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jueves, 2 de diciembre de 2010

REGALO DE MI AMIGA ODALIN!



A veces tenemos la suerte de toparnos con gente maravillosa en el mundo que nos enseñan muchas cosas, y con las que sentimos que lo que hagamos palidece frente a las bellezas creadas por otros. En esta ocasión les regalo este "capítulo final alternativo" que hizo mi talentosísima amiga Odalín Martín. A quien le debo agradecer por hacerme derrarmar lágrimas de alegría y orgullo. ¡Ya era hora que tu talento saliera a la luz mujer!! y yo estoy más que honrada por ser quien se lo muestre al mundo. Te quiero amiga. 

Y a ustedes que me siguen  tan lealmente tambien. 

P.D: la historia "oficialmente no ha terminado aún...pero es que esto me pareció digno de ser compartido. Y por cierto..el proximo capítulo empieza tal cual este..así que espero que disfruten del abreboca...los quiero a todos...y a ti Oda...te adoro!






CORAZÓN DE CRISTAL

Capítulo IV: “Lo extraño, me extraña”

La corneta del auto de Ángela me avisaba queme estaba tardando demasiado. Y no era porque me estaba arreglando mucho, sino porque la alarma del despertador no había sonado y me había quedado dormida, hasta que mi amiga me había llamado por el celular.
Finalmente estaba lista y corrí escaleras abajo, tomando mi cartera antes de salir.
Hubo algo que me detuvo sólo por un instante, un anhelo desde lejos, alguien que pensaba en mi. No me detuve mucho tiempo más a pensar en eso, no tenía tiempo.
No sé lo comenté a Ángela, pero no quería estar con ella en ese momento, ella es mi mejor amiga, pero él… no, no podía hacerle eso a Marie, esa chica que estuvo allí durante toda mi infancia, tenía que estar con ella, y dejar de pensar en Edward.
Fuimos al cine, vimos una rara película de amor y terror, no entiendo cómo pueden mezclar unos géneros tan distintos. No me gustó esa película.
Fuimos a comer helado y el helado no sabía a nada.
Ángela se preocupaba y lo veía en sus ojos, esos ojos que me conocían tan bien.
No aguantó más, me preguntó.
-       ¿Qué demonios es lo que te pasa hoy, Bella? 
-       Lo siento, es que no dejo de pensar en Edward, siento que me necesita, y yo lo necesito a él.
-       ¿Y qué haces aquí? – Me dijo
-       Estar contigo, tonta, ¿qué más?
-       Olvídate de mí, yo sobrevivo sola – sonrió – anda con él.
-       Gracias – casi lloro cuando me dijo eso y de esa forma.

Estaba obsesionada, no podía seguir involucrándome tanto en el trabajo, no podía presentarme hoy, mi día libre, en casa de la señora Esme, ¿o sí podía?
Llegué hasta la entrada, apagué mi pequeño carrito, y pensé, ¿qué diría la señora Esme cuando me viera allí? ¿Y si me bota de la casa por tomarme atribuciones que no eran debidas?
Encendí de nuevo el carro, no debía estar allí, aún daba chance de que llegara a donde Ángela y quedarme con ella, quizá ir a un Bar y tomarnos unos tragos, pero algo atrajo mi mirada.
Desde la ventana estaba Edward mirándome, con esas miradas profundas y angelicales, juré que creí que gritaría mi nombre.
No pude arrancar, me bajé.
En esto momentos no me importaba menos lo que pensara la Señora Esme, no pude dejar de correr, hacía sus brazos, necesitaba estar con él y él conmigo, no había otra solución.
Toqué el timbre con ansias, oí a la señora gritar a lo lejos
-       Ya voy, por favor paciencia.

No me importó seguí tocando.
-       ¡Bella!, ¿qué haces hoy aquí?
-       Lo siento, señora Erika, necesito hablar con Edward
-       ¿Hoy? ¿no es tu día libre?
-       No importa.
-       Bueno, pasa
-       Gracias

Crucé el umbral como si mi vida dependiera de ello, aunque creo que mi vida no valía tanto para mí como su vida, la de ese chico que me esperaba escaleras arriba, ese de ojos grises que me robó el aliento sin que lo notara.
Las escaleras se me hicieron infinitas, pero llegué.
Toqué la puerta antes de entrar. Esperé.
Y ahí estaba él, mirándome a los ojos y con una sonrisa a medio partir.
Me hizo un ademán con la mano para que pasara.
Me senté en su cama, y él me dio la espalda, le pregunté
-       ¿Qué pasa, Edward?
Y él sólo me miró y me entregó un papel.
Extrañada, lo abrí.
Era un retrato mío, dibujado a mano, tan exacto que me creí estarme viendo al espejo.
Y detrás un escrito. Que decía:

Ojalá con mis palabras pudiera explicar
Lo que con mis ojos intento continuar
Hay veces que no puedo respirar
Y por las noches no quiero soñar
Porque cuando la luna alumbra mi cara
Sé que eres tú cuidándome de la inmensidad
Hay cosas que quisiera olvidar
Y cicatrices que quiero borrar
Pero contigo quiero estar
Por más que mi conciencia se oponga
Entre nosotros
Intentaré cambiar
Aunque la vida se despida de mí
Lo haré por ti, Alma mía

Lloré desde el principio al final.
-       Lo siento – le dije- no lo pude evitar, es lo más hermoso que jamás me han escrito, es lo único que me han escrito.


Se acercó a mí. Y con su pulgar secó una lágrima perdida que aún no tocaba mi barbilla.
Apoyé mi rostro sobre su palma, y cerré los ojos, sentí su respiración en mi cabeza y luego desapareció.
También alejó su mano de mi rostro, no quería abrir los ojos, no quería perder ese momento, pero necesitaba ver sus ojos, ver que no se había ido, ver que era real y no un simple sueño.
Los abrí.
Y allí estaba él, tan cerca que mí que me mareo intentando enfocar.
Seguía viéndome.
Sonreí.
-       No es un sueño - me dije -  y nunca lo fue
Me acerqué un poco más, no sé si era lo adecuado, pero en ese pequeño y diminuto instante no me importó, crucé los límites, entre paciente y médico, o mejor dicho entre paciente y cuidadora.
Rocé delicadamente sus labios, y luego me detuve, sólo por in instante pensé, ¿y si sus instintos murieron? A fin de cuentas él era autista.
Pero todo lo olvidé porque él se acercó delicadamente a mí, puso sus manos sobre mis mejillas, tan delicadamente como si lo que tenía entre ellas fuera a romperse; y se acercó a mí.
Sus labios de terciopelo rozaron de nuevo los míos, y se alimentaron de nuestras inquietudes, desaparecieron nuestros miedos.
Yo sabía que por más diferentes que fuéramos, juntos estaríamos, en la inmensidad del mundo, enfrentándonos a la mirada de los demás, pero juntos, eso era lo único que importaba.
Soltó mis labios con los ojos aún cerrados dijo:
-       Mejoré a los días que llegaste. – sonrió al ver mi expresión – pero no quería dejarte ir, y pensé que cuando vieras mi mejoría desaparecerías.
No pude decir una palabra, con un nudo en la garganta me abalancé sobre él. Caímos al suelo riendo y lo besé.
Sé que este beso no será nuestro último beso.

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