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Espero que tu estancia en mi blog sea placentera, Mis Fanfics están protagonizados por personajes de Stephenie Meyer, pero las historias me pertenecen a mí. Advertenciaa: Rated: +M (+18)

Corazón De Cristal

"-Pareces un ángel ¿te lo habían dicho? Quizá lo eres y nosotros no somos capaces de comprenderlo." -Isabella Swan.

Tirano

"Un hombre que no tenía la palabra DEBILIDAD en su vocabulario...y una mujer sencilla y sensible que demostrará que hasta el más insensible y frío es capaz de caer por amor"

Anhelo Desde La Oscuridad

"Serás mía por toda la eternidad..Lo quieras o nó" -Edward Cullen.

Sin Alternativas

"Solo una mirada bastó para dar un vuelco a mi vida." -Rachel Black.

El Primer Amanacer

Te amé más allá de la razón. Te entregué todo: mi niñez, mi cuerpo y alma; incluso mi voluntad. Pero ya no más. No pienso seguir viviendo de tus migajas. Aunque te ame con todas mis fuerza; me voy para siempre.

lunes, 23 de septiembre de 2013

CORAZÓN DE CRISTAL - Capítulo Vigésimo Quinto:


Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Diseño.
 “Obstáculos por superar”

Bella POV:
—¿Por qué tengo que colocarme corbata? —gruñó tironeándose el moño. 
Suspiré cansina y volví a enderezárselo. 
—Porque vas a un lugar que amerita que uses un traje y una corbata, ángel. 
—Pero no me gusta. 
—No siempre podemos hacer lo que nos gusta. Habrá muchas oportunidades en las que el deber está por encima de nuestros deseos. 
Se quedó taciturno por unos instantes. 
—¿En qué piensas? —inquirí curiosa.
—En que no estoy de acuerdo contigo. 
—¿Precisamente en qué, ángel? 
—En que no importa lo que “tenga que hacer”, mi deseo por ti siempre estará por encima. —Nuevamente se había tomado las cosas en sentido literal y en dirección errónea. Sin embargo esta vez me causó un calor agradable en ciertas partes del cuerpo.
Partes que gritaban por ser acariciadas…pero no podían serlo. No ahora. Había una cena a la que Edward tenía que acudir, y esta vez no estaría yo para decirle que hacer.
Se suponía que esto era un desafío para él.
Así como lo era el volver a utilizar esos zapatos que tanto odio hacía ya unos cuantos meses atrás cuando habíamos conocido a Jasper. Tuve que jurarle que le sería más fácil llevarlos si se los colocaba con más frecuencia. Así que desde hacía tres días atrás los estaba “ablandando” para la ocasión. Esa noche en particular se sentía muy cómodo en ellos. Cosa que no pasaba con la mentada corbata. Pero nada es perfecto.
Hablando de cambios…
Dos meses habían pasado desde que salimos con mi amiga Angela y su novio Ben Chenney. Y esa fue la primera de varios encuentros sociales a los que hice que Edward hiciera frente. Precisaba de estas para saber cómo desenvolverse en múltiples situaciones e interacciones con otras personas que no fuésemos sus allegados. Si bien es cierto que no le dejaríamos solo, él necesitaba que le diesen las directrices para poder mejorar en el área de socialización. Sus padres pertenecían un grupo de personas selectas y habían puesto ese ámbito de su vida en pausa debido a la condición de su hijo. O peor aún, solo acudía Carlisle puesto que Esme estaba cuidando de Edward (y de sus antiguas enfermeras) mientras que él solo fortalecía ese sentido de la introspección para con el mundo externo. Lo llenó de inseguridades e incomodidades.
—¿De verdad no irás con nosotros? —preguntó con esa mirada de cachorrillo que me desbarataba.
Terminé de ayudarle a colocarse el saco de su traje sobre sus hombros y le sacudí los hombros de este.
—No, ángel.
—Pero, Bella…
—Edward, —le tomé el rostro entre mis manos para mirarle directo a la cara. —Esta cena es para tu padre y su familia. No es correcto que yo acuda, además recuerda que hemos hablado de esto un sinfín de veces desde hace una semana que él recibió la invitación. Esto contribuirá al desarrollo de tus habilidades sociales.
Comencé mi decenso por las escaleras para irme y él me siguió detrás.
—Pero no me siento a gusto con las personas desconocidas.
—Lo sé. —admití con suficiencia a la vez que me colocaba mi parca gris.
—¿Entonces por qué me envías para allá? —refunfuñó con rabia.
Me giré hacia él después de abrir la puerta de la casa, aunque tuve que cerrarla de inmediato porque Gannicus se quería escapar. Me agaché y lo cogí entre mis brazos y la pequeña bola de pelos revoltosa me daba lametazos para coaccionarme.
Lo miré con falsa seriedad.
—No vas a salir de casa. Está lloviendo y esta última semana te hemos tenido que bañar tres veces de lo asqueroso que te has puesto.
Lo coloqué en el suelo. Él me miró, se rascó la orejita y me ignoró tajantemente. Como diciendo <<Me iré por la puerta trasera y listo. No más drama>>. Su colita se batía a medida que caminaba de forma chistosa hacia la parte posterior de la casa.
Me encogí de hombros y volví a mirar a Edward a los ojos. Él no había desviado su atención en ningún momento. Seguía mirándome como si le estuviese pidiendo algo más allá de sus fuerzas.
—Ángel, tú quieres ser independiente ¿Cierto? —asintió. —Entonces toma esto como parte de ese proceso. Todo ser humano, sea niño o adulto, debe enfrentar diferentes tipos de desafíos. Has superado muchos y este será igual que esos. Lo sé.
Sus ojos gritaban porque cediera, pero no debía hacerlo. Era por su propio bien.
—¿Por qué confías tanto en mí, Bella?
Sonreí y le acaricié la mejilla.
—Porque desde que te conozco siempre quise volverme tu fortaleza. Mi confianza y mi amor es todo lo que puedo darte, ángel. Es todo lo que te he dado.
Me acurruqué en su pecho y le di un beso corto pero tierno antes de irme. Cerré la puerta y a los tres segundos escuché unos ladridos adorables y uñitas rasguñando la madera. Edward miraba por los vidrios que flanqueaban a esta y este me miraba con tanto pesar en su rostro que estuve a punto de declinar en mi decisión, pero me aferré a esa determinación que me decía que estaba haciendo lo correcto y que no siempre estábamos conformes con ello. A corto plazo.
Me monté en mi camioneta vieja y me fui dejando a una figura triste tras de mí. Pero me reconforté pensando que todo era por un bien mayor. Era necesario.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
Sesenta días es un período más que suficiente para que muchos cambios se comenzaran a trabajar, como pequeñas chispas que poco a poco iban creando un fuego más y más grande. Como por ejemplo, la relación de Emmett y Rosalie era mucho menos tirante que al principio. Desconocía lo que ese par había podido hablar o hacer para entenderse mejor. No era como si de un momento para otro se habían vuelto una pareja de enamorados ni nada por el estilo, pero si se podía observar como confraternizaban entre ellos de una manera más natural.
Rosalie trataba de disimular lo más posible su amor por él, pero esas cosas no se pasan desapercibidas. Al menos para nosotras las mujeres. Así que mientras ella seguía impartiendo sus clases de piano con Edward, también aprovechaba para planificar la decoración del cuarto de su bebé en crecimiento. Alice y Esme estaban más que dispuestas a ayudarla, yo permanecía un poco alejada puesto que entre nosotras había esa energía enrarecidas de chicas que se habían visto envueltas en un triángulo amoroso sin quererlo. No nos llevábamos mal; en lo absoluto, pero tampoco éramos como Al o la señora Cullen. Hablando de esta última, el ser abuela la tenía resplandeciente. No bien había terminado con mi casa y ya se había puesto a hacer bocetos de cuartos repletos de peluches antialérgicos y juguetes hule.
Alice aprobó sus finales y Jasper le regaló un fin de semana en pareja para Hawaii. Ella llegó bronceada y preciosa…él no tanto. Parecía un camarón cocido y estaba insolado ¡Pobre Jazz! Pero se notaba que el viaje había valido la pena, pues ambos se veían más fuerte en su relación. Esto iba para larrrgo.
Hablando de regalos, los Cullen decidieron que Alice merecía una ayuda extra en sus quehaceres, así que solo los ayudaba en la cocina y de la limpieza se encargaba en trío fabuloso que iban cada viernes a limpiar el Santuario Cullen. Al menos así le decían, Jason, Ian y Bryan. El trío del Brillo, así se auto denominaban. Todos eran gay y alegres. Habían hecho buenas migas con todos allí. Incluso con Gannicus o “Pequeño Desastre Endemoniado” según ellos. Con Carlisle, Emmett y Edward eran muy respetuosos y formales, con Alice, Rosalie y yo, eran las amigas arpías con las cuales no parábamos de reír. Aunque prometieron prenderle fuego a mi colección de tennis.
Hablando de Em…
Compartía lo que podía de su tiempo con Charlotte. En mi fuero interno creía que de alguna manera trataba de entender a lo que en un futuro cercano iba a enfrentar. A Jasper no le agradaba demasiado la idea, pero tras la intervención de Alice dejó de mirar a Em como si quisiera robarle algo. Suponía que para Jasper, ver a su hermana embarazada en una situación tan irregular no era fácil dada su naturaleza sobre protectora.
A pesar de eso, un momento memorable fue cuando Charlotte le mostró a un muy viril Emmett, como era que peinaba a sus muñecas.
Yo daba por sentado que si alguna de las admiradoras del heredero Cullen lo hubiesen visto con unas colitas a modo de mata de coco por toda la cabeza, se acabaría con su afamada reputación de playboy. Aunque a Charly le parecía de lo más adorable y se lo hizo saber.
—Charly, me estás tirando del cabello. —que quejaba Em y con cada tirón daba un respingo. —¡Ouch!
—Shhhh, Memet. No seas quejica. Tienes que ser macho.
Él estalló en carcajadas.
—¿Sabes lo que es ser macho, Charly?
—Nop.
—¿Entonces?
—Lo vi en una película. ¡Silencio! —dejó salir su lengüita de lado mientras tiraba del cabello que anteriormente ella había enredado; no sabía si a propósito; con un cepillo con cerdas duras que le prestaba Esme. Sí, la madre de ese pobre hombre se prestaba a las torturas que esa pequeña hada de cuatro años le infligía a su muy fornido hijo.
—¡Listo! —gritó mientras daba saltitos por la mullida alfombra de la sala de estar. Esme, Edward y yo estábamos allí. La primera sentada en el sofá. Edward y yo al piano, él trataba de enseñarme sobre notas y acordes, pero a diferencia de él; yo carecía por completo de un oído musical.
Edward levantó su mirada del precioso instrumento que estaba bajo sus dedos.
—Luces extraño, hermano. —le dijo mi ángel y yo me tragué una risa.
Esto sería un choque de titanes entre Charlotte y Edward. Como cada vez que se veían.
La pequeña indignada se enfrentó a mi ángel desde la distancia, colocó sus manitas en sus caderas; incluso en la que mantenía el cepillo de cabello de Esme; y lo increpó.
—Claro que no. Se ve guapo. Guapo como Lilly.
—Pero Emmett no es una muñeca.
—¡Es como un Ken gigante! —se acercó a su obra de arte y lo tomó de la cara con esas pequeñas manitas pequeñas y lo vio a los ojos con una expresión encantada. —Mi Memet se ve adorable.
Edward resopló dispuesto a dar batalla pero le toqué el brazo y le susurré al oído que ella era una nena. Que le dejara ganar en esta oportunidad y ya luego le tocaría a él. Mi ángel no entendió lo que ella “ganaba”.
Hablando de oportunidades…Carlisle y yo habíamos visto al menos una docena de lugares para la fundación, pero ninguno terminaba de gustarnos a ninguno. O no se adecuaban a lo que la fundación demandaría o simplemente no había química con estos.
Mientras evaluábamos los espacios de un potencial galpón, me comentó:
—¿Sabes, Isabella? —me giré hacia él para prestarle mi completa atención. —He pensado que en una era como esta, donde la informática rige muchos aspectos de nuestra vida, deberíamos darles herramientas a estos jóvenes para que las utilicen a su favor.
—¿Algo así como una herramienta de estimulación? —asintió. —Me parece muy bien. Podríamos buscar…
—Si me permites… —Carlisle hasta interrumpiendo era todo un caballero. —Hablaré con el mismo cliente con el que adquirí los celulares que les di. Sé que con él podremos lograr un buen acuerdo por lo que necesitemos.
Asentí emocionada ante las posibilidades que abrían ante el futuro. No solo para mí profesionalmente, sino para todos los chicos que podríamos ayudar en aquel plan que ya comenzaba a andar.
El señor Cullen era una de aquellas personas que podían sorprenderte con su personalidad ambivalente. Él tenía la capacidad de ser el padre abnegado y amoroso y a los cinco minutos convertirse en un abogado frío como el hielo y resolver entuertos sin tocarse el pecho en busca de cualquier sentimiento. De alguna manera le admiraba esa capacidad de mandar a paseo a quien se lo merecía sin remordimientos; cualidad básica para ser un abogado exitoso.
Eso sí, cuando se trataba sobre quién llevaba las riendas de la casa, muy poco podía hacer este hombre de mediana edad frente a su pequeña y cálida esposa cuando se ponía en plan “Señora de la Casa”. Como pasó una tarde cuando todos estábamos reunidos en la cocina tomando té y galletas a media tarde; cuando de pronto escuchamos un estruendo y vimos aparecer a Gannicus con las patas todas embarradas de tierra húmeda.
Esme y Edward siguieron el rastro de patitas marrones que los llevó hasta la zona del “siniestro”. Uno con más curiosidad que preocupación y la otra…bueno;  resumamos que la pobre iba con cara de resignación.
—Alguien va a necesitar una limpieza profunda. —dije mientras me ponía en pie y agarraba al infame cachorro para darle una ducha mientras que pasaban los aires de guerra.
—Hablando de limpieza…—comentó Esme con un engañoso tono de indiferencia. —Debes ir a limpiar lo que “hizo tu consentido” en el patio trasero. —miraba a Carlisle de manera que no cupiese duda de a quien se estaba refiriendo. —Tú querías un perro grande y poderoso…ahora limpie lo que Gannicus hace con toda esa fuerza.
Al pobre Carlisle le tocó que salir al comedor con una escoba y una pala para recoger el desastre de tierra que el cachorro había dejado al tumbar una de las macetas de las esquinas.
Casi me ahogo con el té al ver a semejante adonis cargado con implementos de limpieza y peleando con el lobito por todo el camino.
 Y no fui la única. En fin…
Otro de los cambios significativos en estos dos meses se reflejaba en mi casa. Tanto en lo exterior como en su interior.
Pensé que ya nada podría asombrarme cuando se trataba de las extravagancias de los Cullen cuando decidían ayudar a alguien. Pero me equivoqué totalmente cuando constaté hasta el punto en que había llegado su “agradecimiento” para conmigo. Sabía que solo estaba cumpliendo con lo que en un principio me comprometí con Esme Cullen; aunque mi relación más allá de lo profesional con su hijo fue algo que nadie tenía esperado, pero he de reconocer que lo deseé con toda mi alma y ahora estaba feliz ante lo que se nos venía.
Alice como yo nos sorprendimos cuando encontramos un pequeño jardín con florecillas silvestres adornando los  costados de un corto camino adoquinado que precedía la entrada.
Una hermosa puerta de seguridad nos daba la bienvenida, el viejo timbre regular fue reemplazado por uno con visor integrado. Dentro, una sala de estar decorada con un pequeño pero cómodo modular en color aguamarina se adecuaba al espacio haciendo lucir la sala de estar como un lugar mucho más extenso de lo que era. Una televisión de plasma reposaba sobre un precioso y moderno mueble que hacía las veces de biblioteca también. Mi viejos amigos y compañeros de noches solitarias descansaban unos al lado de otro de manera armoniosa entre las diferentes divisiones en las que se les alternaba con sencillos floreros que complementaban el ambiente tipo zen que se apreciaba allí. Las paredes grises pálidos denotaban relax e impelían a sentarse en ese espacio a pasar el mayor tiempo posible.
La cocina fue otra grata sorpresa. Adiós a los azulejos envejecidos de frutas. Hola al granito, madera y chapilla. Todo en un precioso espacioso en tonalidades de azul cielo, blanco y cromo. La mesa de madera había desaparecido para dar lugar a un islote que ahorraba espacio y confería comodidad a la hora de utilizar las estufas. Ahora en lugar de tener una simple cocina, habían seis quemadores y un grill empotrados y dos hornos también empotrados en otra pared. El ángel volvió loca a Alice insistiéndole que les estrenara con galletas de canela. Pasando al comedor estaba a juego con los colores de la sala de estar más la vieja óvalo de madera desapareció y en su lugar una mesa de marrón oscuro y ocho puestos apareció en el medio del espacio. Otro aparador con algunos libros y fotografías amenizaban el ambiente. En algunas estábamos mi ángel y yo, en otras estaba con Alice, en fin…unos tesoros sentimentales en blanco y negro que ahora tenían un puesto preferencial en mi renovada casa.
Los baños tenían luces integradas en los innovadores diseños de drywall y estas se podían regular para crear un ambiente más relajado. Donde antes había duchas ahora había preciosas bañeras minimalistas pero con ese aire contemporáneo que no rompía el esquema de la decoración general. Alice se había puesto en complot con la señora Esme para devolverme la habitación principal, la cual fue ambientada en tonos blanco, gris y turquesa. Nueva cama, nuevo escritorio y nuevo closet. Todo pensado en una manera más funcional. También noté que la cama era más grande que la anterior y no pude evitar que mis mejillas se sonrojasen con el pensamiento de que tal vez Esme no solo se hubiese tomado la molestia de cambiarla por mi comodidad únicamente.
Amé el hecho que la habitación de Alice fuese la expresión perfecta de ella pero en decoración. Todo muy vivo y energizante. Con paredes de color hueso, mi amiga prefirió que el contraste lo hiciera la decoración en color mandarina. El closet de esa habitación también había sido agrandado, pero no me sorprendió ya que la mayoría de la casa había sumado unos cuantos centímetros en sus diferentes espacios.
La noche en que me fue enseñada la nueva casa; sí. A mí, puesto que Alice siempre estuvo al tanto de todo con Esme; habían planeado una cena en ese lugar. Solo los Cullen, Alice, Jasper y su retoño, Rose me sorprendió al estar allí también. De una manera extraña y un tanto bizarra todo estaba “entre familia”. Cuando todo terminó, los hombres limpiaron. Sí, todos. Hasta a Edward le tocó que arreglar los platos y vasos. Se tardó un poco haciendo que la vajilla cuadrada estuviese correctamente colocada y que los vasos y copas se vieran alineados a la perfección.
Edward y Charlotte estrenaron el blue ray viendo Transformers en compañía de Emmett o “Memet” como le decía la pequeña, Jazz y Carlisle. Por supuesto que hubo pelea por decidir quién era el mejor entre Optimus Prime y Megatron, pero no esperé los resultados.
Al terminar el debate se fueron todos, incluso Alice acompañó a Jasper y Charly a su casa. Nos dejaron a Edward y a mí solos allí, cosa que agradecí inmensamente. Teníamos varias semanas sin tener nada de intimidad al estar yo ocupada entre la planificación de la fundación y él aprovechando al máximo el tiempo que Rose le podría conceder, puesto que en cierto punto ella tendría que hacer una pausa importante por su embarazo y parto.
Edward seguía un poco renuente con respecto a su futuro sobrino, pero comprendía que era un niño inocente y me había prometido que lo intentaría cuando lo viese. No me aseguraba nada antes y eso me hizo reír.
El patio trasero de la casa tenía el césped recortado perfectamente, una preciosa parrillera a gas y lo más importante y hermoso, tenía un mullido columpio para dos bajo un techo amachimbrado.
Cuando terminé de despedir a todos, llevé de la mano a mi ángel hasta ese lugar. Ambos nos apretujamos dándonos calor el uno con el otro, pues mis viejos y raídos edredones habían desaparecido.
La neblina poco a poco fue descendiendo frente a nosotros confiriendo al bosque delantero de un aire etéreo.
—Teníamos mucho tiempo sin poder estar así. Ya lo extrañaba. —musitó sobre mi coronilla. Me apretujé entre sus brazos y asentí aprovechando para acariciar su pecho con mi mejilla.
—Demasiado.
—Pero ahora ya no estarás más conmigo, ni en mi habitación o en mi cama.
Su voz sonaba tan triste. Tan despechada. Pero no podía salvarle por siempre de lo que podría ser doloroso, en general eso suele contribuir a la formación de una persona y ahora Edward debería lidiar con algunas de ellas. Además, no es como si fuésemos a dejarnos, solo era el espacio que habíamos acordado tener al retomar nuestra relación.
—Ángel, hablas como si yo fuese desaparecer. —me giré para verlo a los ojos mientras intentaba quitarle hierro al asunto con una medio broma – medio en serio. —¿Una vida sin ti? ¿Eso es posible?
Él se encogió de hombros y se rehusó a mirarme.
—Técnicamente es posible para ambos, solo que yo no quiero volver a atravesar por esa miseria. No de nuevo.
Acaricié su mejilla con el dorso de mi índice deleitándome en su suavidad.
—¿Miseria, ángel? ¿Conoces lo que significa esa palabra?
—He leído mucho, Bella. Y entendí que cuando uno de los protagonistas de esos libros no está con la persona que ama se siente “miserable” porque la palabra tristeza no basta para definirlo. —pocas palabras y certero en lo que quiere decir. No tomó mi broma como tal, sino como un simple comentario.
Lo tomé de la mano y la apreté contra mí.nos quedamos en silencio durante un rato largo sin saber muy bien qué decirnos. Yo no sabía que decirle sin que pudiese sonar rudo o desconsiderado para con su manera de ver las cosas, así que opté por esperar a que él tuviese algo más que decirme.
El vaivén del columpio no rompía con la tensión impuesta entre ambos pero al menos nos daba algo que hacer mientras lo balanceábamos con suavidad.
—¿Sabes una cosa? He pensado mucho sobre nosotros. —rompió aquel silencio espectral con una frase que me intrigó bastante.
—¿Acerca de qué, ángel?
—Yo no quiero que en la fundación me miren como un niño. Quiero que me vean como un hombre.
Me tomó con la guardia baja eso. En ningún momento había considerado que él pudiese verse vulnerable ante los demás de esa manera. Me enderecé en el asiento para poder enfrentarme ante esa situación, sin embargo aún no encontraba las palabras. Me reproché a mí misma por haber pasado por alto un detalle como ese. Había dado por sentado que para Edward sería beneficioso en todos los sentidos que se viera involucrado en lo concerniente a la fundación en la que su padre y yo trabajábamos con afán, más se me olvidó hacer la pregunta más importante <<¿Edward, tú qué piensas?>>
Oh,Dios. Hablando de sentirse mala persona…
—Es mi culpa todo este embrollo. —mesé mis cabellos y atraje las piernas a mi cuerpo para abrazarlas. —He estado tan metida en todo esto que nunca te pregunté si querías…
Se adelantó hacia mí y me interrumpió.
—Yo te quiero ayudar, Bella. Quiero compartirlo todo contigo y quiero que compartas todo conmigo, pero lo que no quiero es que nos vean como la enfermera y su paciente. Quiero que seamos tú y yo frente a todos.
El alivio se filtró en mí e incluso sonreí cuando comprendí lo que quería decirme.
—Oh, Edward...¡me asustaste! —admití.
—¿Por qué? —preguntó confundido.
—Creí por un momento que no estabas de acuerdo con que llevara a cabo lo de la fundación…
—Yo no dije eso.
—Lo sé, ángel. Ahora lo sé.
Me acerqué de nuevo a él y dejé que sus brazos se agarraran a mi cintura. Recosté mi cabeza en su hombro y exhalé.
—Edward, cuando yo te tengo ante mí solo eres el hombre que amo, no un autista del que me enamoré. No eres diferente a mí… —encontré una mano suya con una mía y la puse al frente de ambos. —pero eres sin lugar a dudas lo más valioso que haya tenido alguna vez. Así que te prometo que cuando se hable de Edward Cullen, se referirán al excelente pianista que es o al guapo hombre que tengo por novio. Quizá unas cuantas querrán conseguir que las veas como ahora me ves a mí…
—¡Nunca! —se iba a retirar para afianzar sus palabras pero no se lo permití.
—…Pero aunque me muera de celos, yo sabré que tú eres mío nada más. Como yo tuya; así que no te preocupes, ángel. No consentiré que nadie te haga sentir incómodo.
Me acerqué hasta su boca y lo besé con firmeza para insuflarle aún más confianza de la que pudieron haberlo hecho mis palabras. Al poco tiempo me encontré en su regazo, con los brazos en torno a su cuello y jadeando complacida por las atenciones que ahora gozaba en mi clavícula. Halé su cabello con suavidad y vi en esos dos pozos grises azules, me embebí de ellos y volví a ese lugar tentador que conformaban esos labios entreabiertos. Su lengua reclamó a la mía sin ninguna timidez de su parte.
Sus manos se apropiaron de mi trasero para atraerme contra su erección y conseguir algo de divina y tortuosa fricción.
—Bella… —el vaho de nuestra respiración se atravesaba entre nuestros rostros juntos solo por nuestras frentes.
—¿Sí, ángel?
—Pasemos. Tengo mucho frío.
Me reí sonoramente y lo besé una última vez antes de ponerme en pie y agarrar su mano para adentrarnos en la casa. Aseguré la puerta trasera y luego seguimos nuestro camino hasta mi alcoba. Todo el tiempo vi por el rabillo a Edward tironearse el pantalón a la altura de la ingle porque le estaba molestando. Disimulé la gracia que eso me causaba.
Fue él quien cerró al pasar tras de mí.
—¿Quieres colocarte una camiseta? Tengo algunas grandes para dormir por si la quieres. Pero no tengo nada para debajo. —señalé su entrepierna despierta con picardía.
Él pasó hacia el baño sintiéndose como en su casa.
—La camiseta está bien. Los pantalones no importan.
—¿Por qué no?
—Porque no me van a durar mucho. —admitió con esa naturaleza que a mí se me antojaba más como un descaro que como otra cosa. Y por toda la corte celestial que eso era como fuego en las venas para mí.
Diez minutos después él salió del baño en una inmensa camiseta deslavada del estado de Louisiana que ya no podía recordar quién me había regalado y sus bóxers negros. En una mano traía toda su ropa cuidadosamente doblada y la colocó en la silla del escritorio.
Mi ropa estaba agrupada en el futón que reposaba a los pies de la cama. Mucho hice con estirarla en vez de dejarla tirada a su suerte en el suelo.
Lo esperé en la cama solo en mi conjunto de ropa interior color verde esmeralda que resaltaba muchísimo contra mi piel. El edredón estaba a mis pies y mi razón afuera del cuarto. Allí solo tenía un deseo que me estaba entre los muslos y el culpable lo tenía en frente mirándome de de aquella manera  que solo yo podía comprender. Él era la pureza y el pecado juntos. O sería más correcto decir “mi pecado”?
La tela crujió un poco cuando él se colocó a mi lado. Estiró su mano y con una suavidad deliciosa delineó los bordes de mi rostro ovalado. Sus ojos nunca se apartaron de los míos.
—Nunca podrás entender cómo te ves para mí, Bella. Sé que no tengo mucho con qué comparar pero dudo mucho que haya algo más precioso en el mundo. Para mí es así. —sus palabras me cortaron la respiración y terminaron de derrumbar las débiles defensas que rodeaban a mi autocontrol.
Me lancé contra sus labios y su cuerpo. A horcajadas sobre él deslicé las manos sin ningún preámbulo hasta su bóxer. Acaricié su protuberancia entre mis dedos y gemí al sentirlo latir entre mis dedos deseoso de poseerme.
Acaricié su pecho por debajo de la camiseta y su pene sor debajo del fino algodón de Calnvin Klein. ¡Al diablo con esperas y sutilezas! Tenía demasiado tiempo sin tenerlo así y lo necesitaba con urgencia. Ya luego habría más oportunidades en la noche para ir lento y saborear la dulzura de la espera.
—¡Bella! —arqueó su cuerpo sobre mi cama y entonces si pensé que el cuarto lucía perfecto con él en medio del colchón y sus labios entreabiertos.
Acaricié su miembro mientras maniobraba lo suficiente para bajárselos hasta las rodillas. Cuando estaba cerca de venirse le solté más comencé a acariciar mi pelvis aún vestida contra su piel desnuda. El calor que me traspasó me exacerbó los sentidos con lujuria y los movimientos en círculo no se hicieron esperar. Me deshice del brassier sin dejar de mirarlo a los ojos, no sé que me había poseído. Probablemente mis hormonas están en modus Afrodita y de allí mi descaro.
Me incliné hasta su cara para poner los pechos a su disposición. Los acarició como si hubiese pasado una larga temporada sin ellos y los chupó con hambre. No duré demasiado allí.
Me incorporé de nuevo y volví a encontrar nuestras miradas antes de alzarme lo suficiente para correr mi tanga de lado y comenzar mi descenso sobre su más que listo miembro. Me quedé sin aliento cuando lo sentí del todo por fin en mi interior. Este era un lugar único para nosotros, donde el sexo se transformaba en mucho más que carnes hambrientas. Era el sitio en donde podía tomar de Edward y él de mí todo aquello que no estábamos dispuestos a compartir con nadie más.
Edward me sorprendió al moverse y colocarse sobre mí. No fue un movimiento rápido pero me tomó por sorpresa que tomase de esa manera las riendas y lo disfruté al máximo.
Enganché mis piernas a su cintura y recibí todo la potencia de sus embestidas. Me aferré a su nuca con ambos manos intercambiando miradas intensas de posesión con Edward. Sí, en esos momentos era Edward no mi ángel. Ya que en ese momento no podíamos estar más lejos de lo que muchos consideraban “pureza” pero que nos maldijeran a ambos si eso no se sentía absurdamente celestial.
Su cara se clavó en mi cuello y sus acometidas se hicieron más cortas pero intensas. El aire nos escaseaba a los dos pero en ese momento no podía importarnos menos. Encajé mis talones en sus muslos cuando el orgasmo se disparó en mí. Me atravesó de palmo a palmo y dejó mi cuerpo laxo sobre el colchón mientras que Edward terminaba de drenarse en mí rugiendo en su propio éxtasis.
Él aún respiraba de manera entrecortada cuando le dije: —Ese es mi hombre…y es solo mío.
Su sonrisa me deslumbró aun en la penumbra de la habitación.
Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.
Alice colocó sobre el islote dos tazas repletas humeante chocolate yo la esperaba con los wraps de pollo que había hecho mientras ella preparaba la bebida.
—¿Qué hora es? —preguntó mientras tomaba asiento frente a mí.
Miré el que estaba en una de las paredes.
—Las nueve menos veinte.
—¿No te ha escrito, Edward? —musitó mientras masticaba.
—Nop. —negué con la cabeza. —No le agrada mucho mandar mensajes de texto. De hecho, los que suele enviar son los de audio. Es flojo para escribir. —me reí recordando su cara malhumorada cuando le obligué a aprender a enviar textos y whatsapps.
—Y tú que lo consientes.
—Hey hey hey, señorita moral. No me hagas que traiga a colación a cierta niña de cuatro años que amenaza con acabar con las reservas de chocolate de esta casa y la del Santuario Cullen. —ambas nos carcajeamos en esta oportunidad.
—Charlotte es algo… —dijo ella con la mirada perdida entre algún punto de la pared y mi cabeza. —No lo sé. Nunca deja de asombrarme. Esperaba que me costase mucho llegar hasta ella pues “la niña de los ojos” de su papá. Ya me había preparado mentalmente para demostrarle que no le quería robar a su papá, pero no fue así.
—Por supuesto que no… —le di un mordisco a mi cena y me vi muy tentada a darle un sorbo al chocolate, pero me gustaban mis labios justo como estaban. Muchas gracias. —ya que Charly nos considera a todos de su propiedad. Hasta al pobre Gannicus. Uno de estos días se le quedarán los ojos saltones de tanto que lo aprieta.
—¡Ja! Pues sí. Debe de estar desesperado en la casa. es su primera noche solo, pobrecillo.
Me reí de su cara. Lo decía como si al cachorrito lo hubiesen dejado encerrado en un espacio de tres metros cuadrados y a oscuras.
—¿Por qué no quisiste ir a la cena? El señor Carlisle me dijo que te había invitado.
Asentí. —Así es.
—¿Por qué no fuiste? ¿Tan siquiera se lo dijiste a Edward?
—No lo digas en ese tono, Alice. —le recriminé con suavidad. —No me hagas sentir como si lo lancé a los lobos solos. No fui porque él necesita saber moverse en diferentes situaciones sin tenerme a mí pegada a su espalda diciéndole que hacer.
Se ruborizó y volvió a su comida.
—Lo siento. No quise sonar como si te estuviese recriminando, pero es que no me lo imagino solo allí… —entonces la corté.
—No está solo. Sus padres están con él y también su hermano. Ellos se ocuparán de cualquier eventualidad y si no, me llamarán seguro. Además, Edward me comentó la otra noche que no quería que lo viesen como un niño. Así que ahí está, demostrando en una cena con unos clientes de su padre cuán hombre e independiente es. —sonreí con una dulzura que rayaba en lo cursi, pero no me importó. —Yo confío en él. A lo sumo puede que salga con alguna de sus frases de listillo.
Ambas sonreímos y seguimos nuestra cena hablando de los acontecimientos del día.
En ese momento el sonido del celular de Alice irrumpió en la paz relativa de nuestra comida…
—Es Jasper. —dijo con su sonrisa atontada. —Hola, amor ¿Cómo es…? —sus ojos se precipitaron a mí con alarma pero con la mano me indicó que esperara. —¿Cuándo fue eso? —más sonidos amortiguados pero no podía entender nada. Me estaba desesperando. —¡Dios mío! Le diré a Bella y nos veremos allí en cuanto podamos. Avísame si necesitas algo.
No había terminado de hablar cuando ya estaba en pie colocándome un grueso abrigo.
—¿Quién? —pregunté escuetamente. Me daba terror preguntar el “qué”.
Ella estrechó su teléfono con pesar.
—Es Rosalie. Está sangrando.
Ambas arrancamos en mi Chevy sin siquiera recoger los platos.
Lo único que podía pensar era en lo terrible que se iba a sentir Emmett si perdía a ese bebé.
No era momentos de pérdidas. No ahora.

Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.

Bueno, chicas…como se pueden dar cuenta. Esto no es un final.
No pude.
Después de leer su comentarios. Toooodos, tanto los buenos como los malos no pude dejar de pensar en que nada me daba el derecho de quitarles una historia que han seguido durante tres años y medios. Sí, es mi sueño sacar esta historia en libro; y lo haré; pero como me dijo una de ustedes; muy sabia por cierto; el darles la historia terminada no pelea con el registro de derechos.
Así que lamento profundamente que tantas esperaran este capítulo con tristeza y espero profundamente que sigan las últimas entregas de Corazón de Cristal con ese cariño que me han venido demostrando hasta ahora y del que estoy más que clara que no soy merecedora.
Gracias por hacerme entender; muchas sin quererlo siquiera; que estaba en un error, pero esta persona que está detrás de estas letras está lejos de ser perfecta. Constantemente cometo errores pero no temo corregirlos cuando debo.
A las que las preocupa el hecho de la edición les digo que A MI TAMBIÉN!!! Tengo tanto que hacer y poco para hacerlo; pero ya estoy visitando expertos en autismo y aun faltan unos cuantos más. Estoy documentándome para poder darles un libro lo más realista posible. Ustedes se lo merecen.
La historia también dará unos cuantos giros pero como ustedes comprenderán que no llevar un fic a libro sin acomodarle mucho de sus entuertos. Asi que…el proceso demanda tiempo pero estoy más que dispuesta a seguirles dando a mi ángel hasta el final (de esta etapa de la historia). Su lealtad se lo merece. Eso y mucho más.
A las que ya no me siguen pues sepan que les agradezco el tiempo que invirtieron en esta historia y lamento profundamente no haber estado a la altura de lo que querían.
A todas…UN ABRAZO ENORME Y EL ÁNGEL SIGUE!!!!
Un besote.






CORAZÓN DE CRISTAL - Vigésimo Cuarto Capítulo:


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“Resentimiento”

Rosalie POV:

Eso del brillo de las embarazadas…a mí no me había tocado. Las náuseas matutinas eran el polo opuesto, y eso fue lo que me otorgó la lotería hormonal de las madres primerizas. Nadie puede decir que alguien con el rostro pálido-ceniciento puede verse guapo. Sin embargo mi hermano insistía en que cada día me veía más preciosa. ¡Menuda mentira!
—No seas tonta, Rose. —musitó Jasper apretujándome contra él. Apoyé la cabeza sobre su hombro y dejé que me mimara. Al fin y al cabo él era mi único hermano. —Te ves preciosa como sea, pero comprende que es normal que te sientas así. Los mareos descomponen a cualquiera. —su tono de voz de pronto se endureció. —Y más si tienes que lidiar con todo esto sola.
Me separé de él para mirarlo a los ojos con seriedad.
—No empieces, por favor. Ya hemos hablado de eso y Emmett dijo…
—Que va a responder por su hijo, eso ya lo sé. —me interrumpió. —Pero ¿Quién cuidará de ti, hermanita?
Acaricié el borde de ese rostro tan masculino y a la vez tan precioso. Las dos cosas no iban peleadas en sus facciones.
—Yo solita me sé cuidar bien. Además, espero que tanto tú como mamá y papá vengan a visitarme de vez en cuando.
—Pero si mamá me dijo que le habías pedido que no viniera…
—En un mes…le dije que me dejara un tiempo paraa hacerme a la idea de que estoy en estado.
—¿En estado de qué, tita? —interrumpió mi pequeña sobrina con cara de muñequita. Hasta ese momento había estado entretenida con un bolso repleto de maquillaje que tenía reservado solo para ella. Me vio como si lo que yo estaba diciendo no tuviese sentido, pero lo gracioso era verle un párpado pintado en color azul y otro en violeta. Las mejillas color fucsia y la boca toda pintorreteada de rosa pálido. Toda una obra de arte…de Picasso.
—Vas a tener un primito con quien jugar, Charly. – dije y me sorprendí al darme cuenta de que acariciaba inconscientemente mi vientre.
—Vaaaaaaaya. —abrió sus ojitos de manera desmesurada. Hizo un mohín. —Pero no entiendo nada ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Princesa, ella tiene un bebé en su barriga.
Charlotte aún seguía mirándome con cara de no entender nada.
—¿Cómo que tienes un bebé en tu barriguita? —se horrorizó. —¿Te lo comiste, tita?
Jasper suspiró cansado y se sentó en el suelo para estar a la altura de su hija. Señaló mi vientre plano y le dijo:
—No, Charly. Tu tía Rose está haciendo un bebé allí dentro. —fruncí el ceño. Dudaba mucho que eso tranquilizara a mi sobrina con complejo de gata curiosa…
—¿Aún no está completo?               
—No.
—¿Y cómo se mete un bebé por partes en la barriga?
Jasper me miró con cara de <<¡Auxilio!>> pero es que era demasiado divertido verlo de todos los colores intentando explicarle a su pequeña de cuatro años la manera en que se da el embarazo.
Y después de no sé cuanto minutos, un tazón de helado y una lectura de La Bella Durmiente, Charlotte dejó de preguntar por bebés “ensamblados” en las barrigas de las mamás por elfos mágicos, según Jasper. Esa batalla solo estaba momentáneamente ganada pues la pequeña se había quedado dormida en mi sofá. Reposaba tranquila flanqueada con un muro elaborado por todos los cojines de mi modular que esperaban en el suelo por la pequeña como si ella fuese capaz de rodar tanto en sueños para aterrizar en estos. Hablando de padres sobreprotectores…
En la cocina seguimos con la conversación incómoda.
—Tranquilízate, Jazz. Él no es mala persona y lo sabes. De hecho ustedes se estaban haciendo amigos…
—Hasta que te embarazó.
—¡Ay, por favor! Si no era de Emmett sería de otro. Sabes que quería ser mamá. —le respondí tajante. —<<Solo que no ahora ni así.>>pensé.
Su mirada se ensombreció con pena.
—Pero no sola, Rose. No quería que pasaras por todo esto tú sola. Yo sé lo que es. Sé muy bien que eres totalmente capaz de salir adelante sin la ayuda de nadie, y también que cuentas con nosotros para todo. Incluso con los Cullen pero es que…no es lo mismo. —negó torturado por su pasado.
—Cielo, no estaré sola. Y tanto Emmett como yo somos lo suficientemente adultos como para resolver esta situación sin hacerle daño a este pequeño que está creciendo. —me señalé el vientre. —Me dejó muy claro que no pensaba alejarse de su bebé.
—¿Cuándo?
—Cuando yo creía que me diría que abortara…de hecho fue totalmente lo opuesto. Se molestó mucho conmigo por pensar de él de esa forma.
—Rosalie…—entonces él me reprendió con suavidad. Como si le diese más pena que otra cosa. —no deberías ser tan visceral, hermanita.
Suspiré derrotada y tomé un sorbo de mi té verde con miel.
—Estaba muy afectada, Jazz. Necesito hablar con él y pedirle disculpas. No me he comportado bien con él. Ambos cometimos errores y no es justo que yo lo haya culpado de todo.
Jasper, que estaba a punto de tomar un sorbo de su café volvió a colocar la taza sobre la mesa con una lentitud fría que me heló hasta los huesos. Habló con el mismo temple.
—¿A qué te refieres?
Enarqué las cejas con ironía.
—Obviamente este no fue un embarazo precisamente esperado, hermanito. Tu pregunta me sorprende. No creía que tuviese que explicártelo.
Pareció aliviado.
—Lo siento, Rosalie. Es que no sabía cómo tomar…
Alargué el brazo y estreché una de sus manos.
—Cielo, no necesitas todos los detalles morbosos. Recuerda que ya soy una adulta. No tu hermanita menor. Nos acostamos, no fuimos cuidadosos y ¡zas! Este es el resultado. En realidad no es tan malo como me lo tomé en un primer momento.
—Igual siento mucho que estés teniendo que pasar por esto.
Sonreí con ternura.
—Yo no. Ya no. Ahora también tendré un pedacito de bendición como tú tienes con tu Charlotte ¿No te parece?
Sus ojos brillaron con un amor que era incluso mayor al que él sentía por mí cuando mencioné el nombre de su hija. Y es que mi sobrina había sido una pequeña lucecita en el camino escabroso de mi hermano en cierto punto de su vida. Puede que hubiese tenido que pasar por muchas situaciones duras pero podía decir sin temor a equivocarme que todo había valido la pena. Sobre todo cuando veías a un pequeño terremoto de rizos rubios y ojos azules como los de su padre y los mismos míos, con una boquita de corazón color cosa y con un sentido único de ver el mundo a su manera.
Una hora después, mi hermano salía de mi casa con mi sobrina aún apagada como una luz sobre su hombro. Esperé a que su Audi se perdiera de vista antes de volver a entrar en la casa.
No tuve que recoger ni lavar ni un traste desde que mi visita llegara. Un beneficio claro de tener un hermano sobreprotector que pensaba que lavar dos tazas y una copa de helado podía agotar a una mujer embarazada. Jazz valía, sin duda alguna, su peso en oro. Alice sería una mujer muy afortunada si todo salía bien entre ellos.
Con una envidia sana subí hasta el segundo piso de mi casa y miré una habitación en la que tenía únicamente una cama, una mesita de noche con una lámpara y un escritorio. Era la habitación para huéspedes. Bueno. Una de las tres que tenía.
Esta era la vieja casa de mis padres quienes se habían ido a un Seattle mucho más cosmopolita por pedido de mi madre. Yo no quise partir y ellos decidieron dejarme el que fuese su hogar luego de venirse desde Phoenix. El negocio de mi padre había mejorado mucho en los últimos tres años y medio. Recuerdo cuando el pobre Jazz se enteró de que iba a ser padre. La contratista de papá estaba demasiado endeudada como para ayudar a mi hermano con su carrera universitaria. Tuvo que estudiar y trabajar en medio turno. Yo también me vi forzada a terminar mis estudios de música trabajando para poder costeármela. Las clases privadas habían sido una excelente decisión, pues no solo me ayudó a conseguir ingresos monetarios sino que además me ayudó a hacerme un nombre entre los posibles nombres de los posibles alumnos que podrían quedar dando clases posterior a su egreso del Conservatorio Músical del Estado de Washington “Abraham Lincoln”. Sí, yo había dejado antes la casa de mis padres que mi hermano. Mi soberbia y las ganas de comerme el mundo me hicieron querer salir corriendo a las primeras de cambio y aventurarme a vivir según mis reglas.
Una adolescente hormonal convirtiéndose en adulta.
El golpe económico fue duro para mí. No solo porque tuve que trabajar. También me vi obligada a mudarme a un apartamento que compartía con una chica. Esa no fue una experiencia de las mejores tampoco, pero tenía que agradecerle mucho. Me vi forzada a dejar de ser una niña consentida por sus padres  y abrirme las puertas yo misma. Renunciar a la idea de ser “La señorita Rosalie Hale” hija del exitoso arquitecto Peter y de la perfecta ama de casa-esposa Charlotte, para convertirme en La Profesora Rose. Así me llamaban mis alumnos de clases privadas que eran muchísimo más fácil de llevar que los del Conservatorio, pues eran niños.
Cuando el negocio de mi padre repuntaba, me arriesgué a invertir en su empresa una buena parte de mis ahorros personales y convertirme así en una de sus socias. Muy poco sabía sobre la construcción, pero sí que le debía el haber podido retirarme del Conservatorio y mudarme a un pueblo mucho más tranquilo y pequeño. Me siguieron mis padres y finalmente mi hermano. Aunque aún ellos conservan la casa de Phoenix. Al poco tiempo mi caprichosa; aunque no por eso menos preciosa; madre se hartó de la vida de suburbios y optó por irse a una gran ciudad.
Y heme aquí. Con la casa de mis padres que en algún momento llegué a pensar que era demasiado grande para mi sola y ahora estaba a punto de traer a un acompañante para al menos los próximos dieciocho años venideros.
La puerta sonó interrumpiéndome en mis labores de medición. Dejé el metro en el suelo, el lápiz y el cuaderno en donde apuntaba los resultados. Bajé las escaleras casi corriendo. Seguramente se le había quedado algo a Jasper…
Era Emmett. Esperaba en el umbral con una caja forrada en color plateada y un moño de cinta blanca. Se le notaba nervioso pues no dejaba de moverse en el sitio. Lo espié desde el ventanal de las escaleras. Terminé de bajar y le abrí la puerta.
—Hola. —saludó cauteloso.
—Hola. —respondí de la misma manera. Me coloqué un mechón de cabello que se soltó de mi moño relajado. Señalé hacia el interior. —Pasa, por favor.
Asintió.
—Gracias.
Bajamos los dos escalones que dividían el recibidor de la sala de estar y tomamos asiento relativamente lejos el uno del otro. El ambiente tenso era perceptible entre ambos pues ninguno comenzó a hablar de inmediato. De hecho solo nos miramos durante un momento que pareció incómodamente largo.
—Siento mucho haber sido tan grosera la última vez que nos vimos. Esto no lo esperábamos ninguno de los dos pero…
Se acercó mucho más hacia mí y me hizo callar.
—¡Shhhh, Rose, no! Me comporté como un completo imbécil contigo y tú reaccionaste a la defensiva. Como cualquiera. —se estrujó la cara desesperado. Hasta ese momento no había reparado en sus ojeras profundas. Incluso se le veía un poco más delgado.
No pude evitar preocuparme. Estaba enamorada hasta las trancas de ese hombre que aún quería a otra. A la mujer de su hermano, para ser más específicos. No era algo simple de solucionar. En lo absoluto.
—¿Estás enfermo?
—Estoy bien.
—Esas ojeras no indican eso precisamente.
—Solo no tuve una buena noche. —se encogió de hombros quitándole hierro al asunto.
Dudé que fuese una sola noche la que lo tuviese con un look como de oso panda y no por lo adorable precisamente, pero no insistí más  en el asunto para no presionarlo más de la cuenta.
Extendió la caja hacia mí.
—Ehhh…Esto es para el bebé.
Sonreí y tomé la caja entre las manos. Era liviana y no sonaba nada en el interior excepto un susurro.
—Muchas gracias, Emmett.
En el interior de todo ese embalaje había un precioso mameluco de color blanco con un pequeño osito bordado en el pecho. Mis ojos se llenaron de lágrimas por derramar.
—No es de diseñador, ni mucho menos. —¿En serio estaba avergonzado por eso? —Es solo algo que vi en una tienda de bebés en Port Angeles, pasé y lo compré.
—Hey, Emmett. Está precioso. Sin importar su precio.
Entonces me sonrió con timidez, le devolví el gesto.
Si comparabas a este Emmett con el que conocí probablemente pensarías que serían hermanos mellizos o algo por el estilo, pero nuuuuuunca el mismo hombre. Uno tenía el aire presuntuoso e imponente habitual en los playboys. El otro se mostraba vulnerable, como si esperara que en algún momento lo hirieran. Ni siquiera mi lado egoísta que en algún momento deseó verlo tan desecho como me había dejado a mí, podía soportar verlo de esa forma. Al fin y al cabo…me había prendado de esa estampa juguetona que escondía en su interior a un gran hombre capaz de dar muchísimo amor. Eso me lo demostraba cuando compartía tiempo con su hermano menor autista. Era como si su mundo girara en ese momento solo en torno a Edward y este se vuelve su prioridad.
Pensar eso fue lo que me impulsó a decirle lo que le hice saber entonces:
—Las cosas no se han dado entre nosotros de la mejor manera y han sucedido…imprevistos pero creo que podemos comenzar desde cero y tratar de ser amigos por el bien del bebé ¿Te parece? —asintió. —Sé que eres una persona excelente…No me mires así, claro que lo eres. De hecho creo que si como padre eres al menos la mitad de bueno que como hermano, entonces me daré por satisfecha.
A pesar de no estar de acuredo conmigo, seguimos hablando acerca de lo que haríamos. Decidimos trabajar en equipo. Ir juntos a las consultas con el gineco-obstetra e incluso decorar la habitación del pequeño.
Intercambiamos ideas y por dentro me di por satisfecha. Puede que esta fuese la manera en que las cosas debían de ser. Actuar como amigos nos resultaba mejor que otra cosa.
Y esa no parecía una de esas situaciones en las que todo termina en desastre…¿O sí?
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Bella POV:
Volvíamos a la casona Cullen, Gannicus en el regazo de Edward acaparando totalmente su atención. El cachorrillo que en su mayoría era blanco con manchas cafés y grises, permanecía sentado con la cabeza apoyada en la ventanilla del copiloto y la lengua afuera. Como si le estuviese sonriendo a la gente de la calle.
—¿Aún sigues molesto por lo que pasó con esa chica, ángel? —le pregunté al notar que no había dicho palabra alguna desde lo ocurrido en el refugio.
Edward se mostró dubitativo.
—La verdad es que no comprendo lo que pasó, Bella. Si le dijiste que eras mi novia ¿Por qué esa chica igual discutió contigo?
—Porque estaba celosa.
—¡¿Pero si no eres de Paul?!
—Edward, cuando una persona se comporta muy mal; como ella lo hizo con el pobre de Paul, es normal que tenga muchísimas inseguridades. Rachel acaba de volver y estoy segura de que va a querer recuperarlo, porque él es un gran muchacho. No. No me gruñas, sabes muy bien por qué lo digo. Lo veo solo como un amigo. En fin…Las cosas se le pondrán muy difíciles con él y me imagino que ella piensa que no necesita en su camino a una contrincante. Ni siquiera si no tiene ese porte que tiene ella. No creo que sea una mala persona, solo un poco grosera.
—¿Paul volverá con ella? —dijo acariciando el pelaje de Gannicus y al cachorro parecía encantarle que lo hiciera pues buscaba su mano con su hocico, le daba pequeños toquecitos para no dejara de sobarlo.
—No lo sé, ángel. Ellos tienen mucho que hablar y mucho más aun que perdonarse. Al menos por parte de él. Ya veremos. —arrugó la nariz y frunció el ceño.
—¿Podemos bañar a Gannicus? Huele a comida para perros.
Sonreí. Así de fácil cambió el hilo de su conversación según como cambiaba el foco de su atención.
—Sí, Edward. Lo bañaremos mañana porque ya es muy tarde y no queremos que el pobre se congele ¿Te parece bien?
Asintió pero siguió con la nariz arrugada hasta que bajamos del auto en la puerta de su casa. Alice salió corriendo emocionada hacia nosotros apenas escuchó el crujir del suelo bajo las llantas. Estacioné en frente de la puerta principal. Edward salió con el cachorro y ni bien había subido el primer escalón cuando Alice ya estaba pegando chillidos y achuchándolo.
—¡Que hermoso! ¡Ay, por Dios, mira su naricita! ¡Awwww mira esos ojos bicolores! ¿Cómo se va a llamar?
Gannicus.
—Es un nombre raro, Edward ¿De dónde lo sacaste?
—Se lo colocaron en el refugio. Si lo llamas por ese nombre, te presta atención.
—Vaaaaya. —no sé sobre qué otras cosas siguieron hablando esos dos pues entraron en la casa y se olvidaron de echarme una mano con las cosas que habíamos comprado para el pequeño perrito. Un par de manos adicionales se sumaron a mis labores. Un risueño Carlisle, con un elegante pantalón negro y una camisa arremangada en sus antebrazos, zapatos italianos sacó del maletero la casita de perro que traíamos desarmada y un saco de alimentos de dieciocho kilogramos con una facilidad pasmosa. Los músculos se le marcaban a través de la camisa cuando alzaba las cosas más pesadas. La señora Esme era una mujer afortunada al tener a un hombre tan guapo, inteligente y como si todo eso fuera poco excelente persona. Sonreí para mis adentros. Yo también me había sacado el premio gordo de la lotería, con unas cuantas condiciones especiales, pero premio al fin.
—Esme ha estado esperando toda la tarde a ver qué es lo Edward escogía. Ella esperaba que él escogiese algo así como un chihuahua o un maltés, supongo que estará decepcionada. —comentó Carlisle con su sonrisa cortés habitual mientras me acompañaba hasta la puerta con todos los artilugios en mano. —Supongo que se sentirá decepcionada.
—¡Le juro que no pude hacer nada! Fue amor a primera vista. En ese se empeñó y como le había prometido que podría traerse el que quisiera…—intenté excusarme.
—No te preocupes, Bella. A mí en lo personal no me gustan los perros pequeños. Prefiero los grandes. —hizo ademán de contarme un secreto y —susurró. —Mientras que mi esposa esperaba que aparecieran con una pequeña bola de pelos, yo rezaba interiormente para que se trajesen un San Bernardo o un Gran Danés.
Mi cara de espanto le hizo mucha gracia y prorrumpió en carcajadas sonoras.
—¡No me imagino los destrozos que esa dos razas harían en una casa como esta! ¡no!!Ni loca!
Ambos reímos.
Cuando llegamos a la cocina escuché unas voces masculinas que no reconocí pero no pude verlas porque preferí dejar los juguetes de Gannicus en la cocina, para no interrumpir a la visita. El señor de la casa no tuvo esa deferencia y se fue hasta el patio interno para instalar la casita de perro. No lo seguí, pero decidida a no quedarme de manos cruzadas fui a llenarle envase de agua y otro de comida a la mascota que ahora escuchaba corretear en el piso superior de la casa. Las risas amortiguadas de Alice y la voz de Edward acompañaban a los ocasionales ladridos del pequeño Gannicus. ¡Ojalá le gustara a la señora Cullen!
Carlisle reapareció en la cocina minutos después de acomodar la casita, abrió el frigorífico y echó un ojo en su interior.
—¿Quieres tomar algo, Bella?
—Agua, por favor.
Asintió y sacó dos. Me entregó una, nos sentamos en la barra y bebimos de la botella como si acabáramos de llegar del desierto.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Claro.
—¿No debería acompañar a la señora Esme en la sala de estar? Deben de estar extrañados al ver que pasa de ellos con tranquilidad.
—¿Crees que estoy siendo grosero al no estar con ellos? —preguntó enigmático.
Las voces tanto de mi ángel como de Alice se acercaron pero parecieron desviarse hacia el área en cuestión. Un “awww” de la boca de Esme me hizo saber que no habría dramas sobre el futuro tamaño del cachorro. Ahora, más tranquila, respondí:
—Creo que podría verse de esa manera. Si. —respondí con honestidad.
Carlisle sonrió satisfecho.
—Me parece bien, entonces. —y se quedó tan ancho como hacía su hijo cuando decía una de la suyas. Podría ser que mi ángel hubiese heredado ese gesto…o su padre lo copiara de él ¿Quién podría saberlo?
—¿No le agradan esas personas? ¿Quiénes son? Si se puede saber.
Torció los labios en un mohín de desagrado como si tuviese un mal sabor en la punta de la lengua. Chasqueó.
—Es el gerente de la tienda en donde ella compró todos los muebles para redecorar tu casa… —<<¡Ay mierda no!>> —Su exnovio. —parpadeé atónita. Así que esta era una pataleta celosa tal cual como su hijo menor me las armaba a mí. Cada día conocía un poco de los Cullen y nunca dejaba de asombrarme, sobre todo con respecto a lo que tocaba a Edward y Carlisle, quienes a pesar de haber pasado alguna temporada alejados (aun cuando seguían viviendo juntos) parecían calcados el uno del otro. Compartían gestos y hasta rasgos de su carácter; como en  ese momento me podía percatar en aquel arranque de posesividad. Casi sonreí. —No creí que alguna vez volveríamos a ver a ese bastardo. —hablaba más para el mismo que conmigo. —Si hubiese sabido eso, me habría ido a Por Angeles donde compramos la silla de Edward. ¡Mierda!
Abrió los ojos sorprendidos para con él mismo. Yo hice lo mismo, era la primera vez que lo escuchaba decir una mala palabra.
—Lo siento mucho, Isabella. No debí haber utilizado ese lenguaje delante de una dama.
—Una dama que también las dice de vez en cuando, señor Carlisle. No se preocupe… —le guiñé en broma. —Nadie se ha muerto por decir o escuchar una mala palabra.
Sonrió apenado.
—Supongo que tienes razón. Puede que te parezca infantil mi comportamiento pero es que…nunca lo soporté. Jamás. Desde la secundaria…
—¿La secundaria? ¿Hace tanto que se conocen? —pregunté alarmada.
Torció la boca.
—Me haré de la vista gorda, como si no me hubieses llamado viejo. —ambos nos reímos. —El caso es que él era el novio de Esme cuando la conocí. El típico jugador de fútbol. Moreno, fornido; como cualquier italiano;  y presuntuoso con todo aquel que lo rodease.  En ese momento era mariscal de campo y no le gustó nada que el nuevo quaterback que acababa de llegar a la escuela estuviese recibiendo más atención por parte del entrenador y hasta de su chica. ¡Me tocó pelear duro para que se fijara en mí y eso a él no le gustó precisamente. En dos ocasiones terminamos con ojos morados y labios rotos por ella.
—¡Que romántico! De una manera neandertal, pero romántico al final.
Desearía no haber dicho nada pues me miró como si estuviese totalmente loca. Pero es que ¿Cómo resistirse a la esencia de los hombres Cullen en su más básica expresión? Casi podía imaginármelo como si hubiese estado allí. Le habría apostado al rubio. Negué con la cabeza para mí misma. Supuse que la normalidad en cada individuo era relativa. Todos estamos un poco locos, como yo en ese momento desvariando.
Edward, Alice y Gannicus en brazos de la segunda, irrumpieron en la cocina apropiándose de esta en toda su extensión.
Mi ángel se acercó a nosotros y se sentó a mi lado quedando justo en frente de su padre.
—¿Quién ese hombre que está con mamá? —Edward le preguntaba a un nada contento Carlisle.
—El “muy amable” gerente de la tienda de muebles en donde compró tu madre hoy.
—¿Y por qué la mira así?
—Así ¿cómo? —Oh, sí. Jamás le había visto tan arisco.
—Como si se la quisiera comer. —Ayyyyy ¡Dios mío! ¡Mi ángel y su inocencia! Él no comprendía que estaba a punto de matar a su padre de un aneurisma.
Preferí ponerme en pie y comenzar a repartir unas copas de helado para ver si así los ánimos se enfriaban un poco…Le hice señas con la mirada a Al para que no preguntara nada. Ahogó una risita y se dispuso a cocinar.
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El encargado de la obra en mi casa llamó esa noche para informar a Esme que la remodelación había llegado ese día a un punto en el que mejor las habitantes de ese lugar plagado de cemento, pintura, olor a barniz y otros agentes intoxicantes pasaran las próximas tres noches en otro lugar. Así que tuvimos que ir a por ropa para ese tiempo y volver. Alice ocupó la otra habitación que había dispuesta para huéspedes que colindaba con la de Emmett y yo en la que había estado viviendo hasta hacía pocas semanas. Casi ya un mes. ¡Como pasaba el tiempo!
Edward insistió en acompañarnos y estuvo horrorizado todo el rato. La casa era un completo desastre. Plásticos protectores por aquí, montones de polvo por allá, madera por aquí, cemento por allá, pintura por aquí selladores por acá. Toda una pesadilla visual para el espectador.
Tanto Alice como yo nos movimos a la velocidad de la luz y metimos en nuestras respectivas mochilas unas mudas de ropa, calzado y artículos personales imprescindibles para los días venideros. Luego salimos pitando de allí. Los tres empezábamos a estornudar por el polvo que levantábamos al caminar.
Llegamos a la casa “C”, Esme nos instaló y cada quién fue respectivamente a hacer lo que quería. Noté con curiosidad que esa noche Carlisle insistió en llevarse a su esposa temprano a la alcoba. Sonreí complacida. ¡Ah, estos hombres Cullen son un verdadero caso!
Edward y un apestocillo Gannicus permanecieron en mi habitación temporal mientras tomaba una ducha. Uno había tomado un rápido baño mientras yo acomodaba mis cosas en gavetas y percheros. El otro necesitaba agua y jabón ¡Con carácter de urgencia!
Salí ya vestida con un pantalón largo de algodón de color negro y una sudadera de los Yankees. Me había tomado un tiempito extra para cepillarme el cabello y evitarme una innecesaria gripe, así que me fui directita a la cama y me colé debajo del edredón. Era una noche especialmente fría. Mi ángel siguió mi ejemplo quedando justo a mi lado. Abrazándome.
El cachorro pretendió hacer lo mismo pero no le dejé. Ya cuando estuviese limpio no sería tan remilgada. Mientras, se apretujó y se acostó a os pies de la cama, el suelo era de alfombra así que no pasaría frío.
—Huele mal, pero me da pena que duerma afuera con este frío. —dijo mi ángel entre tanto acariciaba mi cabello que aún permanecía caliente cerca de mi cráneo. Sus dedos me relajaban así que lo dejé hacer sin importarme si me estimulaba las glándulas sebáceas.
—No hay problema mientras se quede en la alfombra. Estoy a punto de quedarme dormida por lo que no estaré muy pendiente de su olor en un buen rato. —le contesté con voz pastosa por el sueño.
—¿No vas besarme?
Reí.
—Por supuesto, ángel. Alguien tiene que hacer el trabajo duro. —bromeé.
Tomé sus labios entre los míos sin ninguna prisa ni desespero. Lo besé dejándome llevar por la ternura que despertaba en mí verlo tan tranquilo y relajado en ese instante. Deslizó la boca por mi barbilla…por mi cuello…pero lo detuve en lo que sentí que sus manos se colaban bajo mi sudadera.
—¿Ángel?
—¿Hmmm?
—No.
—¿Por qué?
—Estoy destruida. Probablemente me quede dormida antes de que logres quitarme las bragas y no creo que quieras hacerlo así.
Gruñó, se tomó un respiro pero se negó a sacar sus manos de mi sudadera. Dejé que sus manos se quedaran sobre mis pechos mientras nos rendíamos al sueño. Al fin y al cabo mi cuerpo ya no era mío. Hacía mucho tiempo que se lo había entregado junto con mi alma.
<<La entrega del alma pagana a un ángel.>> me reí nostálgica sin hacer ruido alguno.
Esa noche soñé con luces celestiales, alas emplumadas y un ángel de cabello cobrizo con ojos de tormenta azulada.
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Por la mañana, tras desayunar, Edward y yo llevamos a Gannicus al patio trasero para su primer baño. Agradecimos que el cielo estuviese despejado y que unos débiles rayos de sol nos alcanzaran brindándonos su calidez.
Terminamos los tres bañados pero solo uno limpio. Se había sacudido innumerables veces llenándolos de agua y de jabón, luego de pelos mientras lo peinábamos. ¡Estábamos hechos un asco ambos!
—¡Pero cuanto pelo suelta! —se quejó Edward escupiendo otro pelo que se le había colocado en la boca. No pude evitar reírme y en ese momento yo también atrapé uno que estaba en el aire.
Nos fuimos a bañar.
Esme le decía a Gannicus que no podía volverse a orinar en la puerta de la entrada y el animalito la veía con cara de haber partido un plato, y como ella era toda bondad terminó la regañina con un beso en su cabeza peluda. ¡Al traste en esta casa con la disciplina animal! Si Cesar Millán nos conociera, de seguro nos diría a todos que el jefe de esa casa era Gannicus.
Antes de mediodía Carlisle había llegado a la casa con cajas forradas de regalo. Estaba emocionado, como todos nosotros abriendo la que nos dio a cada uno. Esme, Alice y yo abrimos el papel sin mucho cuidado, Edward en cambio lo hizo con una delicadeza que se nos hizo casi tan entretenida como la sorpresa del regalo en sí.
¡Vaaaaaaya! ¡Iphone para todos!
Esme sonrió agradecida como si le hubiesen dado una camisa o maquillaje. Nada fuera de lo extraordinario. Alice y yo seguíamos patidifusas sin creer ese tamaño regalazo que se nos había hecho. Porque si bien era cierto que los Cullen nos tenían en muy alta estima, nunca nos imaginamos que nos considerarán tan parte de su familia como para tener unos detalles como los que estábamos recibiendo. Primero: remodelación completa de la casa. Segundo: tecnología de última generación.
Edward miraba el artilugio sonriente.
—Vi uno así en internet el otro día. Gracias, papá.
Carlisle le sacudió el hombro con cariño y besó su cabeza. Como si fuese su niño.
—No fue nada, hijo. Eso es para que estés en contacto con todos nosotros. Me pareció un buen momento para que comiences a comunicarte y no tengas que depender del teléfono de Isabella…Bueno, Bella, no me mires así. En fin…para independizarte un poco más.
Asentí satisfecha. Excelente decisión.
—Gracias, señor Carlisle. —agradeció Alice casi al borde de las lágrimas. La pobre había estado presentando muchos problemas con su celular en los últimos días y ya estaba pensando en que tendría que gastar a juro en uno nuevo, cosa que no le provocaba mucho pues ya estaba cerca la fecha de pagar una nueva cuota de la matrícula universitaria. Pero eso solo me lo había contado a mí…¡En buena hora!
Mientras que Alice se lucía ese día con la comida; en agradecimiento a semejante muestra de generosidad; yo me fui al patio exterior a llamar a alguien que tenía bastante abandonada…
—¿Angela?
¡Oh por Dios! Hoy hay un terremoto. O peor, hoy habrá una inundación catastrófica en todo Forks y nos moriremos todos.
—¡Bah! No seas pesada.
¡Es en serio, mala amiga! Tú ya no me quieres. —se quejó con un tono casi infantil.
—Tienes mi número también, así que podrías echarme tú también un telefonazo de vez en cuando ¿Eh? —intenté desviar la diana que apuntaba justo a mi trasero para que me diese la flecha de la amistad.
No no no, bonita. A mí no me culpes. Dijiste que estarías más en contacto conmigo y eso no ha pasado ¿Tan ocupada te tiene ese galán tuyo que ya no te acuerdas de tu pobre y miserable amiga?
—Oh sí. Me tiene muy ocupada, aunque mi amiga esté muy lejos de ser miserable. Porque si mal no recuerdo ella me habló la última vez de que salía con un tal Ben Cheney. —arranqué una florecilla lila de las que Esme tenía en el jardín pues ya estaba marchita. Su tallo estaba quebrado.
Awww, si te acuerdas aún de mí. ¿Cómo has estado, Bella?
—Ocupada con Edward, pero muy bien. ¿Y tú?
Igual, pero de viaje. Ben y yo hemos tenido que ir a unas conferencias en Seattle y en Cleveland. Fueron de lo más interesantes. —su tono de voz lascivo me indicó que lo “interesante” no habían sido en sí las conferencias sino el acompañante. Me carcajeé.
—¿Pero ya estás de vuelta?
Emmm. Sí pero no. Porque ya regresamos de Cleveland pero justo ahora estaremos en Tacoma tres días antes de irnos a Forks de nuevo. ¡Aún me queda mucha diversión delante!
—Ni se te ocurra darme detalles. Voy a comer ahorita.
Mojigata. Pero cuéntame ¿Cómo sigue Edward? —de pronto se volvió una profesional de golpe y porrazo.
—Excelente. Es bastante comunicativo con su entorno, aunque le cuesta un poco más con los extraños. Responde perfectamente a los estímulos y es sumamente inteligente. De hecho, aprendió a tocar el piano básicamente de oído. No le agrada mucho eso de estar leyendo partituras. Su profesora, que es una chica grandiosa y paciente, le insiste en que las utilice aunque no las necesite la mayoría de las veces. Según ella le está creando un patrón de conducta profesional. Es excelente profesora en serio.
¿Has empleado con él la terapia equina? Ellos responden muy bien a esos procesos.
—La verdad es que no. Tengo fobia a los caballos y no sería capaz de ayudarle en una situación que se presente y los involucre a ellos. Pero ayer lo llevé y adoptó un perro, está encantado con él. Intentaré aplicar ciertos aspectos de esas terapias a través de su mascota. Los perros son mucho más manejables y menos atemorizantes para mí.
Por supuesto.
Edward salió a mi encuentro en el patio y se me acercó curioso. Se me ocurrió hacer que estas dos personas, tan importantes para mí, se conocieran. Así solo fuera por este medio. Coloqué el altavoz.
—Angela, aquí está Edward. Salúdalo.
¡Hola, Edward! ¿Qué tal estás? —tenía esa voz que ponía cuando intentaba no sonar demasiado emocionada. Pero fracasaba vergonzosamente.
—Bien ¿Quién es? —estaba receloso y su ceño fruncido indicaba que no se sentía del todo cómodo hablando con alguien a quien no conocía en lo absoluto.
—Es una muy amiga mía. Ella trabaja con personas especiales como tú, ángel.
Eso pareció relajarlo un poco.
—Es un placer conocerte, aunque no te puedo ver la cara. —dijo haciéndonos reír a ambas.
Igualmente, aunque me gustaría que nos conociéramos en persona en cuanto llegue de viaje ¿Te gustaría? —la muy chismosa se moría de curiosidad…
Edward me miró.
Se quiere ver conmigo pero yo no la invité a salir. —añadió desconcertado. Parecía como si quisiera disculparse por eso. Me dio mucha ternura su inocencia y le acaricié la cara.
—Sí, cotilla. Edward y yo nos encontraremos contigo en cuanto llegues. Solo llámame.
Vale. —y se quedó satisfecha.
Antes de colgar tuve que cerciorarme de que no hubiese dicho nada que pudiese comprometerme, aunque la verdad saldría a la luz muy pronto. Al menos para mis ex compañeros de trabajo.
—Angela, ¿Ben sabe de mi relación con Edward?
¡No, en lo absoluto!
—Bien. —respiré un poco más tranquila. —Luego me encargo de eso.
No me pareció educado sacar tu vida privada a la luz. No es problema de nadie. —sonreí complacida. Esa era lo que más me gustaba de ella. Su lealtad.
—Gracias, Ang. Llámame ya tienes este teléfono. Es mi nuevo número.
Bien. Y recuerda, nos vemos en cuatro días, Bell.
Edward me veía tenso, lo cual me sorprendió.
—¿Qué pasa? ¿He dicho algo malo? —pregunté con suavidad.
—¿Por qué no quieres que ese tal Ben se entere de nosotros?
Sin duda alguna su actitud me tomó por sorpresa. Corrí a explicarme.
—Porque se supone que a los ojos de mis colegas, eres mi paciente no mi novio. Aunque Ben se enterará pronto. Lo más seguro es que Angela quiera que salgamos los cuatro. —tomé una de sus manos entre las mías, besé su palma y las apreté. —Yo quiero que me acompañes y así él se dará cuenta, más no tendría que enterarse por algún comentario que ronde por allí y a que pueda dar pie a rumores como que yo estuviese contigo solo por interés. O como si te hubiese corrompido. Mi reputación laboral se vería seriamente afectada y eso es muy importante para mí. Pero discúlpame, no quise dar a entender que no quiero que sepan que estoy contigo.
Me abrazó comprensivo y buscó mis labios para un beso dulce y casto.
—Está bien. Lo comprendo, Bella. No quiero causar nada que te haga daño. Yo te cuidaré.
—Ya lo haces, ángel. —dije apretujada entre sus brazos.
Cuatro días después…en la Bella Venecia estábamos Angela, Ben, Edward y yo cenando animadamente. Después de la sorpresa inicialmente al enterarse del autismo de Edward y que tenía una relación más allá de la de paciente-enfermera, se comportó como si nada importara. Era un hombre grandioso como me había dicho mi amiga.
Angela por su parte estaba feliz de verme de nuevo. Tenía el cabello mucho más corto que la última vez que nos habíamos visto. Se lo había cortado al nivel de los hombros y le quedaba fantástico. Conversamos sobre sus viajes, las experiencias que habían tenido con pacientes de autismos de otros lugares que habían visitado en sus viajes. En ningún momento analizaron a Edward, solo lo trataron como mi cita. Y se los agradecí internamente.
Aunque muy pronto se vaporó la energía relajada…al menos por mi parte…
—Cuéntenme ¿Cómo se ven en un tiempo?
—¿A qué te refieres? —gruñí.
—Viejos. —aseveró Edward. Angela y Ben estallaron en risas pero yo no tuve la inclinación de hacerlo. Seguía tensa.
—Ya saben…luego de tener cierto tiempo de novios. ¿Qué harán después?
¡Yo la mato!
—Tu amiga tiene razón, Bella. ¿Qué haremos después?
—No lo sé, ángel. El tiempo lo dirá. Vamos paso a paso ¿Recuerdas? —le tomé la mano y lo miré a los ojos intentando que comprendiera mi punto de vista…y quizá también el temor que ahora se me comenzaba a formar en la boca del estómago. —Ya hemos hablado sobre eso.
—No hemos hablado sobre casarnos. —negó indignado.
Suspiré paciente.
—Sobre eso no, ángel. Sobre hacerlas cosas lentamente.
—Ah. Sobre eso sí ¿Pero nos casaremos? —insistió curioso.
—Yyyyy…yo…no sé…tú…
—No entiendo lo que dices…
Respiré profundo contando mentalmente hasta diez y luego hablé.
—Ángel, casarse no es ir a una casa bonita y vivir feliz para siempre. Es algo mucho más complicado. Debemos considerar muchas cosas primero y luego tomamos la decisión.
La muy arpía de Angela hacía su mejor esfuerzo en sofocar sus risas con la copa de vino que tenía en su mano en ese preciso momento. Sentí un fuerte impulso de tirarle a la cabeza un trozo de pan.
—A mí me parece que están muy bien ahora. —añadió Ben al darse cuenta del atolladero en donde estaba metida. Se lo agradecí con la mirada y amenacé a mi amiga con la mirada.
—Tenemos un perro. —añadió mi ángel con no poco orgullo. Incluso se había cuadrado de hombros. Como si estuviese pavoneándose ante los demás de algún logro. Tan tierno…
—Vaya. Eso es un gran paso. —le contestó Ben. Le miraba gratamente sorprendido.
—Sí. Da mucho trabajo porque no es muy ordenado ni huele bien siempre, pero es un gran perro.
Y las conversaciones sobre Gannicus se extendieron y se extendieron hasta casi la hora de despedirnos. Angela y yo quedamos en vernos de nuevo, pero solas y ben insistió en encontrarnos de nuevo los cuatro para cenar en la próxima semana. Edward accedió encantado.
Cuando regresamos a la casa, ya todos estaban acostados, excepto Gannicus que nos esperaba en la puerta y que casi se muere de un infarto de tanta felicidad a lo que pasamos la entrada. Me quité los tacones pues tenía los pies destrozados y me disponía a subir las escaleras cuando una visión de Edward me consumió casi en su totalidad.
Mi ángel estaba abrazando a ese pequeño mestizo de lobo siberiano con mucho cuidado de no hacerle daño y mi corazón se paralizó. Cuando no creía que podía ser más perfecto, más puro e incorruptible, entonces se mostraba ante mí con un aura de luz y paz mientras hacía lo que mejor sabía hacer. Amar. Amar a todo aquel que lo dejase entrar en su vida.
Así era mi ángel.

Este separador es propiedad de THE MOON'S SECRETS. derechos a Summit Entertamient y The twilight saga: Breaking Dawn Part 1 por el Dise&ntilde;o.

*Marie K. Matthew*

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