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martes, 5 de octubre de 2010

PRÓLOGO


FUGÁZ: PRÓLOGO

El follaje del bosque pasaba por mis vivaces ojos a un ritmo descomunalmente rápido, mientras yo corría a través de él, sintiendo un torrente de libertad penetrando por todo mi nuevo ser.

No es que cuidar de mi esposo inmortal e hija semivampiro me molestaran de alguna forma. No. No es así. Sino que a veces no  podía controlar mi aparentemente insaciable curiosidad de neonata.

En esta ocasión quería volver al “prado”. A ese lugar mágico de Edward y mío.

No iba allí desde el día en que decidí que era momento de decirle a Charlie que estaba comprometida con mi novio vampiro; detalle que él ignora; Edward Cullen.

Deseaba ver con mis nuevos ojos superdesarrollados la belleza que me parecía sin igual en mis difusos días de humana.

Y cuando llegué a él todo seguía igual de extraordinario. O quizá incluso más. 

Ahora podía disfrutar el aroma de la lluvia que se escondía entre las hojas y las flores. El sutil perfume que emanaban estas, e incluso percibir la humedad proveniente del musgo invasor que se apoderaba de casi cualquier superficie presente en ese lugar.

O mejor dicho. En todo Forks.

La pradera estaba compuesta por un pequeño claro rodeado de robles y arces, tapizado por una espesa capa de florecillas que le conferían un aspecto maravilloso e irreal.

Esa tarde no había lluvia que azotara el mágico lugar, solo un fulgurante sol que a ratos interrumpía su luz debido a una que otra nube celosa.

Yo me encontraba disfrutando de la tranquilidad y los recuerdos que me venían a la mente al encontrarme allí. No era imágenes claras lo que me incomodaba solo un poco; pero ignoraba esa sensación que palidecía frente a tanta magnificencia.

Me tendí en medio del prado de cara al sol, apenas percibía un leve atisbo de su calor en mi impenetrable piel que por cierto destellaba a todo su esplendor en cuanto los rayos se posaban sobre mí.

De pronto escuché una carrera presurosa que se aproximaba a donde me encontraba.
Estúpidamente me mantuve alerta, aunque sabía de sobra de quién se trataba.

Y no fallé.

-       Comprendo que no soy el marido  más entretenido de la historia vampírica; pero al menos podrías avisarme antes de perderte por ahí. Entro en un completo estado de ansiedad cuando no estás, Bella. – me reprochó Edward mientras se movía sinuoso por el medio del prado hasta llegar a mí.

Era más que impresionante verlo brillar bajo el equinoccio. Todo su cuerpo era tan atrayente que en esos escasos y glorioso momentos, me sentía como una presa. 

Vulnerable, perdida y seducida de manera letal.

Sus ojos dorados me observaban como si yo fuese un espejismo divino. 

Cuando Edward parpadeó por fin, me liberó del hechizo que tenía su mirada, más no del deseo que se estaba despertando en mi interior.

Me aclaré la mente para poder hablar.

-       Jamás me aburriría de ti. Es más probable que muera mañana a que ocurra eso.

Su rostro dejó de estar encanto, para mostrarse entre molesto y turbado.

-       No digas necedades, Bella. – se acostó a mi lado.

Rodé hacia él para luego reposar mi cabeza en su pecho.

-       ¿Por qué viniste aquí, amor? – preguntó él con una notoria curiosidad.

-       Quería ver como estaba nuestro prado. Hacía tanto desde que no veníamos; que me parece que eso ocurrió hace años atrás en vez de meses.

Lo sentí afirmar mi comentario.

-       Eras humana entonces. – rió por lo bajo – Esa tarde le anunciamos a tu padre lo del compromiso. Fue…divertido.

-       Casi se muere de un infarto. – le reproché.

-       Sí. – aceptó de manera desvergonzada – Pero al final no le pasó nada. – su tono era como si contara una broma cualquiera.

Puse los ojos en blanco.

Nos quedamos en silencio escuchando los sonidos de la naturaleza y de nuestras respiraciones.

Además yo sentía los dedos de Edward que jugueteaban en mi cabello.

Ese inocente roce despertaba un millón de sacudidas distintas en mi cuerpo; y encontraban su epicentro en mi bajo vientre. 

Levanté solo un poco el borde de la camiseta gris de algodón que tenía puesta mi esposo, dejando a la vista un resplandeciente pedazo de piel de su pétreo abdomen. Rocé la punta de mi dedo índice en ese espacio y entonces Edward se tensó.

Sonreí con picardía para mí misma.

Mi dedo siguió avanzando pero esta vez se adentró en su franela. La electricidad me envolvía por completo. La respiración agitada y en aumento de mi esposo me indicaron que a él también.  

Posé mis ágiles extremidades en su tetilla izquierda mientras seguía reposada sobre su lado derecho. La apreté entre el índice y el medio, para luego tironearla hacia arriba.

Edward emitió un profundo gemido. De pronto me tendió velozmente sobre el suave terreno y colocó una de sus piernas sobre las mías. Sentí su erección recostada contra mi muslo.

Se recargó en un codo y me vio con excitación. Sus dos pozos topacio se habían ennegrecido de deseo. 

-       Fantaseé con esto aquella tarde…- dijo con voz ronca.

Sabía que se refería a la tarde de “anunciamiento nupcial”, cuando intentó cumplir con mis deseos sin que yo tuviese que pensar en los demás.

Absurdo. Siempre habría algo más importante que lo que yo pueda querer. 

Y es él mismo.

-       Pero entonces era humana y debías tratarme con cuidado… - mi voz era insinuante – Ya no. Ahora puedes ser tan rudo como quieras. Porque quien debe cuidar de no romper al otro soy yo.

Y en ese mismo instante nuestro escaso control se fue directico al demonio.

Con un gruñido animal se apropió de mi boca ferozmente entre mis labios que se abrieron para recibir a su lengua incitadora.

Le devolví el gesto con la mía, que acariciaba no solo la suya, sino también su paladar e incluso sus filosos dientes.

Me apartó bruscamente y rasgó mi vestido por la mitad, mientras yo abría de golpe sus pantalones que crujieron en el acto al desgarrarse.

Luego le arrebaté su camisa tirando los jirones al viento dejando para mí y solo para mí; su eterna dueña; su perfecto torso.

Él hizo lo mismo con mi ropa interior.

Separó mis muslos casi con rudeza y rozó con la punta de su lengua mi susceptible monte del placer, que automáticamente comenzó a inflamarse.

-       Hmmmm… - resonó en mi pecho con placentera agonía haciéndome elevar las caderas.
Enredé mis dedos en su cabello castaño dorado y lo pegué a mi intimidad con avidez; mientras que él me devoraba como si estuviese hambriento de mí y lo  que tomaba no le bastase.

Fuertes contracciones deliciosas me recorrían desde todas partes, pero nuevamente se encontraban en un mismo punto, humedeciendo mi cavidad.

De pronto sentí dos dedos que entraron en mí, haciendo que me arqueara y que luego levantase mi cabeza para verlo a él entre mis piernas.

Me miraba a los ojos y ese efímero instante entendí lo que veía porque yo también percibía lo mismo.

A nuestra razón de existir. Libre, desenfrenado, absurdamente hermoso, resplandeciente como el sol y excitado hasta lo imposible.

Fue entonces; ante su vista fija y lujuriosa que me corrí con fuerza, lanzando alaridos descarados al viento.

En medio de los espasmos de placer él subió hacia mis pechos dándose un festín con ellos mientras yo me retorcía debajo de su cuerpo.

Es casi imposible de explicar cómo dos masas de hielo se pueden fundir hasta alcanzar un fuego tal que parece casi irrealizable el tratarlo de extinguir. 

De pronto sus manos se apropiaron de mis muñecas y las arrastraron a cada lado de mi cara. Pude sentir la tierra y las raíces de las plantas cuando se arrastraban a nuestro paso.

Lo miré ansiosa porque aún no entraba en mí, muy por el contrario, solo se frotaba a lo largo de mi desesperada intimidad.

-       Hazlo. – supliqué mientras me seguía retorciendo, consiguiendo enterrarme un poco entre el terreno. 

Edward me besó con desenfreno un segundo y luego se separó dejándome jadeante.
-       ¿Cuándo? – susurró en mi oído mientras seguía moviéndose sinuoso entre mis pliegues vaginales.

-       Ahora. 

-       ¿Lo deseas? – susurró en mi oído y lamió mi lóbulo.

-       ¡Sí! ¡Demasiado! – casi gritaba de exasperación.

-       Jummmm…- susurró contra mi garganta -  ¡Que delicia! – se frotó aún más fuerte y rápido.

-       ¡Ed…Ward! – gemí alto y agonizante.

Entonces introdujo solo el comienzo de su hiniesta virilidad; sonrió con abierta malicia y luego empujó con tanta fuerza que nos movimos un poco. Quizá unos centímetros de donde estábamos.

Graznó con profundidad mientras que se movía contra mí, y yo blasfemaba llamando a cuanto santo se me cruzase por la mente en ese momento.

Logré soltarme de su agarre y lo tomé por su suave y terso derrier, lo apreté contra mí.

-       Más…fuerte. – le pedí  

E irrumpió más violento enterrando en el suelo con cada embestida a mis caderas y bajo vientre.

Nuestro fin se aproximaba lo sentía en mí y lo veía en los seductores gestos de mi esposo.

Levanté mi cabeza y me apoderé de sus labios, y cuando llegué al clímax mordí su labio inferior.
Un gañido gutural brotó de él mientras se derramaba en mi interior.

Permanecimos unidos hasta que las contracciones del orgasmo remitieron y él se tiró a mi lado; mientras me abrazaba por la cintura.

-       Te amo. – le susurré mientras acariciaba su hermoso cabello.

-       Te adoro. – me respondió con un rostro tan pagado de sí mismo, que hasta me dio risa.

Cuando nos levantamos vi el paisaje con horror.

-       ¡Edward! – grazné estupefacta.

-       Dime. – susurró tomándome por la cintura.

-       ¿Acaso tienes ojos? Mira como ha quedado el pobre prado.

Estábamos parados en la punta de una profunda zanja que medía cinco metros aproximadamente. Trozos de tierra y plantas faltaban alrededor de esta. Lucían como extraños arañazos.

Sentí cuando se encogió de hombros a mi espalda.

-       Lo siento, cariño. Tú querías brusquedad; yo solo te complací. – dijo cual niño inocente.

Me giré hacia él y lo abracé también por la cintura.

-       No me estoy quejando ¿Pero crees que eras necesario dañar el pobre claro? – le besé en las comisuras, mientras sonreía divertida.

-       Es un pequeño precio a pagar. En un mes ya estará casi perfecto. Ya lo verás.

-       ¿En serio?

Asintió.

-       Entonces vendremos a abrir otra zanja más, para ir alineando todo el lugar.- dijo él sumamente divertido.

-       No veo porqué esperar tanto. Cuando podríamos empezar ahora mismo. – dicho esto me tiré de espaldas y él cayó sobre mí.

-       ¿Para qué esperar? – susurró entre mis labios antes de empezar en nuestras labores de “jardinería”.

Esta mortalidad se tendía sobre nosotros con más felicidad de la que creía posible.
Aunque los días se pasaban por delante de nuestros ojos de una manera fugaz.

Esta historia es una especie de continuación de EL PRIMER AMANECER”. Espero que a todos les guste. Un beso.















 


3 comentarios:

  1. Jajajajajaajajaaa..!!! muy bueo amiga.. si me pude reir por lo del prado.. jajajajajaaa..!! Ahora se creen jardineros..?? Buen solo queda decirte q estare esperando que actualises para seguir leyendo.. Gracias.. Att: Nena. :D

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  2. Hermanaa!!!... lo ameee!!! qede con cara de la estupida mas estupida de todas las estupidas, con lo del prado xD... pero me encanto aaah, y si es una especie de continuacion DILO ANTES para pasarme antes al otro xD.... te adoro!!!

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