré con un niño en este punto de mi vida y bajo
estas condiciones. Son muchas cosas, Bella.
Puso sus codos sobre sus rodillas y la cabeza entre
las manos. Su vista estaba clavada en el suelo desesperada como si buscase las
respuestas a su predicamento en la alfombra a sus pies. Sentí el irracional
deseo de colocar una mano en su espalda para infundirle ánimos pero al final pensé
que sería muy fuera de lugar ese gesto entre nosotros. Preferí quedarme sentada
con las manos entrelazadas en el regazo.
—Solo…quererlos. —giró su cuello para poder verme.
Sin duda estaba confundido. —Se nota que Rose tiene importancia para ti, más
allá de sea la madre de tu futuro hijo. Quizá lo que necesites hacer es tratar
de entender cuán especial es, y al margen de lo que decidas, deberías tratar de
que se sienta apreciada. Ahora tienen un magnífico lazo que los unirá de por
vida, a pesar de que indistintamente no terminen juntos. Ella es una magnífica
mujer de carácter fuerte y decidida, cualquier hombre sería afortunado de
tenerla a su lado como compañera. Y con respecto al bebé, solo tienes que quererlo.
A partir de allí las decisiones las tomarás más por instinto e impulso. Como
cualquier padre. —le guiñé con complicidad. —Serás un papá maravilloso y
seguramente muy divertido. Ese niño o niña tiene mucha suerte por quienes lo
traerán a este mundo.
Una sonrisa tierna se fue extendiendo en sus labios
lentamente. Quizá podría empezar a imaginarse ese ámbito.
—De todas las personas de las que podía haber
esperado escuchar palabras reconfortantes, tú eras la última en mi lista.
Sonreí comprensiva.
—No debería. —luego me puse seria —Tomando en
cuenta todo lo que has hecho por Edward y por mí, es lo mínimo que puedo hacer.
Puede ser que más adelante podamos ser buenos amigos.
—O cuñados. —puntualizó y por Dios santo que sentí
como el corazón me daba un respingo antes de latir desaforado nada más de
imaginarme llevando un anillo en la mano
con la promesa de un futuro con mi ángel.
Luego busqué algún signo de resentimiento en la
cara de Emmett, pero no pude encontrarlo. Le agradecí internamente por eso
también. Sin tener más nada que decir, me puse en pie antes de despedirme de él
infundiéndole ánimos de nuevo.
Cerré la puerta de la biblioteca, ofreciéndole un
poco de privacidad para que reflexionara. Supuse que si había regresado tan
temprano del trabajo no sería para hablar con cada uno de los que estábamos en
la casa precisamente.
*.*.*.*.*
La mañana había pasado de forma normal y corriente:
Edward con sus clases de piano con Rosalie, Alice trasteando en la cocina. Esme
leyendo y haciendo anotaciones aunque ignoraba sobre qué. Mientras, yo me
encontraba revisando el cuaderno donde llevaba registrado el ABA (Applied Behavior Analysis). Estaba
sumamente orgullosa de hasta donde había llegado Edward hasta ahora.
Pasó de no poder articular una palabra a ser
incapaz de quedarse con una duda en su boca. De gemir como único medio para
expresar sus emociones, a decirle a cada persona lo que pensaba acerca de todo
sin importar si el momento era el indicado o no. Y ni hablar de su
desenvolvimiento en lo que me gustaba pensar que era “nuestra vida privada”.
Sonreí a pesar de la nostalgia que me embargaba. Edward era una deliciosa
ambigüedad entre la inocencia de un niño y la pasión de un adulto. El hijo
menor de Esme, su pequeño inocente ahora era mi ángel no tan puro. El hombre al
que amaba más que a nada en este mundo.
Cuando le había dicho a Carlisle y a Esme que iba
a armar un equipo multidisciplinario para él, lo decía en serio. Así que poco tiempo
después de aquel día, no me había cortado a la hora de utilizar mis contactos
obtenidos en el Saint Gabriel en pro de ello.
La terapeuta ocupacional nueva, la señora Bloom,
era una mujer fuerte de mediana edad, ampliamente calificada en la recuperación
de personas con capacidades y necesidades especiales. La había visto hacer
maravillas con al menos una decena de niños con dificultades motrices; aunque
ella me había comentado en alguna ocasión que solo se limitaba a trabajar con
ellos. Por lo cual no dudé en llamarla.
Fue duro, no mentiré. Edward se resistió al
principio cuando supo que otra persona que no era yo, se encargaría sobre su
acondicionamiento físico. Sin embargo, la menuda mujer no se daría por vencida
tan fácil, así que juntas acordamos que entre ambas llevaríamos acabo las
sesiones. Edward se mostró mucho menos reacio de esa manera. Y la verdad es que
Stella tenía un carácter divertido que no tardó en ganarse el aprecio de mi
ángel.
Así que dos veces al mes, Bloom venía al gimnasio
personal de los Cullen y trabajaba con Ed. Sesiones en las cuales podía, o no
estar yo.
Luego estaba lo más importante: el asesoramiento
con el doctor Dave Poomar. Un afamado psiquiatra, cuya trayectoria trascendía
los límites de Seattle. Lugar en que residía actualmente. Carlisle no escatimó
en gastos cuando le hablé sobre el impresionante currículum del hombre.
Conseguir que el afamado especialista nos hiciera
un espacio en su apretadísima agenda, no fue fácil pero dudaba que hubiese algo
que no pudiese lograr el prestigioso abogado Carlisle Cullen. Así que en menos
de una hora de negociaciones, ya Edward estuvo entre la lista de sus
prioridades. Y en una semana estábamos
recibiendo la primera visita del hombre.
No era muy alto pero sí tenía un cuerpo que
indicaba lo bien que se cuidaba, vestía serio pero no lo esperado en un médico
de cuarenta y dos años de edad. Y era guapo. Aquellos rasgos tan exóticos
típicos de los provenientes de la India, no faltaban en su cara. Su cabello
estaba impecable como todo el resto de su persona. Las fotografías no le hacían
justicia, en persona el doctor Poomar era un hombre increíblemente atractivo.
Ahora entendía el porqué de la devoción de muchas que lo conocían.
—No me hace falta un psiquiatra. Ya me vieron hace
años atrás. —replicó Edward huraño cuando se lo presentamos. —Ya sabemos que
tengo autismo de alto funcionamiento.
El hombre, tan amable como astuto no nos pidió
salir de la sala como se podría esperar en una sesión con un especialista. Por el
contrario, nos invitó a permanecer en la sala. Supuse que solo hasta que a él
le viniera bien.
—Yo no vine a decirte lo que tienes, Edward.
—respondió paciente el hombre. Tomó asiento frente a él, pero de manera
informal y con aparente despreocupación. Aunque yo sabía que cada gesto,
palabra y acción de Ed estaba siendo cuidadosamente estudiada. —Tus padres e
Isabella no me buscaron para eso.
—Bella. No le gusta que le llamen por su nombre
completo. —le dirigí una sonrisa torcida a Poomar que le indicaba que él era un
chico muy listo pero que no sería receptivo a las primeras de cambio.
Este último asintió corrigiendo su error:
—Discúlpame. Corrijo entonces: Ni tus padres ni
Bella me buscaron para que te examinara como si tuvieses algo malo.
—¿Ah no?
—No. Ellos me dijeron que necesitaban que un
especialista te ayudara a encontrar ciertas herramientas para enfrentar de la
mejor de las maneras los desafíos que tendrás en un futuro cercano. —aseveró
con un interés tranquilo pero legítimo. Me gustaba como estaba actuando hasta
ese momento.
Edward pareció dubitativo por un breve instante
pero no se pudo callar sus dudas por mucho más tiempo.
—¿Cuáles desafíos? —mi ángel se inclinó un poco interesado
en lo que aquel desconocido para él, tenía que decirle.
—¡La vida, Edward! Me hablaron sobre tus
excelentes avances hasta ahora. Por lo cual sé que eres un chico brillante,
ordenado y disciplinado. Así que yo solo te ayudaré a sobrellevar todo aquello
que te preocupe como los cambios en tu rutina, enfrentaremos tus miedos y
buscaremos la mejor de las salidas a los problemas que te molesten.
Entonces mi ángel; en un movimiento muy de él,
cuestionó de nuevo las intenciones del médico:
—Entonces ¿Usted no vino a tratarme porque estoy
enfermo? —sabía que Edward había pasado por malos tratos con profesionales pero
revivir eso siempre me hacía sentir enferma de rabia y pena a la vez. —Porque
ya han habido doctores y enfermeras que me han dicho que soy tonto o que lo que
yo tengo es una enfermedad mental. Pero Bella dice que no lo soy, solo tengo
necesidades especiales.
Dave aceptó el cuestionamiento de su paciente con
total tranquilidad. Sabía que tendría que estar habituado a casos muchísimos
más complejos que este, aunque no conocía ninguno de primera mano.
—Tienes que entender, Edward, que las personas que
te han tratado hasta el momento, no han sido las indicadas. Pero eso no es
culpa de nadie, tus padres buscaron ayuda y aquellos inescrupulosos
traicionaron su confianza y profesionalidad. Pero no todos somos así. —el
hombre nos pidió dejarlos a solas pero solo si a Edward le parecía. Ed dudó al
principio pero al final aceptó con ciertas reticencia. Sabía que se le hacía
difícil quedarse a solas con desconocidos porque temía por lo que pudiesen
hacerle o decirle. Cuando al fin se encontraron solos, continuó: —Por lo que
estoy viendo justo ahora y basado en lo que me han dicho sobre ti, puedo
asegurar que no eres ni un tonto ni un enfermo…
—¿Ni un loco? —le interrumpió Edward.
Yo permanecía muy cerca por si mi ángel sufría
alguna crisis nerviosa o algo por el estilo. Pero debía admitir que aunque
había estado tenso en gran parte de la conversación, no pareció en ningún
momento estar cerca de perder los estribos.
—Tampoco un loco, Edward. —respondió Poomar. —Esa
palabra no es médicamente aceptable.
—¿Ah no? ¿Y por qué el doctor Mike y la señorita
Stanley me dijeron loco?
—¿En serio no lo sabes, Edward? —supuse que habría
negado con la cabeza. A lo que el hombre respondió. —¡Pues porque son idiotas!
Escuché una risita baja de mi
novio/paciente/ángel.
—Entonces ¿Vas a permitirme que te ayude a superar
tus dificultades? —presionó Koomar con calidez.
—Sí. —respondió mi ángel con seguridad. —Quiero
ser el hombre que se merece Bella.
Un nudo se formó en mi garganta. Esme, que
permanecía a mi lado, se rascó el ojo o quizá se limpió una lágrima. No estaba
segura, porque no podía reaccionar tras semejante declaración. Carlisle me
palmeó el hombro y susurró en mi oído:
—Bien hecho, Bella. —y no estuve segura de si lo
había dicho por haber conseguido a la eminencia que estaba sentada ahora en su
sala de estar, o por algo concerniente a su hijo.
—Pues vamos a demostrarle lo que eres capaz de
lograr, Edward. —prometió el doctor Dave.
Volví entonces de mi viaje por los recuerdos. Seguía
estando en su habitación, con el cuaderno de ABA entre mis manos y una lágrima
que se me escapaba por la comisura del ojo izquierdo.
Cuando le había dicho a Edward hace ya un tiempo
atrás que nuestra relación sufriría unos cambios, este me había venido a la
mente pero me negué a prestarle atención porque sabía que sería doloroso. Y porque
ignoraba era cuán cerca estaría el día de dejar de ser necesaria.
—¡Bella, Emmett y yo estábamos viendo Piratas del…! ¿Por qué lloras? —Edward
entró en su cuarto como un bólido sin darse si quiera tiempo para disimular mis
emociones y por supuesto que no podía mentirle. No podía faltarle el respeto
así. Se acercó hasta el escritorio en donde colocaba su amada laptop y se
colocó entre mis piernas. Me miraba preocupado. —¿Qué pasa, Bella? ¿Por qué
estás triste?
Acaricié el borde de su rostro con una mano y con
la otra me limpié el rastro húmedo delator.
—Estoy llorando de alegría y de orgullo.
—¿Por qué? —se le veía muy confundido.
—Porque recordaba cuanto has avanzado desde que
llegué a esta casa. Ya casi no me necesitas.
Sus ojos se abrieron sorprendidos.
—¡Te necesito, Bella! Sabes que te necesito y
mucho. Yo… —se estaba comenzando a alterar más de lo debido. Desde lo de su
bradirritmia no quería que se alterara demasiado acerca de nada. De hecho
trataba de mantener sus sobresaltos solo en materia sexual. Aún así, trataba de
no abusar. —No te vayas…
Tomé su cara entre mis manos y lo miré
intensamente:
—Shhhh, tranquilo. Nadie dijo nada sobre irse.
—acaricié su cabello —Solo te comentaba que ahora ya casi no ameritas una
enfermera por acá, cosa que sabes que es cierta. Estás recibiendo toda la atención
que necesitabas y cada día se nota más la seguridad con que te vas adaptando a
las cosas cotidianas. Sin embargo nunca dije que te dejaría. En caso de que
tomase otro trabajo… —el terror se reflejó en sus ojos —eso no significaría que
no te seguiría viendo. Tenemos una relación más allá de enfermera-paciente ¿Lo
recuerdas?
Asintió.
—¡Pero no estarías más aquí! —lo decía como
si el mayor de sus terrores se estuviese haciendo realidad.
—¿Sabes una cosa, ángel? La mayoría de las parejas
del mundo no trabajan juntos.
—Pero muchas terminan. —nuevamente su lógica me
sorprendía.
—En efecto, pero no siempre es la distancia lo que
se interpone entre ellos, sino cosas más grandes y menos fáciles de tolerar.
Como por ejemplo: La pérdida de los detalles, que se les acabe el amor o el
respeto. En fin, hay demasiadas maneras de dañar una relación sin que un poco
de espacio sea el verdadero culpable.
Rascaba una pelusa invisible en mi pantalón.
—Pero ya estás en tu casa. Tienes tu espacio. ¿Por
qué quieres más? —odiaba hacerle daño de cualquier manera. No lo soportaba,
pero necesitaba que entendiera que ese sería un próximo paso en nuestra
relación y definitivamente; una prueba a superar.
—Oye… —tomé su cara entre mis manos nuevamente. —no
me estoy refiriendo a nosotros. Hablaba en general, pero necesito que
comprendas que cuando llegue el momento; yo deberé dejar este trabajo e ir a
ayudar a otra persona especial como tú. —Una lágrima se deslizó por un costado
de su cara. Lo atraje a mi pecho y lo aferré con fuerza a mi pecho. —No soporto
que llores, ángel. Me parte el alma.
—Tengo miedo. —se atrevió a decirme pegado a mi
cuello.
—Miedo ¿de qué?
—De que me dejes. Que conozcas a una persona y que
también te quiera a ti. Tú has dicho que no sé casi nada del mundo, pero lo que
más necesito de él a ti. —puntualizó.
Oh, mi ángel.
Tan niño y tan hombre a la vez. No perdía el toque a la hora de hacerme nudos
en la garganta.
Lo alejé un poco de mí para poder verlo a los ojos
y medir su reacción a mis palabras.
—Edward, lo que nosotros tenemos… —nos señalé con
la mano. —no es algo que se consiga en todos lados. De hecho se da de uno en un
millón de relaciones, quizá menos. El hecho es que tú eres mi millón y no te
dejaría por que otra persona se mostrara interesada en mí. Estoy comprometida
en esta relación ¿Y tú?
—¡Claro que sí! —casi sonaba ofendido lo que me
causó un poco de risa.
—Bien. Entonces esto será solo una pequeña prueba
para nosotros. Aunque creo que saldremos bien parados de todos modos.
Medio sonrió aunque no dijo nada. Estaba indeciso,
y tan sincero como era no se mostraba de acuerdo cuando estaba reticente a una
idea. Lo conocía demasiado.
—Te amo, ángel. Y no me voy a dar por vencida por
nada. Eres demasiado importante para que mis fuerzas flaqueen.
Apoyó su cabeza sobre mis piernas y se acurrucó a
mis pies.
—Te amo, Bella.
Y esas tres palabras significaban más que nada en
el mundo. Podía no confiar en una situación determinada, pero definitivamente
si lo hacía en mí.
*.*.*.*.*
Carlisle y Esme insistieron en que tanto Alice
como yo cenáramos antes de irnos a casa. Momento que Edward no dejó pasar para
comentar lo que habíamos hablado más temprano. Al principio los señores Cullen
se mostraron sorprendidos con el comentario de su hijo. Luego esperaron a oír
lo que yo tenía que decir. Cuando hablé de que no se trataba de algo
inmediato, Esme se relajó, sin embargo Carlisle se mostró muy pensativo y
silencioso.
—No es una renuncia y mucho menos un preaviso.
Solo le explicaba a Edward que sus necesidades han cambiado. Ahora que está
recibiendo la atención pertinente y adecuada a sus necesidades, necesita más de
aquello que le lleve al máximo de su potencial cognoscitivo. —alegué ante
todos.
—¿Y qué harás después de estar aquí? ¿Volverías a
tu otro trabajo? —inquirió Esme.
Sacudí la cabeza.
—No. Lo más seguro es que trabaje con algún niño
autista. Tenía varias opciones antes de decidirme por Edward. —me dirigió una
sonrisa de chiquillo satisfecho que casi logra que le correspondiera. No podía
durar enojada con él. Y parece que él también lo sabía. Astuto.
Fue hasta entonces cuando Carlisle intervino:
—¿Y quién se encargó de esos pequeños cuando tú
aceptaste este empleo?
—No lo sé. Quizá sigan buscando a alguien.
—contesté de forma llana.
¿Qué era esa determinación en su mirada? Tramaba
algo. Ya conocía bastante de los hombres Cullen para aseverar aquello.
—Lo cual indica que necesitan atención, no solo
uno sino varios de ellos. Tengo entendido que cada uno de ocho niños desarrolla
autismo.
—Así es…—respondí recelosa.
—Pues crea una fundación, Isabella.
—Bella, papá. —le corrigió Edward.
—Bueno, Bella. ¿Qué dices? —el patriarca rubio y
guapísimo tenía toda su atención sobre mí en ese momento.
Parpadeé
anonadada pero mi cerebro procesó rápido una respuesta.
—Una fundación demanda mucho dinero, señor Cullen.
Dinero que yo no tengo. Ni siquiera para empezarla.
—¿Y si mi bufete es tu principal beneficiario?
Luego podrías conseguir varios más. Eres una mujer astuta.
Así que hacia esto me quería llevar. Si aceptaba
seguiría con los Cullen de la mano en mi vida profesional y en la personal. No
me extrañaba que Carlisle fuese abogado, era un viejo zorro sagaz.
—¿Te atreverías, Bella? Hace un mes que la idea me
viene rondando la cabeza. Tú puedes conseguir al personal que
se requiere para desarrollar ese proyecto. No digo que sea algo
macro, solo que atendamos a varios de esos jóvenes que no pueden costearse una
enfermera personal o que sus padres y familiares no saben cómo tratar.
—Y a ellos también los podríamos enseñar a cómo
lidiar con ese desafío de tener hijos autistas. —comenté al empezar a
imaginarme lo que se podría llegar a hacer con un proyecto así.
—¡Exacto! —respondió él comenzando a parecer
entusiasmado.
Ambos estábamos tan emocionados y concentrados
entre nuestras ideas que solo cuando Edward tosió porque un poco de zumo de
piña se le fue por un camino equivocado, nos dimos cuenta que el resto de
comensales nos veían sorprendidos. Pasado el “ataque de tos” Carlisle volvió a
mirarme con seriedad.
—¿Lo haremos?
Asentí más que feliz. Esto era mejor que cualquier
trabajo que hubiese podido imaginarme. Sería arduo porque trabajaría con varios
pacientes a la vez, pero conseguiría un buen grupo de trabajo. Carlisle me
estaba confiando algo demasiado grande; aparte de a su propio hijo, cosa que no
tenía parangón. Y yo le demostraría que estaba a la altura de sus expectativas.
—Lo haremos. —acepté.
Desde que había llegado a esa casa mi vida era una
constante toma de desafíos, pero hasta aquel momento no me arrepentía de
ninguno de ellos. Puede que aquella fundación representase para Edward y para
mí más que un lugar de trabajo o de terapia según fuese el caso.
Y yo no sabía cuán cierto iba a ser aquello. En lo
bueno, y en lo malo.
*.*.*.*.*
—¡Estás demente, Mary Alice! —dije en un grito
ahogado. —Qué Esme y tú decidieron hacer…¡¿Qué?!
La muy descarada sonrió y me adentró en una sala
completamente vacía y pintada a la perfección.
—Quisimos darte una sorpresa entre ambas. Ya sabes,
por cómo te has comportado con ambas. Tú dijiste que no te gustaban esos
muebles viejos y horribles y la señora Esme vio la oportunidad perfecta de
devolverte algo a cambio.
—Pero no a estas magnitudes! —susurré aun abrumada
por la situación.
Alice se encogió de hombros y nos dirigió hasta
nuestras alcobas que estaban perfectas y limpias. Con solo nuestros colchones
en el suelo, puesto que el equipo que contrató la matriarca Cullen se había
deshecho de todo el mobiliario de la casa para reemplazarlo por unos más
modernos que combinaran mejor con el estilo zen que ahora tendría mi casa.
—Ayudar a mejorar a un hijo autista y alojar a una
persona que no es tu familia cuando no tenía donde quedarse, es mucho… —siguió
hablando mientras me dirigía al baño. ¡No teníamos retrete! ¿Dónde se supone
que…? —Así que acepta esto en nombre de las dos. Porque lo hacemos con mucho
cariño para ti.
En el umbral de un cuarto de baño carente de
grifería y hasta de inodoro, entendí que tenía mucho más de lo que alguna vez
había podido llegado a creer que tendría. Sí, no había tenido una familia en el
pasado pero el futuro se mostraba lleno de personas que de alguna manera
extraña se habían aparecido para enseñarme diferentes tipos de lecciones. En
este caso, Alice me enseñaba sobre lo grandioso que podía ser el agradecimiento
y la amistad. Pero a pesar de eso, recordé un detalle demasiado importante como
para pasarlo por debajo de la mesa.
—Alice, no puedo creer que estés gastando tu
salario en esto…
Rompió a reí.
—¡Por supuesto que no gasté un centavo! La señora
Cullen no me lo permitió. Mi contribución en esta misión encubierta fue la de
engañarte. —me guiñó un ojo con complicidad.
—¡Gracias! —la abracé a falta de algo mejor que
decir. —No sé como agradecerles por todo esto!
—Con seguir cuidando a Edward como lo has hecho
hasta ahora, Esme quedará satisfecha. —se señaló al pecho con un aire aniñado.
—Y yo, pues con que no me eches, tengo.
Le sonreí con dulzura.
—Por supuesto que no.
—Esme quería que nos quedásemos en un hotel…
Me encaminé a mi habitación y ni siquiera me giré
a verla cuando dije: —Ni en sueños.
—Sí, eso mismo me figuré que dirías.
A la mañana siguiente desayunamos en el Starbucks
del pueblo antes de seguir hasta la casa de los Cullen. Le agradecí a Esme por
su sorpresa y luego me dirigí a la alcoba de Edward.
Vislumbré sus piernas guindando por el borde de la
silla-hamaca del rincón y me dirigí hacia ella, aunque permanecí detrás de él.
—Hola, ángel. Buenos días.
—Hola, Bella. Buenos días. —de inmediato noté su
desaliento. Rodeé el mueble y me encontré con una mirada ceñuda y ausente.
—¿Qué va mal, Edward?
Negó con la cabeza pero no habló. Eso me preocupó
aun más.
—¿Discutiste con Emmett? –volvió a negar. —¿Con
tus padres? —no de nuevo —¿Alguien te insultó? ¿Leíste algo en internet que te
haya afectado?
Todo fueron respuestas negativas.
—Ángel, me estás preocupando ¿Qué te tiene tan decaído?
—No tengo ganas de conversar, Bella.
Me mordí el labio tratando de lidiar con la
frustración que me producía que él se encerrase en sí mismo de aquella manera.
El resto del día se mantuvo igual y eso no le pasó
desapercibido tanto a su madre como a Alice. Todas hicimos recuento de lo que
había hecho pero ninguna encontramos nada que pudiese haberle causado un
malestar. Sin embargo respetamos su decisión de permanecer en silencio, aunque
si me mantuve al tanto de su estado emocional. Pues si bien dejamos que se
impusiera su independencia, necesitaba monitorear cualquier posible alteración
en el funcionamiento del marcapasos. Pero no la hubo, para tranquilidad de todos,
aunque igualmente fue sumamente frustrante verlo tan taciturno y retraído.
Tres días pasó Edward sumido en su silencio. En un
intento de sacarle de su área de ensimismamiento; entiéndase por esta la
silla-hamaca; decidí dar una vuelta con él por Port Angeles. Estacionamos el
sedán de Esme; que ella me obligó a utilizar; y recorrimos sus calles por las
aceras a pie. Con esto buscaba ganar tiempo para poder sonsacarle a Edward la
razón de su estado de ánimo. Y para lograrlo, hizo falta que pasáramos casualmente
por un lugar: la tienda de ropa para niños.
Mi ángel no pudo evitar detenerse delante de una
vidriera que encerraba a unos pequeños maniquíes que exhibían cinco modelos
distintos de mamelucos en colores variados. Todos en la gama de los tonos
pasteles.
Fue entonces cuando una pequeña sospecha se coló
en mi línea de pensamientos, pero preferí ignorarlo para no
adelantarme a los acontecimientos. Lo tomé de la mano para arrastrarlo
hacia dentro y le obligué a enfrentar lo que lo estaba molestando. Tomamos
varios modelos y noté que su mal genio se fue incrementando poco a poco.
Una muy coqueta y dulce vendedora se acercó hacia
nosotros con una sonrisa de oreja a oreja y un parpadeo insistente cuando
posaba su mirada en mi ángel, aunque me tranquilizaba que él no la tomara en
cuenta. No podía asesinar a cada mujer que notara lo guapo que era Edward. No
era sano. En algún momento cometería un error, y alguien me vería sepultando un
cadáver en el bosque.
Le pregunté por un conjunto de mameluco, gorrito y
manoplas en color verde agua estampada con un tierno gusanito bordado en el
frente. Nos miró a ambos con abierta curiosidad a ambos.
–¿Es para un regalo o están esperando ustedes?
Ese fue el detonador. Edward salió de la tienda y
se recostó a un lado de la puerta. Me excusé con la chica y le entregué las
piezas de nuevo. Era ahora o nunca.
—¿Ya podemos hablar de lo que te pasa, ángel, o
necesito desaparecerme de tu vida durante un tiempo para que medites sobre si
quieres volver a verme?
Sabía que era bajo el recurso que estaba
utilizando, pero se me agotaban las herramientas de acción con él.
Sus ojos de abrieron demostrando terror y tortura.
—¡No, Bella! ¡Por favor no te vayas!.
—Entonces háblame, Edward. —Edward, no ángel. Hablaba
con el carácter que demandaba una pareja cualquiera en una situación tensa.
Sus ojos se enfocaron en la nada y sus palabras
empezaron a fluir porque ya no me enfrentaba a mí, sino a su demonio interno.
—He pensado que…no sé si seré bueno con el bebé de
Rosalie y Emmett. No puedo ser su tío.
¡Bingo!
Sospechaba que era miedo lo que estaba escondiendo, aunque debía admitir que no
sabía por dónde venían los tiros hasta que le vi paralizarse ante la ropa de
bebé.
—No puedes hacer nada contra eso, Edward. Serás su
tío tanto como lo quieras como si no. Los unirá la sangre. —repliqué con
serenidad.
—¡No es que no quiera al niño! ¡No se trata de
eso!
—Entonces ¿De qué?
Escondió el rostro en las manos y aunque el sonido
era amortiguado, aun así pude comprenderle con total claridad.
—Estoy enfermo, Bella… —y aunque estaba esperando
que dijera eso; lo hacía cada vez que se sentí mal consigo mismo; no pude
evitar que un nudo se atascara en mi garganta. Mi pobre ángel vulnerable. —Soy incapaz de poder cuidarlo. Tú eres
la que cuida de mí. Mi sobrino pensará que tiene un tío estúpido.
Me abracé a él y lo dejé gemir hasta que pareció
sosegarse.
—¿Ángel, qué harías si saliera en estado ahora
mismo? —se apartó de mí con brusquedad y quedó pegado a la pared de nuevo
mirándome entre aterrado y confundido. —¿Me dejarías porque llevo a tu hijo y
tú tienes miedo de ello? ¿Te alejarías de mí? —en serio lo estaba llevando a
los límites.
—¡No, por Dios! Yo…no sé… —miraba a los lados como
si la respuesta pudiese llegarle de alguno de los transeúntes que se nos
quedaban viendo al pasar. Tomé su cara entre mis manos y lo obligué a mirarme.
—Si tuvieras un hijo y resultara autista ¿Te
gustaría que alguien se refiriera a él como estúpido?
—negó —Pues imagina cuánto me entristece que te refieras a ti mismo de esa
manera. Es como si menospreciaras los esfuerzos que he hecho para ayudarte
durante todo este tiempo.
—¡No te quería insultar, Bella! Te lo juro.
—Shhhh, no te exaltes, recuerda que llevas un
marcapasos. Edward, escucha con atención esto que te voy a decir: No eres y
nunca has sido estúpido. El autismo no te hace menos capaz de ser protector con
una familiar, recuerda la historia de El
Cazo de Lorenzo. Puedes hacer lo que te propongas, aunque deberás trabajar
un poco más que los demás. —acaricié la mejilla de él ahora con comprensión en
la mirada. —Eres lo más valioso que alguna vez me han puesto en las manos.
Acurrucó su cabeza en mi mano y cerró los ojos
torturados.
—¿Era eso? ¿Es eso lo que te tiene tan mal? –él
asintió. —Ángel, aprende a confiar en mí. Necesito que te comuniques conmigo,
así es como funcionan las parejas. No puedo ir siempre llevándote al límite
para que me admitas tus miedos y dudas.
Tomé su mano y nos encaminé hacia un viejo café
que me gustaba bastante, mientras que aprovechaba para contarle acerca de una
de las personas que más admiraba.
—Temple
Grandin era una científica, ángel. Y al igual que tú, padece de autismo.
—escuchaba atento a lo que le decía —Ella pasó muchas dificultades durante su
adolescencia porque los chicos de su escuela no comprendían su condición y se
burlaban constantemente. A raíz de eso, Temple presentó mala conducta durante
su período académico e incluso fue expulsada de su escuela. Tenía un problema que
le causaba mucha ansiedad y no exteriorizaba: era incapaz de soportar el
contacto humano pero algo dentro de ella lo anhelaba a la misma vez. Imagina
tener una necesidad desesperada y a la vez no ser capaz de tolerar lo que la
aliviaría.
—Yo me sentía desesperado cuando no podía hablar.
Cuando mamá lloraba delante de mí y yo no era capaz de hacerle sentir como me
afectaba. —pero definitivamente estaba en sus ojos la pena cuando hablaba de
esos momentos. Recordé el primer día que lo vi en aquel prado, incapaz de
pronunciar una palabra o demostrar una emoción más allá de un gemido.
Asentí comprensiva y continué mientras seguíamos
caminando en vía al café.
—Cuando conoció el sistema que se le aplicaba al
ganado vacuno para lidiar con sus brotes de pánico, ella decidió construir lo
mismo para ella. Así que el chuto de retención de los vacunos se convirtió en
una especie de máquina de abrazos para ella. De hecho, cuando estaba bajo mucho
estrés se metía dentro del chuto y se presionaba lo suficiente hasta que el
sentimiento de pánico disminuía. Como típica autista, se obsesionó en el diseño
de una máquina que permitiera un trato más humano para con los animales y así
fue como se nació el “sistema de inmovilización central” que fue ampliamente
usado en la ganadería. Más adelante se convirtió en conferencista ¡Y hasta
escribió un libro!.
—Y ella estaba enferma como yo. —no era una
pregunta.
—Enferma no, ángel. Ella padece de autismo, sin
embargo eso no la ha detenido para lograr lo que ha querido, solo se lo ha
puesto un poco más difícil. Aunque Temple es grandiosa, hay algo que no puede
hacer que tu sí. —su mirada se mostró expectante. —No puede tocar el piano y
hacer que se paralice una casa entera solo para escucharle. Un talento que tú
desarrollaste prácticamente de oído.
Sonrió tímido y continué.
—Ella dijo una vez algo que me marcó
profundamente: “La naturaleza es cruel,
pero nosotros no tenemos que formar parte de eso”. Me marcó porque era algo
que no solo se aplicaba a lo que ella había ideado, sino a muchos ámbitos. Por
ejemplo: la naturaleza fue cruel cuando hizo que personas tan especiales como
tú tuviesen que esforzarse el doble o hasta más para lograr lo que se tracen. Sin
embargo ustedes los autistas se destacan por tener algún talento oculto a la
espera de que alguien se los ayude a desarrollar.
Tenía a un hombre magnífico caminando de mi mano,
y aunque mi relato le había parecido sumamente interesante, sabía que me
costaría un poco más conseguir que volviese a su estado de ánimo habitual.
Y recordando mis propias palabras fue cuando la
idea entró en mi cabeza: La música era la mejor manera de expresión de Edward.
Pues esta vez sería también su refugio. Era mi última herramienta disponible y
por Dios santo que la iba a utilizar a mi favor.
*.*.*.*.*
¡Hola, mis chicas! Otra actualización más.
Y créanme que me costó bastante. ¡Hasta prendida en fiebre estoy! Pero bueno…basta
de cosas negativas. Lo importante es que la historia sigue avanzando más y más.
Me encantará leer lo que piensan sobre
ciertos cambios que le introduje a este capítulo específicamente.
Un mega beso. Y nos seguimos leyendo.
Marie C. Mateo
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