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martes, 5 de octubre de 2010

Sin Alternativas - Séptimo Capítulo:




INTERRUPCIONES

-          ¡Amor, ayúdame aquí! – Le grité a Paul.

El gran pavo pesaba mucho para mí sola.

Al segundo me arrebató la bandeja de las manos.

-          ¿Te costaba mucho llamarme para yo sacara eso del horno? Estás buscando lastimarte por necedad. – dijo molesto.

-          No me gusta parecer una eterna damisela en peligro. – le sonreí a manera de disculpa.

-          No, Rachel. – seguía molesto. – Pudiste hacerte daño. Si se te volteaba la bandeja te hubieses quemado todo el cuerpo. – meneó la cabeza como para sacarse esa idea.

Me acerqué a él, lo abracé por la cintura y le hice un puchero.

-          No te molestes conmigo. Perdóname ¿sí? – Me refregué contra él. – Ven. Dame un beso.

Me vió de soslayo pero aceptó.

Rozó sus labios con los míos delicadamente; pero no se imaginó mis intenciones retorcidas. Tomé su cara entre mis manos. Lo besé ferozmente e incluso le mordí el labio inferior. Luego mi lengua irrumpió en su boca sin permiso alguno, para enredarse con la de él; que aunque trató de resistirse, sucumbió a mis caricias.

Tal cual como me pasaba con él.

Besó mi cuello y bajó sus manos hasta mis nalgas, por donde me agarró y me subió en uno de los topes de la cocina.

Me sacó la franela y luego la de él. Besó el nacimiento de mis senos que se asomaban por encima del brassier. Bajó hasta mi estómago mientras yo halaba su hermosa cabellera negra.

Me fascinaba entregarme sin reservas a sus manos. Con gusto sacrificaba mi libertad siempre y cuando él fuera mi cárcel.

Deslizó sus dedos hasta el broche de mi brassier. Lo abrió y bajó una de las tiras mientras me besaba el hombro con dedicación.

-          ¡Awww. ¡Demonios no puede ser! – espetó molesto.

-          ¿Qué pasa? – Le pregunté extrañada.

-          Viene un carro. Vístete. – Tomó su franela del suelo y me alcanzó la mía.

También me molestó lo inoportuno de cualquiera que estuviese llegando.

Me volteé hacia Paul.

-          ¿Se te quitó lo molesto, por lo menos?

-          A pesar de que eres una criatura malévola; no estoy molesto contigo. Sino con el que nos interrumpió. Ahora estoy ansioso…

-          Tranquilo, amor. –  le interrumpí. – Cuando todos se vayan nos escapamos un rato a donde no nos molesten. – Mientras hablaba me iba vistiendo.

Puso una mirada cómplice.

-          ¿A dónde se te ocurre? – preguntó.
-          A la playa…no sé.

-          ¿Porque no te quedas esta noche en mi casa? – tenía la mirada esperanzada.

La duda se apropió de mi rostro.

-          No lo sé…Es demasiado pronto. No para mí; sino para Billy… - expuse

Decepcionado asintió.

-          Pues si. Ni modo.

Lo abracé y lo miré.

-          Dame unos días, cielo. Y cuando menos lo esperes me despertaré a tu lado. – Le sonreí con ternura.

Le brillaron los ojos.

-          Entonces espero ese día con ansias.

-          Pronto, amor. Pronto. – Concluí.

Seguimos alistando los platillos y la mesa antes de que llegaran los chicos. Pero solo llegó Jared en la camioneta de Sue.

Esa parecía ser el transporte de la manada.

Me reí sin disimulo.

Sonó la puerta.

-          ¿Qué te causa tanta risa? – preguntó Paul.

Seguí caminando a la entrada.

-          Un chiste de lobos. – Me carcajeé.

Me miró extrañado.

-          ¿De que hablas? – Insistió.

-          Olvídalo. – abrí la puerta.

El único asistente al compromiso entró.

-          Hola, Rachel. – saludó animado.

-          Hola, Jared – respondí con educación. - ¿Cómo has estado?

-          Bien. Ansioso por conocer como cocina la nueva novia de Paul. – ese comentario se me clavó como una espina.

Lo miré suspicaz.

-          ¿Nueva? ¿Acaso cambia mucho de pareja? – los celos me hacían ver todo rojo.

Jared se veía tranquilo; inocente de lo que me había causado sus comentarios.

-          Para nada. Novias no ha tenido muchas. Pero si muchas chicas. Atrapaste a todo un casanova.

Paul salió irritado de la cocina.

-          ¿Conoces el concepto de la palabra “imprudente”? Pues eres eso multiplicado por diez. Cállate antes de que te dé tu merecido. – Estaba más inquieto que molesto.

Eso aumentó más mis dudas.

-          Tranquilízate, viejo. Solo le comentaba a Rachel lo cambiado que estás. – Se excusó levantando las manos.

-          ¡No me ayudes tanto! – su tono era mordaz.

-          ¡Ya basta! estamos para celebrar no para pelear. – intervine.

<<Eso lo haremos luego…>> Me dije.

-          Cierto. – Asintió Jared. – Tengo hambre…

-          Pues toma asiento. – Lo convidé y así lo hizo.

-          Espera aquí. Voy a traer lo que falta. – le dije.

Paul estaba en la cocina y me miraba nervioso.

-          ¿Te pasa algo? – dije mientras sacaba la ensalada de la nevera.

-          ¿Estás molesta? – preguntó.

-          No… por ahora. – salí de la cocina.

Puse el envase en la mesa junto al pavo.

-          ¡Paul! – Grité. - ¿Podrías traer las cervezas? Por favor.

Llegó al momento con varias botellas metidas en un envase con hielo.

Nos sentamos en la mesa. Quedé enfrente del único asistente; y mi novio se sentó al lado mío.

-          ¿Por qué no vinieron los demás chicos? – le pregunté a Jared.

-          Sam y Emily, tuvieron una complicación. Quil tuvo que llevar a Claire al médico, y como Embry no puede vivir sin él; se fue detrás. – Puso los ojos en blanco mientras se servía un poco de cada contorno.

Paul tomó la iniciativa de picar el pavo y nos sirvió a cada uno.

Jared destapó tres cervezas y las repartió.

Levanté la botella.

-          Porque este sea el comienzo de muchos encuentros. – propuse.

-          Así será. – Dijo Jared. - ¡Salud!

Brindamos y comenzamos a comer.

El almuerzo iba bien y la conversación fluía con comodidad.

De repente se me ocurrió sacar a mi novio un poco de sus casillas.

Metí la mano por debajo de la mesa y le acaricié la parte interna de los muslos. Él se tensó ante mi roce y me tocó contener la risa.

-          Esto estuvo grandioso, Rachel. – me felicitó Jared al terminar su cuarto plato de comida.

-          Gracias, ahora viene el postre.

-          Yo lo busco. – Dijo Paul.

Le puse una mano en le hombro

-          No, amor. Yo lo busco. Espera aquí.

Y me dirigí hacía el refrigerador para sacar un cheescake con fresas. Volví pronto a la mesa. Corté y repartí el pastel.

-          ¿Y tú tienes novia, Jared? – pregunté casualmente. Luego me llevé un pedazo de cheescake a la boca.

-          Sí. Se llama Kim. – sus ojos brillaron por unos instantes.

-          ¿Por qué no te acompañó? – Le pregunté.

-          Pescó un fuerte resfriado. Al salir de aquí me voy a su casa.

Mientras él hablaba puse de nuevo la mano en el muslo de Paul y la deslicé hasta su paquete.

El cuerpo de Paul se tensaba y yo debía contener la risa. Ni me atreví a mirarlo, porque de seguro me lapidaría con los ojos.

Cuando Jared terminó de hablar aparté la mano.

-          Ahh. Pobre. Llévale una rebanada de pastel. – dije cual inocente paloma.

Me sonrió alegre.

-          Claro que si. Muchas gracias, Rach.

-          No hay de qué.

Los muchachos siguieron la conversación con temas como deportes, problemas de la reserva, etc.

Me excusé y me levanté llevándome los platos sucios al fregador.

Me preparaba para lavar los platos cuando Paul tomó la mano.

-          Yo me encargo – Me vió dulce. – Tú ya has hecho demasiado. Si gustas termina de recoger la mesa.

Asentí, le di un corto beso en las comisuras y fui al comedor.

Cuando salí vi que Jared ya lo había hecho por mí y venía con las cosas en las manos.

-          ¡Wow! ¡Que chicos tan juiciosos! – Me reí con asombro.

Me paré al lado de Paul para secar las cosas lavadas.

Él se giró hacia mí.

-          ¡Eso es para que veas la clase de novio que te gastas!

Todos nos carcajeamos.

-          Yo sé que tengo el mejor de todos. – le di un beso.

-          No. El mejor novio lo tiene Kim. – dijo Jared entre risas.

-          Si. Claro. –  Paul puso los ojos en blanco.


Continuamos en lo nuestro hasta dejar todo impecable. Envasé el pedazo de pastel y se lo dí a Jared.

-          Toma. – dije entregándole el postre. – Dile de mi parte que se recupere.

-          Gracias, Rach. Con mucho gusto se lo diré. – su mirada era de agradecimiento. – Debo irme. Tengo mucho rato sin saber de Kim y eso no me agrada.

-          Está bien. Gracias por venir. Cuídate y cuídala mucho. – me despedí con la mano.

-          Claro que si, Rachel. Gracias por todo y hasta pronto. – Luego volteó a ver a Paul. –Viejo ¿Nos vemos esta noche?

Él negó con la cabeza.

-          Hoy no. Mañana en la mañana. Avísale a Sam; pero si hay una emergencia avísame. – Le dijo en tono serio.

Jared asintió y salió de la casa.

Yo me senté en el canapé mientras veía a Paul conversar. Cuando salió su amigo se fue hacia mí.

Me abracé a él y me quedé recostada en su pecho.

-          ¿Qué vamos a hacer? – le pregunté.

-          Salgamos. ¿Quieres dar una vuelta por la playa?

-          Me da igual. No quiero estar encerrada.

-          Abrígate y vámonos.

Así hice. Me coloqué mi chaqueta, tomé mi celular, las llaves del carro y de la casa.

-          Lista. – dije al bajar.

Nos tomamos de la mano y entramos al auto.

Llegamos a la playa y hablamos más cosas sobre la manada.

Me llamó mucho la atención que Quil se imprimara de una niña de 3 años; y que de paso fuese familia de Emily. Esas mujeres debían tener algo genético para lo raro. Porque había dos imprimadas y Leah que era loba. Pero a diferencia de ellas, la última fue la peor parada. Sola y viendo que su prometido se iba con su prima hermana.

-          Siento mucha pena por Leah. Ella no merece cuanto le ha pasado en la vida. Primero pierde a su prometido. Luego muere su padre y para rematar. Se convierte en licántropa. Nadie merece tanta pana. Y menos una chica que no ha sido malvada.

Paul puso los ojos en blanco.

-          Pero sr volvió después de eso…

-          ¿Y quien no? Quizás hasta yo lo haría. No te atrevas a juzgarla. Imagina que eso te hubiese pasado a ti. ¿Qué harías si yo te dejara por otro? A sabiendas que lo amaría por siempre, él también a mí y que tú no pudieses hacer nada al respecto.

Se estremeció a mi lado.

-          No se lo que haría. O de que sería capaz. – el pánico invadió su rostro. – De todas formas eso no nos ocurrirá, porque eres mía y para siempre.

-          Lo sé. Pero ninguno de ustedes ha pasado lo que ella ha tenido que enfrentar. Prométeme que no le recriminarás nada.

-          ¿Y si es ella la que me busca pelea? – preguntó algo desafiante.

-          Pues te aguantas. En ese momento imagínate como te sentirías si te abandonara. – le dije firmemente.

-          No puedo…no quiero… - le costaba emitir palabras

-          ¡Ahh! ¿ves? Es duro. De verdad que le deseo lo mejor. Me gustaría que apareciera alguien que la amara como se merece. O mejor aún. Que ella genere impronta también.

Negó con la cabeza.

-          No es posible. Eso parece ser algo de hombres.

Lo miré con rabia.

-          Después de todo lo que les ha pasado…¿Todavía no creen en lo imposible? – exhalé con obstinación. - ¡No son más que una bola de machistas!

-          No es así, Rachel. No seas obtusa. Solo nos guiamos por las leyendas. – se veía molesto.

Me mordí el labio y respiré profundo. Estaba molesta.

-          Así que soy obtusa. – me levanté - Bien.

-          ¿Adonde vas? – me preguntó molesto todavía.

-          Eso no te incumbe y tampoco creo que te importe. Total ¿Quién querría andar con una “obtusa”? – enfaticé la palabra.

Me dirigí hacia la carretera. En dirección sur.

Paul me alcanzó rápidamente.

-          Rachel, discúlpame. Me molesté, no fue mi intención insultarte. Pero admite que te pusiste altanera. - ¿De verdad querría arreglar las cosas?
-          Noticia de última hora para Paul Howe. – subí mi tono de voz. - ¡Yo he sido altanera toda mi condenada vida! Y ni siquiera pienses que por ti voy a convertirme en una pusilánime que acepta todo lo que le digas. – me volteé y quise seguir mi camino pero me agarró por el brazo.

-          Rach, por favor. Escú…

Lo interrumpí.

-          No te quiero escuchar. No hoy. Así que déjame irme a mi casa.

Mis propias palabras me herían.

-          Deja que te lleve. – au voz era un susurro bajo lleno de dolor. – Tu casa está lejos.

Asentí.

Caminamos en silencio hasta el auto y por el camino fue igual.


Me volteé hacia la ventana y una lágrima se me escapó. La limpié rápidamente para que no se diera cuanta.

-          ¿Estas llorando? – preguntó preocupado.

<< ¡Maldición!>>

-          No. – dije tajante.

-          Te vi limpiarte una lágrima.

-          No estoy llorando y punto. Además ya llegamos. Gracias por traerme.

Me bajé del auto sin verlo siquiera. Estaba a punto de devolverme, darle un beso y decirle que todo había sido una tontería. Pero él debía aprender a respetarme y entender que no por el hecho de ser su novia dejaría de ser como era.

Entré en la casa y subí a mi cuarto. Me derrumbé en la cama y lloré hasta que me quedé dormida.


Paul Pov:

<< ¿Por qué me hace esto?>> me pregunté mientras me limpiaba una lágrima.

Parecía un idiota llorando por ella, aún encerrado en el auto. Me recosté del asiento y traté de calmarme.

El dolor de sentirla tan fría no cesaba y comenzaba a asfixiarme.

Me bajé del coche y entré en la casa con sigilo. No quería que me escuchara y pensara que era un atorrante.

Salí y entré en fase. En cuanto me adentré en el bosque el paisaje comenzó a desdibujarse a mi alrededor a la velocidad de mi furiosa carrera.

No quería ver a nadie, anhelaba quedarme solo y reflexionar en lo que acaba de pasar para ver si lo comprendía y arreglaba una pelea que se presentó de manera abrupta.

<<Todo estaba bien… Y de repente las cosas se salieron de control. ¡Maldita sea Leah por hacerme pelear con mi princesa!. Peor aún, porque la insulté>>

Otra lágrima; pero esta vez del tamaño de una pelota de beisbol, apareció en mi ojo y rodó por mi hocico.

Sacudí la cabeza con fuerza para deshacerme del rastro de pena.

Lo que me había dicho Rachel volvió a mi cabeza para atormentarme. La imaginé abandonándome.

-          Lo siento, Paul. Viví cosas hermosas a tu lado. Demasiadas. Te debo mucho en ese sentido. Pero…Amo a Mathew con toda mi alma. Y no me puedo seguir engañando a tu lado. Es algo que simplemente no se puede cambiar. Adiós.

La siguiente imagen fue peor.

La vi besándose con el muñequito francés ese…

Aullé histérico. Los celos me carcomían y el dolor me corroía.

De repente pensé en lo que debía haber sentido leah.

Dolor, rechazo, celos, rencor, soledad, vacío…

En ese momento me sentí como un completo bastardo por ver las cosas solo desde el lado de Sam.

Él era como mí hermano y siempre lo había apoyado sin titubear.

Pero en este caso Rachel tenía razón. Éramos injustos con Leah, porque la considerábamos una arpía. Sin detenernos a pensar en lo que la había convertido en lo que era.

Corrí de nuevo pero ahora hasta mi casa. Me dirigí a la puerta trasera, cambié de forma. Y pasé.

Estaba totalmente desnudo, puesto que había dejado mis ropas y mis zapatos hechos jirones en el bosque.

Subí a mi alcoba y observé la cama. Se veía tan grande y tan vacía…

Hacia un buen rato ya desde que me la había imaginado llena con el cuerpo de mi princesa y el mío. Juntos, entregándonos el uno al otro con pasión y amor como lo habíamos hecho hasta ahora.

Me senté en la orilla y luego me tumbé en el lecho.

Imaginé sus curvas perfectas pegadas a mi cuerpo…sus uñas encajándose en mi espalda con cada espasmo de placer…su hermosa voz jadeando mi nombre en mi oído…

Casi sin darme cuenta, comencé a acariciarme recordándola a ella. Tomé mi miembro y empecé a masajearlo en dirección ascendente y descendente. Primero con lentitud, luego con insistente contundencia.

Mi imaginación fluctuaba entre fantasías y recuerdos.

No tardé en llegar al clímax.

Si bien sentí un desahogo; no cesó la sensación de tristeza y desasosiego.

Le necesitaba a ella y solo a ella. Necesitaba saber que estaba bien y feliz. No podría seguir en ese estado mucho más tiempo.

Me levanté para bañarme y vestirme. Tenía que salir de nuevo.

Entré a una tienda de regalos en Port Angeles pagué un peluche que era una perrita gris de mirada triste y que tenía dos grandes lazos en sus orejas. Al darme cuenta de la ironía que implicaba el regalo; decidí arrancarle dichos lazos.

Además le compré unas docenas de rosas blancas, sus favoritas, una caja de bombones surtidos y una tarjeta inmensa que decía. Perdóname. Te amo.

Subí todo a la camioneta de Sue; y me fui hasta la casa de Rachel.

Llegué y toqué a  la puerta. Nadie me respondió. A los minutos toqué un poco más fuerte; pero al igual que hacía momentos atrás; nadie salió. Supuse había salido.

Me senté en la escalera de la entrada; puesto que estaba a pie. Decidí esperarla allí. Me mantuve en silencio durante un buen rato. De repente escuché ruidos en el cuarto de Rachel, específicamente chirridos de la cama.

Consideré la posibilidad de irrumpir en su casa sin autorización previa. Sabía que me estaba comportando como el propio acosador. Pero ni la culpa, ni la vergüenza eran más fuertes que mi necesidad de verla.

Así que tomé todo lo que había comprado y me puse en pie. Gracias a Dios la puerta estaba abierta. Me adentré con pasos sigilosos. Encontré cerrado el acceso a su cuarto; giré la manilla y empujé solo un poco. No se produjo cambio alguno; y eso me dio luz verde para pasar.

Rachel yacía profundamente dormida.
Coloqué todo lo que le había traído sobre su peinadora y me acerqué a su cama.

Su respiración se veía interrumpida por suaves sollozos, como si se hubiese dormido llorando. Noté al lado de sus ojos una marca de humedad y confirmé mi teoría.

Sabía que era el culpable de esas lágrimas. Quise abrazarla fuerte y besarla. Pero no podía hacerlo, desconocía la reacción de ella si me viese allí; después de lo que había pasado y sin tener permiso para pasar a su casa.

Me quedé al lado de su cama y rocé sus mejillas con mis yemas. Su piel lisa y suave le inyectaba una especie de adrenalina a mi cuerpo.

Era tan hermosa incluso en medio de su inquieto sueño a causa de los sollozos. Se veía perfecta.

 Y lo que le hacía más perfecta era saberla mía. Aunque estuviera moleta conmigo, sabía que me amaba tanto como yo a ella. O talvez yo la amaba más. Porque el mundo se podía derrumbar cuando ella estaba cerca. Lo que había pasado era una tonta pelea que no podía separarnos. No a nosotros.

Mi princesa se removió inquieta, su respiración se agitó y su cara reflejó un terror inmenso. Quité mi mano de ella en ese instante.  Advertí que estaba teniendo una pesadilla. No supe que hacer si despertarla o irme de allí. Al final lo único que hice fue quedarme paralizado y agachado todavía a su lado.

De repente lanzó un grito al aire y abrió sus ojos que se encontraban desorbitados.

Entonces todo pasó rápido. Ella se sentó de golpe viendo hacia el frente, yo me alarmé y puse de pie, y ella gritó del susto.

Se percató de que era yo quien estaba con ella y se calló.

-          Paul… - seguía agitada. – Estás aquí.

Me abrazó rápidamente por la cintura. Estaba consternado.

Me agaché y le tomé la cara en mis manos. Rachel tenía el rostro bañado en lágrimas.

-          Si, princesa. Aquí estoy. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estas así? Solo fue una pesadilla.

De pronto sus ojos antes asustados se congelaron. Retiró su cara de entre mis manos y recobró la compostura.

-          Disculpa. Fue un corto lapsus mental. – me miró extrañada. - ¿Qué haces aquí?

Inspiré profundo. Tendría que excusarme tratando de no parecer un perseguidor. Y era peor ahora que ella hubiera vuelto a su actitud beligerante.

-          Yo…vine a traerte algo; pero toqué la puerta y nadie me abrió. Me aventuré a ver si habías dejado la puerta abierta y así fue. Me dirigí a tu cuarto y te vi durmiendo. De repente te levantaste toda perturbada.

-          Jummm. Está bien. ¿Y qué fue eso que me trajiste? – solo me veía a mi, no a su alrededor.

Me dirigí a la peinadora, agarré las cosas y me senté a su lado.

Conocía tanto a mi Rachel, que sabía que luchaba contra las lágrimas. Seguía molesta y no quería dar su brazo a torcer tan fácilmente.

-          ¿Qué pretendes con esto, Paul? – me espetó con acritud.

Su desdén me hería.

-          Que me perdonaras, Rach. No fue mi intención hacerte daño. Te amo más que a nada y no quiero echar todo a perder por mi mal carácter.

-          ¿Me comprarás peluches cada vez que me faltes el respeto? – su tono era mordaz y firme. – Eso no lo toleraré. La nieta de Ephraim Black no nació para ser pisada.

-          No, mi princesa. No habrá segunda ni tercera vez. Eres sagrada para mí. No aguanto el saber que estás molesta conmigo.

Por fin aceptó tomar los obsequios.

Abrazó fuertemente al perro y escondió su cara en él. Pasados unos momentos levantó la vista; estaba llorando.

-          Prométeme que no volveremos a pasar por esto. Jamás había llorado tan amargamente en toda mi vida. No quiero que nos hagamos daño y nos reconciliemos a cada rato. Esa no es la relación que quiero llevar contigo.

Me arrodillé a sus pies, le quité el peluche y me posicioné entre sus piernas.

Pegué mí frente a la suya y con mis manos estreché su cintura.

-          Te juro, princesa. Que no te volveré a herir jamás. No puedo estar sin ti.

Limpié sus lágrimas con mis yemas. Luego nos miramos fijamente a los ojos y la tristeza fue suplantada por el deseo.

La tomé de sus cabellos y la besé con violencia; no quería hacerle daño pero la deseaba tanto; desde la mañana.

Nuestras respiraciones se volvieron irregulares.

Me levanté del suelo sin separarme de ella, solo para tenderme encima de su cuerpo.

Sus dedos se aferraban a mi cabello para atraerme más hacia ella; lo que me demostraba que estaba tan desesperada como yo.

Introduje mis manos por los costados de su franela para sacársela; pero el sonido de un carro me interrumpió de nuevo.

-          ¡Maldición! No puede ser; no de nuevo. – espeté molesto.

Ella me miró de una manera que me dificultaba pensar con claridad.

-          Viene alguien…de nuevo. – le expliqué.

Suspiró con pesar.

-          Debe de ser Billy.

-          Pues si. No creo que pueda ser alguien más.

-          Espérame abajo. Por favor. – me pidió Rachel.

Asentí y me levanté de la cama.

Hoy definitivamente iba a tener una mala noche. Parecía irreal que cada vez que íbamos a estar juntos, alguien nos interrumpía. Suponía que tendría que conformarme con abrazarla un rato antes de irme a mi casa solo y a punto de ebullición por el deseo que me consumía en ese momento.

Iba a tirarme sobre el mueble para esperarla; pero entre tanto el carro se detuvo en la entrada.
Me dirigí a la puerta y la abrí.

Charlie empujaba a Billy hacia la casa.

-          Buenas noches. – los saludé a ambos.

-          Hola, ¿Cómo estás? – preguntó Billy en tono amable. Me extrañó el cambio de su actitud.

-          ¡Paul! muchacho tenía tiempo sin verte. ¿Cómo andas? – preguntó Charlie.

-          Muy bien. Gracias por preguntar.

-          ¿Donde está Rachel? – preguntó Billy.

-          Arriba en su alcoba.

En ese momento escuché que ella salió de su alcoba y apresuró el paso por las escaleras.

-          ¿Van a salir? – Volvió a interrogar él.

-          Sí. – respondió ella a lo que apareció en la sala. Me tomó por sorpresa ese hecho ya que daba por sentado que nos quedaríamos echados en el sofá lo que restaba del día. – No me esperes despierto.

Esas palabras me alegraron de manera súbita.

-          Hola, Charlie. Buenas noches. – saludó ella educadamente.
-          Wow, Rachel. ¡Mírate! Estás hecha una hermosa mujer. – dijo Charlie asombrado pero sin ningún deje lascivo que me incomodase.

Mi pecho se infló de orgullo por saberme el dueño de tanta belleza.

-          Gracias. ¿Hoy es noche de partido? – preguntó de forma educada para no salir corriendo de allí. No entendía porqué estaba tan desesperada pero para mí…mejor.

-          Sí. ¿No te quieres quedar para que recordemos viejos tiempos? – la invitó él.

<< ¡Por supuesto que no!>> pensé.

-          No. Apuesta con mi papá. He estado desconectada del deporte últimamente y de seguro tendría que cocinarles. Así que paso. – ella les sonrió displicente.

-          Está bien. – asintió él.

-          Bueno ¿nos vamos? – me preguntó.

Asentí y le abrí la puerta.

-          Adiós Charlie. Adiós papá. – se despidió Rachel.

Ambos le contestaron.

-          Buenas noches. – dije al salir.

-          Hasta pronto, muchacho. – dijo Charlie.

-          Adiós, Paul. – dijo Billy.


Rach ya me esperaba al lado de la puerta del copiloto.

-          ¿Trajiste las llaves? – le pregunté en la puerta del piloto.

-          ¿No las tenías tú?

-          Las puse sobre la mesa de la sala antes de irme. – recordé los desagradables hechos de la tarde.

-          Pues allí deben de seguir. Te toca irlas a buscar. – se sonrió malévola.

Tuve que devolverme a buscar las llaves y volver a salir. Parecía que era el día de “torturar a Paul Howe”. Cuando más quería estar con Rachel a solas, pasaba algo para retrasar el momento.

Prendí el auto y arrancamos.

-          ¿A dónde quieres ir? – le pregunté. Estaba ansioso. No sabía que se traía entre manos.

Me vió a los ojos y sonrió sensual.

-          A tu casa. – le devolví la sonrisa y pisé el acelerador a fondo.

Cuando nos bajamos del auto su celular sonó.

Rachel lo vió detenidamente. Como debatiéndose entre atender o no.

Entonces supe quién era y me provocó tirar el maldito aparato contra el piso.

-          Es él de nuevo. ¿Cierto? – la ira me invadió de golpe.

Asintió y respondió.

-          Hola, Mathew. – su voz sonaba algo seca pero no lo suficiente como para agradarme.

-          Hola Rachel ¿Cómo has estado? – preguntó el francesito con voz pesarosa.

-          Pues muy bien. Bastante ocupada. ¿Y tú?

-          Ocupado también, pero eso no te borra de mi mente. Sigo queriéndote con la misma intensidad de siempre. Rach. – apreté los dientes con fuerza.

¿Cómo se atrevió a decirle Rach? Así la llamo yo. ¡Bastardo! Le daría un verdadero motivo para llorar si nos volvíamos a ver frente a frente.

Tuve que respirar profundo tres veces. Estaba comenzando a temblar.

-          Mira, Math – su tono era comprensivo; lo que más ira me daba. – Acepta que lo nuestro se acabó. Pasó a la historia. Fue hermoso en su momento; pero ya pasó. Ahora tengo un novio al cual amo…

-          ¡¿Un qué?! – gritó. Estuve a punto de quitarle el celular y gritarle mil blasfemias; pero me contuve. - ¿Un novio? ¡Rachel Marie Black…solo llevas dos semanas allá! Yo estuve detrás de ti por meses. ¿Qué pasa contigo? No te reconozco.

Definitivamente el decir es cierto, “Mi dicha es tu condena”. Tenía el pecho inflado de orgullo; Rachel me había aceptado mucho más rápido que a él y de paso fue mía. Cosa que el no consiguió con años de noviazgo.

Reí triunfal.

-          No creo que te deba explicaciones acerca de lo que hago o dejo de hacer con mi vida íntima. – Rachel se estaba exasperando. Esperaba que lo mandara al demonio de una vez por todas. – Ya basta, Mathew. Haz tú la tuya y no te entrometas en la mía.

-          ¿Dijiste intimidad? ¡Por Dios Rachel dime que no te has acostado con ese…tipo! – Comencé a temblar de nuevo. – No puedes haberme hecho eso. No a mí.

Rachel se quedó callada con cara de tragedia.

-          ¡Rachel, respóndeme! – le gritó él.

<<Te ganaste tu boleto a la siguiente vida, malnacido.>>, pensé comenzando a temblar de nuevo.

-          No pienso hablar de mi intimidad contigo. Ya te lo he dicho. – ella quería mostrar firmeza con su tono pero en sus ojos se veía otra cosa. ¿Nervios?

-          Lo hiciste, Rachel Marie. Lo hiciste. – el siguiente sonido fue el pitido de cuando se cuelga la llamada.

Trancó el celular y bajó la cabeza.

Puse los dedos bajo su mentón y subí su cara.

-          No me gusta verte así. – le susurré.

-          Le sigo haciendo daño, Paul. A pesar de haber terminado con él, de estar lejos; le sigo haciendo daño. – se torturaba así misma.

-          No, princesa. Él y solo él se hace daño. Te llama, a pesar de que le dijiste que amabas a otro; y además osa meterse en tu vida privada. Él busca su propio destino.

Negó con la cabeza.

-          Soy un monstruo horrible y despiadado.

-          No. Eres un del tipo de monstruo que le gusta torturar a los débiles con sus encantos. Para luego alejarlos; y dejarlos con un deseo casi irrefrenable que consume todo a su paso.

Ella sonrió por fin.

Me pegué a ella y la besé con intensidad y fervor. La recosté contra la puerta, mientras introducía mi lengua en su cálida y dulce boca.

-          ¿Pa…ul? – giró la cabeza para escapar de mis besos.

-          ¿Qué? – dije contra su cuello
.
-          Esperemos hasta pasar. Solo debes abrir la puerta, así nos libraremos de cargos por indecencia en áreas públicas. – la risa se trasmitió en su tono.

-          Aquí no hay nadie… - le interrumpí.

-          Abre la puerta, Paul Howe. – exigió con falsa obstinación.

Puse los ojos en blanco pero le obedecí.

Entonces, cuando la iba a tomar por la cintura; me interrumpió.

-          ¿Me puedes subir un vaso de leche tibia? – me pidió con tono infantil.

Asentí.

Subió los escalones y se fué a la recámara.

Saqué la leche de la nevera, serví en una taza grande y la metí al horno microondas.

Subí hasta el cuarto.

Casi se me cae el recipiente de mis manos por lo que veía.

Había una diosa acostada en mi cama vestida solo con un camisón casi transparente de color rojo.

2 comentarios:

  1. Hola hermosa!! Ya, vengo por una cuestion que tal vez te interese. Tu escribiste "Oscura añoranza" ¿te acuerdas? una viñeta para el concurso de mi blog. Resulta que hice un blog especial donde se publicarán todas aquellas viñetas que seguirán como fic, si tu estas interesada en la idea de subir tu viñe y su continuación en ese blog por favor dime así te hago una invitación al blog como autora, es este: http://twilightentreamigas.blogspot.com/
    Besotes y gracias!!!!!!!!!!

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  2. Felíz de participar en él cariño...Avísame cuando lo envíes...Besos y gracias por el apoyo...

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