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miércoles, 26 de octubre de 2011

Corazón de Cristal - Décimo Capítulo:





"CASTILLO DE NAIPES"



Recién había llegado a casa, tuve que ir a comprar nuevos compactos para la musicoterapia de Edward, él adoraba escuchar música, lo hacía sumamente feliz. Además, esta terapia ayudaba a desenvolver y desarrollar su comunicación e interacción con los demás. Subí a zancadas a su habitación para enseñarle la nueva música que le había traído cuando me quede perpleja en la puerta de su cuarto, lo único que pasaba por mi cabeza era el gran rasguño que tenía en su brazo, corrí tan rápido como pude, mi pobre ángel estaba sentado en el piso con un seño fruncido y un brazo rasguñado.
-¿Ángel que te ocurrió?- grite histérica tirando a un lado los nuevos compactos de música mientras él seguía mirando con el seño fruncido su herida.
-¡Me caí!-me dijo, mientras se limitaba a mirar con enojo la pequeña butaca que había causado tanto alarme.
-Dios mío, ángel. ¿Te golpeaste en algún otro lado? Por favor dime. – yo estaba desesperada pero al ver que a Edward parecía no dolerle fui calmándome. Su expresión denotaba todo lo contrario, le causaba molestia. Estaba sumamente indignado por haberse tropezado con la pequeña butaca de madera y recargaba todo su enojo echándole la culpa a la misma. Ese momento me causo tanta ternura que no pude evitar echarlo a mis brazos y darle un fuerte abrazo, quería comérmelo a besos, solo él podría enojarse con una butaca y odiarla al mismo tiempo.
-Ángel no te preocupes, enseguida la voy a tirar a la basura. No la veras nunca más. – Él subió su mirada y me dedico una pequeña sonrisa en son de aprobación. Luego solo me dedique a levantarlo del suelo y dejarlo sobre la cama mientras iba a buscar con que curar su brazo.

*******

-Vale. Vale...tú ganas. Será la azul entonces. – suspiré dándome por vencida.
Edward estaba a sus anchas en la McCrorie Home Furnishings*. Sus padres y yo habíamos acordado una visita a la mueblería después de que le comentara que quería mejorar las condiciones de la habitación en pro del bienestar de su hijo, el incidente con la butaca pudo haber sido mucho peor de haber tropezado con otro objeto o incluso con el simple hecho de caer sobre otra cosa y hacerse más daño.
Entre Esme y yo nos habíamos encargado de revisar minuciosamente su cuarto en busca de objetos que pudiesen representar un peligro en potencia para él en caso de que se tropezara o de que sufriera una crisis nerviosa. El último no era un posible escenario bonito, pero sí uno muy real y cuando se tiene a una persona en las condiciones de Edward, no se debe pensar con simples No–creo-que-a–él–le–ocurra; simplemente se procede con un En–caso–de–que–ocurra–esto; y se hace lo que es pertinente. Punto final.
Pero ninguna estuvo sumida en la miseria considerando aquella opción, por el contrario tanto la señora Cullen como yo nos tomamos la labor como algo de lo más entretenido. ¿Y todo gracias a quién? A nada más y nada menos que un Edward Cullen sumamente curioso que nos persiguió por toda la habitación preguntándonos de tanto en tanto sobre las cosas que sacábamos.
¿Por qué se llevan los lápices?
¿Por qué sacan ese florero?
¿Por qué..?
¿Por qué…?
¿Por qué…..?
Parecía uno de esos niños en la etapa de ¿Por qué el cielo es azul? ¿Y por qué si? ¿Y por qué eso no se puede quedar? ¿Y por qué no? De seguro que su madre disfrutaba en grande de una época que no fue capaz de gozar antes, mientras que yo veía a un hombre considerablemente recuperado. A un ángel saliendo a la superficie de su realidad. Y quería a ambos para mí.
Eso sin mencionar que se puso en una actitud sobreprotectora con su equipo de sonido y sus compactos de música. Con el ceño fruncido se paró en frente del estante negro de madera que lo contenía y nos miraba fijamente; a pesar de jurarle que no lo quitaríamos de allí, no se apartó.  En resumidas cuentas, fue una tarde de risas por parte de algunas y de cejas levantadas por parte de otros, y eso sí que era digno de recordar una y otra vez en un futuro cercano.
A la mañana siguiente, nos encontrábamos en la tienda de Port Angeles: Edward, Carlisle, Esme y yo buscando cosas nuevas y aptas para él. La idea de ir de compras había sido de su padre, quién abrió un hueco en su muy atareada agenda como dueño del bufete más prestigioso de Forks y sus alrededores; para poder darle a su hijo lo que ameritaba. Para satisfacción mía, había llegado a escucharle decir a su esposa que “no quería seguir eludiendo sus responsabilidades como cabeza de la casa”. Y zas! Aquí estábamos los cuatro, disfrutando de un día diferente con un Edward sumamente testarudo.
-No puedo creer que nos hayas hecho caminar toda la tienda, cielo. – comentó una extenuada Esme Cullen mientras se dejaba caer en uno de los sillones que el local tenía destinado para eso, su sonrisa era demasiado radiante para ignorarla. Se habían dado cambios significativos en la casa y lo demostraban los ánimos de todos los que allí vivíamos…bueno. Casi todos. Ya que de esa ecuación, Emmett seguía siendo el factor discordante; pero no es momento de hablar de él…
-Lo que no puedo creer es que se haya empecinado con esa hamaca que fue lo primero que vio al entrar. – respondió Carlisle.
-Eso tiene mucho sentido, señor Cullen. A los niños autistas les gusta sentirse protegidos. Y los muebles que se envuelven en torno a ellos les suelen dar una sensación de seguridad. – clavé mi mirada en Edward que seguía sentado en la hamaca azul medianoche y se mecía con las puntas de sus zapatillas deportivas. La mitad de su cuerpo superior estaba cómodamente recostado en la tela acolchada. El objeto en cuestión parecía una gran gota de pintura azul a punto de caer al suelo.
Me acerqué al joven de veinticuatro años en tamaño e inocencia de niño de siete años. Recargué un poco el lado izquierdo de mi cuerpo en el borde de la Silla – Hamaca, captando su atención.
-Entonces, Edward Anthony ¿Te llevamos esto? – acaricié con mi mano la áspera tela.
Asintió.
-Te llevamos esto. 
-No. – dije, acerqué mi mano a su pecho y lo toqué con las puntas de mis dedos. – “Te llevamos”, hablo de ti.
Me miró por un instante armando la oración en su mente. Aún teníamos problemas a la hora de que él se expresara, pero me mantenía al pendiente de estos.
-¿Lleva-mos? – dijo titubeante.
-Sí, así está mucho mejor. Recuerda…”Tú”...- toqué su pecho de nuevo y llevé su mano al mío…- “Yo”.
Asintió de nuevo y se puso en pie, sacándome unos cuantos centímetros de altura. Me sonrió desarmándome como solo él podía hacerlo.
-Me equivoqué. – dijo.
Lo tomé de la mano para llevarlo hacia sus padres que estaban a unos pocos pasos detrás de mí.
-Tómalo con calma, ángel.
-¿Y bien? – Expresó Carlisle cuando lo tuvo en frente - ¿Qué vas a querer, hijo?
Edward giró su cara y señaló la hamaca de nuevo con un asentimiento. Los tres tuvimos que contener la risa ante su gesto. Su padre insistió, pero esta vez con cara de No–otra–vez.
-Si, ya sabemos que quieres “eso”. Nos los has dejado bastante claro desde que llegamos. - Tras unos segundo Edward se echó a reír y nosotros con él. – Creo que será mejor si tú eliges lo que él necesita, Isabella.
-Sí, señor.
Después de decirle a la encarga la cantidad de almohadones que ameritaba, discutimos sobre cómo sería entregada la mercancía.
-No se preocupe, señor Cullen. Su pedido será entregado debidamente en su casa e incluso si lo desea el personal puede instalarle la silla en donde lo especifique.
-Fabuloso. Estaba por preguntarle acerca de eso ahora mismo. – entonces se enrumbaron hacia la caja registradora mientras Carlisle se sacaba la chequera del bolsillo interno de su abrigo. Cuando llegaron a la caja registradora noté como los movimientos de la dependienta se transformaban en insinuaciones poco disimuladas. Las risitas…los batidos de cabello…
Miré a la señora Esme quién vio el espectáculo de la chica y se puso rígida a mi lado, sin embargo, con toda esa clase que la caracterizaba se mantuvo incólume. Reacomodó su cabello con brusquedad.
-¿Quiere que me acerque? – le susurré a su lado. Edward nos miraba sin comprender nada.
Negó con la cabeza.
-Eso le daría poder a ella, y eso es algo que no pienso concederle. ¡Qué descarda es!
-Pero su esposo no se ve interesado…
-¿Qué es lo que crees que me mantiene en este sitio?
Un momento de bizarra diversión se me dibujó en el rostro.
-No sabía que podía ser tan impulsiva, señora Esme.
Ella me dedicó una carcajada seca.
-Llevamos mucho tiempo juntos, Bella; pero no he dejado de desear a mi esposo…- entonces sus hermosas mejillas se colorearon de un juvenil rosa y su mirada pareció retroceder en el tiempo unos cuantos años. –…talves las cosas no serán como antes, pero…
-Pero usted lo sigue amando ¿no es cierto?
Asintió cuál jovencita que es atrapada por sus padres a punto de escabullirse de casa.
-Yo creo que a ustedes lo que les falta es reavivar esa llama.  – continué. – Salir en una cita.
-¿Qué es una cita? – preguntó Edward, quizás harto de estar mirando de hito en hito a su madre y a mí.
Mi garganta se cerró al momento pero Esme tomó la delantera sin problema alguno. Era misterioso como Edward lograba dejarme sin coordinación con una simple pregunta inocente.
Acarició su cara con la ternura que solo una madre puede tener y le explicó como si se tratase de un pequeño.
-Es cuando unas personas salen a disfrutar en pareja.
Él nos miró dubitativo a ambas.
-¿Cuándo tendremos una cita? – preguntó hacia mí como si nada, y como de costumbre mis mejillas se llenaron de un carmesí intenso.
Miré a su madre y cuando noté que ella se reía expectante, dije lo primero que me salió:
-Yo…yo…El… ¿domingo? – dije mirando hacia Esme en busca de aceptación. Ella asintió y se giró a vigilar la situación con la cajera “demasiado amable”.
Al menos entonces ya éramos dos las abrumadas.

*****
Estábamos en medio del jardín sumergidos entre la alta hierba y las florecillas. Edward garabateaba trazos en un blog para dibujos con carboncillo, y yo lo miraba atenta a sus reacciones. Me miraba a mí, luego al paisaje y finalmente a la hoja toda rayada. Y así alternaba su atención desde hacía más o menos una hora.
No podía negar que el extremo del patio en donde nos encontrábamos; que era el sitio favorito de él; tenía una imagen casi surrealista. Ya que la señora Esme, quien se encargaba personalmente de la jardinería de la casa; había optado por dejar que la grama y las florecillas crecieran en gran dimensión, de modo que ahora nos llegaban hasta un poco más arriba de los codos, mientras permanecíamos sentados en el suelo. El lugar infundía una sutil sensación de abrigo, ahora podía comprender él porqué de que le gustara tanto estar allí.
Aunque ese día no era precisamente idóneo para una larga estancia. Una llovizna continua nos iba mojando el cabello de a poco en poco.
-Edward, ¿no crees que es hora de entrar?
-No. – meneó su cabeza.
-Te puedes enfermar…- le dije utilizando un tono de advertencia.
-No.
Suspiré y miré al cielo, y justo en ese momento la lluvia comenzó a arreciar. Lo miré y le vi con el ceño fruncido mientras miraba el papel mojado y el carboncillo corriendo por el flujo del agua. No pude evitar el romper a carcajadas.
-Te dije que entráramos pero no me hiciste caso.
Me miró molesto, extendió su mano con el carboncillo hacia mí…
-No pinta.
-Claro que no, ángel. El papel se mojo. Eso ya no sirve. Tenemos que desecharlo.
Resopló molesto, para tranquilizarlo me incliné hacia él y acaricié su cabello castaño dorado que ahora se veía oscurecido por haberse mojado. Inclinó su cabeza hacia mi mano y cerró los ojos. Entreabrió los labios para respirar y por un momento sentí el febril deseo de atrapar las gotas que se deslizaban de su boca.
Y eso. Hice.
Cerré el espacio que había entre nosotros, él no se lo esperaba por lo que al principio se sobresaltó un poco, pero luego él mismo; para satisfacción mía; buscó el contacto. Nuestros labios se acoplaron acariciándose con dulzura. Sus manos se movían torpes por varios lugares, pero ahora lo importante era que tenía su sabor en mi boca. Sabía que corríamos el peligro de ser vistos, pero parecía que la lluvia se había llevado mi cordura infundiéndome temeridad. Mi lengua se aventuró a tantear a la suya, quería hacerla reaccionar y maldita fuera si no lo logré.El beso se volvió más y más profundo, al punto en que no sabías en donde comenzaba una o en donde terminaba la otra.
De ponto fui consciente de que una de sus manos se deslizaba hacia la parte de arriba de mi muslo, mi respiración se comenzó a volver errática.
Y subía…subía…
Mi mente gritaba ¡Detenlo! ¡Detenlo pronto! Pero mi cuerpo se negaba a reaccionar y parecía que quería experimentar hasta donde era capaz de llegar. Sentía que el calor de mi cuerpo se mezclaba con el frío de la lluvia y juntos hacían que mi fiebre interna se disparara. Sus labios en los míos, sus manos en mi cuerpo y mis hormonas gritando cosas que eran sumamente inadecuadas. Como una pagana, debía admitir que la evidencia de mi excitación se comenzaba a filtrar en mi ropa interior.
Tan mundana por desearlo con fervor…
Tan débil por querer perder el control con él…
Tan enamorada como para desear convertirme en su mujer…
Mi cuerpo lo aclamaba, lo pedía a gritos, y en mi mente comenzaron a dibujarse mis sueños y deseos más profundos, desde hacía mucho deseaba con el alma convertirme en su mujer. Deseaba trazar cada parte de su dorso. Deseaba probar cada recoveco de su cuerpo. Deseaba que fuese mío y solo mío. Tanto, como deseaba que el recorriera mi cuerpo con la suavidad de su toque celestial y me hiciera suya una y otra vez. Yo me había sumido en un anhelado sueño y eso comenzaba a causar efectos irreversibles en mi cuerpo, pero solo basto un pequeño toque…
La punta de su dedo medio rozó furtivamente mi entrepierna y fue entonces cuando me separé de golpe en un sonoro jadeo. Lamenté sobresaltarlo pero la conciencia me llegó de manera violenta.
-Lo siento. – le dije entrecortada. Y agradecí al cielo regresarme a la realidad. De no ser así no podía imaginar a que punto hubiesen llegado las cosas.
-Te…hice daño. – negué con la cabeza pero él lo malinterpretó. Asintió testarudo. – Sí. Si. Te hice daño.
Tomé su rostro entre mis manos y apreté nuestros labios brevemente separándome rápido.
-Escúchame bien, Edward Cullen. Tú no me hiciste daño.
-¿Entonces por qué...?
-Shhh. No pasó nada. Dije abrazándolo y permaneciendo así bajo la lluvia.
No me había dado cuenta de cuánto había avanzado el mal tiempo hasta ese momento cuando sentí que el agua nos golpeaba con furia y parecía indicarnos que habíamos llevado las cosas demasiado lejos.
Y para mi propio pesar, yo estaba internamente de acuerdo con ella.

******
Edward y yo tuvimos que depender de Alice para que nos alcanzara con toallas en la puerta trasera que llevaba al patio.
Mientras que yo tomaba mi baño, Esme se encargaba de su hijo. Tomé la decisión de no hacerlo yo puesto que todos conocían de mis sentimientos por él y no quería levantar ningún tipo de recelos entre nadie. La bruja del cuento ya se había ido y no tenía ganas de que algún otro se convirtiera en villano por mi causa.
Cuando salí de la habitación me dirigí a la de Edward directamente y Esme iba saliendo justo en ese momento.
-Te iba a buscar.
-Aquí estoy. Lamento haber tardado pero el agua tibia no me quería dejar salir del baño. Me tenía de rehén. – ella sonrió gentilmente.
-Es lo que pasa cuando se juega bajo la lluvia en Forks. – asentí sin decir más nada esperando a que continuase. – Alice hizo chocolate caliente con leche. – señaló hacia su espalda. – Ya le avisé a Edward, pero está terminando de amarrarse los zapatos, sabes que todavía le cuesta un poco.
-Lo sé y no se preocupe, bajo con él apenas se termine de arreglar.
Ella asintió y pasó por mi lado en dirección a la cocina; ahora que lo mencionaba; el delicioso olor del chocolate iba invadiendo sutilmente los rincones de la casa, y por el tenue olor a canela podía deducir que le había quedado exquisito.
Cuando entré a la habitación, él terminaba de amarrar sus trenzas pero su cabello seguía hecho un nido de pájaros por haberlo secado con la toalla. Me sonrió cuando se percató de mi presencia.
-Ya me las amarré. – dijo asintiendo hacia sus zapatillas deportivas Adidas*.
-Puedo verlo, ángel. – cerré la puerta tras de mí y me acerqué a él. – Pareces un erizo con esos cabellos así…- enfaticé mientras tocaba las puntas húmedas. – La diferencia es que tus púas no son peligrosas.
La confusión cruzó por sus facciones…
-Erizo…
-Es el animal que vimos el otro día en Discovery Channel ¿lo recuerdas? Era una pequeña bolita negra con muchas espinas.
-Ahhhh. El que no tenía ojos.
-Sí. Ese mismo. – una sonrisa se me escapó.
De pronto se dirigió a su cómoda, tomó un cepillo de cerdas duras y comenzó a tironearse el cabello. El pobre pelo crujía demasiado con cada rústico movimiento; lo detuve antes de que se quedara calvo por secciones.
-Recuerda, como te enseñé…- tomé el peine en mi mano y comencé a peinarlo con suavidad. De a poco los nudos iban descendiendo a las puntas hasta que se separaban. - ¿Ves la diferencia?
Él asintió.
-Ves la diferencia. – respondió mientras veía mi reflejo en el espejo.
Cesé con el cepillado y le toqué el pecho con mi mano, al igual que apreté una suya. Volvíamos a los problemas del lenguaje.
-Veo, Edward. Yo...tú…- dije mientras utilizaba cada mano. – Tú y yo. Y cuando te pregunto si “ves” cualquier cosa, debes responderme diciendo “veo” o “no veo”. Pero no me dices “ves”; pues eso se lo preguntas a la persona que esté contigo. Por ejemplo: ¿Quieres chocolate?
Me miró un segundo antes de responder.
-Sí. Quiero chocolate.
-¡Muy bien, ángel! – y apreté fuertemente su mano. – Ahora bajemos a la cocina o ese chocolate será cualquier cosa menos caliente.
-¿Por qué? – me preguntó con curiosidad mientras nos encaminábamos.
-Porque poco a poco se le va bajando la temperatura hasta que se vuelve frío.
-¿Por qué se vuelve frío?
Y con una serie más de “¿por qué?” que responder, me dirigí con Edward hasta la muy aromática cocina.

*****
Dos tazas de chocolate después de mi parte y tres de Edward; aún seguíamos en la cocina charlando con Alice y Esme. La primera había resultado ser una joven excepcional, con pocos recursos y que trabajaba arduamente para conseguir dinero y así culminar su carrera de educación, detalle que nos conmovió tanto a la señora Cullen como a mí. La pobre nos contaba sobre las penurias que pasaba en donde tenía alquilada una habitación.  
-Siento tanto que hayas tenido que parar tus estudios por falta de dinero, Alice. – le dijo la señora Esme. - ¿Por qué nunca solicitaste una beca?
-Si, lo hice. – dijo la pobre. – Pero no me la otorgaron; así que no pude seguir costeándome los estudios con lo poco que había logrado ahorrar. Pero sé que de poco en poco voy a terminar mi carrera.
De golpe y porrazo se me ocurrió una idea peregrina.
-No es que sea la “solución del año”…- entrecomillé la oración con los dedos – pero tengo una casa que ya no uso tanto. Y allí tengo una habitación que no se usa casi nunca. Tengo como un mes que no voy allí pues he estado bastante ocupada aquí, pero si quieres vamos juntas el fin de semana.
-¿Y en cuanto me lo alquilarás? – preguntó algo aturdida.
-Pues mientras que mantengas la casa en buenas condiciones, me doy por pagada. La casa tiene un valor sentimental para mí por lo cual no quiero que se deteriore.
Las dos me veían como si de repente me estuviesen saliendo pintitas amarillas en el cuerpo o volviéndome azul como un jodido pitufo.
-Eso es muy…noble de tu parte, Isabella. – dijo Alice después de sacudir la cabeza. Seguía como aturdida pero en sus ojos había gratitud – Te pagaré. Te prometo que en cuanto tenga suficiente dinero…
-Continuarás tus estudios y saldrás adelante. Punto y final.
Esme me miró con admiración silente y luego vio a Alice.
-Nosotros te daremos el dinero que necesites para pagar tus estudios. Y poco a poco nos lo irás reintegrando…
-Yo no puedo aceptar eso…
La mano de la señora Esme se posó sobre la de ella.
-Aprovecha esta oportunidad. Ve esto como un crédito que poco a poco nos pagarás. – me dedicó una mirada seria. – Pero deberás retomar tus estudios lo más pronto posible.
-¿Y su casa…? – dijo ella renuente.
-Podrás trabajar medio tiempo aquí de acuerdo a tu conveniencia. Y si resulta muy pesado, pues conseguimos otras manos que te ayuden. – concluyó con la determinación de una experta.
Todas estábamos tan inmersas en la conversación que cuando Edward se hizo notar fue casi una sorpresa.
-Awww. – dijo él pesaroso. – Se acabaron las galletas.
Y de pronto todas prorrumpimos en escandalosas risotadas, ignorando el piso lleno de migajas de galletitas de canela.
-¿A qué se debe este escándalo? – dijo un risueño Carlisle.
La señora Esme le dedicó una tierna sonrisa antes de contestarle.
-Porque es muy probable que a tu hijo le dé dolor de estómago dentro de una horas. Se acaba de comer más de quince galletitas él solo y prácticamente de un tirón.
El señor Cullen fingió reñirlo.
-¡Te has pasado de la raya, Edward Anthony! ¿ahora yo que como?
Las bromas siguieron llegando mientras él se unía a la conversación. Aprobó sin muchos miramientos lo que su esposa le había planteado a Alice. Pasado un buen rato se dirigió a mí delante de los demás presentes.
-Oye, Bella. Hoy conocí a una chica que es profesora de piano. Le hablé del caso de Edward y a ella le pareció interesante. Me dijo que no tenía ningún problema en enseñarle a tocarlo si tú dabas el visto bueno previamente, claro está. – dijo él mientras tomaba un sorbo del chocolate que Alice había preparado.
Me imaginé a Edward frente al pomposo piano de cola que estaba cerca del salón de estar. Su cara bañada por la blanquecina luz que se filtraba a través de los ventanales panorámicos se veía celestial en mis pensamientos, sus dedos gráciles se movían con fluidez por las teclas para inundar el ambiente con notas armoniosas. Casi lo podía escuchar…
-¿Y bien…? – me dijo el señor Cullen sacándome del vergonzoso ensimismamiento en el que estaba sumergida.
-Claro que sí, señor Carlisle. Si a Edward le gusta no hay ningún impedimento para aprenda a tocar el piano. De hecho hay personas autistas que tienen excelente oído musical. A diferencia de personas como yo…
Entre bromas seguimos pasando la tarde.
Y a Edward nunca le dolió el estómago, aunque siguió comiendo chucherías mientras la conversación seguía.

*****
Edward tocaba el piano y lo observaba como si jamás en sus veinticuatro años lo hubiese visto; pero lo hacía con una delicadeza suprema. Como si se tratase de alguna antigüedad que al más mínimo roce se pudiese romper con un movimiento brusco. Verlo ir y venir con sinuosidad tocando la superficie de un brillante color caoba me parecía la cosa más deliciosa de ver. Y para él no pasó desapercibida.
-¿Por qué mi…me miras así? – se autocorrigió y me sentí complacida de eso.
-Porque te ves precioso justo ahora.
-¿Por qué? – preguntó confundido.
-No lo sé. Quizá porque te quiero…o quizá por nunca te había visto como un posible músico y es te hace ver sexy.
-¿Qué es sexy?
Sonreí ante su inocencia, debería haberme sentido como si quebrara algo santo o casto pero algo más fuerte que yo me impelía a hablar.
-Es cuando una persona es atractiva.- el me miro dubitativo por unos segundos y luego dijo…
-Y cuando alguien es sexy ¿te provoca besarlo como lo haces conmigo?
Ruborizada hasta lo imposible, asentí. Era extraño como podía pasaba a ser la cazadora atrapada de un momento a otro por él. Por su aire de inocencia.
-Sí, ángel. Cuando alguien es sexy te provoca besarlo… - se fue acercando lentamente al banquillo frente al teclado del piano que era donde yo estaba sentada – Abrazarlo…- y cosas que requerían que la gente estuviese sin ropa y en posición horizontal. O no necesariamente pensé para mis adentros removiendo mil sensaciones en mi…
Llegó hasta el sillón y se sentó frente a mí, me acarició con suavidad la cara apartándome unos mechones que me habían caído allí. Cerré los ojos durante un segundo disfrutando de su tacto hasta que el silencio me hizo abrirlos con la necesidad de ubicarme. No sabía si repentinamente había muerto y estaba en el cielo…
-Entonces tú eres sexy también. – y me besó.
Suprimió con delicadeza esa distancia que había entre ambos y nos encontramos entrelazados de la manera que tanto nos gustaba ambos. Respiraba su aliento en mi tibia boca, su lengua estaba tanteando con delicadeza en la mía…
Ding Dong…¡Maldito timbre!
El sonido desde la entrada nos sobresaltó a ambos y nos separamos al instante. Escuchamos en silencio como Alice abría la puerta y saludaba a alguien. La voz sonaba baja y elegante.
Unos pasos se dirigían hacia donde estábamos y cuando la puerta del salón en el que estábamos se abrió irrumpió una rubia estilizada vestida como si hubiesen hecho corta y pega de la sección “9 Piezas claves” de la revista Cosmopolitan. Una simple remera blanca de algodón enfundada en unos pantalones de lino gris que le llegaban hasta la cintura que le daban un aire retro. Un collar de eslabones plateados con cuentas gras de un tamaño mediano adornaban su cuello. Unos stilettos* y un bolso grande que pendían del pliegue de su brazo iban en armonía al ser negros ambos. Y si todo eso no te quitaba el aliento, pues debías esperar a ver su rostro. No había ninguna facción que pudieses decir que estuviese fuera de lugar, sus labios eran bien delineados, su ojos eran grandes y expresivos, sus pómulos y barbilla enmarcaban lo que eran unas líneas preciosas. Eso sin contar la cascada de bucles dorados que pendían de su cabeza. Eran brillantes y platinados, el sueño de cualquier aspirante a modelo.
Sonrió sutilmente y nos dirigió un asentimiento.
-Buenos días, Soy Rosalie Hale. La profesora de piano. – me miró con educación. Tú debes de ser Isabella ¿cierto?
Asentí.
-Un placer, Rosalie.
Dio un par de pasos más hacia nosotros.
Tendió la mano hacia al frente.
-Y tú debes de ser Edward. Encantada de conocerte.
Pero Edward no le contestó, porque un muy inoportuno Emmett interrumpió justo en ese momento.
-Bella, necesito hablar…- la vio durante un instante y se sonrojó ligeramente. – Disculpe, buenos días.
-No se preocupe. – volvió a presentarse de nuevo y luego le indicó lo que haría en la casa de ahora en adelante, tres veces a la semana.
-Pues bienvenida. – dijo sin demasiada atención hacia ella. Luego me dedicó una mirada profunda. – Necesito hablar contigo.
-Tengo que explicarle a la señorita Rosalie…
-Será solo un momento. – me interrumpió. – Les servirá para que se conozcan.
Asentí en dirección a ella.
-Discúlpame, un momento. Por favor.
-No hay problema. - dijo ella.
Cuando salía pude sentir la mirada de Edward clavada en mi espalda.
-¡Bella! – me gritó antes de que cerrara la puerta. - No te vas a ir con él de nuevo ¿verdad?...No me dejarás de nuevo por mi hermano ¿cierto?
Todos nos quedamos congelados en el sitio sin saber que decir o que hacer.
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Glosario de palabras desconocidas:
Addidas: Marca mundial reconocida de ropa, calzado y artefactos deportivos.

McCrorie Home Furnishings: Tienda departamental ubicada en Port Angeles donde venden todo tipo de mueblería y decoraciones para oficinas, casas y demás.


Musicoterapia: La musicoterapia es el uso de la música para mejorar el funcionamiento físico, psicológico, intelectual o social de personas que tienen problemas en su desempeño, como las personas autistas. 

Stilettos: Son zapatos de tacones de aguja alta. 

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            Esta capítulo está dedicado no solo a Marcos que desde que supe de su existencia es una continua fuente de inspiración; sino a Gabriel un pequeño de solo nueve años que todavía no consigue expresarse con palabras pero si a través de sus dibujos. Y para cada personita especial que conozcan ustedes que tenga esta condición. Son el aliciente que necesito para seguir con esta historia y me demuestran que los Ángeles si existen y los tenemos más cerca de lo que pensamos.

            Aprovecho para informarles sobre mi cambio de correo electrónico. De ahora en adelante si quieren comunicarse conmigo pueden hacerlo por el siguiente mail: mariekmatthew@hotmail.com

9 comentarios:

  1. Este capítulo estuvo buenísimo. Los anteriores tambien estuvieron geniales, pero era Bella quien llevaba la batuta de las acciones; pero en este capítulo es Edward quien va marcando el ritmo, es encantador que ponga en Jaque a Bella y ver a Edward ir progresando tan positivamente y con tanta inocencia que es encantador.

    De verdad que disfruto muchísimo de tu historia cada ves mas, me encuentro totalmente extasiada.

    El equilibrio y el respeto que percibo en tu historia es admirable.

    Gracias por regalarnos tu arte.

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  2. OMG nena eres genial me encanta la forma como vas expresando las reacciones de Edward y como va mejorando me fascina.....Sigue asi nena lo haces fantastico.....Besos y abrazos....

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  3. Hola me encanto el capi sobre todo el avance de edward ver como a mejorado la relacion con carlisle y por supuesto que acepten la relacion que tiene con bella lo unico que me deja intranquila es de que quiere hablar emmett con bella espero que no se ponga pesado con ella que los deje ser felices en espera del siguiente capi
    saludos y abrazos desde México

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  4. Yo ame esto...
    -¡Bella! – me gritó antes de que cerrara la puerta. - No te vas a ir con él de nuevo ¿verdad?...No me dejarás de nuevo por mi hermano ¿cierto?

    mierdaaaaaaaaaa lo quería como ir a abrazar y comérmelo a besos...dios mio!! si yo fuese bella a mínimo mato a emmett y secuestro a edward *_* <3 ..fuckkk lo ame...lo sabes ami? no tengo q repetírtelo mil veces sabes que ame este capítulo
    y lo que ocurrió en el jardín??? OMGGGGGGGGGGGGGGG

    *_* en ese momento necesitaba agua friaaa! quería a mínimo hacer el lemmon de una vez por todas T_T pero edward aun no esta preparado para eso o si?? *_* ya espero el próximo con ansias y sin uñas ¬¬

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  5. salte de la felicidad cuando vi mi mail con la actualización!! y mi corazon dio latidos de alegria cuando vi la superacion en Edward, así atreviendose a hablar, darle besos... y se me partio cuando le pidio que no lo abandonara :C todavia tengo la desesperacion de el en mi! pero estubo BUE-NI-SI-MO!! y esa parte en el jardín promete! si yo fuera Bella, no habría tenido ese control, bueno adiós, espero el otro. besitos, chao

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  6. Te felicito por la delicadeza con la que escribes esta historia y de la cual estoy enganchada desde el principio y siempre deseando que actualices. Muchas gracias y adelante. Besos.

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  7. Marie... casi me pego un tiro en el medio de la sien por tu broma... pero heme aquí... todos y cada uno de tus capítulos me encantaron... lo que más me gusta es la ternura de este Edward... lo inocente que es... me encantó... sinceramente me has dejado sin palabras... amo tus fics... todos ellos ¿has escuchado? TODOS... los amo, eres una gran escritora y te mereces lo mejor...

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  8. Awwww... que tierno ^_^ me encanta como va evolucionando esta historia!!! Solo espero que ahora que llego Rosalie Emmett ya no moleste tanto a Bella. Uff... me parece que Edward cada vez es menos inocente no?? Bueno eso le va a dar un toque interesante a la historia.

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  9. creeme que me estas ayudando a no pasar una noche desesperada por querer dormir....
    me encana el capitulo

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